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“En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. San Juan, cap. 1.
Se trataba de un guerrero muy valiente que había caído en un pantano. Su esfuerzo por librarse consistía en levantar con las dos manos, el penacho de su yelmo para salir a flote. Así describe un autor la situación del hombre, abandonado a su propias fuerzas.
Aun los pensadores no cristianos incluyen en su proyecto humano, ese elemento negativo que los creyentes llamamos pecado. Para Ernst Bloch, ateo y marxista, “el hombre está lleno de buena voluntad, pero al poner su mano sobre algo con intención de ayudar, no deja de causar perjuicios”.
Tal pesimismo se refleja en muchas teologías cristianas que exageraron la fuerza del pecado, mirando sólo los desastres de la historia y no el ansia de bondad que todos alentamos.
Jesús se nos presenta como el vencedor del pecado. Y cuando al comienzo de su vida pública se acerca al Precursor, éste lo señala como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Una expresión que despertaba en los judíos variadas resonancias. Recordaba los corderos que se ofrecían en el templo y también los anuncios de Isaías, donde el futuro salvador se describe como un manso cordero. En el texto arameo esta relación era aún más estrecha.
Aparte de las muchas teorías, todo hombre sincero siente esa fuerza extraña que le invade su interior y le oscurece el camino. El Padre Astete nos presenta el pecado dentro de dos variables: Mortal y venial.
Pero lo detectamos bajo muchos ropajes: Como déficit en nuestra conducta y también como inclinación. Lo descubrimos en un acto, en alguna actitud. Del mismo modo, el pecado configura un clima, algo insensible que nos rodea y nos condiciona.
Y otras veces nos sale al camino en forma de crisis: Una situación de enfrentamiento y de penumbra.
Sin embargo, no conviene quedarnos clasificando culpas y anatemas. Nuestra fe es una relación con el Señor en el perdón y la confianza. Aunque nos preguntamos: ¿De qué manera Dios quita el pecado?
La teología enseña que pecar no es solamente quebrantar una ley, ni adquirir una mancha que lavarán los rituales, ni contagiarnos con algún tabú traído de la infancia, ni romper con algo cultural de nuestro grupo. El pecado consiste en un enfrentamiento con Dios que nos ama. Por esta razón ser pecador auténtico es generalmente muy difícil. Pero a la vez es algo más profundo de lo que imaginamos.
Cuando el Señor perdona nos cambia el corazón, resucitando nuestra actitud de hijos. Pero nos exige ser sinceros y dejarnos cambiar desde dentro. Por este camino regresamos todos los hijos pródigos.
Guardini ha escrito algunos párrafos que, a quienes tenemos la experiencia del pecado, nos llenan el alma: “Perdonar (como Dios nos perdona) es más difícil que crear. Sólo perdona ese Dios que está ‘encima de Dios’ “. Frase disparatada que dice algo cabal: Jesucristo vino efectivamente para revelarnos “ese Dios que está por encima de tantos dioses que hoy se ofrecen”.
Y otro autor añade: “Para sanar de inmediato a un enfermo, se requiere poder de lo alto. Para perdonar los pecados hace falta además una infinitud de amor”.
“Dijo Juan Bautista: Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí. Yo no le conocía”. San Juan, cap. 1.
Amor no quita conocimiento, decimos en el lenguaje familiar. Pero, por otra parte, se dan conocimientos que no conducen al amor. El hombre averiguó cuantos millones de kilómetros dista el sol de la tierra. Supo que Bucarest es la capital de Rumania. Aprendió las costumbres de los antepasados. Así tenemos unos datos más en el archivo, pero personalmente nada nos ha sucedido.
Conocimos la tabla de los elementos. Einstein nos enseñó la teoría de la relatividad universal. Esto tampoco afectó nuestra vida. Un día aprendimos los tonos menores de la guitarra. Fuimos capaces de conducir una motocicleta. Sentimos entonces que el mundo nos regalaba una alegría distinta.
Un aliciente nos iluminaba el camino.
Pero nada puede compararse con ese momento en que alguien despierta nuestro amor y corresponde a él plenamente.
Enamorarse, decía un joven, es permitir que alguien llegue a lo más profundo de mi vida y desde allí, empiece a plantearme todas las cosas de una manera nueva.
Cuando el amor es sincero, ese otro es capaz de sacar a la superficie todo lo bueno que guardamos dentro. Porque el amor moldea, educa, promueve, proyecta, hace crecer, colma de plenitud los caminos
Al final de este viaje desde el conocimiento hasta el amor, nos espera el encuentro con Dios. El es el Otro. El único capaz de llegar plenamente a lo más hondo del ser y desde allí, replantearnos todas las cosas. El único capaz de sacar a relucir todas las posibilidades que guardamos ocultas.
“Yo no le conocía”.
Sólo tenemos del Señor un conocimiento teórico y superficial, pocas veces una experiencia. Cuando ésta se da, el conocimiento sí conduce al amor. Porque sus datos entusiasman el corazón.
Algo muy importante nos ha sucedido entonces. El encuentro con el Señor afecta profundamente nuestra vida. Sentimos que existe una alegría distinta, que un aliciente nos ilumina el camino.
Entonces podemos señalar a Jesús: Este es el que quita el pecado del mundo. Comprobamos que el Señor remedió nuestro mal, diluyó nuestra angustia.
Siempre se ha dicho que el amor es ciego. Pero no, el amor es clarividente, porque el que ama alcanza a descubrir en el otro facetas y posibilidades que los demás no perciben.
El Señor que nos ama se goza en el inventario completo de nuestros valores. Y todas las tardes imagina lo que mañana llegaremos a ser.
“Al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Esto sucedía en Betania, al otro lado del Jordán”. San Juan, cap.1.
En arameo una sola palabra, “Talía”, se traduce por siervo y por cordero. Juan Bautista presenta al Maestro como el “cordero de Dios”. Jesús es “el siervo de Yavéh” que se entrega para salvarnos. Y a la vez, el reemplazo del cordero que se sacrificaba en la celebración de la Pascua. El Precursor señala que el Señor habría de quitar el pecado del mundo.
Los libros de moral están repletos de conceptos sobre el pecado. Lo definen, lo clasifican, lo interpretan, escudriñan sus causas, su gravedad, enumeran sus efectos, nos revelan su historia, sus variaciones. Pero no es fácil aplicar esta doctrina a nuestra vida práctica. El pecado sigue oculto en el misterio, agazapado en los estratos más hondos de nuestro ser, escondido bajo las formas más diversas y cambiantes.
Alguien escribió que para entender perfectamente el pecado, sería menester haber comprendido qué es el amor de Dios. Y sería también necesario comprender los planes del Señor, la conciencia, la libertad, el destino del hombre. En esa ruta, apenas si hemos avanzado algunos pasos.
Otro método para conocer el pecado, sería desnudarnos, poco a poco, de las muchas cortezas que superficialmente nos envuelven, para encontrarnos cara a cara con nuestra propia realidad. Con razón se ha comparado al hombre con una insignificante cebolla. Numerosas capas nos envuelven y al final, ¿qué descubrimos dentro
Si pudiéramos deshacernos de nuestros condicionamientos culturales, de los convencionalismos que modelan toda conducta, de nuestras excentricidades, de los personajes que representamos cada día, de las máscaras que usamos ante los demás, de aquellos sueños que hemos convertido en realidad para apoyarnos... Entonces sentiríamos mucho frío. Pero comprobaríamos que somos demasiado pequeños.
Tal vez no entendamos todavía la esencia del pecado. Mas lo importante no es comprenderlo, disecarlo en una definición, ni siquiera identificarlo, como si se tratara de una bacteria peligrosa. Lo importante es aceptarnos pecadores, débiles, limitados y mirar con esperanza al Señor que puede sanarnos. A Cristo que quita el pecado del mundo.
El pecado existe en nosotros como deficiencia, como inclinación, como acto, como actitud, como clima que insensiblemente nos contamina.
El discípulo del Señor no es un hombre sin pecado. José María Cabodevilla nos lo dice en atrevida frase: “Sería demasiado triste, sería intolerable, no poder pecar: ello supondría que no podemos amar a Dios libremente”. Y la liturgia pascual llama feliz nuestra culpa, porque nos mereció un Redentor tan generoso.
El cristiano es un hombre que busca a Jesucristo y de su mano empieza cada día el camino prolongado y difícil, hacia regiones más fértiles, más limpias y resplandecientes.
“Por aquel tiempo, Jesús se estableció en Cafarnaúm, junto al lago, en el territorio de Zabulón y de Neftalí”. San Mateo, cap. 4.
La provincia del norte era una región verdaderamente hermosa. Sus gentes cultivaban la tierra, criaban ganado y el lago de Genesaret les ofrecía pesca abundante. Cumplían la ley, es cierto, pero descuidaban las minuciosas tradiciones de los fariseos. Lo cual y sus relaciones con los pueblos vecinos, le valió a aquella región el mote de “Galilea de los gentiles”, que san Mateo consigna en su relato. Los letrados de Jerusalén le dijeron un día a Nicodemo: “Indaga las escrituras y verás que de Galilea no salen profetas”.
El nivel cultural de un galileo era inferior al de sus compatriotas, quienes los depreciaban además por su manera ruda de pronunciar el arameo.
En esta región aparece Jesús de Nazaret, un profeta del norte. Y el evangelio lo presenta como alguien que sube de Nazaret para establecerse en Cafarnaúm, territorio que en la conquista de la tierra prometida, correspondió a los descendientes de Zabulón y Neftalí.
Y según su costumbre, san Mateo trae una cita del Antiguo Testamento para ratificar quién es Jesús: “El pueblo que habitaba en las tinieblas ha visto una luz grande. A los que habitaban en sombras de muerte una luz les brilló”. Así había escrito el profeta Isaías.
Jesús comienza su predicación con una frase copiada del Bautista: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos”. Una palabra que atrae hacia él los primeros discípulos. El evangelio enumera aquí a cuatro de ellos: Pedro y Andrés, que se ocupaban de la pesca en el lago. Juan y Santiago, hijos de Zebedeo, también pescadores.
Ellos, dejando sus redes y sus barcas, siguieron al Maestro.
No sería una decisión repentina. Pero sí algo que se fue gestando en su corazón, hasta irse un día con el Señor, escuchando su palabra, ansiosos de otra forma de creer y de vivir
La fe se nos presenta hoy como un seguimiento de Jesús, más allá de los ritos y las devociones. Es un camino largo, amable a veces, otras tantas difícil, con los consiguientes retrocesos. Una tarea como la del artista frente a su modelo. Un trazo aquí, una línea allá. Este detalle, esta sombra que resalta un volumen. Aquella luz que acentúa un contraste. Quizás mañana comenzar de nuevo, sintiendo que el trabajo anterior no tuvo calidad. “Sed imitadores de Dios, como hijos carísimos, y vivid en el amor como Cristo os amó”, les escribía san Pablo a los efesios.
El discípulo del Señor entiende que este gesto, aquella palabra, esa actitud, algún criterio frente a las personas y las cosas, necesitan ser cambiados. Lo cual no sucede de repente. Es el fruto de una acercamiento sincero a Cristo, a través del Evangelio, mientras reflexionamos sobre la propia historia. Pero de pronto comprobamos que sí hemos copiado aunque muy débilmente, algún rasgo del Señor.
El primero, el más eminente, es su actitud de hijo ante el Padre de los cielos. Y el segundo, su capacidad de sentirse hermano de todos los hombres de la tierra.
Si procuramos que nuestra vida se parezca, siquiera desde lejos a Jesús, ya no seremos tierra de gentiles.
