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“Los dos discípulos oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús. Vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día”. San Juan, cap. 1.
Dos barcas se quedaron atadas entre los juncos, a la orilla del mar de Galilea. Su dueños se habían ido muchos kilómetros al sur, cerca a un vado del Jordán, donde el Bautista adoctrinaba a sus discípulos.
Uno de aquellos hombres rondaba ya los cuarenta años y se llamaba Andrés. Juan era más joven, llegaría tal vez a los veinte. Los unía su oficio de pescadores y una misma esperanza en el Mesías. Desde la aparición del Bautista junto al camino que conduce al oriente, corría la voz de que el Salvador de Israel estaba próximo.
El evangelista nos cuenta que aquella vez llegó hasta el grupo del Precursor un artesano de Nazaret. Venía del norte, de la provincia Galilea, una región densamente poblada y relativamente próspera. Sin embargo los del sur despreciaban a los galileos. Los tenían por campesinos incultos, maleducados y poco piadosos.
El Bautista, viendo llegar a Jesús, lo señaló ante sus discípulos con estas palabras: “Este es el cordero de Dios”. Una frase, relativa al Mesías, que despertaba fuertes resonancias en cada corazón judío. Andrés y Juan sintieron que el alma se le salía por los ojos y de inmediato, se acercaron a Jesús. El les preguntó: “¿Qué buscáis?”. Ellos le contestaron: “Rabí, (que significa maestro) dónde vives”. San Juan añade que se fueron entonces y pasaron con él toda la tarde.
Los maestros judíos instruían al pueblo en la observancia de la ley. Se les tenía gran respeto llamándolos Rabí, que significa literalmente “el grande”. Y un proverbio de la época enseñaba: “Si tu enemigo te roba a tus padres y a tu maestro, debes pagar primero el rescate del Rabí”.
Jesús, quien desde el comienzo de su vida pública se presenta como maestro, difiere en varios aspectos de las costumbres de entonces. En primer lugar, a él no lo escogen a él sus discípulos. Elige libremente un pequeño grupo de seguidores y a algunos voluntarios no los acepta en su grupo. Comienza su tarea antes de cumplir cuarenta años y en muchas de sus apreciaciones se aparta de las escuelas rabínicas de entonces.
El cristiano consciente sabe que el bautismo es la matrícula en la escuela del Señor. Allí se compromete a ser su discípulo. En un programa que empieza a transformarnos desde dentro.
Hoy entonces podemos preguntarnos: ¿Qué significa para mí Jesucristo? “Estamos en el tiempo de la construcción humilde, responde Martín Descalzo. Ya no creemos en las revoluciones que cambiarán al mundo de un golpe. Nos han propuesto tantos ‘cambios’, tantas ‘reformas’ “.
Pero hemos aprendido que con ellas sólo cambia de lugar nuestro dolor y de color nuestras opresiones. Y empezamos a sospechar que la única revolución es la que cada uno realiza en su corazón, en su casa, en su barrio. Que amando a nuestros próximos es la manera como el amor se multiplica de verdad...
Hemos de empezar a pensar y a vivir a Jesús, como aquellos primeros discípulos, o como los apóstoles que aseguraban que le seguirían a donde quiera que El fuera. Y que se preguntaban angustiados: “¿Señor, a quién iremos, si sólo tú tienes palabras de vida eterna?”.
“Dos de los discípulos de Juan siguieron a Jesús. Al ver que le seguían él les preguntó: ¿Qué buscáis? Ellos le contestaron: Maestro, ¿dónde vives? Y se quedaron con él aquel día”. San Juan, cap. 1.
¿Podríamos enumerar en orden de importancia nuestros principales deseos, los proyectos por los cuales luchamos? Soñamos nosotros con poseer una casa, adquirir un vehículo, realizar un viaje, obtener un título, formar un hogar, ser tenidos en cuenta, compartir en paz con quienes amamos. O anhelamos descansar un poco de tanto ajetreo y sentarnos a no desear nada, cómo terapia contra los desengaños.
Todo esto es bueno. Al fin y al cabo es existir, vivir, luchar, caminar en el tiempo.
Cuenta San Juan que dos discípulos del Bautista expresan a Jesús un deseo. Quieren saber dónde vive el Maestro. ¿Curiosidad ? ¿Desconfianza? ¿Amistad?
El Evangelista concluye el párrafo con una precisión desacostumbrada para su estilo: “Vieron donde vivía y se quedaron aquel día con El. Serían las cuatro de la tarde”.
En nuestra lista de deseos quizás no se cuenta todavía la búsqueda de Cristo.
Porque hemos puesto de un lado nuestras cosas y de otro, las del Señor.
Sin embargo, cuando Dios se hizo hombre, lo divino y lo humano comenzaron a figurar en la misma partida. Se integraron en un fondo común.
Cuando luchamos por hacer realidad nuestros deseos, no advertimos ni su raíz, ni tampoco su término. Pero al comienzo y al fin de todas nuestras ansias está el Señor a la espera.
Recuerde pues, quien edifica una casa que todas nuestras tiendas aquí abajo resultan pasajeras, hasta que adquirimos una mansión eterna en el cielo.
Quien desea un vehículo revela nuestra limitación en el tiempo y en el espacio. Pero después seremos liberados y podremos amarnos y compartir más allá del espacio y de tiranía de los relojes.
Nuestros deseos de viajar nacen de ese nómada que todos llevamos dentro. Pero un día regresaremos definitivamente a la patria.
Con frecuencia luchamos por un título. Pero recordemos que el único que vale la pena es el de hijos de Dios.
Todos nuestros anhelos conscientes e inconscientes se cristalizan en aquello que llamamos el cielo. Pero qué pocas veces pensamos en el. Y menos aun lo deseamos. Alguna vez lo aceptamos de paso, cómo una solución de emergencia, cuando la muerte nos arrebata a un ser querido.
Sin embargo esta existencia plena, más allá de la muerte, es algo tan real y tan lógico cómo el amanecer después de una larga noche. Cómo la Ley de Newton, que se cumple en todos los cuerpos físicos.
Ese día, cuando amanezca el cielo, podremos compartir plenamente. Descansaremos en una paz nueva y activa de todos los cansancios. Se cumplirán todos nuestros deseos, ya sin necesitar terapia alguna contra los desengaños.
“De madrugada, se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma”. San Mateo, cap.14.
En una lejana vereda lejana un grupo de niños va a recibir la Confirmación. Avanzan en la fila por la mitad del templo, acompañados sus padrinos. De pronto un niño rompe a llorar, interrumpiendo la ceremonia.
– ¿Qué te pasa? Le pregunta cariñosamente una religiosa. – Ese señor me asusta, responde el pequeño, señalando al obispo revestido de los ornamentos pontificales. Actitud que nosotros a veces repetimos: Este Señor Jesús nos asusta. Lo mismo que a los apóstoles aquella madrugada, en el lago. Estar cerca de Dios nos da miedo.
Cuando Jesús compartía con ellos la comida y los caminos de Galilea. Cuando lo miraban como a hombre, no sentían temor. Pero cuando se acerca a ellos, caminando sobre las aguas, se llenan de miedo. Un Dios que nos pide hacer más de lo cotidiano, es un Dios incómodo que nos asusta.
