TejasArriba.org por Calixto
Fuente y origen
Un mensaje con sabor a Evangelio
Introducción
El quinto centenario
¿Entonces?
¿Qué nos dice la Biblia?
Abbá, una palabra de ternura
Jesús
Sin embargo...
Fuente y origen
La tarea de la Iglesia
En conclusión
Textos de apoyo
Bibliografía 


Introducción

Según las estadísticas, nuestro continente americano será, dentro de poco, el 51% de toda la Iglesia católica. Sin embargo, se ha comprobado que la dimensión misionera de nuestras iglesias particulares no es la más dinámica, ni la más generosa.

De lo anterior se deduce que nuestro compromiso cristiano no es tampoco el más sólido, ni el más profundo. Porque lo misionero y lo cristiano se identifican en el ser y en el hacer.

Queremos entonces reflexionar ahora sobre la identidad cristiana, de la cual brota espontáneamente el fervor misionero. Y la capacidad de animar a las Iglesias particulares hacia el anuncio del Evangelio.

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El quinto centenario

1992 fue una fecha importante en la historia religiosa del continente americano. Conmemoramos entonces los cinco siglos de haber llegado el Evangelio hasta nosotros. No son quinientos años de haber recibido la fe. Los doce millones de indígenas —no dan los diversos autores una cifra unánime— vivían también una fe, muy arraigada, en sus divinidades. Practicaban otras religiones, otras maneras de buscar a Dios. Pero aún desconocían el Evangelio.

Por esas fechas del quinto centenario, se difundieron muchos estudios donde se examina de una manera crítica, la forma como América Latina vive su cristianismo.

Estudios que aportan lo siguiente:

1) Hemos profesado una fe apologética

Apenas era lógico, desde el contexto histórico en que nació nuestra evangelización. Corrían por Europa los vientos de la reforma protestante. A la cual la Iglesia opuso la contrarreforma católica, cuyo punto culminante fue el concilio de Trento, iniciado por el papa Paulo III en 1545 y culminado por Pío IV, en 1563. Dicho concilio tuvo como objetivo señalar lo esencial e indefectible de la fe católica y colocar a los fieles a la defensiva contra las contaminaciones protestantes.

Eran tiempos además en los cuales la espada y la cruz, es decir, la conquista y la evangelización, habían consumado un matrimonio indisoluble. Ser cristiano era entonces defender a la Iglesia. Con la consiguiente confusión entre evangelio y estructuras, entre fe cristiana e imperio español. Cuando no se luchaba por la Iglesia en el campo de batalla, se la defendía y aseguraba con argumentos.

A muchos nos tocó aquel estilo de predicación, donde se enunciaba una verdad teológica y luego se la probaba con argumentos de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres, de la tradición, etc.

Se entendía por fe una aceptación intelectual de unas verdades propuestas. De ahí que para muchos creer era aceptar dejarse convencer por una trama peculiar de argumentos.

2) Hemos profesado una fe masiva

Los habitantes del nuestro continente éramos a la vez súbditos del rey español y miembros de la Iglesia. De allí que el cristianismo nos llegó por una tradición de familia. Quizás nunca tuvimos la ocasión de optar libremente por el Evangelio.

Cuenta la historia que, cuando llegaban los barcos cargados de esclavos negros a los puertos americanos, había un capataz que los reseñaba y un fraile que les echaba el agua del Bautismo. Algo parecido sucedía con los grupos indígenas, era necesario “cristianarlos”. De lo contrario no podían ser súbitos de España.

De todo esto nos quedó una fe masiva que muchos no examinan y menos aún abrazan conscientemente. En nuestro medio se viven muchas costumbres cristianas, pero muchas de ellas no tienen un dinamismo capaz de cambiarnos el corazón.

3) Hemos profesado una fe ambigua

Sería interesante enumerar la cantidad de elementos religiosos que maneja un cristiano corriente: Imágenes, medallas, devociones, novenas, fórmulas, definiciones, peregrinaciones y muchas cosas más. Nuestro corazón se asemeja a esas cacharrerías donde se expende toda clase de artículos. Un oferta que a veces ofusca a los clientes y los aparta.

Y con frecuencia, la fe queda allí anclada, sin que logremos un verdadero encuentro con el Señor. Habría necesidad de un trabajo serio de clasificación y de purificación. Cabría preguntarnos a la luz del Evangelio: ¿Qué es lo esencial y qué es lo secundario? ¿Cuáles son los medios y cuáles los fines? ¿Quiénes los mensajeros del Rey y dónde vive el soberano? A veces no superamos una fe de devociones.

