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“Jesús volvió del Jordán y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo”. San Lucas, cap. 4.
La profesora ha pedido a los niños algún obsequio para intercambiar con los compañeros de clase. Se aproxima el Día de la Amistad.
Camilo escoge llevar una chocolatina. Y su mamá, mientras la envuelve en papel de regalo, le explica el valor de la generosidad y lo hermoso que es tener amigos. Pero el niño la interrumpe: Mami, ¿y si antes de mañana me da hambre de chocolatina?
Aquí está dibujada en miniatura nuestra humana condición.
La mayoría de los creyentes queremos ser mejores. Pero, ¿si podemos mentir para quedar bien? ¿Si encontramos ocasión de ser infieles? ¿Si atropellando al prójimo, obtenemos ventajas? ¿Si nos toca elegir entre la satisfacción personal y la conciencia? Situaciones que a diario se nos presentan.
Cuenta el Evangelio que el Espíritu llevó a Jesús hasta el desierto y allí fue tentado por el diablo. Para un judío, desierto era la parte oriental de Palestina, escasa de vegetación, donde una cadena de rocas vigilaba el curso del Jordán. La misma región donde el Bautista congregaba a sus discípulos.
Que el Espíritu lo llevó al desierto significa que Jesús quiso pasar un tiempo en soledad, antes de iniciar su vida pública. Y en medio de aquel paisaje agreste fue tentado por el diablo. En otras palabras, siente la posibilidad orientar su mesianismo por caminos más fáciles.
Algunos comentaristas enseñan que este pasaje es solamente un símbolo. Jesús habría hecho una especie de sociodrama, para enseñarnos a vencer las fuerzas del mal. Tal afirmación convierte a Cristo en un mentiroso y además devalúa su condición de hombre. No. El Señor fue tentado realmente. Martín Descalzo apunta: “Las tentaciones de Cristo son hermanas gemelas de las que todos padecemos en nuestro corazón”.
Los evangelistas enmarcan en tres momentos la batalla que Jesús libró a lo largo de su vida. Tres posibilidades que El miró de desviar su proyecto hacia un populismo fácil: “Haz que estas piedras se conviertan en pan”. Hacia un dominio de la gente: “Te daré el poder y la gloria de todo esto”. Hacia un uso de Dios a favor propio: “Te sostendrán los ángeles para que no tropieces”. Tres tentaciones que enmarcan muchas otras padecidas por Cristo. Como dice un autor, “Jesús fue tentado en todos los terrenos y en todas las formas. En el hambre y la sed, en el frío y en la fatiga, en éxitos clamorosos y en fracasos desalentadores, en la incomprensión de los más allegados, en la inoportunidad de las gentes y en la hostilidad de los gobernantes”.
El Concilio Vaticano nos dice en el documento Alegría y Esperanza: “Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como una lucha y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas”. Y Jesús, que nos conoce a fondo, añade a las peticiones básicas del Padrenuestro, otra más donde pedimos: “No nos dejes caer en la tentación”.
Cuando las tentaciones nos acechen, no dejemos ensombrecer la alegría. Cada una de ellas es una luminosa ocasión de mostrarnos discípulos del Señor.
“En aquel tiempo Jesús volvió del Jordán, y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo”. San Lucas, cap. 4.
Nos educaron para ser perfectos. Para una perfección sobrehumana. La humana en cambio, discurre por senderos sinuosos pero ascendentes, se fabrica a base de búsquedas, de enmiendas, de correcciones sobre la marcha. A base de humildes victorias.
Se nos propuso una perfección absoluta, angelical, divina. Todo partía de un viejo principio filosófico: Lo bueno no admite ninguna imperfección.
Se descartaron entonces los pequeños triunfos, los esfuerzos ordinarios. Se abandonó el campo donde crecían espinas y el árbol de cosecha tardía. No se promovió al niño diferente. No supimos prever los fracasos. No aprendimos los primeros auxilios para un caso de naufragio moral. Nunca nos hablaron de lo bueno que se esconde tras de ciertos males aparentes. Ni del mal que produce lo bueno, cuando es rígido e inoportuno.
De allí nacieron muchas deserciones por desengaño. Muchas tragedias por adicción a un iluso perfeccionismo. La historia de las tentaciones de Jesús contradice ese utópico ideal de perfección. Quienes explican la Biblia adoptan complicadas posturas para conciliar la bondad de Cristo, Hombre - Dios, con sus repetidas tentaciones.
Pero a nosotros, simples cristianos, nos basta saber que el mal golpea toda vida humana. Y
no es extraño que Jesús, semejante a nosotros en todo, menos en el pecado, padeciera tentación, la cual no equivale al pecado.
Así comprendemos que no inmuniza contra el mal, ni el estar largo tiempo cerca de Dios, ni un lugar privilegiado en la Iglesia. Ni tampoco una tradición de familia, o la clase social, la ciencia religiosa adquirida, ni la paz que por períodos nos acompaña.
Sin embargo, la actitud del cristiano no ha de ser de angustia y de zozobra. Será más bien un reconocimiento de sus limitaciones. De su capacidad de pecado. Esto no lo hará pesimista, sino realista. No lo hará presumido, pero tampoco pusilánime. Le ayudará a estar vigilante, pero seguro de que el Señor lo defiende.
Nos llama la atención cómo el evangelista cuenta las tentaciones de Jesús, con la misma llaneza con que describe otros acontecimientos. Porque las tentaciones hacen parte de la vida normal en esta tierra.
Recordemos la historia de Pablo, hombre cómo el que más, es decir frágil, pero a la vez valiente. Les escribe a los fieles de Corinto: “He sufrido muchísimos trabajos, cárceles, azotes sin medida, riesgos de muerte. He sido apedreado, tres veces naufragué. Pasé por peligros de ríos, de ladrones, de falsos hermanos. Padecí hambre y sed, frío y desnudez. Y además la amenaza del mal en mi interior. Pero el Señor me dijo: Mi gracia te basta.”
“Jesús volvió del Jordán y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo”. San Lucas, cap. 4.
Ante una botella de vino dirán los pesimistas que está medio vacía. Nosotros preferimos afirmar que está aún medio llena.