Si El puede caminar sobre las aguas, quién sabe qué podrá exigirnos. Entonces, temerosos, echamos pie atrás. Muchos nos quedamos a mitad de camino en el seguimiento de Jesús. La vida cristiana –nos decimos– no puede incluir tanto compromiso.
Los jóvenes admiran a Cristo. Los atrae y quisieran seguirlo. Pero cuando los invita a ser testigos del Evangelio, cuando les señala metas muy altas de servicio a los demás, entonces se estremecen.
Para muchos de nosotros el Bautismo y la fe son un salvoconducto para llegar al cielo. Pensamos que lo único importante es salvarnos.
Lejos estamos de entender la vida cristiana como un seguimiento personal de Jesús.
Sin embargo, esta es la intención del Señor cuando nos llama a ser sus amigos: Nos pide que asimilemos sus criterios, sus actitudes, y sus costumbres. Que seamos un ejemplo atractivo y convincente para quienes no conocen a Dios. Que lo anunciemos con la alegría.
Muchos creyentes viven demasiado preocupados por salvarse. No han descubierto que la salvación es un regalo que el Señor da a cuantos no se resisten a sus planes. Así sean aquellos que viven bajo otros credos y nunca han oído hablar de Jesucristo.
El cielo –nos asegura la teología– es más un don generoso del Señor, que una contraprestación a nuestros débiles esfuerzos aquí en la tierra. De ahí que el seguir a Jesús sea lo que realmente importa.
Cuando Jesús tranquiliza sus amigos diciéndoles: Soy yo, no temáis, Pedro se arriesga a pedirle: Mándame ir hacia ti. La auténtica vida cristiana es siempre un riesgo. En un principio no hay temores. Pero más adelante el Señor se vuelve exigente. Nos quiere sacar de nuestra mediocridad. Nos presenta desafíos que nunca imaginábamos. Es entonces la hora de escoger entre la pequeñez o la grandeza.
Sigamos a Jesús sobre las olas movedizas del riesgo. Eso es lo que hoy, más que nunca, espera de nosotros.
“Pasando Jesús junto al lago de Galilea, vio a Simón y su hermano Andrés que eran pescadores y les dijo: Venid conmigo”. San Marcos, cap. 1.
Alrededor del Tiberíades habían surgido varias aldeas, cuyos habitantes se empleaban en las faenas del lago: Magdala, Cafarnaúm, Genesaret, Caná. Y Betsaida, cuyo nombre significa “la casa de la pesca”.
En ese entorno geográfico inicia el Señor su ministerio. Allí encuentra sus primeros discípulos que obviamente eran pescadores. De algunos de ellos conocemos con detalles su llamado. De otros nos queda sólo el nombre, consignado por los evangelistas en el grupo de Los Doce.
A Simón y a Andrés los descubre el Maestro mientras estaban en la faena del lago. San Marcos cuenta que “inmediatamente dejaron sus redes y lo siguieron”. Añade el mismo evangelista que Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, eran dueños de una pequeña flota dedicada a la pesca. Y éstos también “dejaron a su padre en la barca con los jornaleros y se marcharon con El”.
Los hechos pudieron haber transcurrido de este modo. La persona de Jesús atraía fuertemente a quienes lo encontraban. Pero quizás el evangelio reduce a dos líneas un largo proceso, durante el cual los futuros apóstoles se debatieron entre la certeza y la duda. Entre la ilusión y la desconfianza. Muchos de ellos tenían esposa e hijos y en la tertulias vespertinas comentarían en casa sobre el profeta nazareno.
Algunos familiares aguzaron los ojos y levantaron el corazón, colmado de esperanza. Sin embargo, no faltaron las voces contrarias. El pueblo había sufrido ya suficientes engaños y no valía embarcarse en un nuevo proyecto, que también los llevaría al fracaso.
Pero al fin, la inquietud de esos hombres sinceros los lanzó hacia lo desconocido. No alcanzaban a comprender del todo quien era Cristo. Pero lo habían tratado y observado de cerca y les convencían su persona y su palabra. Un día le dijeron sí desde el corazón y comenzaron a seguirle.
A estos primeros discípulos Jesús les promete convertirlos en pescadores de hombres. Una invitación a realizar lo mismo de otro modo. En esa dimensión del Evangelio. Ya no sería madrugar al lago, venciendo el oleaje y la neblina. Se trataría de rescatar a muchos hombres y mujeres, para con ellos construir el Reino de Dios.
Un autor se pregunta por qué el Maestro inicia su proyecto, invitando a unos pescadores. La primera razón es porque éstos eran sus vecinos. Pero también cabría un motivo sicológico: Quien sabe pescar conoce de tempestades y fracasos. Es un profesional de la tenacidad y la paciencia. Comprende el sentido de la vida, con sus altos y bajos, con sus días soleados y sus oscuridades.
Al llamarnos a la fe, el Señor nos invita a cumplir nuestros deberes ordinarios pero a la luz del Evangelio. Una tarea que exige cada día esfuerzo y perseverancia. Porque no siempre las cosas resultan según nuestros proyectos. Porque nadie esta asegurado contra los fracasos.
Franz Kafka, aquel escritor checo, nos dice que “el misterio de Jesús es tan vertiginoso que hay que defenderse de él para que no nos arrastre hasta su fondo”. Pero tal vez es lo contrario. La única manera de ser cristianos es dejarnos arrastrar por ese torrente de agua viva.
“Pasando Jesús junto al lago vio a Simón y a su hermano Andrés y les dijo: Venid conmigo y os haré pescadores de hombres”. San Marcos, cap. 1.
Un autor nos presenta a Adimael, ángel raso, con vocación de serafín, inquilino de la constelación de Casiopea. Este fue el redactor de veintisiete informes con destino al juicio universal, sobre los muertos que ingresaron en un día al cementerio de la Almudena de Madrid.
El ángel se extiende en prolongadas consideraciones, donde los hombres salen bien librados. Todas nuestras malicias y pequeñeces se cobijan bajo la inmensa comprensión del Señor, quien nos ama obstinadamente.
Además, detrás de cada pequeña biografía, advertimos cómo Dios orienta nuestra realización en el lugar y modo que nos corresponden. Esto es lo que llamamos vocación.
El Evangelio cuenta el llamamiento de Cristo a los apóstoles. El de Pedro y Andrés tiene características especiales.
Sucede a orillas del lago. Jesús les promete proyectar de otro modo su oficio: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. Ellos, dejando de inmediato las redes, le siguieron”.
A nosotros tal vez no nos llame el Señor a abandonar nuestras tareas. Pero si quiere darle otra dimensión nueva a nuestra vida.
Porque una profesión puede ejercerse de diversas formas. El ser ciudadano tiene muchos niveles, desde la indiferencia al compromiso.
La juventud puede vivirse o puede malgastarse.
El dinero sirve para construir el futuro en comunidad, o para destruirse solitariamente.
La fe puede impulsarnos a una huida del mundo, o a un encuentro positivo con El
Hay amores y amores. Desde aquellos que son de fantasía, hasta amores verdaderos, entusiastas, transformantes. También existen otros, ásperos, quejumbrosos, molestos.