“Junto al lago de Galilea vio Jesús a dos hermanos, a Simón y a Andrés, que estaban echando las redes. Les dijo: Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y le siguieron”. San Mateo, cap. 4.
Ninguno de los cuatro evangelistas se queda sin contarnos el llamamiento de Pedro. Se trata del jefe de Los Doce, de la piedra viva sobre la cual Jesús edificará su Iglesia. Podemos leer el capítulo 4.º de San Mateo, el 1.º de San Marcos y San Juan, y el 5.º de San Lucas.
Allí comienza la historia de Pedro Bar-Jona, natural de Betsaida de Galilea y pescador de oficio. Un día se echa a andar con el Maestro por esos caminos de Palestina, dejando abandonadas las redes y la barca. Luego el Señor le nombra jefe de los apóstoles.
Más adelante podrá caminar sobre las aguas, aunque con peligro de hundirse porque su fe es todavía vacilante. Invitado por Jesús, le acompaña al Tabor. Le mira resplandeciente allá en la cumbre y experimenta el gozo de su compañía. Pero a Pedro también le llega un día la hora del conflicto. Esto para consuelo de todos nosotros. Para defensa contra el desaliento, si fallamos alguna vez, después de haber vivido mucho tiempo junto al Señor.
Aun Marcos, discípulo de Pedro, nos lo refiere en un relato descarnado. El Apóstol no quiso disimular su culpa. Estando Pedro en el patio cerca de donde Jesús era interrogado, una criada le mira atentamente y le dice: También tú estabas con Jesús de Nazaret.
Pero él empieza a maldecir y a jurar: Ni sé, ni entiendo lo que dices: No conozco a ese hombre.
Todos podemos recordar con este pasaje algún capítulo de nuestra propia vida
Espontáneamente afirmamos, ante la negación de Pedro, que allí debería terminar la amistad entre Cristo y su discípulo.
Habría para ello razones suficientes. Pero Dios no actúa con nuestros patrones de comportamiento.
En el capítulo 21 de San Juan hallamos la contraparte de esta historia: A la orilla del lago, bajo un paisaje igual a aquel de la primera llamada, ante la mirada curiosa de los demás apóstoles, que habrían comentado de muchas maneras el suceso.
Cuando Jesús pregunta si le ama, la respuesta de Pedro conjuga una gran humildad y el sentido común del pescador de Tiberíades: “Señor, Tú sabes todo, Tú sabes que te amo”.
Entonces Jesús le confirma en su función, le reitera su respaldo. Le hace sentir que lo pasado ya pasó y le abre las puertas de la alegría y la confianza. Definitivamente a Dios le gusta trabajar con gente remendada.
Cuando recordamos nuestros fallos, con frecuencia olvidamos a Zaqueo, a la mujer adúltera, al muchacho que abandonó la casa paterna.
No caemos en la cuenta de quien y cómo es nuestro Padre.
“Paseando Jesús junto lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón y a Andrés. Y más adelante vio a Santiago y a Juan, hermanos también, y los llamó”. San Mateo, cap. 4.
Aquienes cultivan ilusiones, con cierto menosprecio, los llamamos ilusos. Olvidando que para ser persona humana y mucho más para triunfar en la vida, son indispensables los sueños. Al fin y al cabo, como señala un escritor, el hombre se compone de cabeza, tronco, extremidades y utopía.
Paseando junto al mar de Galilea, nos dice san Mateo, Jesús vio a dos hermanos: Simón y Andrés, que echaban las redes. Y pasando adelante halló a Juan y Santiago que también eran pescadores. El Señor les dijo: Venid conmigo. Y ellos le siguieron.
Toda invitación corresponde a una ilusión que mantenemos escondida en el alma. De lo contrario, sonaría en los oídos pero no alcanzaría a resonar dentro del corazón.
¿Qué clase de ilusiones alentarían estos hombres del lago? Quizás pesca abundante. Buen mercado para la misma. Una mujer amable, muchos hijos en una casa rodeada de viñas y trigales. De pronto, un viaje a Mesopotamia o a Fenicia. Y una vejez tranquila cuando ya el Mesías hubiera llegado.
Jesús les presenta a estos pescadores un proyecto que coincide con su tarea del lago, pero que incluye una variante, la cual ellos no entienden de inmediato: El objetivo de sus redes sería la humanidad.
Diríamos que el Señor se a ensaya pescador. Y arroja una carnada que disfraza el anzuelo: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres”.
La pesquería era lo suyo para estos galileos, a la madrugada y a la tarde
Pero habría que atrapar a la gente. En Jeremías se lee que Dios enviaría pescadores a capturas los hijos de su pueblo. Ese oficio de pescar hombres sólo podría ser tarea de Yavéh.
Sin embargo, advirtamos que previamente a ese llamado, uno de cada par de hermanos se había entrevistado con el Maestro. Lo cuenta el cuarto evangelista. Andrés y el mismo Juan habían sido discípulos del Bautista. Y cuando éste señaló al carpintero de Nazaret como el cordero que quitaría los pecados del mundo, ambos se acercan a Jesús le preguntan muchas cosas y pasan con El toda la tarde.
Tan convencidos quedan que Andrés le asegura a su hermano Simón: Hemos encontrado al Mesías y la acerca enseguida al Señor. También Juan convencería a Santiago, su hermano y compañero de faena en el lago.
De la conducta de estos cuatro discípulos, aprenden los que han sido llamados a un estado especial en la Iglesia. Pero también todos los cristianos.
El seguimiento de Cristo es un proceso que comienza de muy variadas formas, según las circunstancias y el temperamento de cada quien. A veces brota tiene origen en un deseo de una vida menos prosaica. O en el deseo de compartir lo que somos y tenemos. O también desde un sentimiento de frustración personal.
Pero enseguida, en la mitad de nuestras inquietudes comienza a dibujarse un rostro. Y llenos de alegría exclamamos: Es el Señor. No basta entonces ser buenos simplemente. La vocación cristiana consiste en avanzar. Para compartir con muchos cuanto sabemos de Jesús. Lo que sentimos en su compañía y la manera tan hermosa como El nos ha cambiado la vida.
“Al ver Jesús el gentío subió a la montaña, se sentó y se puso a hablar enseñándoles: Dichosos los pobres en el espíritu”... San Mateo, cap. 5.
Se afirma que todos los animales son felices. ¿O encontraremos una jirafa agobiada por los remordimientos, una golondrina que sufra de insomnio, o algún delfín destrozado por la angustia?
Es verdad que a veces sufren miedo, pero es algo momentáneo, no más allá de un salto para defenderse, o un gruñido para ahuyentar al invasor.
En cambio, los humanos nos pasamos la vida recordando nuestros errores, almacenando cosas febrilmente, adulando a los demás para subir en la escala social, y soñando con imposibles.
Sin embargo varían los requisitos para la felicidad que persigue un cantante de rock o un marinero. Un astronauta o un coleccionista de mariposas. Una acuarelista o un monje trapense. Cada época además nos trae un esquema prefabricado para lograr la dicha, al cual muchos se acogen enseguida, para renegar luego de su empeño.
Jesús que como nadie, era “experto en humanidad”, quiso enseñarnos los caminos de la felicidad. El Evangelio cuenta que aquel día, el Señor subió a una montaña y sentándose, les dijo a sus oyentes en forma solemne: “Dichosos los pobres en el espíritu. Dichosos los sufridos...dichosos lo que lloran”..
Este Sermón de la Montaña puede entenderse como una norma de moderación y de equilibrio. Pero también como palabra de un Dios, que nos conoce las entretelas del alma.
San Mateo señala ocho maneras de lograr la felicidad. Son senderos que se entrelazan y complementan, como aquellos que cruzan la montaña, pero siempre conducen a la cumbre.
El Señor señala que seremos felices si liberamos el corazón de ambiciones demasiado terrenas. Si, a pesar de todo, cultivamos la mansedumbre. Si sabemos llorar con los demás y padecemos por la justicia. Si somos capaces de misericordia y preservamos el corazón de malas intenciones. Si nos comprometemos con la paz, sacrificándonos por la justicia.
Jesús hablaba para un puñado de judíos sinceros, purificados por muchos dolores.
Pero el discurso del Maestro no es creíble para quienes nunca han explorado el Evangelio, donde se ofrece una subasta de alegrías. Tampoco para quienes se identifican su vida con el Anti - Sermón de la montaña:
“Un día, el Egoísmo subió a un monte y puesto en pié gritó a los cuatro vientos: Seré feliz cuando acumule muchas cosas a mi servicio. Entonces no necesitaré de los demás. Seré feliz cuando me revista de alegrías, aunque sean aparentes. Ellas ocultarán todos mis males. Seré feliz cuando domine a todos por medio de la fuerza. Así alcanzaré poder y renombre.
Seré feliz cuando busque lo mío, aún atropellando a los demás. Tendré mi recompensa a corto plazo. Seré feliz cuando el dolor ajeno no me hiera. De este modo financiaré mi futuro. Seré feliz cuando mi corazón no se prive de nada. Así nunca necesitaré de Dios.
Seré feliz cuando venza a todos mis enemigos. Entonces seré yo plenamente y nada más. Feliz seré si no me embarco en causas perdidas. Sólo así alcanzaré a corto plazo mi reino.
Dos demonios jóvenes que escuchaban tan peregrino discurso, se sintieron asqueados y aquel día no quisieron aplaudir al Egoísmo”.
“Jesús se puso a hablar enseñándoles: Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos”... San Mateo, cap. 5.
Nuestra realización personal, nuestra felicidad, no son el producto de una tarea mecánica, automática y deshumanizada. Son el fruto de una paciente labor de artesanía.
Porque Dios no fabrica en serie sus criaturas. Es un artesano que pone en su tarea todo su tiempo, su amor y su destreza.
Con lentitud de siglos, fragua las gemas en la entraña de la cordillera. Cruza el polen de las flores, para lograr otro colorido, una más fuerte contextura en los pétalos.
Combina luces y sombras para tejer el crepúsculo y la aurora, de tal manera que la noche y el día no se sucedan bruscamente.
Emplea millares de años para cristalizar una nueva estrella y afiliarla a determinada constelación. Guía las especies animales a regiones más fértiles, las va dotando de otra piel, de otros colores, de mejores recursos defensivos. Se ha demorado siglos en refinar la conciencia moral del hombre. Una labor que requiere tiempo, dedicación, paciencia, observación asidua, capacidad de rectificación. A través de los siglos la condujo desde la ley del Talión hasta el mandamiento del amor.
La felicidad es también un proceso largo. No se obtiene acumulando cosas. Nos llega despacio, cuando nos despojamos gradualmente de las cosas.
Tampoco el mármol puede convertirse en estatua sin renunciar a sus aristas, sin entregarse a la voracidad del escoplo.
A su manera, nos lo explica el Señor en San Mateo: Felices serán los pobres, los sin doblez, los capaces de renunciar, los capaces de compartir, los que tienen hambre y sed de justicia.
Un mundo técnico y hasta donde es posible eficaz, nos anuncia que también puede fabricar felicidad. La hace depender de un producto comercial, de un viaje, de una moda, de un título.
Pero el Señor enseña que para ser felices bastan las simples herramientas del artesano.
Las mismas con que fabricamos el hogar: Actitudes de ternura, de acogida, de diálogo, de gozo en la mirada. Somos felices cuando posamos los ojos y ponemos todo el corazón en los detalles que el mundo industrial pasa por alto y a veces desprecia.
Destilan gotas de felicidad el árbol que vuelve a reverdecer, la segunda palabra de un hijo pequeño, los logros de nuestro esfuerzo, el amor de Dios explicado de manera sencilla, la acogida cariñosa que alguien nos brinda.