4) Hemos profesado una fe cartesiana

Descartes fue un filósofo francés del siglo XVI (1596 – 1650). Este gran pesador presenta un camino para que la sociedad pueda vivir en progreso y armonía: Que se le entreguen “ideas claras y precisas”. Nuestra Evangelización cumplió en mucha parte tal cometido. Sobre todo por obra y gracia del Padre Gaspar Astete, (1536 – 1601), quien con su obra “Catecismo de la Doctrina Cristiana” tuvo enorme influencia en España y en diversos países americanos.

Este nombrado jesuita plasmó, en fórmulas exactas, contenidos de la fe. Un trabajo laborioso y admirable. Pero sin su culpa, la evangelización, por un esforzado memorismo, nos dio una fe de ideas. Y así, aunque sepamos muchas cosas de Dios, nuestra vida permanece distante del ideal presentado por Jesucristo. La fe para muchos bautizados equivale a una ideología. Pero que pocas veces resuena en el corazón y transforma la vida. 

5) Hemos profesado una fe kantiana

Alemania se gloría de ser la patria de Emmanuel Kant, (1724 – 1804), cuya filosofía social se basó en una norma para la sociedad, a la cual él llamó “imperativo categórico”. En su enseñanza no interesaba explicar mucho los motivos de esa ley, sino que los ciudadanos se esforzaran en cumplirla.

Numerosos cristianos hemos aprendido el Decálogo, que nos viene del Antiguo Testamento y los cinco mandamientos de la Iglesia, normas que el concilio de Trento presentó a la comunidad creyente, “para cumplir mejor los mandamientos de la ley de Dios”, como decía el catecismo de Astete. Y de estos preceptos hicimos un imperativo categórico religioso.

Pero, de pronto, no llegamos más allá de la ley. “Yo no robo ni mato” es un decir de nuestro pueblo, para acreditar su vida cristiana. De allí también nació la expresión “cumplir con la Iglesia”. Sin embargo el Evangelio no es una serie de normas, así ellas sirvan para que un individuo lleve una vida digna y no haga mal a los demás. El Evangelio es algo más. Es la Buena Noticia que nos invita a encontrarnos con el Señor.

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¿Entonces?

Descubrimos entonces que el cristianismo es un camino que asciende por tres escalas consecutivas: La Ciencia, la Experiencia y la Vivencia.

Indiscutiblemente la fe comienza por cierta clase de ciencia. San Pablo, escribiendo a los romanos les dice : “La fe viene de la predicación, y la predicación por la palabra de Cristo” (Rm 10, 17). Y un poco antes había escrito: “Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído?. ¿Cómo creerán a aquel de quien no han oído? y ¿cómo oirán sin que se les predique?” (Rm10,14).

Todo empieza por conocer algo de Dios, lo cual se obtiene por la enseñanza de una teología. Es el trabajo de la catequesis. Pero conviene señalar que toda teología es inexacta. Es una ciencia sobre Dios, expresada con las palabras recortadas de los hombres.

Sin embargo, no tenemos otro lenguaje para ello. Hemos de contentarnos con el nuestro, pero sospechando por encima de él que Dios y su plan de Salvación se encuentran más allá de todos nuestras expresiones. Más allá aún de nuestros esquemas teológicos. “No quieras enviarme de hoy ya más mensajeros, que no saben decirme lo que quiero” (Cántico Espiritual), respondía san Juan de la Cruz a todas las creaturas que le recordaban al Amado. Pero todas ellas incapaces de contener al Creador.

Un segundo escalón hacia la fe es la experiencia. En la primera carta de san Juan leemos: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la palabra de vida —pues la Vida se manifestó— y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros” (1 Jn 1,1 3).

La diferencia entre ciencia y experiencia consiste en que la primera no siempre resuena en nuestro interior. En cambio la segunda llega a lo más íntimo de nuestro ser y empieza a transformarnos.

En la Biblia encontramos un ejemplo claro de cómo se distinguen la ciencia y experiencia. Los discípulos de Emaús: Aquellos hombres descorazonados que regresaban a su aldea, el día de Pascua por la tarde. Lo cuenta san Lucas en el capítulo 24 de su evangelio. Ellos sabían mucho de Jesús, pero su experiencia vital sobre el Señor, todavía era muy vaga. En cambio, en el primer discurso de san Pedro (Hch 2,14-36), descubrimos que éste presenta el mensaje del Maestro desde una experiencia personal. A él le consta de la resurrección de Jesús. Este hecho le ha cambiado la vida.