Nuestra actitud ante la vida podrá llevarnos a contemplar gozosos el vaso medio lleno, o a lamentarnos porque está medio vacío.
Antes del llamamiento, Jesús les dice a los apóstoles para motivarlos: “Está cerca el reino de Dios. Creed la Buena Noticia”.
Sin embargo a quienes nos miran desde lejos, muchas veces les decimos con nuestras actitudes: El Reino está distante todavía.
No debe ser así, porque el Evangelio apunta a recibir en la mente y en el corazón una Buena Noticia: Dios nos ama.
Por eso y a pesar de todo, alegrémonos. Vale la pena vivir, vale la pena seguir luchando por el Reino de Dios.
“Pasando Jesús junto al lago, vio a Simón y a su hermano Andrés, que estaban echando la red y les dijo: Venid conmigo”. San Marcos, cap.1.
Si alguna vez escribiéramos “Yamar” por invocar, dar voces, interpelar, se nos vendrían encima todos los profesores de ortografía y las academias de la lengua. Es pecado mortal en la gramática cambiar la elle por la ye. Pero a los creyentes nos es lícito escribir de este modo. Porque llamar significa en el fondo Ya amar. Nos lo da a entender el Evangelio de hoy.
Unos pescadores del Lago de Galilea: Simón y Andrés, Juan y Santiago. Jesús pasó, los llamó por su nombre y ellos, dejando redes y barcas, se vinieron con El tras el deseo de ser pescadores de hombres.
Una labor muy larga y muy a fondo debió haber precedido a esta llamada. Toda la compleja tarea del amor.
Al enemigo se le grita, al intruso se le ahuyenta, al desconocido se le interroga, al extraño se le ignora... solamente al amigo se le llama y solamente el amigo sabe responder.
Pensemos hoy que cada uno de nosotros ha recibido de Jesucristo un llamado muy serio y muy comprometedor. No somos un conjunto de sonámbulos que se entrecruzan en las calles de la historia, sin saber el porqué de su destino. Cada uno de nosotros ha sido llamado personalmente por Dios a la existencia. Caminamos hacia una meta que El nos ha trazado. Algunos la buscamos reflexivamente, mientras otros caminan sin rumbo, o simplemente empujados por las circunstancias.
O arrinconados por los acontecimientos. ¿Entre cuáles te puedes contar tú?
Si te inclinas por la arquitectura, si tienes un novio que te parece reunir todas las cualidades, si tienes dotes para la música, para la pintura, para el trabajo social o el deporte, para los negocios o la política... Todo esto no sucede al acaso. Detrás de esos deseos está la voz silenciosa del Señor.
Todas las personas nos movemos por la tenaz y amorosa fuerza de Dios. No somos marionetas incapaces de pensar y de amar. Somos libres e inteligentes y podemos colaborar activamente en los planes de Cristo. Cuando nos resistimos, el se pliega serenamente a nuestra negativa. Cada llamada de Dios nos quiere conducir a nuestra felicidad. ¿Por qué no la escuchamos?
Mucha gente desconoce el sentido de la vida. Por lo cual es tarea de quienes tienen más luz e inteligencia, reflexionar con el hermano, con el amigo, con el compañero de estudios o de trabajo. Ayudarlo a descifrar su jeroglífico, colaborarle en la interpretación de los planos de su propia existencia. En compañía es más fácil escuchar la voz del Señor. La cual a veces no oímos por estar saturados de ruido.
Así como a Pedro, Andrés, Santiago y Juan, hoy vuelve el Señor a llamarnos para mejorar el mundo.
“Estaba en la sinagoga un enfermo que tenía un espíritu inmundo. Jesús lo increpó y el espíritu, dando un fuerte grito, salió de aquel hombre”. San Marcos, cap. 1.
Frente a las demás aldeas que rodeaban el lago de Genesaret, Cafarnaum era una próspera ciudad. Allí tocaba el “el camino del mar”, una ruta que subía desde Egipto bordeando la costa palestina, para adentrarse luego en Galilea y continuar hacia Damasco.
El Evangelio nos conduce con frecuencia a esta villa, a donde concurrían pescadores y aldeanos, cortesanas y soldados, mendigos y cobradores de impuestos. Se entiende que en Cafarnaúm hubiera una importante de aduana y una lujosa sinagoga de la cual se conservan algunas ruinas. Era una sala no muy grande - 18 metros por 24- bellamente decorada con mosaicos de palmas y de estrellas.
San Marcos anota que en aquel lugar de oración y enseñanza, Jesús encontró a “un hombre que tenía un espíritu inmundo”, el cual le hacía gritar: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno?”. Durante su vida pública, el Maestro se cruza con muchos poseídos por el demonio. Porque el Espíritu del Mal puede apoderarse de alguien. Pero, de otro lado, en tiempos de Jesús, los judíos equiparaban toda enfermedad sicológica con la presencia del Maligno.
Allá en la sinagoga de Cafarnaúm, el Maestro no presenta un diagnóstico clínico o religioso, sino que actúa en favor de aquel necesitado. Añade el evangelista que Jesús increpó al mal espíritu y el hombre quedó sano.
Cuando Jesús anuncia que el Reino de Dios está ya próximo, cuando asegura que ese Reino está en nuestro interior, no es un profeta ingenuo que ignora la presencia del mal en el mundo. Nadie más que El conoce los himalayas de crimen, de falsedad y de dolor que soporta sobre sí nuestro planeta.
Pero a la vez Cristo viene a ofrecernos su poder, que puede trasladar montañas.
El cristiano también conoce su propia capacidad de mal. Como dice Bernanos: “Cada día descendemos a nuestra realidad pecadora, aunque vestidos de una escafandra, la esperanza”.
Somos conscientes de todos los elementos negativos que se oponen al Evangelio. Pero tampoco hemos de exagerarlos, anunciando diariamente catástrofes.
Por otra parte, no atribuyamos siempre el pecado y sus consecuencias a fuerzas exteriores, identificadas como demonios. Esto equivaldría a esquivar toda responsabilidad personal. El mal habita en nuestro corazón y es tarea nuestra mantenerlo a raya, para que su poder no nos derrumbe.
Porque la vida cristiana es algo más. Ha de llegar al gozo de sentirnos perdonados. A una seguridad que nos viene de Dios.
La salud no es tan sólo ausencia de enfermedad. Es la armonía de todos nuestros mecanismos, de tal manera que podamos alegrarnos de vivir. Igual cosa sucede con la fe.
“Cristo llegó a este mundo hastiado y vacío - comenta Martín Descalzo - por la olvidada puerta de la alegría. Como los hombres somos tristes y aburridos, nos habíamos inventado un Dios de idéntico estilo. Como nosotros le amábamos tan poco, no podíamos imaginarnos que él nos amase tanto”.
Jesús nos ha enseñado a sentirnos pequeños y pecadores, pero sabiendo que El exorciza, del mundo y de cada corazón, los demonios del miedo y la tristeza.
“Estaba en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: ¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? Jesús lo increpó: Cállate y sal de él”. San Marcos, cap. 1.