Nos lamentamos demasiado de la sociedad actual. Pero conviene reconocer también las amplias posibilidades que ella tiene de vivir en justicia y libertad. Y cuando reflexionamos en la tentaciones de Cristo en el desierto, podemos descubrir caminos de cambio y de resurrección.
“Si eres el hijo de Dios dile a esta piedra que se convierta en pan”. Una tentación de utilitarismo que también hoy nos empuja a buscar solamente comodidad y apariencias. Y no sólo de estas cosas se vive. Para ser personas, para ser cristianos, necesitamos amor, estímulo y capacitación. Con frecuencia los objetos ahogan la posibilidad de diálogo, la capacidad de servicio, el sentido de comunicación y de entrega al otro. Y perdemos definitivamente la alegría.
“Si te arrodillas delante de mí, todo esto será tuyo”. Una nueva forma de idolatría que hoy nos acosa. Somos adoradores del dinero, del qué dirán, de la posición social. Entonces la autoridad deja de ser servicio y se convierte en tiranía, mientras los otros enferman de rebeldía y ambición.
“Si eres hijo de Dios tírate de aquí abajo”. Somos tentados de temeridad y nos hemos expuesto a peligrosas aventuras. Creemos que se puede cosechar sin sembrar. Nos distanciamos de los amigos, de los hijos, por el mucho trabajo o las diversiones. Dejamos el hogar indefenso, sin oración, sin vida de sacramentos. Le encargamos la felicidad personal a los compromisos sociales o a las terapias sicológicas. No educamos para el amor y la libertad y enseguida nos destruye la carga negativa de la sociedad contemporánea.
Hemos separado sexo y amor, a los que Dios unió desde el principio y nos asustan luego la paternidad irresponsable y el egoísmo que nos cerca.
En este tiempo de renovación, la Cuaresma, tratemos de superar estos problemas. Los venceremos teniendo más en cuenta a las personas que a las cosas. Traduciendo a Dios en nuestra vida de una manera amable, que contagie y atraiga a los que nos rodean a una vida evangélica. Viviendo con más intensidad la vida de familia. Así nuestro mundo actual podrá cambiar de rumbo hacia mejores puertos.
“Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a una montaña. Y mientras oraba, su rostro se cambió y sus vestidos brillaban de blancos”. San Lucas, cap. 9.
Quien nos hizo la fotografía para la cédula no fue propiamente un artista. De otro lado, este día estábamos ansiosos. Y entonces un rostro deslucido e impaciente quedó plasmado sobre nuestro documento de identidad.
Pero si algún pintor retomara esa imagen, podría poco a poco transformarla en una obra maestra. Rebajaría esa sombra de la frente. Le daría mayor bondad a la mirada. Enmendaría esa dura expresión de los labios, reflejando sobre el lienzo una personalidad integrada y amable. En resumen: Un buen artista podría transfigurarnos.
Leemos en san Lucas que Jesús invitó a sus más cercanos discípulos, Pedro, Juan y Santiago, y subió con ellos a un monte. Mientras oraba, se transfiguró ante sus ojos. San Lucas dice que el rostro del Señor se cambió y sus vestidos brillaban de blancos. Que Moisés y Elías conversaban con El de su futura muerte en Jerusalén.
Ese Jesús corriente, el hijo del carpintero de Nazaret, se muestra en la montaña en otra dimensión, más allá del tiempo y del espacio. Y aquellos discípulos se esfuerzan por expresar en figuras cuanto vieron allí: Que el rostro de Jesús se cambió. Que sus vestidos estaban resplandecientes. De ordinario, los judíos se cubrían con una túnica azul y llevaban a hombros un manto rojo, para protegerse del sol y cobijarse en la noche.
Dice también el Evangelio que Pedro y sus compañeros vieron la gloria de Jesús y oyeron una voz de lo alto:
“Este es mi Hijo, escuchadle”. Ante unos amigos que no alcanzaban a entender quien era El, Cristo se muestra como alguien tan importante y aún más que Moisés y Elías, dos personajes claves en la historia judía. La voz que llega de lo alto explica que este profeta galileo tiene la garantía de Dios. Por esto se le llama Hijo y se invita a todos a escucharle.
La transfiguración de Cristo fue en verdad un signo extraordinario. Pero uno se pregunta si no lo es igualmente la presencia de Dios, bajo las apariencias del hijo de María y de José. Todo depende del cristal con que miremos. También las cosas ordinarias son manifestación del Señor. Porque la historia es un conjunto de elementos que van hacia la meta, guiados por las manos invisibles - o visibles - del Creador.
De otra parte, cuando Cristo se transfigura, señala a sus discípulos esa otra dimensión hacia la cual nos empuja su palabra. Habría que traducir aquellos signos de luz y de blancura a otros distintos. De pronto la transparencia, el equilibrio, que explicarían nuestra vecindad con el Señor.
La fe en Jesucristo nos motiva a transfigurarnos. Con paciencia de artista, habría que borrar esas sombras que nos agobian la mente y la memoria. Suavizar la mirada, llenándola de paciencia y de afecto. Enderezar los labios, para que no pronuncien sino palabras de bien y de perdón. En fin, estrenar en el hogar y en todas partes, una personalidad integrada y amable.
“Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de blancos”. San Lucas, cap. 9.
Nos pasamos la vida cambiando de juguetes. En la cuna nos bastó un sonajero. Pero luego aprendimos a ambicionar. Necesitamos entonces los cochecitos de cuerda, los patines, la motocicleta... Y después la finca de recreo, el yate o el avión particular.
Pero siempre permanecemos niños. Vivimos jugando a la esperanza. Son también juguetes los papeles sociales que desempeñamos en la vida. Y lo son además nuestras chequeras, las tarjetas de crédito, los títulos de propiedad, los billetes de viaje o de lotería.
Nos ayudan a soñar, a imaginar lo que no somos, a cazar la esperanza, cómo el coleccionista que persigue afanosamente una mariposa.
No seremos adultos sino más allá de la muerte, cuando nuestra alegría tenga la misma estatura de nuestras ilusiones.
De otro lado, todos deseamos ser distintos, o por lo menos aparecer diferentes.
Esto nos lleva a vestirnos de variadas maneras, a maquillarnos todos los días, a declamar nuestro papel hasta grabarlo fielmente en la memoria. Hasta olvidar, por fin, qué somos nosotros mismos, con nuestra carga de angustia, nuestras estrecheces y tantos proyectos fracasados.