Comprendemos además que una experiencia personal apenas alcanzamos a contarla de paso, a describirla. Pero la huella imborrable que algún acontecimiento especial nos dejó sobre el alma, ésta nunca se puede comunicar plenamente. Entonces abundamos en palabras, enumeramos los sentimientos que el hecho nos produjo, echamos mano de los gestos, los símbolos, las metáforas. Comprobando enseguida que todo lenguaje es inexacto. Que lo esencial de una experiencia permanece aún encerrado en su torre de marfil, en su misterio, adonde no llegan sino Dios y nosotros mismos.

En consecuencia, la fe nunca se enseña. Podemos ofrecer un vocabulario, algunas fórmulas, unas definiciones relacionadas con la fe cristiana, pero la fe continúa siendo un don de Dios. Una huella que El ha dejado en nosotros: “Mil gracias derramando pasó por estos sotos con presura, e yéndolos mirando con sola su figura, vestidos los dejó de fermosura” ( San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual).

Sin embargo, sí es posible para quien ha vivido una experiencia, acompañar a los demás de tal manera que gocen de una igual, u otra más rica. Pensamos aquí en el maestro que acompaña al campo. En el pianista que motiva a sus discípulos, haciéndolos crear pequeñas melodías. O el anciano que cuenta viejas historias para enseñanza de los nietos.

Algún autor explica que experiencia es una palabra donde se integran otras tres: La partícula “ex”, tomada del latín, la cual significa salir de nosotros mismos. Luego vendría “peri”, una preposición griega, que nos invita a darle la vuelta a aquello que tenemos delante. Y enseguida “entia”, un vocablo que designaría los entes que nos rodean.

Aunque de un modo también aproximativo, la experiencia de fe equivale a salir de nuestra pequeñez, reconocer a Dios y entrar en plena comunión con El.

El tercer escalón lo podemos llamar vivencia. En los campos, es frecuente que los adolescentes cabalguen sobre un potro todavía sin domesticar. Las consecuencias son una fuerte caída, y de pronto la luxación de un brazo. Al cabo de unas semanas de convalecencia, el que superó tal aventura vuelve a lo mismo, con el disgusto del papá que repite: Estos muchachos no cogen experiencia.

Así entendemos que la vivencia es una experiencia “cogida”. La cual nos cambia la vida. La ilumina, la ilustra y la transforma. De ahí que el cristiano maduro vive y obra, según esa experiencia de Dios que ha tenido por medio de Jesucristo.

Cada religión ofrece una experiencia de Dios. También lo hinduístas, los budistas, los mahometanos alimentan su fe y su culto desde una experiencia de Dios. Sólo que los cristianos buscamos, gozamos y presentamos a los demás nuestra experiencia de Dios, por medio de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero.

Quienes han tenido una honda experiencia, por ejemplo del amor en el hogar, de la ternura de unos padres. O también del dolor, de la enfermedad, de la pobreza, comprueban que su vida quedó marcada para siempre.

El cristiano es un bautizado, cuya vida está marcada por la experiencia personal de Jesucristo. ¿Pero de qué manera?

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¿Qué nos dice la Biblia?

Hablando en términos actuales, podríamos decir que en un principio Dios no tuvo casa de publicidad propia. Esa tarea la encomendaba a unos creyentes, la mayoría de los cuales eran pastores. De ahí que muchos profetas presentaran a Dios ante el pueblo como un pastor:

“Yavéh, como un pastor a su rebaño, recoge en sus brazos los corderitos y en el seno los lleva, y trata con cuidado a las madres” (Is 40, 11).

“Así dice el Señor: Aquí estoy yo. Yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él. Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas. Las recobraré de todos los lugares donde se habían dispersado” (Ez 34, 11.12).

También hallamos esta comparación en el salmo 22: “El Señor es mi pastor; nada me falta. En verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo... Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo. Tu vara y tu cayado me acompañan”.

De igual manera, el Nuevo Testamento nos presenta a Dios como un pastor, sobre todo en el Evangelio de San Juan.

Sin embargo, esta metáfora no ha de ser entendida al pie de la letra. Sería muy pobre la relación con Dios de alguien que es irracional y plenamente pasivo.

Pero enseguida, aquellos nómadas salidos de Egipto empezaron a ser agricultores, se asentaron “cada cual bajo su parra y bajo su higuera”, como escribió el profeta Miqueas (4,4). Entonces el pueblo empezó a comprender a Yavéh como un rey, y cada judío circuncidado se entendía como un vasallo del Altísimo. Comprensión todavía incompleta, porque la alianza pactada por Dios con Israel promovía una relación más excelente.

Más adelante nos situamos en el capítulo 16 de Ezequiel, el libro de Amós, y en el Cantar de los Cantares. Unos largos textos en los cuales Dios le dice a su pueblo de diversas maneras: “Yo soy como un esposo y vosotros, como mi esposa”. Al encuentro de Yavéh con la humanidad se le añadió entonces un elemento afectivo.