Otras maneras de saborear la dicha serían más solemnes, pero podrían asustarnos.
¿No será esta felicidad elemental, la Bienaventuranza de que nos habla el Evangelio?
“Jesús se puso a hablar enseñándoles: Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos”. San Mateo, cap.5.
Las estatuas se enferman por la ofensiva de la lluvia y el viento. El mármol se deshace, el bronce se disuelve en herrumbre y lentamente se descompone la piedra. Se gastan las monedas, de tanto pasar de mano en mano, se borran sus imágenes, se desvanecen sus inscripciones y al final no sabemos si ostenta la efigie de algún dios o la de un césar.
También se enferman las palabras y dejan de traducir los sueños, los deseos y los pensamientos de los hombres. Se vuelven arrugadas y mustias y ya no sirven para acercar a las gentes. No invitan a sonreír, ni empujan las manos hacia el saludo y los abrazos.
“Alegría” es una de esas palabras. Porque la hemos manchado y camina por ahí, quebrantada y quejosa, sin deseos de seguir existiendo.
“Amor” es otra palabra disminuida y maltrecha. Tanto la hemos profanado, que parece necesario crear otro vocablo que signifique esas ansias vitales del bien, esa fuerza interior hacia la comunión y el éxtasis.
“Pobreza” es otra palabra enferma. Jesús en el Sermón de la montaña, la señala como una herramienta para labrar la felicidad de los hombres. Pero no hemos aprendido a emplearla.
Cristo nos enseña una pobreza simple y jovial, amiga de las aves y los lirios del campo, confiada alegremente en la Providencia. Una pobreza realista e industriosa, sin mucha elaboración metafísica.
En el discurso de las Bienaventuranzas, era una palabra limpia y sonora, como una campana para despertar a los hombres a orar, a trabajar todos los días, sin remordimientos ni rencores.
Pero nosotros hemos contaminado la pobreza con interminables dialécticas, la hemos mancillado con odio, la hemos privado de su capacidad de comunión, la hemos convertido en un arma para dividir a la humanidad. La hemos falseado confundiéndola con la miseria, el orgullo, la agitación, la rebeldía hacia todo y contra todo.
La pobreza ha perdido su elegancia inicial, su apellido evangélico, su simpatía, su ministerio de edificar el Reino de Dios sobre la tierra.
No vivimos la pobreza. Los que no tenemos perseguimos un ideal falsificado de persona. Nos fatigamos en busca de muchas cosas superfluas, nos acosa la envidia y no encontramos la felicidad prometida por el Señor.
Quienes gozamos de bienes vamos siempre a la defensiva. Porque olvidamos el y nos tranquiliza el entregar lo que nos sobra. Tampoco de este modo alcanzamos la bienaventuranza.
El Señor nos invita a devolver a la pobreza su salud. Para que vuelva a ser atractiva, traduzca los sueños y los deseos de Dios, acerque a la gente, invite a sonreír y empuje las manos hacia el saludo y los abrazos.
“En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo”. San Mateo, cap. 5.
Los pueblos semitas usaban diariamente la sal para condimentar sus alimentos y en el comercio con los pueblos vecinos. Leemos en el Eclesiastés: “Cuatro cosas son necesarias al hombre: El agua, el hierro, el fuego y la sal”. Pero ella también significaba alianza. Comer se designaba con un verbo equivalente a “tomar juntamente la sal”. Y existe una expresión árabe para significar los deseos de amistad: “Que nunca falte la sal entre nosotros”.
En el capítulo 13 de san Mateo Jesús inaugura un estilo peculiar de predicación. Con imágenes, parábolas y comparaciones, tomadas de la vida ordinaria de Israel, comienza a presentar su enseñanza.
“Que no falte la convivencia entre vosotros. Convivid así en paz”. Es uno de los sentidos más genuinos de aquella palabra del Maestro: “Vosotros sois la sal de la tierra”.
Los paisanos del Señor se proveían de sal en las canteras de Sodoma y en las riberas del mar Muerto. La llamaban “hija del sol y del agua”. Diríamos que el Señor eleva a otro nivel esta simple criatura, pero la devuelve enseguida a la tierra, pidiendo a sus discípulos que nos parezcamos a la sal.
Más tarde la literatura cristiana, tomando algunas frases de san Pablo, nos habló del “sabor de Dios” y enumeró la sabiduría entre los dones del Espíritu Santo.
Tarea del cristiano: Hacer que la vida les sepa bien a los demás. Que se preserven de la corrupción. Que nuestra sal se vuelva paz y convivencia.
Porque ocurría que aquella sal, guardada en la alacena, se humedecía algunas veces. Y algunos, con descuido manifiesto, la arrojaban a la calle. Jesús se pregunta a sus oyentes: “Si la sal se corrompe, ¿entonces con qué se la salará?
También dijo el Señor: “Vosotros sois la luz del mundo”. En su tiempo no faltaba una lámpara, encendida día y noche, en el interior de la casa. Aun bajo la tienda. Decir de alguien que dormía en completa oscuridad era indicar su absoluta pobreza. Así entendemos por qué Zacarías presenta a Cristo, como iluminador de los que duermen en sombras de muerte. Y el libro de los Proverbios alaba a una mujer, especialmente porque “su lámpara no se apaga en la noche”.
Tarea del cristiano: Que su ejemplo ilumine la mente y los caminos de quienes viven con nosotros. El Maestro señala que la luz no se oculta debajo del candelero, una escudilla de barro o de metal. Ni menos se pone bajo el lecho. Se coloca sobre el candelabro.
-¿Qué hiciste de tu vida?, le dijo Dios a alguien que había muerto.
- Lloré mucho tiempo mi pecados. Aprendí de memoria copiosa teología. Recité numerosas oraciones. Caminé siempre con los ojos en alto, evitando a los demás que deseaban tal vez contaminarme. A todos oculté mis buenas obras, para no envanecerme.
No fuiste un buen discípulo, dijo el Señor. Hubieras debido derramar alegría e ilusión sobre los prójimos. Fuiste egoísta, al cuidar tu integridad, sin compartir con los demás mis dones. Valía la pena ser humilde, pero no acomplejado. Haz de escribir cien veces sobre el muro del cielo: Yo no fui sal, ni luz.
“Dijo Jesús: Alumbre vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo. San Mateo, cap. 5.
La búsqueda, hija de nuestra insatisfacción, nos lanza cada día a la conquista de nuevos valores y de metas todavía inexploradas. Pero también nos conduce, a menudo, a renegar de todo lo pasado, a olvidar a quienes sembraron la cosecha que ahora recogemos y rompieron los caminos por los cuales avanzamos actualmente.
Buscamos prestigio rechazando lo tradicional, cómo si el mundo hubiera comenzado con nosotros.
Olvidamos que, como dijo Cicerón: “La historia es maestra de la vida”.
Pero mirando atrás, comprobamos que hubo también hombres inquietos y soñadores. Hombres que cultivaron ilusiones, construyeron castillos sobre las montañas y también en los aires, mecieron su vida sobre el riesgo, desconfiaron del pasado y creyeron que el mundo estaba aún por descubrir.
Cristo nos dice que nuestra luz debe brillar ante los hombres.
Esta luz es el bien que estamos realizando, es la experiencia que nace del fracaso, es el amor que nos ha ligado a muchos, el hábito de trabajo, la marca de nuestras cicatrices, es la verdad que hemos podido descubrir, por lo menos en parte, en medio de las sombras.
El Señor nos ordena levantar esa luz, colocarla sobre el candelero, para compartir con todos el haber encontrado nuevas formas de construir el Reino
Quizás hubo un momento en que creímos que nada era verdadero ni perdurable. Habían surgido de repente nuevos valores, inusitadas formas de pensar y de actuar.
Todo esto nos entusiasmó, y con razón. Pero un poco después, comprendimos que aquello que parecía novedad era apenas una edición renovada de lo antiguo, un nuevo estadio en el proceso de la historia.
No olvidemos entonces el rosal por la rosa. Ni ante el río, el origen escondido del manantial.
Así en nuestro hogar no todo será búsqueda: Existen valores definitivos e inmutables cómo el amor, la sinceridad, la abnegación, el cumplimiento del deber.
No todo será búsqueda en nuestras instituciones.
Presentemos toda la rica herencia de ayer con amable alegría, con honesta simplicidad, con cariño fraterno, pero nunca escondamos la luz.
No todo será búsqueda en la Iglesia. Vivamos nuevamente la Iglesia sencilla de los primeros tiempos, esa comunidad de bienes, de amor y de oración.
Sobre ella brillará la luz, para que el mundo vea nuestra obra buena y se alegre en el amor del Padre de los Cielos.
“Dijo Jesús a sus discípulos: Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo”. San Mateo, cap. 5.
Cuando ya amanecía, los pescadores del Genesaret regresaban al puerto. Habían amontonado sus redes en la proa, y los pescados en la mitad de la barca. Enseguida, hacían su desayuno con pescado a las brasas y pan, mientras iban salando la mercancía ya asediada por los mercaderes del vecindario.
Jesús, que conocía esta labor, comparó con la sal la actividad de sus discípulos, ampliándola más allá de la geografía palestina: “Vosotros sois la sal de la tierra”.
El Señor recordaba igualmente las costumbres del hogar judío: Al llegar la noche, alguien colmaba de aceite una lámpara y, encendida, la situaba en un lugar alto, de donde pudiera iluminar toda la casa.
También el Maestro nos dijo que el buen cristiano se parece a la luz: “Vosotros sois la luz del mundo”.
Se trata, en primer lugar de preservar al mundo de la corrupción y además darle sabor a la vida. Se trata de conocer el camino seguro, e iluminar a los demás hacia la meta.
Somos sal y luz por el ejemplo. Al rededor de quien vive el Evangelio, muchos se congregan para encontrarle sentido a su existencia.
Para poder avanzar sin tropiezos. ¿El secreto? Son gente que ha encarnado el Evangelio y lo expresa en actitudes. Isaías nos enseña: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo y no te cierres en tu egoísmo. Entonces brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad se volverá mediodía”.
Somos sal y luz por la palabra. Nuestra enseñanza la reciben los oídos y la mente del prójimo y desde allí comienzan a transformarlo.
Conocemos hogares, comunidades creyente donde no brilla mucha ciencia académica, pero todo marcha como quiere el Señor.
San Pablo, escribiendo a los corintios, distinguía entre un saber humano y ese conocimiento de Dios que cambia al hombre: “Cuando vine a vosotros a anunciaros el testimonio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo y éste crucificado. Para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”.
Sin embargo, descubrimos que nos fácil llevar a cabo este proyecto de ser sal y luz. Muchas dificultades nos estorban. Ser distinto, en una sociedad donde no ha calado el Evangelio es un riego. Aparecemos como seres extraños. Gente que todas horas camina en contravía.
Pero tal ha de ser nuestro empeño. Con serenidad y confianza. Con prudencia y amabilidad.
Llegó una vez un profeta a una ciudad y empezó a gritar que era necesario cambiar de vida. Al comienzo algunos le escucharon, pero nadie quiso enmendar sus costumbres. Sin embargo, aquel hombre continuó predicando, a veces sin auditorio alguno.
Un día, un curioso le preguntó. ¿Por qué sigues gritando, si nadie quiere oírte, nadie desea cambiar su vida?. Si no gritara, respondió el profeta, la gente del entorno ya me habría cambiado a mí.
“En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas, sino a darles plenitud”. San Mateo, cap. 5.
San Juan Clímaco fue un ermitaño del siglo VII, de quien se afirma vivió en las inmediaciones del monte Sinaí, en Palestina. Dejó un curioso libro, “La escala del Paraíso”, muy apreciado por los antiguos monjes, donde señala treinta maneras de alcanzar la perfección.