En hebreo “Ruáh” quiere decir espíritu, fuerza interior, alma, vida, influencia, modo de ser, poder transformante. Dios es un Espíritu que, al comienzo del mundo, dio origen a la primera nebulosa. Ordenó luego el camino de los astros y la vida de los seres inferiores. Un día, al soplar sobre el barro, creó al hombre y le infundió una vida semejante a la suya.
La Biblia habla además de espíritus inmundos. Llama así ciertas enfermedades, esas taras que aquejan a los mortales, fuerzas del mal que actúan entre nosotros.
Jesús vence con su palabra estos espíritus, cómo en el caso de este hombre, que acude el sábado a la sinagoga de Cafarnaúm.
Hoy también, aunque de otras maneras, nos dominan espíritus inmundos. Se revisten de formas decentes, aceptadas en sociedad y con cierta apariencia de cristianismo.
Podríamos preguntarnos: ¿Quién padece un peor espíritu: La joven que queda embarazada, o su familia que se niega a ayudarla ?
¿El muchacho drogadicto, o la madre que lo ha rechazado desde antes de nacer?
¿El cristiano que revela con su conducta una Iglesia de rostro adusto y vengativo, o quienes sistemáticamente repudian esta Iglesia?
¿Los que por diversas circunstancias viven su amor fuera de los esquemas legales, o quienes evitan su trato por no contaminarse?
¿Quien frecuenta escrupulosamente el culto externo, sin convertirse de corazón o el que no practica, pero vive, aun sin saberlo, los valores del Evangelio?
Aquel endemoniado de Cafarnaúm confesaba a gritos el poder de Jesús y le llamaba a boca llena el Santo de Dios.
También nosotros un buen día llegaremos a entender aquella frase de la liturgia: “Porque sólo Tú eres Santo”
Todos los demás, aunque nos presentemos en público cómo perfectos, tenemos dentro muchas fuerzas negativas, padecemos muchos demonios.
Nuestras deficiencias pudieran no ser materia de confesión, pero nos pesan en el alma, empequeñecen nuestro yo, desdibujan esa perfección personal que deseamos.
Esta comprobación pudiera volvernos pusilánimes.
Los adultos, que hemos luchado tanto, ¿seremos menos perfectos que los jóvenes? Los jóvenes, que defendemos unos valores más auténticos, ¿tendremos los vicios de épocas anteriores? ¿El cristiano no tendrá siquiera la recompensa de sentirse en paz consigo mismo?
Son preguntas inquietantes.
Es verdad: Hay una especie de introspección que causa tedio y hace que nos sintamos desvalidos e inútiles. Pero entonces busquemos al Señor.
Aquel hombre, que un día de sábado se asoma a la sinagoga, para encontrarse con el profeta de Nazaret, nos señala un camino. Después de aquel encuentro las cosas cambiaron para él definitivamente.
Podríamos hoy evaluar nuestra vida delante del Señor, quien es el único Santo.
“Todos se quedaron asombrados de Jesús, porque no enseñaba con los letrados, sino con autoridad”. an Marcos, cap.1.
Hace algunos años las agencias internacionales comunicaban una noticia impresionante: Un alienado mental había golpeado la Pietá de Miguel Ángel, causándole serios destrozos.
Hubo conmoción mundial. Un loco había mutilado esta obra maestra.
Sin embargo si Miguel Ángel Buonarrotti hubiera hecho lo mismo, nadie habría tenido derecho a reprenderlo. El era su autor. Tenía autoridad sobre la obras.
Así mismo el único que tiene autoridad sobre los hombres es Dios, autor y dueño de nuestra existencia.
Pero El ha delegado su autoridad y sus derechos en algunas personas: Los padres de familia, los maestros, la autoridades religiosas, civiles y militares. Sin embargo éstas no cumplirán con su deber, sino en la medida en que respeten la dignidad del ser humano, y trabajen para lograr su plena realización.
Vivimos hoy una crisis de autoridad. De un lado, muchas personas no la ejercen de una manera honesta y en servicio de los demás. Aprovechan su situación para dominarlos, oprimirlos y explotarlos. De otro lado, quienes deberían estar sujetos a la autoridad, no la acatan. Se convierten en rebeldes que todo lo estropean y destruyen.
¿Qué hacer entonces? Si reflexionamos a la luz del Evangelio, descubrimos que Cristo no solamente era autoridad, sino que tenía autoridad. Como Dios, era la suprema autoridad, y como Hombre-Dios, por su conducta y por su ejemplo, se mostraba digno de ser obedecido.
Muchos, en cambio, son autoridad en el gobierno, en la Iglesia, familia, en las instituciones...¿Pero su modo de vivir, lo hace dignos de ella?
Para tener autoridad se requieren tres cosas:
La verdad. Cristo era la Verdad. Nunca engañó a nadie. Los hombres necesitamos poder confiar en nuestros dirigentes. Por eso rechazamos en ellos toda la hipocresía.
Luego, el ejemplo. Cristo practicó siempre lo que predicaba, y condenó duramente a los fariseos como personas que decían una cosa y practicaban otra.
Por último, el servicio. La verdadera autoridad está siempre atenta al servicio del hombre y de la comunidad.
¿Nos hemos preguntado alguna vez si ejercemos la autoridad con la verdad, la respaldamos con el ejemplo y la vivimos como un servicio a los demás? Cristo no vino a ser servido sino a servir.
“En aquel tiempo, la suegra de Simón estaba en cama con fiebre. Jesús, tomándola de la mano, la levantó. Entonces se le pasó la fiebre y se puso a servirles”. San Marcos, cap. 1.
Infortunada aquella definición de hombre que heredamos de los filósofos antiguos. Y además calumniosa. Afirmar que somos únicamente “animales racionales” devalúa la obra maestra del Señor sobre la tierra. Más humano - y más próximo al Evangelio - fue Ortega y Gasset cuando escribió: “Yo soy yo y mi circunstancia”.
A través de la vida de Cristo descubrimos que el plan de Dios no procura únicamente “el bien de las almas”. Ni solamente salva nuestras facultades interiores. Pretende sanar todo lo humano. Se trata de aquella transformación que, según san Pablo en su carta a los romanos, toda la creación aguarda entre gemidos.
San Marcos nos presenta a Jesús de nuevo en Cafarnaúm. Era un sábado y desde la mañana el Maestro ha estado en la sinagoga compartiendo la oración y la enseñanza. Al caer la tarde se dirige con sus discípulos a la casa de Pedro, cuya suegra esta en cama con fiebre.
El Señor la toma de la mano. Ella de inmediato se levanta y empieza a servir a sus huéspedes. Todo ha sido muy simple, pero el hecho corre de boca en boca por toda la ciudad.
Durante ese día a nadie era lícito transportar los enfermos, a causa del descanso sabático. Pero entrada la noche, la casa de Simón se llenó de menesterosos que imploraban el poder de Jesús. San Marcos anota que “curó muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios”.
Allá en el lago Jesús había llamado a Pedro a otra clase de pesca: Venid, os haré pescadores de hombres. Esta vocación, sin embargo, no lo convirtió en un extraterrestre. Continuó siendo ciudadano del mundo, miembro de una familia. Y Jesús se preocupa de todas sus circunstancias. Lo visita en su casa. Cura la enfermedad de su suegra.