Pero todo ello permanecía en el Antiguo Testamento, es decir, dentro de los límites de la primera alianza de Dios con un grupo escogido, en cabeza de Abraham.

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Abbá, una palabra de ternura

La gran revelación de Jesús, como nos enseñan los biblistas, consistió primero en tratar a Dios de tú. En el lenguaje hebreo de entonces nadie se había atrevido a tanta cercanía. Pero además, el Maestro emplea una palabra inédita en la oración judía. Se dirige a su Padre, invocándolo a la manera como los niños llamaban a su padre dentro del hogar. Nombrarlo así en público hubiera sido mala educación: Lo llama Abbá. Una expresión tomada del arameo, el idioma del pueblo sencillo.

A los varios nombres de la tradición judía para invocar a Dios: Elohim, Adonaí, Yavéh Sebaot, vocablos que traducían más o menos: El Dios fuerte, el Dios lejano, el Dios de las montañas. “El que mira a la tierra y ella tiembla, toca los montes y echan humo” ( Sal 104, 32), Jesús añade uno totalmente nuevo: Abbá, un término que expresa confianza, cariño, pero ante todo, ternura.

Tanto impresionó esta palabra a las primeras comunidades, que san Pablo y san Marcos, quienes escribieron en griego, la dejaron en el original arameo (Rm 8,15 Ga 4,6 Mc 14,36).

El capítulo seis de san Mateo es el escenario privilegiado, donde aprendemos con más profundidad, esta revelación de Jesús:

“Y cuando oréis no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga.

Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre que está allí en lo secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará”. (Mt 6, 6) ( Los niños acostumbraban llamar a su padre abbá, sólo en el recinto del hogar).

Y añade el evangelista:

“Y al orar no charléis mucho, como los gentiles que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo.

Vosotros, pues, orad así: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; Y perdónanos nuestras deudas así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, más líbranos del mal” (Mt 6,7-13).

Y al final del capítulo, leemos:

“Por eso yo os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan ni recogen en graneros, y vuestro Padre Celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? Y del vestido ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo cómo crecen; no se fatigan ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No andéis pues preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles, pues ya sabe vuestro Padre Celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura” (Mt 6,25,33).

Y al comienzo del capítulo siete, hay un párrafo que no podemos omitir: “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca halla; y al que llama, se le abrirá.

¿O hay acaso alguno entre vosotros que si un hijo le pide un pan, le dará una piedra; o si le pide un pez, le dará una serpiente? Si, pues, vosotros, siendo malos sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!” (Mt 7, 7-11).

Jesús nos enseña a llamarlo, con un vocablo que pudiéramos traducir como “papacito”, “papi” para nuestro medio.

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Sin embargo...

Es apenas lógico que la experiencia de Dios, como Padre, exige de antemano otra experiencia anterior, que no es posible obtener sino en el propio hogar. Si nosotros recibimos amor durante nuestra infancia, nos será fácil acceder a Dios para gozar de su ternura. Un poeta, refiriéndose a esa experiencia primaria, donde germinará luego la fe cristiana, la señala “como el hueco en la piedra de una ermita, donde es posible fabricar un nido”.

Pero, ¿cómo predicar un Dios Padre a tantos y tantas que han nacido en hogares difíciles? Problema que aparece en muchos lugares del mundo.

Descubrimos una solución que la misma Biblia nos ofrece.

Juan Pablo I, aquel papa que duró pocos días en la sede de Pedro, nos enseñó en alguna catequesis, que Dios tenía cualidades de madre. No faltaron algunos que se extrañaran ante semejante afirmación. Pero el pontífice explicó cómo Dios, antes de encarnarse en Jesucristo, no era ni hombre ni mujer. Además, que la Biblia hace frecuentes referencias a Dios como a una madre:

“Como el águila incita a sus polluelos, así El te llevará sobre sus plumas” (Dt 32,11).

¿Podrá una madre olvidarse del hijo de sus entrañas? Pero yo nunca me olvidaré de ti” (Is 49,15).

“Yo quisiera arropar a Jerusalén como la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas... (Mt 23,37).

Y una pequeña parábola de san Lucas, en la cual Jesús nos presenta a Dios con la conducta de una mamá, al hablar de unos siervos que esperan vigilantes a su amo: “Yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, los servirá” (Lc 12,37).

De otro lado, es posible predicar a Dios Padre ante quienes no han tenido esa experiencia de hogar, porque el aprendizaje humano se realiza por dos caminos: La semejanza y el contraste. Santa Teresita del Niño Jesús logró una honda experiencia del amor de Dios, desde su infancia feliz de niña amada. Por el contrario, san Francisco de Asís, descubrió la paternidad de Dios, a causa de la conducta áspera de Pedro Bernardone, su padre.