El Señor, al comienzo de su predicación, también nos señala un esquema - éste de seis gradas - por las cuales podremos ascender para vivir el Evangelio. Una enseñanza que San Mateo coloca enseguida de las Bienaventuranzas.
Jesús no es filósofo que expone a sus discípulos elevadas teorías. Ni un político que entusiasma de paso a su auditorio. Es un judío piadoso, con el sentido común de los galileos, que posee además la sencillez del campesino.
Le dice a sus escuchas: “No creáis que he venido a abolir la ley y los profetas, sino a darles plenitud”. Para los judíos de entonces la ley eran los primeros libros de la Escritura. Y los profetas, aquellos escritos de sus líderes religiosos.
El Maestro nos ofrece seis escalones hacia un nivel más alto de encuentro con Dios y con el prójimo. Y lo presenta de este modo” Se dijo a los antiguos; pero yo os digo”.
En las relaciones con los demás: Antes bastaba no matar. Ahora Jesús indica que no hemos de herir al prójimo, ni siquiera en palabras. Aún más, que todo acto de culto exige de antemano, estar en armonía con el prójimo
Si se trata de un pleito, el Señor dice que es muy poco atenernos a la ley. Hay otra norma, la del amor que nos sugerirá un arreglo fraterno.
El respeto a la esposa del prójimo equivalía a evitar los hechos. El Maestro va más adelante: “El que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio su corazón”.
Sobre el tema de los malos ejemplos, Jesús exige más: “Si tu ojo te escandaliza, sácalo... Si tu mano te hacer caer, córtala...”.
Era corriente entre los judíos repudiar a la esposa por algunas causales. El Señor va más allá, preparando el terreno para la alianza matrimonial del Nuevo Testamento: “Pues yo os digo: El que se divorcia de su mujer, la induce al adulterio”...
Algunos fariseos habían rebuscado fórmulas para jurar, sin deshonrar a Dios, pero sin comprometerse con lo dicho: Por ejemplo: “Juro por el templo, por la ley de Moisés, por la consolación de Israel”. Cristo nos habla del sumo respeto a Dios en las palabras: “No jures ni por el cielo, ni por la tierra, ni tampoco por tu cabeza, pues no puedes volver blanco ni negro uno solo de tus cabellos”.
Todo ello es una invitación reiterada a subir. Más allá de la letra está el espíritu. Más arriba de la norma, el Evangelio. Más allá de la obediencia, el amor.
“Muchos de nosotros - escribe un autor - todavía no hemos descubierto el genuino espíritu cristiano. Estamos apenas en el Antiguo Testamento. Un judío de verdad es digno de todo respeto. Pero un discípulo de Jesús que no se compromete con el Reino de los cielos, nos merece lástima”.
“Yo en cambio os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a quienes os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian”. San Mateo, cap. 5.
También los cuerpos inanimados parecen escuchar. Si hacemos sonar una cuerda junto a otra templada al mismo tono, ésta vibrara enseguida,
Obedecer es vibrar al mismo tono con el amor de Dios.
“Escucha, Israel al Señor tu Dios”, acostumbraba decir Yavéh a su pueblo. “Yo en cambio os digo”, les repite Jesús a sus discípulos. Pero esta insistencia se concreta sobre todo en relación con el amor. En el Antiguo Testamento se distinguía entre próximo (prójimo) y extranjero, entre amigo y enemigo, entre bienhechor y malhechor.
Cristo en cambio nos presenta un ideal de amor que engloba a todos los hombres. La caridad empieza por casa, pero no se queda de puertas para adentro. Amar sinceramente a todos los familiares, con desinterés y sacrificio, ya es heroico.
Pero nuestro amor tiene que salir de viaje y pensar también, primero en los pobres y necesitados, sin marginar a quienes tienen poder o medios económicos. El amor no aplica las matemáticas, pero no puede ser abstracto ni irreal. Procura ser amable y simpático, pero asume actitudes reales y eficaces.
Sabe distinguir el bien del mal, lo justo de lo injusto, pero se goza inmensamente en el perdón. Tiene capacidad de entrega y sacrificio, pero a la vez, sabe recibir y se alegra en la recompensa. Es discreto y recatado, pero también da ejemplo y testimonio
Muestra las señales particulares de nuestra originalidad. Pero al mismo tiempo trata de copiar a Dios, de donde procede todo don perfecto. Alumbra las veinticuatro horas del día, pero sin que se note su esfuerzo por mantener encendida la lámpara.
Este amor lo celebramos en determinadas fechas, con ciertos ritos de comunión y amistad, pero aun sin celebrarlo, permanece dulce y fuerte. Es un anticipo de la comunidad del cielo, que tiene en cuenta las circunstancias y necesidades de la tierra.
No es ciego. Al contrario, es observador y clarividente, para leer la historia y adivinar los deseos y las angustias ajenas. Trata de ser perfecto cómo el Padre celestial, pero se revisa diariamente porque se reconoce humano y limitado.
Es un amor que nos hace crecer juntos a los creyentes, a los esposos, a los amigos, a quienes avivamos en compañía una misma esperanza. No es un seguro contra los infortunios, pero sí una defensa contra la desconfianza. Sabe que apenas es un ensayo de ese amor que estrenaremos en el cielo. Pero sabiéndolo, no deja de ejercitarse con seguridad y constancia.
Es un heraldo que anuncia el amor de Dios sobre la tierra y un mensajero que se enamora de todos aquellos a quienes entrega la noticia.
“Dijo Jesús: A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno”. San Mateo, cap. 5.
En un principio, el hombre construyó su lenguaje con señales de humo y redoble de tambores. Más tarde, dibujó sobre las rocas, ideó jeroglíficos, inventó el alfabeto y los números para alcanzar después a las maravillas de la moderna electrónica.
Una necesidad vital. Comunicarse es realizar un arriesgado viaje, por medio de los cinco sentidos hasta el alma de nuestro hermano. Pero no solamente hablan los labios o resuena la risa. También gritan los colores, los aromas y esencias modulan ideas y sentimientos. Crean mensajes las sensaciones del tacto, los sabores preguntan y responden. Y además, los ojos dialogan en silencio.
Pero en cada jornada de esta travesía, al encuentro del otro, nos acechan diversos obstáculos. Por esto nuestra relación no es siempre fraternal y evangélica.
Cristo nos dice que nuestro lenguaje ha de ser sincero y transparente. Que digamos sí o no. Que lo demás viene del Maligno.
Pero en nuestro diálogo, nos motiva con frecuencia el interés. No llegamos a una plena comunicación de verdad y de bien. Solamente entregamos una mercancía, para después recobrarla con sus dividendos
Otras veces nos mueve la adulación. Disfrazamos la verdad para halagar los oídos ajenos y conseguir favores. Si nuestro único ideal es el dinero, somos capaces de adulterar el mensaje. Así sucede con frecuencia en los medios de comunicación.
O nos dejamos llevar del mal humor. Entonces la verdad se torna áspera y amarga y no convence ni promueve.Nos presentamos ante los demás revestidos de superioridad, creyéndonos dueños de una verdad, que compartimos misericordiosamente.
Cuenta la leyenda que la verdad era un espejo grandioso y reluciente, que iluminaba a todos los hombres. Pero un día, por la envidia del diablo, se precipitó sobre la tierra rompiéndose en mil pedazos. Cada uno de los hombres sinceros logró rescatar un pequeño fragmento. Desde entonces es necesario ser humildes y reconocer que la verdad plena no es patrimonio de ninguna persona, de ninguna institución, partido, raza, o grupo religioso.
El Concilio Vaticano II nos enseña en su Decreto sobre ecumenismo: “Muchísimos y muy importantes elementos y bienes de los que constituyen y vivifican a la Iglesia pueden encontrarse fuera de su recinto visible” (3, 2).
Por lo tanto, si con ánimo afable nos acercamos al hermano, conseguiremos una verdad más amplia y luminosa.
Dijo Jesús: habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo en cambio os digo: Amad a vuestros enemigos”. San Mateo. cap. 5.
María Eugenia tiene veinticinco años. Bonita. Dos carreras universitarias y un niño de tres años. Está en la cárcel por guerrilla urbana. María Eugenia, ¿y si te hubieran matado? - No importa. Dentro de diez años habría un grupo que no tuviera hambre, al cual se le respeten sus derechos. - - ¿Y tu niño? - - No importa. El tiene que ser solidario con la causa.
Mientras volvía a casa, me pregunté: ¿María Eugenia no amará al prójimo más que yo? Mi respuesta fue afirmativa, pero además a ella le falta un elemento indispensable: “Como yo os he amado”. Lo cual quiere decir, por medios justos, respetando los derechos de todos.
La palabra de Jesús sobre el amor al prójimo, resuena en un contexto histórico, distorsionado por la enseñanza de ciertos rabinos. Si en el Levítico, Dios había mandado: “No odies en tu corazón a tu hermano. Amarás a tu prójimo como ti mismo. No te vengarás ni guardarás rencor contra los hijos de tu pueblo.”, algunas escuelas religiosas habían recortado este precepto: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”.
Sin embargo, en los días del destierro, los judíos ensayaron a amar al extranjero. Pero al regresar de Babilonia, volvieron a cantar aquellos salmos de odio y de venganza: Por ejemplo: “Que los días de mi enemigo sean pocos; que otro ocupe su cargo. Queden sus hijos huérfanos y viuda su mujer.”
Jesús nos presenta un mandato que se apoya en las siguientes razones: Amaremos sin distinción de raza, de credo, de color y de lengua, porque todos los hombres son hijos de Dios. En segundo lugar, porque nuestro amor ha de imitar el de Jesús: Excesivamente generoso y no una compraventa de favores.
Y en tercer lugar, porque al amar a quienes nos hacen el mal, realizamos una obra redentora
Enseguida el Señor proyecta este mandato a un terreno más práctico: “Haced el bien a los que os aborrecen y orad por los que os persiguen y calumnian”.
Y luego añade que si queremos ser y sentirnos hijos Dios, es necesario perdonar y amar: “Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos”. No es posible amar primero a Dios y luego al hombre.
Muchos hemos experimentado que los rencores encadenan el corazón y nos impiden avanzar. En cambio el perdón regala libertad, autoridad, experiencia.
Podríamos iniciar entonces un proceso de amor más allá de las fronteras, invirtiendo la frase de Jesús. Comenzaríamos por rezar por quienes nos persiguen y calumnian. Al mes siguiente, ya seríamos capaces de hacer el bien a quienes nos aborrecen. Y al final del año, habríamos aprendido a amar a los enemigos. Un método para poder amar “como yo os he amado”.
Después de la segunda guerra mundial, en la cual seis millones de judíos fueron exterminados por el nacionalsocialismo, algunos de los sobrevivientes han tenido el valor de perdonar a quienes masacraron sus familias. Algo que avergüenza a quienes, conociendo a Jesucristo, vivimos anclados en nuestros mezquinos rencores. En nuestras ridículas venganzas.
“Dijo Jesús: Habéis oído que se dijo a los antiguos... pero yo os digo”... San Mateo, cap. 5.
Generalmente nuestra conducta pasa por tres etapas. En la infancia nos sometemos a la norma. Al niño se le ordena: Tienes que dar las gracias. Luego, condicionados por la ley, por la repetición de actos, pasamos a la costumbre. El habito crea reflejos condicionados. El “gracias” brota espontáneo, sin pensarlo siquiera.