De pronto nosotros, al vivir el cristianismo, fraccionamos la vida. Relegamos a Dios a ciertos ámbitos y dejamos vacíos otros tantos que nos parecen profanos. Pero el Señor no es “sagrado” en el sentido estrecho que le hemos dado a esta palabra. Es el Dios del cielo y la tierra. Habita una luz inaccesible, pero se complace en las moradas de los hombres.
Para ser cristianos conviene entonces iluminar con la luz de Cristo todas las áreas de nuestra persona. La mente y el corazón. El ámbito familiar y todas las estructuras en las cuales nos movemos de la mañana hasta la noche.
San Patricio de joven fue pastor, luego esclavo, más tarde diácono y evangelizador de Irlanda, su tierra natal. De él heredamos aquella oración diáfana y simple: “Cristo conmigo, Cristo delante de mí, Cristo detrás de mí, Cristo dentro de mí. Cristo a mi derecha, Cristo a mi izquierda.
Cristo en la fortaleza, Cristo en el asiento de mi carruaje, Cristo en la popa de mi nave. Cristo en el corazón de todo hombre que piensa en mí. Cristo en la casa de todo hombre que hable de mí. Cristo en todos los ojos que me ven. Cristo en todos los oídos que me oyen”.
“Al salir Jesús de la sinagoga, fue a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó: Se le pasó la fiebre y se puso a servirles”. San Marcos, cap. 1.
Máximus IV fue un simpático anciano, patriarca de Alejandría, que participó en el Concilio Vaticano II. Nos dejó una frase inolvidable: “La oración no se compone de ausencias, sino de presencias”.
Para orar quisiéramos a veces fabricar el vacío absoluto. Poner la mente en blanco, antes de presentarnos al Señor. Pero ni en la oración, ni menos en la vida, puede lograrse el vacío total.
Nos despojamos de nuestros pecados, pero continuamos atados a nuestras circunstancias, las cuales nos condicionan y nos zarandean la mente.
Grandes o pequeñas, trascendentales o insignificantes, comunes y corrientes o extraordinarias, las circunstancias forman parte esencial de nuestra vida.
Llegaremos al cielo, transformados por la fuerza de Cristo, pero tales cómo somos.
En este relato de San Marcos vemos a Pedro, jefe de los apóstoles, cabeza de la Iglesia, preocupado por la salud de su suegra. El llamamiento de Cristo no lo convierte en un ser extraterrestre. No le da pose dramática y trascendental. Le permite seguir siendo humano, vecino del mundo, en relación directa con sus propias circunstancias.
Todas estas situaciones humanas conforman la infraestructura de la salvación. No busquemos por lo tanto una salvación extratemporal y extramundana que no existe.
Se dio antiguamente una definición de hombre que, por lo inexacta, resulta calumniosa. Se decía que éramos animales racionales.
De ahí se deriva todo un modo de pensar, una visión tendenciosa del hombre, una manera no muy cristiana de comprender el mundo y de vivir la fe.
Es más hermosa y más real la definición de Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Y cada circunstancia puede volverse puente o precipicio.
El compromiso cristiano consiste en orientarla de una manera constructiva:
- Otro que no recibió la fe en el hogar, construyó a pulso una vida honesta, que lo hizo auténtico y comprensivo.
- Aquel lo tuvo todo y de un momento a otro lo perdió. Hoy es más humano y encuentra otras formas de alegría.
- Esta tiene una historia de luchas y dolores. Sin embargo, comunica experiencia y enseña a domesticar las penas con una sonrisa.
Todos ellos construyeron vida sobre su circunstancia.
“Jesús se acercó a la suegra de Simón que estaba en cama con fiebre, la tomó de la mano y la levantó... y ella se puso a servirles”. San Marcos, cap.1.
La fiebre es un síntoma, es decir un aviso de cosas que pueden ser muy graves. Pero existe también una fiebre moral, aviso y síntoma de nuestro mal interior.
El Evangelio de hoy nos invita a pensar que la fiebre y la curación de la suegra de Pedro son síntomas de cosas muy graves, pero a la vez muy hermosas.
Al curar a los enfermos, al dar la vista a los ciegos, al resucitar a los muertos, Jesús nos da a entender que El es Dios. Dueño de unos poderes mayores aún, que pueden cambiar totalmente nuestra vida.
En su tiempo, toda enfermedad se entendía como signo del poder del mal y del pecado. Nosotros hemos cambiado esa visión fatalista y negativa. Sabemos que la mayoría de las enfermedades son consecuencia de nuestra conducta, de la herencia, la contaminación...Pero a la vez sabemos que el Señor es capaz de hacer milagros para sanarnos. El mismo ha dado al hombre poderes en contra de esos males: La ciencia, los descubrimientos de la medicina, los mil secretos que le hemos arrancado a la naturaleza para ponerla a nuestro servicio.
Pero todos los días necesitamos del poder y la intervención de Jesucristo, en el área de nuestro mal moral.
Allá, en lo más hondo de nuestro ser, tenemos regiones en las cuales no nos sentimos bien. Allí es donde nos domina el mal, donde no somos buenos del todo, donde se hunden las raíces del egoísmo, de la ira, de la soberbia.
Hasta allí también puede llegar el Señor para sanarnos.
Muchas veces obramos mal, aún sin quererlo, y sentimos tristeza. Hubiéramos querido ser tan pacientes, tan generosos, tan bien educados y fallamos.
Jesucristo puede enderezar nuestra vida, orientar nuestra conducta definitivamente hacia el bien. Recibimos su influencia transformadora cuando rezamos con esas palabras interiores que nacen del corazón. Cuando recibimos los sacramentos, por los cuales unimos nuestra vida con el Señor.
Quien sanó a la suegra de Pedro, curó los leprosos, dio vista al ciego de Jericó, perdonó a Magdalena, dio la fe a la Samaritana y prometió al buen ladrón el paraíso, es el mismo con quien hemos comprometido nuestra vida.
Ser cristianos es estar con El. Estar amarrados a su Ser y a su vida, con los vínculos de amor y de la fe.
¿Por qué será que algunos tenemos a Dios solamente como un hacedor de milagros exteriores? Es verdad que El puede sanarnos físicamente, pero también espiritualmente.
Entonces, como la suegra de Pedro, desde una vida nueva, podremos servirle a El y a nuestros hermanos. Ese es el Milagro.
“Entonces se acercó un leproso, suplicándole de rodillas: Si quieres, puedes limpiarme. Jesús, sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: Quiero: Queda limpio”. San Marcos, cap. 1.
“Golpe de látigo” era el nombre que los judíos daban a la lepra. Y detrás de ese látigo estaba Dios, señalando con ira los pecados ocultos o visibles de quienes sufrían este mal.
El capítulo 13 del Levítico nos presenta una minuciosa descripción del trato que debería darse a los leprosos. Un ritual exagerado hasta la neurosis. Tal era el horror que esta enfermedad inspiraba al pueblo judío. Quienes la padecían se sentían doblemente rechazados, por la religión y la sociedad. Habían pecado y debían permanecer aislados de la gente. Muertos en vida, aguardaban un poco de alimento que alguien les dejara en el camino. Mientras otros les arrojaban piedras para mantenerlos a distancia.