Aquí volvemos al querido Padre Astete: “¿Para qué creó Dios al hombre?”, preguntaba la maestra. Y el niño respondía: “Para conocerle, amarle y servirle en esta vida y después verle y gozarle en la otra”.

Pero esta frase peca de un dualismo que hoy no podemos admitir. De una parte comprobamos que ese “conocerle, amarle y servirle en esta vida” se convierte, con mucha frecuencia, en un “servirle” con angustia y temor. Y de otro lado, si alcanzamos un nivel suficiente de cristianismo, ya podremos gozar desde ahora de ese amor inmenso de Dios. Sería muy distinta nuestra vida, a pesar de las penas y fracasos, si nos sintiéramos verdaderamente amados por el Señor. “Me amó —escribe san Pablo en singular— y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2,20).

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Fuente y origen

Todo lo anterior, que pudo parecernos un largo prólogo, nos lleva a descubrir la fuente y origen del misionerismo de la Iglesia.

Si Dios se ha revelado por Jesucristo, como Padre todopoderoso y amoroso de todos, a cada cristiano convencido le debe doler en el alma que mucha parte de la humanidad no conozca, ni ame, ni goce a ese Dios que se mostró en Jesucristo.

En primer lugar, si hemos asimilado de verdad el Evangelio, la Buena Noticia de Dios, no habrá entonces ningún cristiano “de padre desconocido”. Y de otro lado, cuantos han recibido el bautismo se sentirán irremediablemente empujados a anunciar a Jesucristo a todos los hombres, a todos los pueblos, a todas las culturas.

La encíclica del papa Juan Pablo II, Redemptoris Missio, fechada en Roma el 7 de diciembre de 1990, al cumplirse los veinticinco años del decreto conciliar Ad Gentes, es la carta de navegación más actualizada para esta aventura del Evangelio.

En su introducción el papa nos dice:

“La misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse. A finales del segundo milenio, después de su venida, una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos, y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio. Es el Espíritu Santo quien impulsa a anunciar las grandes obras de Dios: “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de orgullo; es más bien un deber que me incumbe: Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Co 9,16).

En nombre de toda la Iglesia, siento el imperioso deber de repetir este grito de san Pablo. Desde el comienzo de mi pontificado, he tomado la decisión de viajar hasta los últimos confines de la tierra, para poner de manifiesto la solicitud misionera; y precisamente el contacto directo, con los pueblos que desconocen a Cristo, me ha convencido aún más de la urgencia de tal actividad, a la cual dedico la presente encíclica”.

Y más adelante: “Lo que más me mueve a proclamar la urgencia de la evangelización misionera es que ésta constituye el primer servicio que la Iglesia puede prestar a cada hombre y a la humanidad entera en el mundo actual, el cual está conociendo grandes conquistas, pero parece haber perdido el sentido de las realidades últimas y de la misma existencia. Cristo Redentor —he escrito en mi primera encíclica— revela plenamente el hombre al mismo hombre. El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo, debe acercarse a Cristo. La Redención, llevada a cabo por medio de la cruz, ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su existencia en el mundo”(2).

Y en otro párrafo: “El número de los que aún no conocen a Cristo, ni forman parte de la Iglesia, aumenta constantemente; más aún, desde el final del Concilio, casi se ha duplicado. Para esta humanidad inmensa, tan amada por el Padre que por ella envió a su propio Hijo, es patente la urgencia de la misión.

Por otra parte, nuestra época ofrece en este campo nuevas ocasiones a la Iglesia: la caída de ideologías y sistemas políticos opresores; la apertura de fronteras y la configuración de un mundo más unido, merced al incremento de los medios de comunicación; el afianzarse en los pueblos los valores evangélicos que Jesús encarnó en su vida (paz, justicia, fraternidad, dedicación a los más necesitados); un tiempo de desarrollo económico y técnico falto de alma que, no obstante, apremia a buscar la verdad, sobre Dios, sobre el hombre y sobre el sentido de la vida.

Dios abre a la Iglesia los horizontes de una humanidad más preparada para la siembra evangélica. Preveo que ha llegado el momento de dedicar todas las fuerzas eclesiales a la nueva evangelización y a la misión ad gentes. Ningún creyente en Cristo, ninguna institución de la Iglesia puede eludir este deber supremo: Anunciar a Cristo a todos los pueblos”(3).

La misma carta nos enseña además:

“Nuestra época, con la humanidad en movimiento y búsqueda, exige un nuevo impulso en la actividad misionera de la Iglesia. Los horizontes y las posibilidades de la misión se ensanchan y nosotros los cristianos estamos llamados a la valentía apostólica, basada en la confianza en el Espíritu. El es el protagonista de la Misión (30).