Pero alcanzada la madurez, se pasa de la costumbre al valor, del reflejo condicionado a la gratitud honda y sincera. Lo mismo sucede en nuestra conducta cristiana: ¿Por qué vamos a misa? ¿Por qué evitamos el pecado? ¿Por que practicamos la caridad? Muchos, movidos por la ley. Otros llevados por la costumbre. ¿Pero cuántos bajo la fuerza del amor?
Con frecuencia nos contentamos con el mínimo en cristianismo. Apenas lo suficiente para apaciguar la conciencia, conservar el buen nombre, o evitar el castigo de Dios. La mediocridad, que nos fastidia en el comportamiento social, nos parece más que suficiente en el área de lo religioso.
Sin embargo, Cristo vino para llevarnos a la plenitud. Nos invita a ir más allá: “Pues yo os digo: Al que te obligue a andar una milla, vete con él dos. A quien te pida, dale con generosidad.”
Los antiguos eran apenas principiantes en materia de caridad. En cambio, nosotros estamos llamados a un amor capaz de abrazar al enemigo.
Los antiguos eran legalistas y calculadores. A nosotros el Evangelio nos pide ser espontáneos y generosos. Los antiguos vivían de la letra de la ley. A nosotros se nos ha revelado su espíritu.
Anteriormente bastaba con ceñirse a lo indispensable. Ahora la medida de Cristo es un amor sin medida. Para algunos podremos parecer exagerados. Pero las exageraciones son la norma ordinaria del amor. Donde éste impera no se exigen estudios de factibilidad. No se esperan resultados inmediatos, no se calculan las cosas ni las actitudes en un esquema de eficacia.
Cuando amamos, hacemos siempre más de lo que nos toca: En el trato con el prójimo, en la amistad, en la vida de familia, en el compartir nuestros bienes, en el culto religioso.
Si para mucha gente esto no fuera así, tal vez no existiría la Iglesia, ni la beneficencia, ni la consagración religiosa, ni la obra misionera, ni la vocación contemplativa. Ni el altruismo de muchos cristianos, tal vez no matriculados, pero que comprendieron el mensaje de Cristo: “Pero yo os digo”...
Ir un poco más allá. En resumen, esto es lo que nos pide Jesús.
“Sabéis que está mandado: Ojo por ojo, diente por diente. Pero yo os digo: no hagáis mal al que os agravia”. San Mateo, cap.5.
Cuenta la historia que la ley del Talión ya se aplicaba en los tiempos de Hammurabi, quinientos años antes de Moisés. El capítulo XXI del Éxodo nos la describe así: “Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, herida por herida”. Yavéh pretendía enseñarle moderación a un pueblo que no conocía límites en su venganza.
Cristo viene a invitarnos a una categoría superior de humanidad, de perdón y de convivencia: Si alguno te golpea la mejilla derecha, preséntale la otra. Si alguien te arrebata la túnica, dale también la capa: Ama a tus enemigos, has el bien a los que te persiguen y calumnian.
Este ideal nos parece inaccesible. Cristo sería un iluso, dueño de una utopía de sociedad humana, imposible de realizar en la tierra.
A quienes vivimos todavía en el Antiguo Testamento nos cuesta limitarnos a la ley del talión, es decir, ponerle término a la venganza. Esta constituye con frecuencia la forma normal de nuestras relaciones humanas. Se aniquila al enemigo, se le reduce a la impotencia, se busca arrojarlo de nuestros dominios. Así en la familia, en la empresa, en la universidad, en la política, en los negocios, en las relaciones internacionales.
¿Cómo rezar entonces la quinta petición del Padrenuestro? ¿Qué tal si Dios nos perdonara en la medida miserable de nuestro perdón?
Probablemente no hemos llegado a venganzas escandalosas. Pero hay venganzas y venganzas. Basta a veces pronunciar una palabra, hacer un gesto, arrugar el ceño para deshacer el prestigio del ofensor, para herirlo definitivamente. También se da la venganza elegante, sin ira, acompañada de una serena compasión por el prójimo. Así se duplica mi superioridad y el otro queda dos veces afrentado.
Había un rey dueño de un brillante de mucho valor. Decidió adjudicarlo a aquel de sus tres hijos que un día determinado realizara una acción más heroica. Después de algunos meses, los tres hermanos regresaron a casa. El mayor había dado muerte a un dragón que amenazaba a los súbditos del reino.
El segundo contó que, desarmado, había vencido a diez hombres fuertes. El pequeño habló en tercer lugar y dijo: Salí esta mañana y encontré a mi mayor enemigo dormido e indefenso. Apuré el paso para seguir de largo. El rey se levantó del trono, abrazó a su hijo menor y le entregó el brillante.
Existe otro sabor, otra alegría que no buscamos porque no la hemos conocido. Brota del perdón y del olvido de las ofensas. Animémonos a buscarla.
“Les dijo Jesús: Mirad los pájaros. Ni siembran, ni siegan ni almacenan. Y sin embargo vuestro Padre celestial los alimenta. Fijaos cómo crecen los lirios del campo. Ni trabajan ni hilan”. San Mateo, cap. 6.
“Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas por las hermanas aves, a quienes tú alimentas con admirable providencia. Ellas son humildes y amigas del cielo. Y a todos nos dan ejemplo de confianza. Loado seas también, mi Señor, especialmente por las hermanas flores que son simples y hermosas. Que alegran el paisaje y nos regalan diariamente sus perfumes”.
Dos versos que, después de leer a san Mateo, pudiéramos añadir al “Cántico de las Criaturas” de san Francisco.
Durante el Sermón de la Montaña, pronunciado por Jesús en las colinas que rodean el Tiberíades, llegó el momento de despertar en los discípulos actitudes concretas hacia ese Padre de los cielos que el Maestro les ha presentado. Entonces les dijo: “No estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo que el vestido?”
Una invitación de Jesús a la confianza, pues somos hijos: “Mirad los pájaros: Ni siembran, ni siegan, ni almacenan”. “Fijaos cómo crecen los lirios del campo; no trabajan ni hilan”. Por bondad de ese Padre de los Cielos, las aves encuentran a diario el alimento y las flores se visten con más lujo que el mismo Salomón.
Pero no es correcto interpretar esta confianza como descuido de las tareas temporales. Dios se preocupa por todas sus criaturas, pero respeta su particular condición. Aguarda que los pájaros abandonen los nidos muy temprano.
Que los lirios del campo abran sus pétalos a la lluvia y al sol. Y al dotar a los hombres de inteligencia, desea que la usemos en todo lo nuestro.
Lo que el Señor reprocha es una entrega a las faenas temporales, que imposibilite el servicio de Dios. “Nadie, dice Jesús, puede estar al servicio de dos amos. No podéis servir a Dios y al dinero”.
Y esta fe en la divina providencia nos explica cómo todas nuestras metas sólo pueden lograrse con el concurso del Señor. El amor de los padres nunca podrán crear el milagro de un hijo. El pan que llega a nuestra mesa es mucho más que la suma de los cansancios del labriego, la harina del molino y el calor del fuego. Un diploma universitario es algo superior a una serie de estudios y desvelos. Los grandes inventos, a través de la historia, revelan siempre un valor agregado más allá del hombre. Todo tiene un misterio. Es la fuerza creadora de un Dios que no descansa. Un Dios desvelado por sus hijos.
En algunos pasajes de la Biblia, se nos dice que Dios tiene para nosotros actitudes de madre: “Revolotea sobre sus polluelos, leemos en Deuteronomio, como un águila incita a su nidada. Así él despliega sus alas y le lleva sobre sus plumas”.
Es clásico además el texto de Isaías: “Sión (el pueblo escogido) dice: Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado. ¿Pero podrá una madre olvidarse de su criatura y no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide yo no te olvidaré”.
“Dijo Jesús: Nadie puede servir a dos señores, porque despreciará al uno y querrá al otro. No podéis servir a Dios y al dinero”. San Mateo, cap. 6.
Cabría una explicación superficial de este evangelio: El dinero es el mayor enemigo del cristiano. Señalaríamos a los ricos cómo los más alejados de Cristo y la gran mayoría de nosotros, al no poseer casi nada, nos sentiríamos tranquilos y contentos. Pero en el mensaje de Cristo la proposición principal es: “Nadie puede servir a dos señores”. La siguiente: “No podéis servir a Dios y al dinero”, es sólo una proposición subordinada, aplicación derivada.
Sabe Jesús que nosotros mantenemos dividido el corazón. Conoce que en la relación hombre-Cristo se interponen una multitud de ídolos. Idolos a los cuales dedicamos nuestros más frecuentes pensamientos.
Son ellos el blanco de nuestros más vitales deseos y la meta de nuestros vigorosos esfuerzos.
Para algunos su ídolo principal es el dinero acumulado. Para otros, el dinero por conseguir.
Para aquellos, el poder que se disfraza de mil maneras: protección, altruismo, dignidad, abnegación, religión, humildad, sabiduría, servicio.
También convertimos en ídolos la ciencia, el arte, el deporte, la belleza, la juventud, las diversiones. Rendimos un culto idólatra a la fama.
Y también fabricamos otros ídolos: Cuando ante el amigo, el padre, el novio o el hermano, pronunciamos un conjuro que lo endiosa en forma egoísta: Tú lo eres todo para mí.
Cristo nos dice que es imposible servir a dos señores. ¿ A cuáles se refiere? ¿Quiénes para El son señores?
En tiempos de Abraham, dominaban las tribus que poseían más tierras y ganados. En la Edad Media, el señor era el dueño del castillo, amo de la honra, vida y hacienda de sus vasallos.
En nuestra actual cultura, cuando decimos: Es todo un señor, señalamos a alguien dueño de aquella dignidad que confieren los valores.
Pero Jesús nos habla de aquellos amos que nos esclavizan desde dentro. De estos señores es imposible servir a dos o más al mismo tiempo. El corazón del hombre, por más inquilinos que lo habiten, no acepta sino un sólo dueño.
Más cuando Cristo habla de servir no indica servidumbre. Habla de darse a Dios, de vivir en su amorosa compañía, de caminar en una libre dependencia.
Pablo, apóstol de los gentiles, llega una vez hasta el Areópago. Contempla allí la multitud de altares que los griegos habían levantado a sus dioses y, entre ellos, uno bajo esta inscripción: “Al Dios desconocido”.
Pues bien, les dice a los atenienses, al que adoráis sin conocerlo, a ése os vengo a anunciar.
Pasemos revista a nuestros ídolos y altares personales. ¿No guardaremos también algún lugar vacío, en espera de un Dios más poderoso?
“Mirad a los pájaros: No siembran, ni siegan y vuestro Padre Celestial los alimenta. Fijaos cómo crecen los lirios del campo: No trabajan ni hilan”. San Mateo, cap.6.
Alguien afirmaba que si fuera necesario escoger algún trozo de todo el Evangelio, se quedaría con el capítulo sexto de San Mateo. En él Cristo coloca a los pájaros y a los lirios como maestros de nuestro comportamiento para con Dios.
Nos enseñan a no andar agitados e inquietos por el alimento y el vestido. A trabajar con esfuerzo y honradez, pero confiados en Dios. El toma a cuestas una parte esencial de nuestra vida. Dejémosle lugar a su tarea.
Jesús nos dice que seamos sencillos como las flores. Salomón con toda su riqueza nunca alcanzó a vestirse como ellas, cuya hermosura prescinde de todo lo superfluo. Además, si Dios cuida las aves, con mayor razón se afanará por nosotros.
Sintamos entonces el cariño y la compañía del Señor, afirmándonos en ese derecho de ser amados, que El nos regaló al hacerse hombre.
La fe nos motiva a compartir con El confiadamente nuestros proyectos y problemas. La verdadera oración es un lenguaje simple, sin formas rebuscadas y solemnes.