Pero algunos leprosos habían escuchado de cierto profeta de Nazaret, que sanaba a muchos enfermos. San Lucas nos habla de diez leprosos que, desde lejos, le imploraron al Señor su curación. San Marcos menciona solamente uno, el cual, contra toda norma, venciendo los tabúes que rodeaban su mal, se acercó a Jesús. Y cayendo de rodillas, le dijo: “Si quieres, puedes limpiarme”. No fue siquiera un ruego. Sólo una comprobación nacida de la fe. Ese galileo que congregaba en derredor a tanta gente, podía sanarlo. Una confianza que el enfermo ratifica postrándose delante del Maestro.
San Marcos vuelve a ser lacónico, pero a la vez preciso: “Jesús, sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: Quiero, queda limpio”.
Desde el esquema de los fariseos, este enfermo ha violado gravemente la ley. E igual cosa ha hecho el Señor.
Quien tocaba a un leproso quedaba inmundo. Y Jesús ha dicho: “Quiero, queda limpio”. En vez de contaminarse, el Señor purifica al enfermo de su lepra y también de las culpas que quizás le merecieron este mal. San Juan escribirá más tarde que el Bautista llamó a Jesús el Cordero que quita los pecados del mundo.
Sin embargo, el Maestro no violaba la ley por violarla. Solamente rechazaba esa maraña de normas que oprimían a la gente. Por esta razón, llama aparte al recién curado y le dice: “Ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés”.
Este hombre ya sanado no entendía aún que quien lo había sanado era el Hijo de Dios. Entonces que vaya al templo de Jerusalén, donde al certificar su curación, lo devolverán a la comunidad.
También Jesús le ordena al hombre ya sano que guarde silencio. Quería impedir que su fama de taumaturgo se extendiera. Porque muchísimos lo buscaban únicamente por lo exterior de sus signos, sin comprender lo profundo de su palabra.
Quienes alguna vez tocamos fondo. Quienes creímos necesario escondernos de Dios. Quienes un día perdimos toda esperanza, hoy sentimos que este leproso nos anima a clamar: “Señor, si quieres, puedes curarme”. A pesar del oscuro remordimiento que nos golpea el alma, como si fuera un látigo de Dios.
Y el Señor quiere curarnos. Pero esta sanación no es meramente un perdón judicial, o un ingenuo olvido de nuestro pasado. Equivale a una regeneración interior, que hace resucitar los mecanismos de paz interior y de esperanza, para empezar a ser criaturas nuevas.
“Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas. Jesús lo tocó diciéndole: Queda limpio. Y le encargó severamente: No se lo digas a nadie. Pero él empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones”. San Marcos, cap. 1.
En los cuentos de hadas, los caballos son fuertes y veloces, la dama perseguida es hermosa en extremo, los árboles dan fruto cada día, los ríos son siempre claros y apacibles. Pero cómo la vida real no es un cuento de hadas, comprobamos que en ella todo es muy distinto. El mundo es imperfecto, rudo, difícil. Necesita de nuestro diario esfuerzo para hacerlo fructificar, para convertirlo en una casa habitable.
De ahí que toda la creación aguarda de nosotros cuidado, trabajo, orientación, normas y leyes. Aunque algunos, cómo niños mimados, continúan añorando un mundo ideal, donde la libertad viva sin normas. Pero cuando entendemos el sentido de la ley, ella no nos molesta.
Entonces comprendemos que los mandamientos construyen al hombre. Los preceptos de la Iglesia tienen por misión orientarnos a los valores cristianos. Las normas civiles defienden los derechos de los ciudadanos y edifican la convivencia en paz.
Si aceptamos la ley con inteligencia y madurez, nos conducirá cómo un lazarillo, a la buena costumbre y al amor.
Entonces ya no será importuna. Nos habrá conducido a un territorio libre donde podremos repetir con San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”.
Sin embargo, San Marcos nos cuenta de un leproso, sanado por Jesús que no obedece a su mandato.
El Señor le había mandado callarse y no divulgar su curación. El evangelista anota que el Señor se lo ordenó con severidad. Pero a él después de verse sano, no le cabía el corazón en el pecho. No podía menos que contar a todos el prodigio de aquel profeta galileo.
- “Queda limpio. Pero no se lo digas a nadie”, fue la orden de Jesús.
El Maestro tendría sus razones. Deseaba pasar de incógnito en aquella comarca. La publicidad le traía frecuentes dificultades. Los moradores de aquella ciudad no estaban preparados para reconocer sus signos.
O bien, cómo dice el evangelista en otros lugares, aún no había llegado su hora. Sin embargo, cuando el leproso ya sano comienza a divulgar el milagro, Jesús no va en su busca para reprenderlo. Respeta profundamente la conciencia de aquel hombre agradecido.
Así puede sucedernos alguna vez. La letra de la ley dice una cosa, pero nuestro amor a Dios, a los hermanos, nos está pidiendo algo distinto.
La gratitud de aquel hombre curado le estaba urgiendo que contara a todos la maravilla: Sobre su lepra había florecido carne nueva, cómo la de un niño.
“Jesús, sintiendo lástima del leproso, extendió la mano y lo tocó diciendo: Quiero: queda limpio”. San Marcos, cap.1.
¿Cómo será Dios? ¿Cuál su modo de ser, cuáles sus planes y su voluntad? Es difícil saberlo. La teología nos enseña que todo lo que pensamos o decimos de Dios es apenas imagen, aproximación, analogía y sombra de lo que El es: La Vida, el Bien, el Amor.
Tampoco tenemos ideas claras sobre la voluntad de Dios. Algunos la confunden con el sufrimiento del hombre. En la mitología azteca encontramos a Huitzilopochtli, un ídolo a quien se le ofrecían los corazones de los vencidos. Mientras la sangre humana corría sobre el altar de piedra, el dios, en cuya frente se alzaba un penacho de plumas de colibrí, sonreía ferozmente.
Otros imaginan a Dios como alguien caprichoso, que desea una humanidad sometida ciegamente a sus mandatos. Ignoran la razón de sus preceptos, los cuales se miran como una manera continua de amargarnos la vida.
Algunos más piensan en Dios celoso, que impide el progreso del hombre, guardando con avaricia los secretos de la naturaleza y de la historia. No sea que un día el hombre llegue a suplantarlo.
Pero el Evangelio nos enseña que la voluntad de Dios es nuestro bien. “Quiero: Queda limpio”, le dice Jesús al leproso.
Quiero: Sed limpios, sanos, santos, felices, perfectos, nos dice Dios cada día. El, como un padre bueno, no tiene otro deseo que el bien de sus hijos.
No es lógico achacarle al Señor los efectos de nuestra ignorancia, de nuestros errores y pecados. No es voluntad de Dios el accidente de tránsito producido por el alcohol y la irresponsabilidad. Tampoco las catástrofes que nuestra ignorancia o nuestra ciencia todavía tan miope, no previeron o no quisieron evitar.
Los efectos de nuestros pecados no pueden ser voluntad del Señor. Pensemos en las taras genéticas, en tantas enfermedades causadas por los vicios, en los dolores que producen en la familia y en la sociedad el egoísmo, y la violencia de algunos.