Entonces, frente a nuestra existencia real, aparece un nuevo personaje: El rico, el importante, el famoso, el equilibrado, el feliz quien le ganó el partido a la vida.
Cristo, el profeta de Nazaret, el hijo del carpintero, el andariego de los caminos de Galilea, el hambriento, el sediento de muchas correrías, de pronto, sobre la montaña del Tabor, se transfigura delante de Pedro, de Juan y de Santiago.
Su rostro se torna luminoso y sus vestidos deslumbrantes de blancura.
Era la forma humana de manifestar, a través de su cuerpo, la grandeza de su divinidad. De ahí la sorpresa de los apóstoles, su alegría, su admiración.
También en nuestra vida se dan las transfiguraciones. Reales unas, las otras aparentes.
Jorge se transfigura cuando le llaman doctor. Pero sigue siendo el inestable de siempre.
Cuando Cristina recibe su automóvil último modelo, se siente transfigurada. Pero no ha dejado ni su inmadurez, ni su egoísmo.
Fernando llega a casa transfigurado, con su televisor en colores. Pero continúa con el licor, huyendo de su angustia.
Mónica y Camilo resuelven sus diferencias en el diálogo y el perdón. También se transfiguran.
Don Roberto orienta parte de sus ganancias a la vivienda de sus trabajadores.
Daniel interrumpe sus estudios para sacar adelante a su familia.
Los unos creen transfigurarse añadiéndose títulos y cosas.
Los otros se transfiguran sacando a luz aquel Dios que llevan dentro.
“Mientras Jesús oraba en la montaña, su rostro se cambió y sus vestidos brillaban de blancos”. San Lucas, cap.9.
Vivimos en una sociedad en tránsito. Los cambios acelerados y profundos nos arrastran del medio rural al medio urbano, de lo primitivo a lo técnico, de lo sacral a lo secularizado.
Cambian las costumbres, se transforma el ambiente físico y moral, avanzan las investigaciones y los conocimientos.
Antiguamente los cristianos también acostumbraban transformarse: Se preparaban de varias maneras para la gran fiesta de la Pascua.
Cuando hoy nos habla San Lucas de la transfiguración de Cristo, pensamos que cada uno de nosotros puede también transfigurarse.
“Mientras Jesús oraba en la montaña, el aspecto de su rostro cambió”. Nosotros mejoraremos nuestro rostro con la alegría, la confianza en el Señor, con la paz de una conciencia que se asoma a los ojos. “Sus vestidos brillaban de blancos”.
Reconozcamos que nuestros hábitos no siempre son limpios.
Pero en Cuaresma podremos cambiar: Ensayemos a ser personas justas. Acojamos amablemente a quienes nos necesitan. Hagamos presencia real en el trabajo y en el hogar, buscando siempre dar, antes que recibir.
“Los apóstoles se caían de sueño, pero despabilándose vieron la gloria de Jesús”. Muchos de nosotros mantenemos los ojos cerrados y por esto no hallamos al Señor. Si alguna vez los abrimos, lo encontraremos más cerca de lo que sospechamos. El no se hace presente tan sólo en la liturgia, en los sacramentos. Se manifiesta en tantos sacramentos más simples que nos salen al paso: El amor de los hijos, la amistad, el aprecio de quienes nos rodean, esas amables sorpresas que nos depara la vida a cada rato. Aunque pequeñas, guardan siempre escondida una revelación de Dios. Porque El habita en ese interior de nuestro ser, donde moran la paz y la alegría. Brota también allí ese otro sacramento que nos purifica: El remordimiento.
Longfellow en el “Salmo de la Vida” nos habla de aquellos que dejaron sus huellas sobre las arenas del tiempo. Son los que se transfiguraron y lograron así transfigurar la tierra.
¿Qué le estamos aportando al inseguro y ansioso mundo que nos rodea? En él fracasarán o triunfarán nuestros hijos. Por ellos podemos transfigurarnos.
“Dijo Jesús: Un hombre tenía una higuera plantada en su viña y yendo a buscar fruto en ella, no lo halló. Entonces dijo al viñador: Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?”. San Lucas, cap.13.
Con frecuencia los medios de comunicación vuelven al tema. Nos cuentan las tragedias nacionales, los balances económicos, los ajetreos políticos, las noticias “light” que acarician la vanidad de muchos.
Y reiteran una dolorosa estadística: En tal ciudad, en tal región del mundo, el suicidio ha subido en porcentaje sobre las muertes naturales. Los escuchas cerramos los ojos y lanzamos un amargo por qué.
La respuesta podría llegar desde otro interrogante. Muchos hermanos nuestros se preguntan desde el fondo de alma: ¿Para qué existo? ¿Qué sentido tiene vivir aquí y ahora? Si nadie nos responde a satisfacción, todo se vuelve trágico y absurdo. Y la única solución es marcharnos furtivamente de esta tierra.
En tiempo de Jesús, la gente se preguntaba con terror, por qué una torre había aplastado a dieciocho galileos que ofrecían sacrificios. Una tragedia que rebosaba la angustia del pueblo ante la pobreza, la dominación romana y la crisis religiosa de entonces.
El Maestro rompe el esquema tradicional, que hacía equivaler tragedia y pecado. Explica a sus discípulos que aquellos galileos no eran más pecadores que los demás. Y sitúa el mal físico en otro nivel, que luego iluminaría con su pasión y muerte.
Pero añade la parábola de un labriego, que va a buscar frutos en su higuera. Al no encontrarlos, da orden de cortarla. ¿Para qué ocupa lugar?. Sin embargo, el mayordomo intercede: Déjala, señor, un año más. Yo cavaré alrededor y echaré abono, a ver si da fruto. Si no, entonces la cortarás.
Inquieta el comprender que esa higuera soy yo. ¿Habrá encontrado el Señor frutos en mí? ¿Tendré razón para ocupar un lugar sobre la tierra?
Nos gustaría que san Lucas hubiera trocado los personajes: El mayordomo, ya cansado, daría la orden de arrancar la higuera. En cambio, el señor pediría un plazo. Y cada mes, vendría él mismo hasta la era, para cavar en derredor, echar abono y quitar las ramas secas. Seguramente el año entrante habría buena cosecha.