Es el idioma llano y sin pretensiones de un hijo ante su padre.
Si hemos recibido el mensaje evangélico, expresémoslo entonces en actitudes concretas. En esto consiste esa búsqueda del Reino de Dios y su justicia: Ser austeros y solidarios. Entonces el Señor le dará por añadidura un sentido y una plenitud a nuestra vida.
Esta página de san Mateo nos alienta a vivir con serenidad el presente, porque el mañana permanece en manos del Señor. “Bástale a cada día su afán”. Nuestra agresividad y nuestra angustia nacen frecuentemente de una desmedida preocupación por el futuro.
Pero sucede que nuestra confianza es débil. Nos hemos quedado con un concepto de la paternidad de Dios, sin tener la experiencia de su cariño.
Las Hermanitas de los Pobres acostumbran mantener a la puerta, un alimento para todos cuantos lleguen. Nunca se les pregunta quiénes son ni de dónde vienen. Tal generosidad es un modo admirable de atar el corazón de Dios para que responda por nosotros.
“Dijo Jesús: No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo”. San Mateo, cap. 7.
La cita es de André Sève: “He aquí la raza que se complace en leer y en consultar: Hábleme de Dios. Dígame cuál es el mejor libro para hacer oración. Saben todo lo que hay qué saber, pero qué pena cuando miramos cómo viven esos inquietos, esos amargados, esos egoístas, esos cactus que habrán rezado mil veces el Padrenuestro, sin haber concedido un solo perdón”.
Durante el Sermón del Montaña, Jesús nos invita a recorrer el camino entre las palabras y la conducta diaria. A recorrer el trecho que separa la fe de la vida: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. Y añade el Maestro que en el último día muchos dirán: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre echado demonios y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros? Yo entonces les declararé: Nunca os he conocido. Alejaos de mí, malvados”.
Mientras avanzamos en la universidad llenamos la mente de teorías, principios, conocimientos, métodos, en fin, de utopías. Luego nos dan un título. Pero solamente seremos profesionales cuando, enfrentados a la lucha diaria, llevamos a la práctica nuestra sabiduría. Entonces habrá que enmendar muchas cosas, completar, acomodar, concretar todo lo de ayer para fabricar un hoy eficaz y dinámico.
Lo propio sucede con la vida cristiana. Muchos libros, numerosos retiros, sabias conferencias. Pero se es cristiano de veras solamente en los deberes diarios. Cuando nos enfrentamos a esta familia, este trabajo, esta dolorosa circunstancia. Si allí traducimos el Evangelio, estaremos cumpliendo la voluntad del Padre de los Cielos.
Enseguida Jesús presenta un ejemplo de la vida cotidiana. Al llegar el tiempo de las lluvias no era extraño que algunas edificaciones, levantadas a la ligera, sucumbieran ante ímpetu de las aguas. “Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, que se hundió totalmente”. Y el Señor advierte que algunos edifican su casa sobre roca. Otros, por el contrario, sobre arena.
En la vida cristiana se dan situaciones particulares, frente a las cuales nuestras convicciones se derrumban. Verbigracia el perdón fraterno, la rutina de una vida en familia, la honradez cuando lo contrario trae ventajas, la enfermedad, la traición de los amigos. Entonces ya no basta gritar: ¡Señor, Señor! Es necesario aceptar con humildad la propia historia y continuar creyendo, a pesar de las sombras.
“Los católicos me ponen nervioso, dice un autor, porque con frecuencia juegan sucio. Los protestantes me irritan con su manoseo de conciencias. Me aburren los ateos porque siempre hablan de Dios”.
También los fanáticos y los ingenuos molestan en la sociedad. Pero los discípulos de Cristo somos personas comunes y corrientes.
Sólo que tratamos de calcar en nuestra vida los criterios y actitudes de Jesús de Nazaret. Sólo que procuramos mantener un corazón vivo y limpio. No un cactus dentro del pecho, que es sólo sequedad y espinas. Sólo que, a pesar de las propias limitaciones y pecados, procuramos vivir lo que creemos.
“El que escucha mis palabras y las pone en práctica se parece a un hombre prudente que edificó su casa sobre roca”. San Mateo, cap. 7.
San Mateo escribe ante todo para judíos. El territorio palestino, reseco durante todo el año, se surca de arroyos al comenzar la estación de las lluvias.
El judío prudente nunca construye su vivienda sobre un cauce, aunque esté seco de ordinario. Vendrían las aguas y arruinarían su casa.
En el sentido bíblico, levantar una casa no es solamente edificar sus muros. Es fundar un hogar, engendrar una descendencia, amasar una fortuna, vivir en paz, encarar tranquilamente la vejez, asegurarse contra los infortunios, transmitir a los hijos una herencia de rectitud y de justicia.
Todo esto, nos lo dice el salmo 126, no se puede lograr sin la constante cooperación de Dios: “Si el Señor no edifica la casa, en vano se cansan los albañiles”.El evangelista señala que quienes traducen en actitudes la palabra del Señor, se parecen al hombre prudente, que levanta su casa sobre roca. No temerán la arremetida de las aguas y los vientos.
En cambio, quienes no ponen en práctica los deseos de Dios, son hombres imprudentes: Edifican su morada sobre arena.
En otra parte San Mateo nos advierte: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará al reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre. Muchos dirán en aquel día: ¿No profetizamos en tu nombre? ¿Y en tu nombre expulsamos demonios e hicimos muchos milagros?”
Pero el Señor les dirá abiertamente: “Jamás os conocí. Apartaos de mí los que obráis la iniquidad.”
Una canción de Fausto nos habla de una casa “pintada de recuerdos, pintada de caricias, de lluvia y viento”. Es el lenguaje del amor que contagia las cosas del amado.
La nuestra no conserva tal vez ninguna memoria del Señor.
Ni existen allí signos que nos hablen de él. Dentro de sus paredes no se escuchan palabras de salvación. ¿Quién afirmará entonces que las lluvias y los vientos sólo pueden acariciarla?
Golpearán las tormentas y la pondrán al borde de la ruina. Acecharán incontables enemigos. Probablemente nuestra casa no está plantada sobre roca.
Podremos fundamentarla cuando enseñamos a orar a nuestros hijos, cuando proyectamos imagen de padres y de madres de verdad, cuando enseñamos valores cristianos. Cuando en ella no se negocia con los principios. Cuando es casa de puertas abiertas. Pero a la vez hogar y no lugar de paso. Esta casa, plantada sobre roca, no es inmune a las tormentas. Pero las soporta con alegría, pagando así su cuota de redención.
“Dijo Jesús: ¿El que escucha mis palabras y las pone en práctica se parece a un hombre prudente que edificó su casa sobre roca”. San Mateo, cap. 7.
Después de algún fracaso, todos resultamos peritos en diagnósticos: Hubo sobrepeso en las losas. No era el momento de lanzar ese producto. Se enganchó a empleados irresponsables. Ese colegio era un desastre. Los papás nunca estuvieron con ella. ¿Cómo se te ocurrió esa corporación?
El Señor nos presenta una fórmula para que no se desplome nuestra casa. Para que nuestros proyectos fructifiquen. Para que cada hogar sea próspero y estable: Escuchar su palabra y ponerla en práctica. Algo muy teórico, que es necesario profundizar y llevarlo a la práctica.
Pero si preguntamos a muchos bautizados sobre la enseñanza de Jesús, no serían muy alentadoras las respuestas. Cuando participan en la misa escuchan de paso la Palabra de Dios, pero sin digerir su contenido. Y otros cristianos nunca han puesto los ojos sobre una Biblia, ni cultivan su fe con alguna lectura religiosa.
En épocas pasadas se nos descubrió el Evangelio como conjunto de mandatos. Pero es más real y pedagógico entenderlo como la presentación de unos valores.
El Señor pocas veces ordena. Casi siempre invita, ofrece, propone. Y entre todos los valores que Jesús nos enseña, el primero de todos es su actitud de hijo. Jesús siempre se comporta como Hijo de Dios. Ora y confía en el Padre de los cielos. Acepta las pruebas en actitud de hijo. Y nos enseña a vivir de esta manera.
Entre las parábolas del Maestro, existe una, la del Padre Misericordioso, que proclama solemnemente esta enseñanza. Ella nos muestra que ningún fracaso será definitivo.
Que siempre habrá caminos de regreso hasta el hogar donde Dios nos aguarda.
De este primer valor se deriva, por generación espontánea, un segundo: La fraternidad. Jesús vino a enseñarnos quiénes somos. Qué sentido tiene la sociedad humana, qué métodos son los más acertados para avanzar de forma comunitaria. Porque todos somos hijos del mismo Padre, “que hace salir su sol sobre buenos y malos y llover sobre justos e injustos”.
Ahondando en la palabra del Señor, descubrimos que la fraternidad sería vana, si no la convertimos en solidaridad. Quienes han hecho el bien en forma generosa, encontrarán muchas manos tendidas, si los visita la desgracia. En términos de economía el compartir nunca es un gasto. Es una inversión, que renta sobre todo en los tiempos difíciles.
Y Jesús además, en su palabra, nos motiva a la trascendencia. Un término que podríamos comprender como esperanza. Extraña que ciertas personas, aun de Iglesia, se preocupen demasiado por mantener la fe y fortalecer la caridad. Pero a veces ni viven, ni difunden en derredor la esperanza.
Esta adhesión a Dios, el dueño del historia, nos ayuda a sentir y entender que, aunque arrecien las lluvia y se salgan los ríos de su cauce. Aunque soplen los vientos, los sembrados se aneguen, se hunda nuestra casa y nosotros mismos naufraguemos en el mal, el Señor puede cambiar nuestra suerte.
“Aunque camine por cañadas oscuras, nos dice el libro de los salmos, ningún mal temeré porque tú vas conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan”.
“Dijo Jesús: Andad y aprended lo que significa: “Misericordia quiero y no sacrificios”. Que no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores”. San Mateo, cap. 9.
Es el mismo Mateo, convertido ya en evangelista, quien nos cuenta su historia: “Ya ven ustedes, yo era cobrador de impuestos, un oficio que merecía el desprecio de las gentes honradas, porque el tributo exigido en las aduanas, en mi caso en Cafarnaum, financiaba la presencia de los romanos invasores. Es explicable entonces que a los publicanos se nos tuviera por pecadores, de la misma calaña que las prostitutas.
Luego de varios años, ya me había acomodado en mi oficio y en mi condición de réprobo. Y como las finanzas no iban mal, aunque a veces no todo era correcto, nunca falté con mis ofrendas al templo. De pronto, también socorrí a alguna viuda. Pero una vez en mi alcabala, junto al camino que viene del norte, se presentó el Maestro y mirándome al rostro, me dijo: Sígueme.
Yo, dejando al momento mi tarea, me fui con él a casa. Porque Jesús tenía algo extraño en su mirada y en su voz y se entendía bien con los excomulgados. Pero la gente criticaba a este profeta que compartía la mesa con gente de mala fama.
Esa noche di un gran banquete, y acudieron mis compañeros de trabajo y muchos amigos. Fue entonces cuando Jesús dijo cosas muy graves que me golpearon el alma: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores”. Sus palabras me hicieron sentir perplejo, pero a la vez alentaron mi confianza.
Después puse toda mi experiencia de alcabalero al servicio del Maestro. Yo lo presenté a muchos amigos y él se sintió contento de encontrar las ovejas perdidas de las casa de Israel.
También le señalé que no debía confiarse de quienes detentaban el poder religioso.
Y cada vez me convencían más sus actitudes. Porque a él no le interesaba tanto quién había sido yo, sino quién podría ser cada uno en el futuro.