Pero nuestro Dios es bueno. Es capaz de sacar bien de los mismos males, aunque a diario destrocemos sus planes. Con paciencia como de jardinero -el Evangelio lo llama frecuentemente agricultor- sigue regando, podando, arrancando la cizaña. E inventa proyectos nuevos para lograr nuestra plenitud.
Jesús se acercó bondadosamente al leproso. Lo tocó, lo cual estaba prohibido por la las leyes judías. Y al instante el enfermo quedó sano. ¿Seremos nosotros tan tercos para no dejarnos alcanzar por el Señor, cuando El se nos acerca?
“Entonces llegaron cuatro llevando un paralítico, y como no podían meterlo a la casa por el gentío, levantaron unas tejas encima donde estaba Jesús y descolgaron la camilla con el enfermo”. San Marcos, cap. 2.
El Reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza. Se parece a la levadura que tomó una mujer. A un tesoro escondido en el campo. A una red que recoge peces buenos y malos. A un negociante en perlas finas. Jesús dijo también que ese Reino padece violencia, porque requiere esfuerzo para alcanzarlo. Pero nunca habló de la necesidad de ciertos acróbatas que nos acerquen a El, como los que un día trajeron aquel enfermo sobre una camilla.
El Señor había entrado con sus más allegados a una casa, mientras afuera se apretaba la multitud deseosa de escucharlo. De pronto el Maestro interrumpe súbitamente su sermón y mira al cielo. Acostumbraba hacerlo para comunicarse con su Padre. Pero ahora es otra la razón. Sobre la terraza que cubre la habitación llena de gente, unos hombres han abierto un boquete. Y por allí descuelgan la camilla donde yace un paralítico.
Amigos y familiares del minusválido no esperaron que Jesús terminara su discurso y, con singular acrobacia, ponen delante del Señor al paralítico. Los presentes quedan atónitos. Pero más se asombran todavía, cuando el Señor dice al enfermo: “Hijo, tus pecados quedan perdonados”. Unos letrados pensaron entonces: ¿Y éste quién se cree para perdonar pecados?
Pero el Maestro, adivinando su cavilación, les replica: “¿Qué es más fácil decir, - en otras palabras, para mí es igualmente fácil -: Tus pecados quedan perdonados, o toma tu camilla y echa a andar?”
El enfermo no ha abierto la boca. Su intención es curarse, pero a Jesús le ha interesado más discutir con sus adversarios y esto lo mantiene desconcertado. Sin embargo, enseguida el Maestro le dice: “Levántate”. Y de repente empieza a caminar, mientras todos comentan: “Nunca hemos visto nada igual”.
¿Pero que veían esas gentes?. Los letrados habían visto a un blasfemo que se atrevía a perdonar pecados. El paralítico y sus amigos veían a un profeta que curaba de inmediato. Pero el Señor, como apunta san Marcos, ha visto “la fe que tenían”.
Jesús no se detiene en el afán importuno de quienes han roto el tejado. Aquel gesto atrevido de descolgar al enfermo desde el techo, significaba una inmensa confianza en El. Todo esto lo mira el Maestro, pero va al fondo del problema: Un hombre vencido por el enfermedad. ¿Quizás un pecador? No lo sabemos. La mirada de Dios es muy distinta de las nuestras.
Frente a la acción del Señor. Ante los acontecimientos de la historia. Ante nuestra propia miseria, caben dos maneras de mirar. La una que se queda en el asombro. La otra que descubre ese más allá que tienen las personas, los acontecimientos y las cosas. Es decir el misterio. Revelación significa el mensaje que el Creador ha dado a los hombres. Pero existe también una revelación privada, a la medida de cada creyente, que nos ayuda a ver de tal manera, que descubramos los planes de Dios. De un Dios que sana las heridas interiores y perdona a la vez las culpas. Sólo que necesitaríamos la osadía de esos camilleros y la confianza de aquel paralítico
“Volvió Jesús a Cafarnaúm. Llegaron cuatro hombres llevando un paralítico y cómo no podían acercarlo a Jesús por el gentío, levantaron el techo de la casa en que estaba y descolgaron la camilla con el enfermo”. San Marcos, cap. 2.
Nitrógeno, calcio, hidrógeno, carbono, algún otro residuo: Ceniza. Lo que nos queda cuando no queda nada. Al empezar la cuaresma los cristianos nos marcamos con ceniza la frente. Pero ¿qué significa esta costumbre? La ceniza nos habla de destrucción. Siempre nos han motivado para que en estos día pensemos en la muerte.
La fe del cristiano sería entonces un aviso diario sobre la fugacidad de la vida, sobre la brevedad de nuestras alegrías, sobre la precariedad de nuestros esfuerzos.
Todo termina, tarde o temprano, en el silencio de una tumba. Por este camino llegamos a institucionalizar la zozobra, a hacer del miedo el mayor resorte de la vida cristiana. Para el creyente, la actitud preferida ante todo lo humano, sería entonces la de Sartre: La náusea. Pero la ceniza tiene otros significados. Fertiliza los campos, aporta nuevos zumos a las raíces.
Con razón aquel monseñor que nos pinta Morris West en “El Abogado del Diablo”, anhelaba morir lejos de Roma, para que sus cenizas abonaran los naranjales de Calabria. La ceniza significa nuestros deseos de conversión. Entonces en Cuaresma podemos cultivar nuestras cualidades, estudiar más, trabajar mejor, ser más sinceros en la amistad y más nobles en nuestras relaciones.
La ceniza también purifica. Disuelve ciertos elementos. Destruye los gérmenes y es amiga del brillo y del aseo. Al recibirla, queremos renunciar al mal y comenzar una etapa de limpieza interior.
Al caminar por el tiempo se nos pegan al alma tantas bacterias. Ahora, con lealtad y valentía podemos purificar el corazón.
Pero el oficio más hermoso de la ceniza es el de custodiar el fuego. Bajo sus humildes y grises apariencias éste se disfraza de sombra. Duerme la llama y se esconde la luz, hasta que alguien se acerque y avive el rescoldo. Entonces el fuego se eleva desde la ceniza, la luz retorna y la vida vuelve a tener color.
Este acercamiento al rescoldo es nuestro programa de Cuaresma. Había una vez un paralítico que tenía urgencia de acercarse al Maestro. Convenció a quienes le ayudaban para que descolgaran su camilla, apartando el techo del recinto donde estaba Jesús.
El Señor, al mirar tanta fe y tanta esperanza, le dijo: “Tus pecados te son perdonados.”
Si buscáramos a Dios... Es necesario apartar las comunes apariencias y descubrir que dentro se esconden tantas posibilidades. Hemos guardado el fuego y se nos ha olvidado despertarlo.
Si cada uno de nosotros buscara al Señor con esa terquedad del paralítico. Si en compañía de Dios se acercara a su propio rescoldo... Entonces serían perdonados nuestros pecados, nos levantaríamos tomando a cuestas la camilla, volveríamos a ser luminosos. Nuestra ceniza no es únicamente oscuridad. Es la cuna ignorada de la luz.