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La tarea de la Iglesia

Para resituar hoy la tarea misionera de la Iglesia, el texto más explícito lo encontramos en la encíclica Redemptoris Missio:

“La diferencias en cuanto a la actividad de esta misión de la Iglesia, nacen, no de razones intrínsecas a la misión misma, sino de las diversas circunstancias en las que ésta se desarrolla: Mirando el mundo actual, desde el punto de vista de la Evangelización, se pueden distinguir tres situaciones:

1) En primer lugar, aquella a la cual se dirige la actividad misionera de la Iglesia: pueblos, grupos humanos, contextos socioculturales, donde Cristo y su Evangelio no son conocidos, o donde faltan comunidades cristianas suficientemente maduras, para poder encarnar la fe en el propio ambiente y anunciarla a otros grupos. Esta es propiamente la misión Ad Gentes.

2) Hay también comunidades cristianas con estructuras eclesiales adecuadas y sólidas; tienen un gran fervor de fe y de vida; irradian el testimonio del Evangelio en su ambiente y sienten el compromiso de la misión universal. En ellas se desarrolla la actividad o atención pastoral de la Iglesia hacia un crecimiento y consolidación de la fe. Pastoral de acompañamiento.

3) Se da, por último, una situación intermedia, especialmente en los países de antigua cristiandad, pero a veces también en las Iglesias más jóvenes, donde grupos enteros de bautizados han perdido el sentido vivo de la fe, o incluso no se reconocen ya como miembros de la Iglesia, llevando una existencia alejada de Cristo y de su Evangelio. En este caso es necesaria una “nueva evangelización” o “reevangelización” (RM,33).

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En conclusión

En el lenguaje corriente, cuando decimos misión, misiones, o misioneros, nos estamos refiriendo, en la mayoría de los casos, al anuncio de Cristo a tantos hombres y mujeres que todavía no han escuchado nada sobre la persona y el mensaje del Maestro.

Para nuestro propósito, podemos entonces concluir que la experiencia de Dios por medio de Jesucristo, en otras palabras, nuestra identidad cristiana, —sin descuidar la segunda y tercera tareas de la Iglesia— nos impulsa de una manera exigente y continua a la Misión Ad Gentes. “Esta es la vida eterna: que te conozcan ti, el único Dios verdadero y al que tú has enviado, Jesucristo” (Jn 17,3).

En otras palabras: Cuantos hemos recibido el bautismo hemos de escuchar, como dicho, para cada uno de nosotros, aquel Sermón de los Cinco Todos, que se conforma uniendo dos trozos de san Mateo y de san Marcos: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan por todo el mundo. Anuncien el Evangelio a toda creatura. Enséñenles a guardar todo cuanto yo les he enseñado. Y yo estaré con ustedes todos los días hasta la consumación de los siglos” (Mt 16,18-20 Mc 16,15-16).

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* * *

Textos de apoyo

“Ya en la primera palabra de la oración que Jesús nos enseña, nos invade el primer asombro. El mayor asombro. ¿Es acaso normal que el hombre se vuelva a Dios —el todopoderoso, el autor de los mundos— llamándole sencillamente “padre”?

Padre, sin más. Es ésta una de esas palabras totales que se empequeñecen si se les añade un adjetivo. Decir “padre bondadoso” es mucho menos que decir sencillamente “padre”. Decir “padre amante” es usar un pleonasmo retórico y estéril. Es que el padre lo es del todo y con todas las consecuencias.

Es más: “El que es padre es padre ante todo, y el que ha sido una vez padre, ya no podrá ser nunca más que padre”, como escribe Peguy. No se puede ser “un poco padre”, como no se puede ser “muy padre”. Se es no se es, sin añadidos.

Porque aquí no se dice que Dios nos ame “como un padre”, o que actúe “paternalmente” con nosotros. Se dice rotundamente que es en verdad nuestro padre.

Tampoco se dice que Dios es para nosotros “como nuestros padres”. Que, en su amor, se parece a los padres humanos. Más bien, habría qué decir que son los padres de la tierra los que participan de su paternidad, los que se parecen a él en eso de ser padres.

Dios es incluso, para nosotros, padre antes que Dios. El primer mandamiento de la ley no dice: “Adorarás al Señor tu Dios”, sino “Amarás al Señor tu Dios”. El señorío va detrás de amor, detrás de la paternidad.