Varios años después de la Ascensión del Señor, me dediqué con otros discípulos, a recoger las tradiciones sobre el Maestro en las diversas comunidades. Aunque lo reconozco: Tal vez me excedí en mis ataques contra los fariseos, que a mí siempre me sacaban de quicio. Prefiero yo ser un pecador público, que no un lobo vestido de oveja, o un sepulcro blanqueado.
Me preguntan si mi seguimiento del Señor fue un amor a primera vista. No lo creo. Muchas veces, cuando él venía a Cafarnaúm, yo me las ingeniaba para oírlo. Y su palabra fue calando en mi vida. Hasta el día en que se presentó en mi oficina de impuestos. A favor suyo estuvieron entonces mi corazón y mis remordimientos. Pero lo positivo no es haberlo seguido aquella tarde, sino permanecer en mi propósito, a pesar de las crisis.
Cuando mataron a Jesús, sentí que todo a mi alrededor se derrumbaba. Sólo que al tercer día una mujeres comenzaron a decir que lo habían visto. Que el Señor estaba vivo. Reunidos nosotros en el cenáculo, vimos que aparecía ante nuestros ojos. Entonces, desde lo profundo de mi ser, yo pude decir como Tomás. “Señor mío y Dios mío”.
“Vio Jesús a un hombre, llamado Mateo en el despacho de impuestos y le dijo: Sígueme. El se levantó y le siguió”. San Mateo, cap. 9.
En el Antiguo Testamento, Leví es un personaje importante. Se cuenta entre los hijos de Jacob y da origen a una tribu de Israel, al igual que sus once hermanos. Durante la peregrinación por el desierto, Dios separa a los hijos de Leví para llevar el arca de la alianza.
Y el Deuteronomio nos cuenta que Leví y sus hijos no tendrán heredad, porque Yavéh será su porción para siempre. Otro Leví que nos presenta el Evangelio es alguien muy distinto. Cristo lo encuentra en Cafarnaúm, sentado en la oficina de los impuestos.
Si aquel Leví no tiene otra heredad sino el Señor, este es un hombre instalado y a sueldo, Su situación es la siguiente: Palestina sufre entonces dos invasiones: La una militar y política, de parte de Roma. La otra cultural de parte de Grecia.
No extraña pues que este Leví también sea llamado Mateo, nombre de procedencia griega, y que esté empleado al servicio de los romanos. Su aceptación del invasor le había granjeado ventajas y un puesto de cobrador de tributos. Por cooperar con los enemigos de Israel su oficio significaba traición y apostasía.
San Mateo cuenta el llamamiento de Leví, es decir su propia vocación, con una sencillez impresionante:
“Vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos y le dijo: Sígueme”.
Pero enseguida - añade el mismo apóstol - Leví dio un banquete. Todas las conversiones del Evangelio culminan en una fiesta.
Vinieron, dice el texto, muchos publicanos y otra gente pecadora que se sentaron a la mesa con Jesús y sus discípulos.
Y los fariseos al ver esto preguntaban: “ ¿Cómo es que el Maestro come con publicanos y pecadores?”. Mas Jesús respondió: “No necesitan médico los sanos sino los enfermos”.
De ahí que nuestro pecado significa, en cierto modo, un derecho a que el Señor venga a nosotros.
La tradición enseña que este Mateo, sanado de sus culpas por Jesús, es el autor del primer Evangelio.
Alguno afirma que su relato pudiera entenderse cómo un drama en siete actos, sobre la venida del Reino de Dios. Un Reino que, para Leví, comenzó en una situación de ventajas de parte de los romanos y culminó en una profunda sinceridad delante del Señor.
“Vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de impuestos, y le dijo: Sígueme. El se levantó y lo siguió”. San Mateo, cap. 9.
Un hombre devoto, a causa tal vez de sus experiencias personales, dividía a los bautizados en dos grandes grupos: La Iglesia del poder y la Iglesia de la misericordia.
En tiempos de Jesús, fariseos y saduceos, letrados y legistas, aquellos que el Evangelio llama “los judíos”, habían convertido la fe de Abraham en un instrumento de dominio. Promovían el culto, pero descuidaban al pueblo que padecía hambre. Se trenzaban en acaloradas discusiones sobre temas inútiles. Legislaban sobre minucias de la observancia religiosa. Y mantenían buenas relaciones con poder romano, aún en contra de su conciencia.
Pero había llegado un profeta del norte, que con de palabra y obra, minaba su prestigio y hacía tambalear el sistema.
En torno a él se apretujaban los enfermos y los desechables, junto a las mujeres de mala vida. Se dejaba invitar por los ricos que jamás acudían al templo y entraba en casa de los publicanos.
Estos eran odiados de manera especial por las altas autoridades, pues su oficio era cobrar los derechos de aduana, que financiaban la invasión romana en Palestina.
Jesús encontró un día –el evangelista no precisa el lugar- a un recaudador de esos tributos, sentado en su oficina. En hebreo se llamaba Leví. Pero, como muchos judíos de entonces, también se le conocía con el nombre griego de Mateo. Jesús le dijo: Sígueme. Y él, de inmediato se levantó, para seguirle.
Quizás el primer evangelista sintió rubor al contar su propia historia y por esto, lo hizo así de paso.
O pensaría que era más impactante este sobrio relato, donde muestra su espontánea adhesión al Señor.
Enseguida, este hombre de los tributos invitó al Maestro a su casa. Y esa misma tarde, escribe el mismo Mateo, “muchos publicanos y pecadores se sentaron con Jesús a la mesa”.
Naturalmente los grandes de Jerusalén se extrañaron una vez más, de la actitud del Señor, y preguntaron molestos a los discípulos: ¿Cómo es que vuestro maestro se porta de este modo?. Jesús, que oyó el reproche, se adelantó a responder: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.
Las grandes personalidades y también ciertos profesionales, cuando nos conceden una cita, la marcan para dentro de semanas o de meses. De acuerdo, no tanto con la urgencia del problema, sino en razón de nuestro anonimato y falta de influencias.
Pero el evangelio nos entrega una noticia desconcertante: Si somos pecadores. Si en nuestra hoja de vida presentamos épocas oscuras y buen número de culpas, tenemos derecho a un encuentro inmediato con Dios. Si somos enfermos y pecadores, El ha venido para nuestro remedio.
Este pasaje de san Mateo nos motiva a ingresar en la Iglesia de la misericordia. Allí no se niega la importancia de las leyes y de las estructuras. Pero se valora, hasta las últimas consecuencias que el objetivo e la comunidad cristiana es el hombre: Su majestad la persona humana. Con sus miserias y sus glorias. Con su presente oscuro y su luminoso porvenir.
“Al ver Jesús las gentes que estaban como ovejas sin pastor, llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar los espíritus y curar enfermedades”. San Mateo, cap. 9.
Hace ya tiempo que la academia legitimó la palabra “líder”, tan llevada y traída en nuestro medio. Viene de un verbo inglés que significa conducir. Señala entonces a quien surge del grupo para orientarlo hacia la meta. El Señor Jesús, de la numerosa turba que le seguía, escogió doce hombres y les encomendó la tarea de anunciar que el Reino de los Cielos estaba cerca. Es decir, se escogió unos líderes que guiaran a sus discípulos hacia la transformación del mundo. Para ello les dio poderes especiales, que en aquel tiempo, se traducían en curar enfermos y devolverle a muchos la paz interior.
El liderazgo se compone de ciertas dotes naturales, que en un momento dado, encuentran ocasión para mostrarse. En lenguaje cristiano hablamos de carismas y los acontecimientos que los motivan a actuar, se denominan signos de los tiempos. El Evangelio nos enseña que los apóstoles pertenecían a una clase dirigente.
No en el sentido actual de la expresión, pero sí de acuerdo con la cultura de entonces. Pedro, los hijos de Zebedeo y otros más, eran pescadores del lago. Dueños de microempresas que proveían de alimento a la región. Mateo había sido recaudador de impuestos. Felipe y Tomás demostraban carácter fuerte y una personalidad definida.
A estas disposiciones naturales el Señor añadió su llamado. Según san Juan, les presentó el señuelo de convertirlos en pescadores de hombres. Y san Mateo indica que el Maestro los eligió, al ver que “muchos estaban como ovejas sin pastor”.
Los manuales de retórica señalan que poeta es aquel que puede ver lo que otros no ven. Así el líder. Intuye y se siente capaz en circunstancias adversas.
Muchos grupos religiosos han surgido en la Iglesia ante una sociedad abrumada por el dolor o la injusticia.Jesús da a sus discípulos una capacidad de inventar caminos, ocultos a los demás.
Y entusiasmo para resolver situaciones difíciles de salud, libertad, educación, acogida a los desvalidos. Pero el líder verdadero no es ostentoso ni dominante. Su mejor herramienta es el ejemplo. Ejerce la autoridad por una respetuosa compañía. Nunca va a delante. Atrás, tampoco. Camina al lado de los hermanos, comunicando aliento y esperanza.
Nuestro mundo de hoy necesita líderes, apóstoles, decimos en un contexto evangélico. Para el servicio de los necesitados. Para el anuncio del Evangelio a todos los grupos humanos. El ejercicio del liderazgo atrae con frecuencia los ataques y las envidias. San Pablo lo comprobó en su propia historia. Pero afirmó al vez: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”.
Cuenta una fábula que los animales quisieron nombrar rey. La candidatura del león fue rechazada, por su arrogancia y su crueldad. Muchos dieron su voto por el búho, pero este demostró ser incapaz de comunicación.
Otros propusieron al caballo, el cual no logró la mayoría reglamentaria. Entonces señalaron a la abeja: Es trabajadora, responsable. Fecunda el polen de las flores, fabrica la cera y la miel.
La abeja respondió: Todo eso es cierto. Pero si me dedico a los oficios de palacio, dejaré de ser servidora de todos.
“Jesús llamó a doce discípulos y les dio poder sobre demonios y enfermedades. Estos son los nombres de los Doce”... San Mateo, cap. 9.
Mucha gente seguía a Jesús por aldeas y ciudades. El Evangelio señala con frecuencia que eran multitud. Los dos relatos de la multiplicación de los panes y los peces explican que, una vez, eran tres mil y otra, cinco mil quienes comieron de aquel alimento milagroso. Pero de esa multitud, un día Jesús elige setenta y dos y los envía a los lugares y aldeas donde El pensaba ir.
También, Cristo separa a doce, a quienes llama apóstoles, nombre que quiere decir enviado. Los biblistas explican que con este grupo reemplaza Cristo a los hijos de Jacob. Los apóstoles son también doce cómo las tribu de Israel. Significan todo el pueblo de Dios, que ahora comienza una nueva alianza.
Los sinópticos, es decir, los tres primeros evangelios, señalan con especial cuidado esta elección.
Jesús, nos cuentan, pasó la noche en oración y a la mañana siguiente los llamó por sus nombres, incluso con sus apodos: Simón-Piedra, Santiago y Juan, a quienes les decían Hijos del Trueno, Simón el Cananeo, Judas Iscariote...
De acuerdo con el texto evangélico, entendemos que Jesús tuvo intención expresa de instituir un grupo, que estuviera a la cabeza de su Iglesia.
Así lo entiende la primera comunidad cristiana y, ante la defección de Judas, se apresura a reemplazarlo. Se sortea la elección entre José, llamado el Justo y Matías.
Los Doce es una expresión que hace carrera en las comunidades cristianas. Su relación con alguno de ellos significa fidelidad a Jesús. Así entendemos que Jesús escogió, llamó, preparó y envió doce discípulos especiales a quienes llamó apóstoles. San Marcos anota que su misión es estar cerca de Cristo y predicar en su nombre.