En muchas páginas de la Biblia el pueblo escogido se compara a una higuera. La tierra prometida se describe como “rica en higos”, los que añoraban los judíos durante su peregrinación por el desierto. Y el Apocalipsis amenaza que, el día de la ira, caerán las estrellas del cielo “como higos maduros bajo la tempestad”.
Según el salmo 102, “el Señor es paciente y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. No nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas”. Sin embargo, quienes se aman tienen derecho a evaluarse. Llega un momento en que el amor exige cuentas.
Podríamos preguntarnos qué aguarda el Señor de nosotros. San Pablo, a lo largo de sus cartas, enumeró algunas actitudes que enriquecen la vida y las llamó frutos del Espíritu Santo. Son ellas: Amor, alegría, paz, paciencia, benevolencia, bondad, generosidad, mansedumbre, confianza en Dios, sencillez, sobriedad, limpieza de corazón.
Felices de nosotros si en la era de Dios estamos produciendo tales frutos.
“Uno tenía una higuera y fue a buscar fruto en ella y no lo halló. Dijo entonces al viñador: Córtala. ¿Para qué ocupa lugar? Pero el viñador le contestó: Déjala todavía este año. Yo cavaré alrededor y le echaré estiércol”. San Lucas, cap. 13.
El evangelio, la historia de Jesús, vivida y después transcrita en un ambiente agrario, nos cuenta de aquel hombre que tenia una higuera en su campo. Yendo a buscar sus frutos la halló estéril.
Entonces decidió cortarla. Pero el mayordomo, más paciente y experimentado, ruega que la tolere un año más. El podará, cavará alrededor, abonará sus raíces.
Muchos nos sentimos retratados en esta parábola. En vano ocupamos un lugar. No aportamos nada a la familia. Somos parásitos en la sociedad. La Iglesia no cuenta con nosotros.
Mientras tanto pasan los días. Perdemos el tiempo, la ilusión y la vida.
Pero el Evangelio abre siempre una puerta a la esperanza.
El mayordomo insiste. Aún hay tiempo. Conviene podar la higuera, cavar alrededor, abonar las raíces.
Ignoramos si la presente es una última oportunidad. ¿Cuál será nuestro último año? ¿Cuándo regresará el Señor?
En un hospital agoniza una mujer. Obsesionada, clava la mirada en sus manos abiertas contra la luz de la ventana.
¡Mírenlas, dice, están vacías, vacías, no llevan nada!
Entretanto, otros van gastando su vida en el servicio: Madrugan, caminan, miran a los ojos, escuchan, comunican, leen, intuyen, buscan, son inconformes, nunca se jubilan. El alma se les asoma al rostro, sus manos van de viaje y su memoria rebosa de nombres y recuerdos.
Dan fruto. Transforman el mundo. Por ellos se multiplica el pan, se construye la paz, los problemas encuentran soluciones. Ellos se sientan con la gente y les dan motivos para seguir viviendo. Comparten su energía y están siempre ahí cuando los necesitan. Es bueno vivir a su lado.
Estos no ocupan en balde su lugar. Y al venir el Señor, los hallará con las manos colmadas.
Dice el Profeta Jeremías: “El justo se parece a un árbol plantado al borde del agua. Hunde sus raíces en tierra húmeda. No teme cuando venga el calor. En año de sequía no se inquieta y abunda en buenos frutos”.
“Jesús les contestó: Pensáis que aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?”. San Lucas, cap. 13.
Si abrimos los diarios, escuchamos la radio, o encendemos la televisión, nos golpean el alma las mil y una tragedias del mundo en que vivimos. Surge entonces una pregunta espontánea y angustiosa: ¿Por qué?
¿Por qué un alud destruye una humilde familia? ¿Por qué este joven, la esperanza del hogar, muere en un accidente? ¿Por qué a mí que trato de ser bueno, todo me sale mal? ¿Por qué el tumor sí resultó maligno? ¿Por qué nos pagan mal aquellos a quienes hemos favorecido? ¿Por qué aquel hijo tan deseado ha nacido deforme? ¿Por qué nuestras ciudades producen mendigos y gamines?
Cristo también plantea el mismo problema del mal, a propósito de unas catástrofes ocurridas en su tiempo. Pilatos había dado muerte a unos galileos inocentes y la torre de Siloé había aplastado a dieciocho compatriotas.
No es cristiano achacarle a Dios todos los males que ocurren en el mundo. Tendríamos entonces un Dios feroz y sanguinario que se complace en los dolores humanos, o por lo menos, no se preocupa de impedirlos.
Tampoco remedia el problema afirmar que la culpa de todo la tiene el hombre. Porque nuestra voluntad es enfermiza y condicionada. Por esto el mal se refugia siempre en un misterio que no alcanzamos a escrutar cabalmente. Y en cuanto a las catástrofes naturales, nuestra ciencia todavía es incapaz de prevenirlas.
¿Cómo resolveremos entonces estos infinitos porqués que a todos nos atormentan?
Partamos de una base segura: Dios es bueno, es Padre, es Amor Infinito. Pero quiso, desde el comienzo del mundo, trabajar en equipo con las causas segundas: Con la naturaleza y con el hombre. Nosotros y la creación que también sufre nuestro pecado, le echamos a perder con frecuencia sus planes. Pero El es alfarero paciente, y restaurador silencioso, que vuelve a remendar su obra y a enrutarla a cada paso hacia el triunfo definitivo.
Dios no responde de inmediato. Le encarga al tiempo la tarea de hacerlo. Le pide que haga reverdecer los árboles después del bombardeo, que cambie en cicatrices las heridas del alma, que nos seque las lágrimas, nos ayude a mirar la vida con alegría y confianza y descifre poco a poco nuestros enigmas. La respuesta a todos nuestros porqués nos la da después de cada tragedia, el gozo de la mañana pascual. Cristo encontró ese día la respuesta a su angustiosa pregunta del viernes santo: Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Todos nuestros porqués se despejarán en el encuentro final con la Verdad, el día de nuestra Pascua.
Mientras tanto, nos ayudan a seguir batallando esas pequeñas resurrecciones que alegran la vida, a cada paso, y son fragmentos de la Pascua de Cristo, ocultos entre el polvo del camino.
“Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: Dame la parte que me toca en herencia. Y luego se marchó a tierras lejanas, donde derrochó su dinero”. San Lucas, cap.13.
Rafael Pombo convirtió en fábula una historia que todos podemos llamar propia: La aventura de Michín. Un gato adolescente, que resuelve volverse Patetas, el mismo Patas de que hablaban los abuelos.
Para lograrlo, le roba daga y pistolas a su padre. Y alardea: “El que conmigo se meta en el acto morirá”. Mientras le promete a su afligida madre: “Nunca más verás a Michín desde hoy”.
La fábula termina la parábola con el regreso del maltrecho minino, que implora arrepentido: “Oh, mamita, dame palo, pero dame qué comer”.
De niños nos impresionó esta fábula, pero mucho más la parábola del Hijo pródigo, contada por un anciano cura, de rostro amable y ojos bondadosos: Un hombre tenía dos hijos. El menor pidió la parte de su herencia y se marchó a lejanas tierras. Allí derrochó su fortuna y tuvo que alquilarse a un pagano, que lo mandó a cuidar los cerdos de su granja. Humillado y hambriento, decidió volver a casa, para rogarle al padre que lo aceptara como jornalero.
Cuando Michín regresa, su arrepentimiento cae en el vacío. Nadie responde. Ningún gesto de sus padres lo acoge. En cambio, en la parábola de san Lucas, aquel muchacho que retorna deshonrado y anémico, recibe al abrazo amoroso de su padre. Había preparado un pequeño discurso, con un solo objetivo: Calmar sus hambres. “Padre: He pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Trátame como uno de tus jornaleros”.
La respuesta del padre no es directa, pero todo lo dice con los signos. Cuando el joven se acerca, su padre lo ve desde lejos y, echando a correr, lo abraza y lo cubre de besos.
El pródigo no alcanza a pronunciar la mitad de su discurso. Y el padre comienza a dar órdenes de fiesta. “Sacad enseguida el mejor traje. Ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies”.
En Oriente, cuando el rey deseaba honrar a un príncipe, le obsequiaba un hermoso vestido, elevándolo a huésped de honor. Y al entregarle un anillo con el sello real, lo investía de plenos poderes. Las sandalias eran distintivo de hombres libres, pues los esclavos siempre andaban descalzos.
Y aquel padre sigue adelante: Traed el ternero cebado y matadle y celebremos un banquete. Que venga la orquesta y se comience el baile. Admiramos aquí el inmenso poder de la ternura: Destruye lo pasado. Regenera. Eleva a quien desea ser un obrero más, a la categoría de hijo predilecto.
Si nosotros hubiéramos inventado esta parábola, para contar como perdona Dios, seguramente hubiéramos sido más cautos. Pero el perdón de un Dios que es Amor, no tiene límites.
Con razón el hermano mayor, que regresa del campo, se extraña ante el derroche y no quiere sumarse a la fiesta. Este juzgaba a la medida de su pequeño corazón. Así como nosotros.
Pero lo más conmovedor de la parábola: Ese hijo pródigo soy yo. Y hoy me siento abrazado por el Señor. Por su ternura todopoderosa.
“El joven, recapacitando, se dijo: Me pondré en camino a donde está mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”. San Lucas, cap. 15.
Todos intentamos alguna vez este largo itinerario. Atrás quedarían los cerdos. Delante, un padre que aguardaba cada tarde.
Cansados de soledad, fatigados de angustia, mirando desconcertados nuestra ingratitud, dijimos cómo el pródigo: “Me levantaré e iré a mi padre”.
Entonces nos llenamos de ilusión, los ojos se nos colmaron de alegría, y advertimos que el mundo era distinto.
Pero muchos nos hemos quedado a mitad del camino. Despojándonos de la vieja condición, no alcanzamos el banquete del padre.
Al releer hoy esta parábola, ¿Por qué no reemprender la marcha ? Si alguno ha empezado a ser distinto, pero lo desanima el ambiente que lo rodea, piense en la satisfacción de ser auténtico, de avanzar respondiendo a su conciencia.
Si un joven comprende los perjuicios de la droga, pero de pronto se siente sólo, perseguido por mil fantasmas, amenazado en su interior, recuerde que más allá le aguarda la alegría de haberse reconciliado consigo mismo, el orgullo de saber manejar sus propias situaciones.
Si un esposo o una esposa, a pesar de su esfuerzo, vuelven a caer en lo mismo: Incomprensión dureza, tal vez infidelidad, revivan el ideal que soñaron un día.
Quizás ahora está más cerca de sus manos y de su corazón.
Si alguien regresa a la fe, pero luego le pesa la rutina, comprenda que la Iglesia también es falible, humana, contagiada de muchas pequeñeces. Ella es apenas un signo desvalido del amor del Señor.
Si otro no alcanza a entender el valor de los Sacramentos, estudie, consulte, investigue. Es reconfortante descubrir que ellos vienen de Dios. Que son fuerza para sostener al creyente. Que construir la Iglesia es un largo programa.
Malcom Muggeridge, el cáustico escritor inglés, descargó hace algún tiempo su fardo de contradicciones ante el altar de una capilla rural en el condado de Sussex. Con su esposa ingresó a la Iglesia católica. Su decisión de convertirse fue inspirada por el ejemplo de la Madre Teresa de Calcuta.
Según sus palabras, había en él un deseo de regreso al hogar, un anhelo de responder a una campana que sonaba hace tiempo en lejanía, de ocupar su lugar alrededor de la mesa familiar.
Y añadía el escritor al salir de la capilla: “Me siento cómo cuando se ama a una mujer y se le propone matrimonio. Ya no quedan más preguntas”.
“El hermano mayor estaba en el campo. Al volver oyó la música y el baile. Pero se indignó y no quería entrar”. San Lucas, cap.15.
Cuando nosotros los perfectos, los siempre fieles, leemos la historia del hijo pródigo, cerramos el libro y entornamos los ojos con deliciosa complacencia. Nunca hemos abandonado a Dios ni hemos malgastado sus dones.
No advertimos que nos parecemos al hermano mayor y que nuestra conducta necesita de una profunda conversión en este tiempo de Cuaresma.