Nos confundimos si creemos que la paternidad de Dios sea menor, porque se nos llame “hijos adoptivos” suyos. Esta frase, que quiere simplemente señalar la distinción entre nuestra filiación y la de Jesucristo, puede prestarse a confusiones. Entre los hombres, un padre adoptivo no es un padre verdadero del adoptado; éste no participa verdaderamente de su vida, aun cuando participe de su amor. En cambio, la adopción divina es una auténtica entrega de la misma vida de Dios. “Mirad —dice san Juan—, qué amor singular nos ha concedido el Padre: que seamos llamados hijos de Dios y lo seamos” (Jn 3,1).

Ante esta idea de llamar “padre” a Dios, los santos saltaban de gozo. Nosotros nos hemos acostumbrado. Pero esta forma de dirigirse a Dios no es tan evidente como alguien podría suponer. Hacía falta que Jesús nos diera su permiso y nos alentara para invocar a Dios, con esta palabra tan íntima y familiar. Esta fue la gran revelación de Jesús.

No porque él fuera el primero en usarla, sino porque la usó de un modo y una forma que jamás nadie había empleado.

En realidad, ya en el antiguo Oriente, y desde el segundo y tercer milenio antes de Cristo, los hombres hablaban de la paternidad de Dios. En oraciones sumerias, anteriores a Moisés y a los profetas, encontramos la invocación de “padre” dirigida al Señor. En el Himno de Ur a Sin, divinidad de la luna, se habla de Dios como de un “padre magnífico y misericordioso, en cuya mano está la vida de la nación entera”. Y en catorce pasajes del Antiguo Testamento, oímos denominar a Dios como padre y al pueblo de Israel como hijo suyo.

Pero este nombre toma un carácter completamente distinto en el Nuevo Testamento. Aparte de multiplicarse el número de veces que se usa (sólo en los evangelios son 170), nos encontramos con que, en las oraciones de Jesús y en el comienzo del Padrenuestro, él emplea un vocablo que jamás se había dirigido a Dios: Abbá. El nombre con que el niño pequeñito se dirigía a su padre.

El Talmud escribe: “Cuando un niño prueba el gusto del cereal (es decir cuando lo destetan), aprende a decir abba e imma (papá y mamá). Son éstas las primeras palabras que el niño balbucea. Nadie, antes de Jesús, se había atrevido a dirigir a Dios una palabra de uso tan íntimo y familiar. Jesús, en cambio, usa siempre esta palabra y la coloca al principio de la oración que pone en nuestros labios. Con ella nos introduce en una familiaridad con Dios que nadie había sospechado antes. Es la total confianza.

Dios no es para nosotros sólo un “padre”, más o menos metafórico, es lo que es el papá para el bebé que aprende a balbucear. ¿No es esto acaso un giro decisivo, en la historia de las relaciones del hombre con Dios”.

(MARTIN DESCALZO, José Luis, Vida y misterio de Jesús, Ediciones Sígueme. Salamanca).

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Amanece sobre el río Ucayali

Los indígenas Shippibo-Conibo, a quienes acompañamos los Misioneros de Yarumal en el vicariato de Pucallpa (Perú), son muy madrugadores. Antes de las cinco de la mañana, ya empieza a agitarse el caserío. Muy temprano comienzan a humear las cocinas.

Los hombres salen a pescar de madrugada y los demás van por leña o traen agua desde el río. Cuando está listo el chapo (bebida de plátano maduro), las mujeres empiezan a servir enormes tazones para los de casa, para invitar a los vecinos y cuantos pasen por el frente del rancho.

Si estamos de correría por las comunidades, ordinariamente nos levantamos con la gente y compartimos sus actividades. Siempre hay algo qué hacer. Más tarde, después de la oración, podemos estudiar un buen rato, preparar material de trabajo y escuchar a la gente que nos llega. A la tarde, tiene lugar una comida comunitaria. Se juntan los vecinos y cada uno aporta lo que tiene o lo que ese día ha conseguido. Para comer, ellos siempre se dividen en dos grupos: De un lado las mujeres con los niños. Del otro, los hombres.

Más adelante, nos reunimos con los mayores y los jóvenes para algunas charlas de orientación. Allí se habla de todo, porque a ellos les gusta mucho preguntar. Todo lo quieren saber. Es una oportunidad admirable para evaluar e impulsar la marcha de la comunidad.

Les explicamos sobre derechos humanos, cuestiones de alimentación y de salud. Les contamos lo que ha sucedido en otras comunidades y en el resto del país.

El creciente contacto de estos hermanos con la llamada cultura envolvente, el intercambio con los comerciantes de la región, madereros y pescadores, nos ha movido a explicarles el manejo de las pesas y las medidas y unas mínimas nociones de matemáticas, para que no se dejen engañar.

En otras comunidades donde hay enseñanza escolarizada, gastamos buen tiempo con los alumnos, ayudándoles en las diversas materias.