De aquí nace el sacerdocio del Nuevo Testamento. El Concilio Vaticano II explica: “El Señor constituyó a unos cristianos ministros para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados en nombre de Cristo.” (P.O. 2).
No son los obispos, los sacerdotes y los diáconos una superiglesia. Son los servidores oficiales de todos sus hermanos. Los anunciadores del Evangelio a toda la tierra, en equipo de comunión y de trabajo con todos los bautizados, quienes también recibieron de Cristo una misión.
De esta manera la Iglesia es apostólica, fundada sobre los Doce y enviada, cómo ellos, a anunciar la Buena Nueva a todo el mundo.
“Entonces Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus y curar toda enfermedad. Estos son los nombres de los doce apóstoles: Simón y su hermano Andrés”... San Mateo, cap. 9.
Al comienzo de la Iglesia, los libros del Nuevo Testamento circulaban en las comunidades cristianas, en rollos de pergamino o de papiro. Habían sido copiados pacientemente por algún escriba, quien, de pronto, añadía esta frase o aquella explicación, en favor de los futuros lectores.
Nosotros hoy, podríamos también agregar algunos comentarios nacidos del corazón, sobre la Biblia que manejamos diariamente. Para consignar la resonancia que la palabra de Jesús proyecta en nuestra vida. Como aquel joven, que luego de los nombres de los Doce que traen los evangelistas, colocó el suyo con este apóstrofe: El también me llamó.
En ciertos ámbitos se habla del destino. Sería éste una fuerza impersonal que mueve de forma inapelable, la conducta de los hombres. Pero los cristianos preferimos referir todo lo nuestro a un plan amoroso de Dios, dentro del cual se sitúa la vocación de cada persona. Un llamado de lo alto, en el cual intervienen innumerables actores –causas segundas, las llamó la filosofía tradicional- e infinitas circunstancias.
Sin embargo, sobre estos elementos, se destacan los dos protagonistas principales de toda vocación: El Señor y nuestra libertad.
Aunque reconocemos que ciertas páginas de nuestra historia personal son tan complejas y oscuras, que es difícil allí descubrir tales personajes. Solamente la fe viene ayudarnos para seguir creyendo en un Dios bueno y providente, y en un hombre libre, cuando todo en derredor nos grita lo contrario.
Pero cuando decimos vocación, no reservamos el término para ciertos servicios especiales que algunos llevan a cabo en la Iglesia, como el sacerdocio y la vida religiosa. Hablamos de esa vocación amplia, que Dios señala a todos sus hijos, para que avancen y se realicen dentro de su camino particular.
Señala san Mateo que Jesús, luego de llamar a los Doce, sobre los cuales iba a edificar una nueva historia, les dio autoridad contra los malos espíritus y las enfermedades. Hoy estas fuerza negativas y esas dolencias se presentan bajo otros signos. Diversas ciencias, como la medicina y la sicología, inspiradas también por el Señor, llevan a cabo una tarea no imaginada en tiempos de Jesús.
Pero siempre nos queda a los cristianos el encargo de aportar fuerza y luz contra los poderes extraños que, de muchas maneras, atormentan al hombre. En consecuencia, ninguna vocación se concibe si no es un servicio, amable y generoso, para el bien de los demás. Esto nos hace recordar a don Rubén, un hombre mayor, maletero en algún aeropuerto. Siempre de buen humor. Siempre con un chiste a flor de labios.
Alguien le preguntó, una vez: Rubén, ¿nunca te cansas? Cansarme, respondió, diez o quince veces cada día. Pero me voy de viaje en las maletas de todos los viajeros. Y enseguida regreso, con la ilusión de seguir ayudando.
Quien me contó esta historia añadía: Vamos a pedir la canonización de don Rubén. Es un santo que le caería muy bien a nuestro mundo calculador y egoísta.
“Dijo Jesús: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Temed al que puede destruir alma y cuerpo”. San Mateo, cap.10.
Lo cuenta el padre Carlos G. Vallés: “Mientras paseaba por el campo, sentí un extraño silencio. De repente, advertí el peligro: Una cobra medio erguida en el aire y su lengua escribiendo amenazas en el viento. A corta distancia, sobre una rama, un pajarillo aterido de miedo. Tenía alas, pero no podía volar. Tenía voz, pero no podía cantar. La serpiente había pronunciado su hechizo.
Levanté los brazos y grité. La enemiga me miró con furia y se bajó con lenta protesta, escurriéndose entre la hierba. Un gesto de respiro liberó el paisaje. El pajarillo despertó de su sueño de muerte. Volvió a encontrar sus alas y voló”.
En el corto discurso sobre el miedo, que Jesús dirige a sus discípulos, nos compara con las aves: “¿No se venden dos gorriones por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae a tierra, sin que lo disponga vuestro Padre”.
San Pablo, escribiendo a los corintios, les comparte la experiencia de sus tribulaciones: Azotes, cárceles. Peligros en los ríos, con salteadores, con los de su raza, con los gentiles. Amenazas en la ciudad, en el campo, en el mar. También habla el apóstol de sus enfermedades y tentaciones. Pero es curioso: Nunca confiesa haber tenido miedo. Y en otra ocasión declara: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”.
Sin embargo, parece que los humanos somos por naturaleza asustadizos.Nos atemoriza el presente, pero mucho más el porvenir. Imaginamos que mañana enfermaremos, que nos faltará el pan cotidiano.
Que los amigos podrían traicionarnos
. Tememos, como dice un autor, la justicia de Dios pero no menos las exigencias de su amor. Nos da miedo estar solos, pero desconfiamos también de quienes nos rodean.
Con razón, todos los mensajeros del cielo llegan hasta nosotros con este saludo: No tengáis miedo. Así cuando Gabriel visita a nuestra Señora, o José es avisado sobre el embarazo de su esposa. Y aquella noche de la primera Navidad, cuando los ángeles despiertan a los pastores.
También Jesús, luego de la resurrección, les dice repetidas veces a sus discípulos: “No temáis”. De acuerdo con lo que antes les había explicado: “No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Como quien dice: Confiad en mí que he vencido el dolor y la muerte.
Por lo tanto, una fe madura se convierte en seguridad. Ante el futuro, ante la muerte. “¿Quién nos separará del amor de Cristo” escribe en otra parte san Pablo y hace una larga lista de situaciones. Pero ninguna de ellas podrá falsear nuestra confianza.
Los metales, en química, se prueban mediante el agua fuerte. Así la fe se releva en las adversidades. Si perdemos entonces la paz interior, si el corazón se nos derrumba, nuestra fe en Jesucristo aún es inmadura.
Sin embargo, ciertas escuelas ascéticas acostumbraron integrar al seguimiento de Jesús, una angustia sistemática. Exageraron el poder del mal, presentando al demonio como eterno compañero de viaje.
Por ese camino seguiríamos bajo el hechizo de la serpiente: Teniendo alas, y sin poder volar. Teniendo voz, y sin poder cantar.
“Dijo Jesús: Lo que os digo a oscuras, repetidlo a la luz del día y lo que os digo al oído, gritadlo desde las azoteas”. San Mateo, cap. 10.
El predicador judío que explicaba la ley en la sinagoga, hablaba casi siempre en voz baja. Pero a su lado, un ayudante repetía al público el mensaje en voz alta. Este era además el encargado de subir a la torre o a la azotea, para desde allí tocar la trompeta.
Era la señal que llamaba a casa a los labradores, el viernes por la tarde, advirtiéndoles que empezaba el descanso del sábado.
En este pasaje, el Señor se reserva el papel de comentador de la sinagoga y señala a los discípulos la tarea de gritar su mensaje desde los balcones y atalayas.
Sería este el método para proclamar el Reino de Dios: Predicarlo por todas partes sin miedo, cómo lo hicieron los apóstoles.Desde Pentecostés, el Evangelio comenzó a ser Buena Noticia, a la cual tendrán derecho todos los hombres.
Sin embargo, el Señor no quiere ilusionarnos. Este anuncio de su mensaje incluye casi siempre dificultades y peligros y no pocas veces exige la vida.
Nos envía cómo ovejas en medio de lobos. Nos pide ser prudentes cómo serpientes y sencillos cómo palomas. Nos advierte que algunos serán llevados a los tribunales y hasta nuestros allegados nos darán la espalda y nos harán la guerra, porque pretendemos vivir el Evangelio.
Pero enseguida Jesús añade otras palabras de aliento y de consuelo.
El Padre de los cielos, que vela por nosotros, tiene contados los cabellos de nuestra cabeza.Es decir, nos conoce a fondo. Sabe de nuestras luchas y preocupaciones. Vela por nosotros.
Y agrega Jesús una comparación de la vida diaria: ¿No se venden en el mercado dos pájaros por una moneda? Y ninguno de ellos cae en la trampa que arma un muchacho, sin el permiso del Padre de los Cielos. ¿Y no valéis vosotros mucho más que uno de estos pajarillos?
En resumen: No tengamos miedo y arriesguemos la vida por el Evangelio.Vivir la fe es entonces anunciar a Jesús, no sólo con palabras sino también con la vida.
Es necesario hacer resonar su mensaje por todos los rincones del mundo.Hoy vemos que, aunque tímidamente, el Evangelio se anuncia por los modernos medios de comunicación. Pero aún nos falta mucho.
Es necesario que el mensaje del Señor abarque todos los meridianos de la tierra y se inserte en todas las culturas.
“Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo”. San Mateo, cap.10.
Yo no entiendo, explicaba un joven. A uno le nacen deseos, iniciativas, pero la gente no ayuda. Ahora todo se reduce a dinero y diversiones. Si yo les cuento a mis amigos que trabajo los sábados en un barrio pobre, me van a decir que soy un tonto. Alguna vez he pensado ser sacerdote para ayudar a los más necesitados. Pero ni en mi casa me van a entender.
Los primeros cristianos debieron confesar a Cristo ante los tribunales del imperio romano. Hoy nos toca a nosotros ponernos de parte de Jesús en circunstancias diversas, pero siempre difíciles.
Monseñor Dominique Tang, administrador apostólico de Cantón, pasa veintidós años como prisionero en una cárcel china.
Monseñor Helder Cámara se coloca de parte de los pobres, de los oprimidos, aunque tenga que sufrir amenazas y persecuciones.
El doctor Avery se sumerge en un campo de refugiados de Somalia. Allí todo escasea menos la muerte. El consumo diario de agua se limita a tres cucharaditas por persona. Otros médicos llegan, pero regresan a los pocos días, desconsolados ante tanta miseria. El doctor Avery permanece. Se ha colocado definitivamente de parte de Cristo.
En la junta directiva de una empresa, alguien defiende a los más débiles, aunque los intereses de los dueños corran riesgo.
Una maestra rural rehusa su traslado a la ciudad, porque sabe que nadie vendrá a reemplazarla.
Un estudiante de bachillerato rechaza un dinero que tiene por objeto comprar su conciencia.
Un sacerdote emprende una obra social sin recursos, contando únicamente con la providencia. No puede esperar que los niños sigan padeciendo.
Un abogado gana menos, pero se siente mejor defendiendo la causa de los pobres.
Nos ponemos de parte de Dios, cuando en nuestra conciencia tomamos partido por la paz, la honradez, la justicia, el progreso. Cuando luchamos por un sólido cambio social, comunitario y cristiano.
Cuando unimos nuestras inquietudes a las de nuestros amigos para defender la dignidad de nuestro pueblo. Cuando mentalizamos de evangelio nuestro hogar, nuestra clase, nuestro grupo, nuestro círculo de amistades.
Recordemos que nos aguarda una admirable recompensa: “Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del Cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo”.