Es mucho más cristiano quizás el hermano menor. Reconoce la bondad de su padre y confiesa abiertamente sus culpas. Es humilde y objetivo. Los sufrimientos lo hicieron capaz de esperar y de pedir ayuda.
El hermano mayor no era tan perfecto como aparece a primera vista. Cuando al volver del campo oye la música y el baile, aflora su resentimiento. En vez de buscar al padre y compartir su alegría, interroga con amargura a los criados. Al saber que su hermano ha regresado manifiesta su envidia, se enoja y no quiere entrar a la fiesta. El padre viene a invitarlo y él le habla despectivamente de “ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres”. Y reclama con resentimiento: “A mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos”.
La alegría del padre debió opacarse ante ese hijo, pequeño, interesado, calculador.
Le responde con tristeza: “Hijo tú estás siempre conmigo; todo lo mío es tuyo”.
Mas la principal enseñanza de esta parábola nos la entrega la figura del padre. Cuando el Evangelio habla de los lirios, de los dos pichones que se venden por una moneda, de la red y las perlas, de la oveja que se extravió en el campo, nos está mostrando un boceto de la cara de Dios. Pero esta página del hijo pródigo es el autorretrato del Señor. Así es El. Lo acusaron de ser amigo de pecadores y de comer con publicanos y prostitutas. No podía hacer menos. Lo acusaban de ser Dios, de ser capaz de perdonar y transformar el corazón de los hombres.
Algunos de nosotros hemos abandonado su amistad y estamos desvalidos y harapientos, muy lejos del amor, apenas con la riqueza de un recuerdo: la casa paterna y el rostro bondadoso del Padre. Otros permanecemos junto a El, pero encerrados en nuestra autosuficiencia, incapaces de compartir, viviendo una fe sin alegría, haciendo continuamente el inventario de las culpas ajenas y excluyendo sistemáticamente a quienes no caminan por nuestra senda.
Mientras tanto, mientras regresan los pródigos y se cambia el corazón de los hijos fieles, Dios sencillamente está allí. Es decir: Ama y espera y guarda torrentes de alegría para derramarlos cuando sus hijos se conviertan.
“Jesús se incorporó y le preguntó a la mujer: ¿Ninguno te ha condenado?. Ella contestó: Ninguno, Señor. Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más”. San Juan, cap. 8.
Los judíos antiguos no valoraron convenientemente a las mujeres. Ninguna de ellas podía estudiar la ley, ni participar en el servicio del templo. Esto explica por qué el adulterio se consideraba ante todo un pecado femenino. Por qué las penas que prescribía la Torá, pocas veces se aplicaban a los varones.
Un día los letrados y fariseos, para poner a prueba al Señor, le presentan a una joven: “Ha sido sorprendida en adulterio. Y Moisés nos manda apedrearla. ¿Tú qué dices?”.
Jesús calla y mientras tanto, escribe sobre el piso con el dedo. Pero sus interlocutores insisten, entonces El responde: “Quien esté sin pecado que arroje la primera piedra”.
San Juan anota que los acusadores se fueron yendo, uno a uno, hasta dejar sola a la mujer. Jesús la interroga: “¿Nadie te ha condenado? Nadie, Señor, responde ella temblando. Entonces vete, añade el Maestro, y no vuelvas a pecar”.
Una valiosa lección de tolerancia: Jesús no ignora ingenuamente el pecado: “No vuelvas a pecar”, le dice a la mujer. Pero a la vez aclara que la ley por la ley no rehabilita al hombre. Además exige que cuantos ejercen autoridad en la familia, en la sociedad, en la Iglesia, presenten una conducta limpia.
El pueblo judío vivía asfixiado por las leyes. Unas eran penales, otras sociales o litúrgicas. Y cada israelita piadoso se cuidaba de no faltar a la norma en lo más mínimo.
Jesús derriba este rígido esquema. Para El lo que vale es el hombre. El hombre, inclinado al pecado y capaz de fallar. Pero el hombre, llamado siempre a la vida y a vivir plenamente.
Hoy muchos predican tolerancia, pero a la vez son cómplices. Y otros del todo intolerantes, mantienen sus pecados en secreto.
Desde el amor, Jesús nos enseña a distinguir entre pecador y pecado. Si nos sentimos amados por Dios que nos perdona, podremos amar a quienes han fallado y ayudarlos a rehabilitarse.
Cristo ha venido a realizar algo nuevo. Lo cual el profeta Isaías expresa en un lenguaje poético: “No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo. Mirad que realizo algo nuevo. Abriré ríos en el desierto para apagar la sed de mi pueblo”.
La mayoría de nosotros recordamos de Voltaire, únicamente su historia negativa. Que la tuvo. Pero en el Tratado sobre la tolerancia, escrito en 1763, nos dejó un evangelio en borrador: “Oh Dios de todos los seres, de todos los mundos, de todos los tiempos: Dígnate mirar los errores de nuestra condición humana. No nos ha dado un corazón para aborrecernos, ni unas manos para degollarnos. Haz que nos ayudemos mutuamente, a soportar el fardo de esta vida penosa y fugaz; que las pequeñas diferencias entre nuestras imperfectas leyes, entre nuestras insensatas opiniones, por las que se distinguen estos átomos llamados hombres, no sean señal de odio y de persecución.
Ojalá que todos recordemos que somos hermanos. Que no nos destrocemos. Que empleemos el instante de nuestra existencia en bendecir en mil lenguas, desde Siam a California, tu bondad”.
“Los letrados y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio: Maestro, le dicen, la ley de Moisés nos manda apedrearla”. ¿Tú que dices? San Juan, cap. 8.
El desafío del letrado al Señor obtiene un efecto inmediato: “Quien esté sin pecado arroje la primera piedra”.
Entonces los acusadores de aquella mujer se alejan uno a uno, comenzando por los más viejos.
Jesús queda sólo y la mujer delante: “¿Nadie te ha condenado?”. Le dice Cristo.
Ella contesta: “Ninguno, Señor”.
Jesús añade: “Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más”.
Cristo prefiere perdonar. Nosotros, condenar. Al fin y al cabo nos resulta más fácil.