Con todo esto buscamos crearles una conciencia crítica, para que examinen y valoren su propia cultura y los elementos foráneos que les llegan.

Hacia las cinco de la tarde tampoco puede faltar el deporte, de preferencia el fútbol. También a veces se organizan partidos de voleybol. Acto seguido, todos a bañarse.

En la noche, volvemos a reunirnos con la comunidad, para hablar más expresamente de temas religiosos. Allí ellos comparten con nosotros cosas maravillosas de sus creencias sobre Dios, el hombre y la naturaleza.

Buscamos hacerlos conscientes de su riqueza espiritual y de los muchos regalos que Papá Dios ha dado a su cultura. Queremos que descubran, desde su propia realidad y desde sus tradiciones, que el Señor siempre ha estado presente con ellos, en sus mitos, en sus hermosas leyendas, en su religión y en su historia.

Pero les insistimos en que ellos son también hijos predilectos de Dios y están llamados a participar en el plan de salvación que reveló Jesucristo.

A través de estos encuentros, poco a poco, detectamos los líderes que luego recibirán una preparación especial. Estos serán los más capacitados anunciadores de un Evangelio, encarnado en su propia cultura y compartido en el propio lenguaje. Esos líderes pueden inculturar el mensaje de Cristo, tarea que nosotros no podemos realizar sino en parte.

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Nuestra comunidad

Los Shipibo-Conibo son alegres y espontáneos. Poseen un gran sentido del humor, son trabajadores y muy hospitalarios. Del fruto de su sementera y de su pesca todos participan, así como todos colaboran en las mingas (convites), para preparar la chagra (huerta), o recoger la cosecha. Comparten amigablemente el plátano, la yuca, las frutas y el pescado, por lo menos algunas especies.

Esto no quita que otros pescados de más valor los salen y conserven, para venderlos a los comerciantes que remontan el río, o cuando van de visita hasta Pucallpa. Con el producto de esas ventas compran ropa, útiles de cocina y otros elementos.

Les encanta sobre manera toda clase de celebración. Organizan fácilmente una fiesta. Allí se come en abundancia, acompañando las viandas con masato (bebida fermentada de yuca) o bien con chicha, que se fabrica de diversas maneras. La cerveza, el aguardiente, aunque caros pues son traídos desde lejos, también se hacen presentes en tales ocasiones.

Los bailes se amenizan con música de quena (flauta indígena) y bombo. Algunas cumbias colombianas que hemos traído en casetes, les han gustado mucho.

Cuando beben bastante se tiran a dormir en la calle, o se van a sus casas. Pocas veces son agresivos o problemáticos. Pero, como en toda sociedad humana, aquí también existen elementos negativos. Encontramos indígenas perezosos y oportunistas. Otros son mentirosos y desconfiados y algunos también cultivan rencores y se vengan de quienes los han ofendido.

Todo ello nos da pie para contarles la vida de Jesús y hacer que en ella descubran el Dios que el Maestro nos ha dibujado: Un Padre que a todos nos ama y nos perdona. Que nos enseña a parecernos a él, el Padre de los cielos.

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Nuestros principales retos

Entre los desafíos que nos plantea el acompañamiento a estas comunidades, está el prepararlas para el encuentro con la otra sociedad que de muchas maneras los cerca.

Es una tarea muy compleja, de prevención contra el despojo cultural, la desubicación social, la frustración y el etnocidio.

Necesitamos además asistencia técnica, que mejore su industria incipiente y equilibre su mercado elemental.

Son urgentes programas de educación a todos los niveles, para responder a sus necesidades comunitarias en cuanto a salud, alimentación y promoción se refiere”.

( P. Jorge Eduardo Bohórquez, misionero de Yarumal)

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Bibliografía

AUBRY, Roger, “La Misión”, Editorial Don Bosco, La Paz,1986.

BORGES, Pedro, “Métodos misionales en la cristianización de América. Siglo XVI”.

CASTRO, Luis Augusto, “Invitación a la Misión Ad Gentes”, Colección Iglesia Nueva No.73, Indo-American Press, Santafé de Bogotá, 1986.

FLORISTAN, Casiano, “Evangelización en conceptos fundamentales de Pastoral”, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1983.

RAHNER, Karl, “Curso fundamental sobre la fe”, Introducción al concepto cristiano.

RUIZ GARCIA, Samuel, “La Evangelización en América Latina”.

WESS, Paul, “¿Cómo se llega a la fe?, Editorial Herder, Barcelona,1986.

Documentos de la Iglesia

PAULO VI, Evangelii Nuntiandi.

JUAN PABLO II, Encíclica “Redemptoris Missio”.

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