El condenar al prójimo trae sus ventajas: Solucionamos de una vez el caso. Simplificamos nuestra relación con el otro. Cancelamos nuestra preocupación por él. Alejamos “el mal” de nuestro territorio. Quedamos convencidos de estar defendiendo los valores. Entregamos al condenado toda la responsabilidad de su problema. Y por ley de contraste, nos sentimos agradablemente perfectos.
Perdonar tiene sus desventajas: Permanecemos comprometidos con el problema. Se complica nuestra relación con el otro. Debemos ayudarlo en su fragilidad. Continuamos viviendo en territorio contaminado. Nos queda la duda de estar contemporizando con el mal. Nos confesamos corresponsables con quien falla. Nos privamos de ese agradable gusto de sentirnos sin culpa.
Jesús nos enseña que, culpables cómo somos, no tenemos derecho a condenar a nadie. El nos invita a revisar nuestra historia personal.
Así, frente a la esposa que falló, ante el empleado que falsificó cuentas, ante la joven que quedo embarazada, o el hijo que probó la droga. Ante el alcohólico, el irresponsable, el imprudente, el ingenuo, el ignorante, el incapaz, nos hacemos conscientes de nuestra fragilidad.
Nuestra actitud, cómo la de Cristo, no será entonces ignorar el mal o las humanas limitaciones humanas. Pero tampoco condenar precipitadamente.
Será más bien de compromiso con el otro. Para comprenderlo en su propia situación, para convivir con é l, para ayudarlo a reconocer su deficiencia y potenciar todas sus capacidades.
En un mundo convulsionado y cambiante, tanto nosotros cómo aquellos a quienes amamos, en quienes creemos, estamos expuestos a vivir situaciones que antes rechazábamos de plano. Entonces la vida nos obliga a medir en carne propia lo que antes condenábamos con indignación.
Cristo nos enseña a perdonar con todas las consecuencias. Lo acusaban de ser amigo de pecadoras y publicanos. Sencillamente lo acusaban de ser Dios. Lo acusaban de ser Salvador.
“Le traen a Jesús una mujer sorprendida en adulterio y le dicen: Maestro, la ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras. ¿Tú qué dices?” San Juan, cap. 8.
Un abogado descubre con sorpresa que el culpable en el caso que investiga es el novio de su hija. Todo está listo para la boda. La joven se entera y una noche interroga entre lágrimas a su padre: ¿Para qué son las leyes? Para destruir o para rehacer al hombre? ¿No podría yo rehabilitar a Jaime?
Los fariseos colocan a Cristo en un delicado parangón: Si perdona a la adúltera podrán acusarlo de obrar contra la ley. Si ordena apedrearla ¿en dónde están su comprensión y mansedumbre?
Jesús apela a la conciencia de los acusadores, con una respuesta decisiva: “El que esté sin pecado que le tire la primera piedra”. Y mientras tanto, escribe con el dedo en el suelo. Quizás recordaba a los acusadores la lista de sus delitos.
San Juan no omite un detalle interesante: “Se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos”. A veces los adultos somos los más culpables por nuestras actitudes de injusticia. Gozamos de experiencia y de poder decisorio, pero no deseamos arriesgar nuestros privilegios.
Jesús no niega la culpabilidad de la mujer, pero tampoco ordena darle muerte. La salva. Es su tarea: Rehabilitar al hombre. “Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más”.
Nosotros no actuamos como Jesús. Casi siempre pedimos que se aplique la ley hasta sus últimas consecuencias, sin preocuparnos por las situaciones que dieron origen al delito. Una ley que muchas veces no salva sino que destruye. O rasgamos las vestiduras con gesto de comediante ofendido. O escondemos la cabeza como el avestruz, en la amable tibieza del hogar, en nuestras cuentas bancarias, o en una altiva confesión: “Yo no soy como los demás hombres”.
Pero las actitudes serias, las medidas audaces y cristianas, las acciones comprometidas para salvar al hermano, para mejorar nuestra sociedad, ¿en dónde están?
Al correr de los días siguen creciendo nuestros hermanos sin pan, sin techo, sin escuela, sin atención médica, sin amor. Es imposible ser bueno cuando se nace marginado de todo, mirando desde lejos a quienes todo lo tienen y están ciegos y sordos en su abundancia.
Al tomar la piedra para destruir al hermano, recordemos que alguna vez nos vamos a encontrar solos frente al Señor, como dice al final el evangelista: “Quedó solo Jesús, y la mujer en medio, de pie”.
“Cuando Jesús se acercaba a la ciudad, los discípulos entusiasmados alababan a Dios gritando: Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor”. San Lucas, cap. 19.
Jean Moussé imaginó una carta del sumo sacerdote Caifás, para Jesús de Nazaret. Habría sido escrita antes del domingo de Ramos. Entre otras cosas dice: “Aunque no te conozco personalmente, sé que eres un buen hombre, con gran éxito entre la gente. Pero me gustaría advertirte que hablas de Dios con mucha seguridad y tú no tienes preparación teológica. Pero ¿por qué no vienes a la escuela talmúdica abierta al público?. Además, no te hagas ilusiones: Este pueblo que hoy te aclama no te va a seguir siempre, menos aún por los caminos por donde quieres conducirlo. Por el momento soy todavía tu amigo, Caifás”.
En verdad, Jesús no era un teólogo al estilo de los doctores de su tiempo. Todavía no alcanzaba la edad legal para ser maestro de nadie. No lo eligieron sus discípulos, sino que él se escogió a los que quiso. Y se pasaba el tiempo contándoles historias, con las cuales explicaba su experiencia de Dios, invitando a sus oyentes para que aceptaran también el amor del Padre. Jesús no tenía poder oficial, ni teológico, ni jurídico. Menos aún político, a pesar de que mucha gente lo seguía. Y sí hablaba de Dios con notoria seguridad. Por ejemplo: Yo y el Padre somos uno.
Cuando aquella multitud lo aclamó a la entrada de Jerusalén, con vítores y palmas, Jesús no le hacía competencia a ningún otro reino de los que conocemos. No pretendía invadir ni territorios ni ciudades, sino los corazones de cuantos acepten como a Dios como Padre.
Poco le hubiera servido al Maestro frecuentar las escuelas talmúdicas, donde la ley de Moisés agonizaba, reducida a lo accidental y lo externo.
Jesús entonces viene en el nombre del Señor para que haya paz en lo interior del hombre. Y esa paz se manifieste en la familia y en la sociedad.
Pero Caifás tiene razón, cuando le advierte a Cristo: Ese pueblo no te va a seguir para siempre. La eterna historia de todo amor humano. Solamente cuando se purifica de toda escoria, cuando se eleva hasta volverse casi inmaterial, el amor logra resistir las pruebas, de las cuales la menor no es el tiempo.
Nuestra alianza con Dios es inconstante, porque apenas le amamos a medias. Lo mismo que aquellos discípulos, un día lleno de entusiasmo, pero luego desmemoriados e ingratos.
Nos dicen que para ratificar lo prometido, mucho más en compromisos de amor, conviene repetir la promesa muchas veces. Ya en el corazón, ya en los labios. A este rito, en lenguaje cristiano lo llamamos oración.
Conviene además presentar a la mente con frecuencia, cada una de las bondades del amado. Lo cual se llamaría contemplación. Y luego alegrarse despacio por ese amor que de Dios recibimos. De allí brota de forma espontánea el agradecimiento. Uno de los quehaceres ordinarios de todo buen creyente.
Al celebrar la Pascua, muchos de nosotros regresamos, cansados de peripecias y batallas, hacia el amor de Cristo. Hemos vuelto al hogar. Que El nos regale la perseverancia.
“Jesús iba avanzando, montado en un borrico. Cuando se acercaba al Monte de los Olivos, la masa de los discípulos gritaba diciendo: Bendito el que viene cómo rey”. San Lucas, cap.19.
Celebrar no es solamente un verbo de tres sílabas que se conjuga cómo el verbo amar. Celebrar es sencillamente estar vivo. La naturaleza celebra el retorno de la luz y la bondad de la lluvia. El niño celebra la presencia de su madre. Aun los animales expresan si el visitante es amigo o desconocido.
La vida humana es una celebración en muchas dimensiones.
El juego es la celebración de lo que seremos y de lo que deseamos. El noviazgo es la fiesta de un amor que comienza. Celebramos los cumpleaños, el regreso de un amigo, las bodas, los negocios, los grados, las distinciones, las fiestas nacionales y también las exequias.
Por eso, de la vida misma, nace la celebración religiosa que significa la alegría de nuestra relación con el Señor.
Sus signos son la asamblea cristiana, los cantos, las luces, las flores, los vestidos, las plegarias, las procesiones.
Celebrar es recordar, es revivir, es renovar. Esta Semana Santa es la gran celebración cristiana. El Señor ha realizado en favor nuestro cosas maravillosas Llamó a Abraham desde Ur de Caldea para constituirlo padre de un pueblo innumerable. Selló un pacto con los patriarcas, nuestros antepasados en la fe.
Sacó a su pueblo de Egipto y lo condujo a través del desierto. Cuidó de los suyos por medio de reyes y profetas. Condujo de su mano la historia de Israel.
Un día en Belén, nació de Santa María Virgen y apareció visiblemente entre nosotros.
Aquella multitud que aclamaba a Jesús a su entrada en Jerusalén, celebraba la presencia del Señor en su pueblo.
Nosotros recordamos este episodio al iniciar la Semana Santa. El Señor nunca está lejos de nosotros.
Durante estos días, revivimos esa presencia del Señor por la oración, por la participación litúrgica, por los Sacramentos.
Los discípulos, cuenta el evangelista, desatan el borrico que Jesús necesita. Lo cubren con sus mantos y ayudan al Señor a cabalgar. La gente alfombra el camino con sus mantos, corta ramas de olivo y las tiende al paso del Maestro.
Nosotros, en distinto paisaje, pero con idéntica intención, hacemos un alto en el camino. Detenemos el frenesí de nuestra vida, levantamos los ojos hacia El y tomando de la mano a nuestros hijos, nos dirigimos al templo cercano a celebrar que Dios nos ama.
“Llevaron el borrico a Jesús y le ayudaron a montar y los discípulos entusiasmados se pusieron a alabar a Dios a gritos: ¡Bendito el que viene como rey!”. San Lucas, cap.19.
Impregnemos un poco nuestra reflexión de poesía. Ella también, como escribe un autor, es una forma de fe. Imaginemos que Jesús llega a la ciudad sobre los mansos lomos de Platero, aquel borriquillo de Juan Ramón Jiménez “que se diría todo de algodón”.
No viene a caballo como un centurión romano, ni tampoco sobre el camello, a la usanza de los soberanos de Oriente. Así, casi a ras de tierra, en humildad, sencillez y mansedumbre. No ha venido a guerrear sino a perdonar, no llega a triunfar sino a servir.
Cristo es amigo de los pobres, de los sencillos, de los que no tienen respeto humano para aclamarlo por las calles y arrojar al suelo sus mantos.
Pero tal vez nosotros hemos soñado con un cristianismo de élites, únicamente para letrados e ilustres. Hemos despreciado la religiosidad popular por sentimental y poco teológica.
La fe exige además expresiones externas. No basta creer a solas, en la propia conciencia o en la intimidad del hogar. La fe necesita airearse, celebrarse en comunidad, resonar en los signos visibles, contagiar las artes, las culturas, la creación, el universo. Y nos hemos quejado porque alguna procesión nos interrumpe cuando vamos de paseo.
Y nos da pena que los amigos sepan que vamos a misa y participamos de las ceremonias de la parroquia.
Dios se deja querer del pueblo judío. No importa que dentro de poco ellos mismos griten ante Pilato: Crucifícale. El Señor no rechaza esta ovación, la aprueba y la acepta. Nos conoce muy bien y para el viernes santo ya nos tiene preparada una excusa: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.
Al comprender todo esto busquemos a Dios, aunque probablemente volveremos fallar. Los sacramentos no se da como premios, sino como remedio ante neutras culpas.
Comienza esta semana santa. Entran en juego nuestra pereza y la bondad de Dios, nuestra apatía y su misericordia. La victoria final se llama Pascua, la fiesta de la vida, del gozo y de la luz. Cristo lleva las de perder. Unicamente podrá darle el triunfo el corazón humilde de cada uno.
A los creyentes nos nosotros nos toca responder si tienen alguna validez para nuestra existencia, la pasión, la muerte y la resurrección del Señor.