“Unos letrados que estaban allí pensaron para sí mismos: ¿Quién puede perdonar fuera de Dios?”. San Marcos, cap. 2.
Los mismos letrados y fariseos nos lo enseñan: Entre las muchas tareas de Dios: Crear los mundos, señalar su ruta a cada estrella por el inmenso espacio, despertar el sol cada día sobre justos y pecadores, alimentar de madrugada las aves, vestir los lirios con más lujo que Salomón, está el oficio de perdonar el pecado del hombre.
Pero si la tarea de Dios fuera tan sólo perdonar pecados, entre nosotros El seguiría de vacaciones.
¿Por qué? ¿Todos estamos libres de culpa y de pecado? No. Por lo contrario: Porque muchos hemos perdido el sentido del pecado. Ya no nos preocupa ni molesta, ni creemos en él.
El antropólogo dirá que el pecado es un condicionamiento ya superado, gracias al avance de la cultura. El sicólogo añadirá que el complejo de culpa ha sido eliminado, por medio del sicoanálisis y otras terapias. El sociólogo responderá que la culpa es siempre de los otros: De quienes se han apropiado injustamente de los medios de producción. El economista dirá que muchos conspiran contra las políticas de concertación, el encaje bancario, los reajustes tributarios y la retención en la fuente.
Pero nosotros, si no queremos esconder la cabeza como el avestruz, reconoceremos humildemente tapujos que hemos pecado.
Con solo examinar nuestro interior, descubriremos fallas, errores, malas intenciones, rebeldías contra Dios. Nos hemos apartado frecuentemente de la justicia, de la sinceridad, del cariño, de la compasión, del deber.
Si en la sociedad que nos rodea abundan la violencia, la irresponsabilidad en el trabajo, el lujo excesivo, la vanidad y la ambición, ¿será todo ello un espejismo y el fruto de la imaginación?
El que esté sin pecado que arroje entonces la primera piedra, dijo un día el Señor ante la turba que acusaba a la mujer sorprendida en adulterio. Hoy podría decirnos otro tanto.
Sin embargo, nuestro pecado no es del todo trágico y definitivo. Jesucristo vino a quitar del mundo el pecado. Lo que importa es acercarnos a El.
El Evangelio nos cuenta el afán de aquellos amigos del paralítico. Como no podían acercarlo a Jesús, a causa del gentío, quitaron las lozas del techo para descolgar al paralítico delante del Señor.
Así nosotros, aunque sea venciendo mil barreras, mil obstáculos, aunque sea rompiendo el corazón, busquemos al Salvador. Esto de romper el corazón, ante Dios que es nuestro Padre, es lo que llamamos contrición.
“Vinieron unos y le preguntaron a Jesús: Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos, ayunan. ¿Por qué los tuyos no?”. San Marcos, cap. 2.
Al comienzo tan sólo una amistad: Somos compañeros de estudios. Trabajamos en la misma empresa. Pero de pronto nace algo maravilloso. La amistad se transforma en una intimidad profunda y excluyente. Es el noviazgo. Una experiencia maravillosa que nos conmueve y nos transforma.
Cuando a Jesús lo hostigan, para que cumpla las innumerables normas que exigían los fariseos, El se compara con un novio. Así señala que ha venido a trasformar la vida de sus discípulos.
Cuenta san Marcos que, en cierta ocasión, unos - no identifica el evangelista quiénes eran - se le acercaron para preguntarle: “Los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?”.
La tradición judía motivaba al ayuno como un medio de expiación y de purificación personal. Pero en tiempos de Cristo se había vuelto un rito vacío, que se cumplía más que por convicción, por rutina. Así entendemos la réplica del Señor: “¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras él está con ellos?”. Lo cual quiere decir: Existe algo más importante que los ritos y las prácticas. Y es una fe que signifique presencia y compañía de Dios. Sin ella todos los elementos religiosos nada valen.
Resalta además el Maestro el elemento de amistad que distingue la fe del Nuevo Testamento. Los cristianos somos “los amigos del novio”. Una amistad que nos ayuda a vivir en un ambiente de alegría. Cuando el sacerdote nos repite durante la Eucaristía: “El Señor esté con vosotros”, podríamos traducir: El Novio está presente en la asamblea.
Jesús sigue adelante en su explicación y se refiere las costumbres de su tiempo:
Cuando la túnica o el manto están rotos, no conviene ponerles remiendos nuevos. Podrían rasgar aún más el tejido.
Ni tampoco es bueno guardar el vino nuevo en cueros viejos. Los ácidos del vino dañarán el recipiente. Con estas comparaciones, Jesús insiste en que ha venido a enseñar una relación nueva con el Padre del Cielo. Desde la responsabilidad personal, pero a la vez en un clima de alegría y de fiesta.
“Servidores de la Nueva Alianza” llama san Pablo a los cristianos en su segunda carta a los corintios. Sin embargo, en muchas partes descubrimos cristianos del Antiguo Testamento. Son aquellos que nunca se han inquietado en relación con su fe, porque cumplen estrictamente muchos ritos. Los que prefieren vivir atados un sistema, sin jamás ser ellos mismos, desconociendo sus propios carismas. Todos aquellos que equiparan su fidelidad a Jesucristo a un código, donde muchas veces la persona de Jesús no se descubre.
La novedad de Jesús consiste en presentarnos un mensaje que supera toda ideología, y todo código. Comprendiendo además que la experiencia de Dios por Jesucristo exige conocerlo previamente, por la enseñanza de la Iglesia. Entonces nuestra vida empezará a caminar dentro de unos moldes exactos. Pero ya no por miedo, sino por amor. Donde se ama ya no hay temor.
José María Cabodevilla nos dice: “El amor es negocio de la voluntad. Y su prueba no la constituyen los sentimientos, sino los frutos. Ay de los árboles frondosos que sólo crían hojas. Del amor que sólo cría sentimientos”.
“Algunos le preguntaron a Jesús: Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Los tuyos por qué no?”. San Marcos, cap. 2.
Los ermitaños de pasados siglos ayunaban con mucha frecuencia. Hoy también lo hacen las reinas de belleza, aunque por motivos muy distintos.
A nuestra praxis cristiana el ayuno llegó desde el judaísmo, como una forma de purificación y de acercamiento al Señor. Pero conviene anotar que allí se mira la visión de los griegos sobre el hombre. Ellos nos definieron como animales racionales. Urgía entonces dominar el cuerpo para elevar el alma. Lo cual, siglos más tarde, motivó a Santa Teresa de Ávila a quejarse de “esta cárcel y estos hierros donde el alma está metida. Sólo esperar la salida me causa un dolor tan fiero, que muero porque no muero”.
Las ciencias, por el contrario, nos piden un sano equilibrio entre los dos elementos que nos integran: “Mente sana en cuerpo sano” se ha dicho hace tiempos. Aunque hoy parece que se nos va la mano en cuidar esta materia corporal, olvidando el cultivo del espíritu.
El ayuno prescrito por Moisés consistía en no tomar ningún alimento desde la salida del sol hasta la noche. Pero se limitaba al Día de la Expiación, “el diez del séptimo mes”.
Sin embargo, al regresar el destierro, muchos judíos ayunaban también en otras fechas. Costumbre que los fariseos exageraron: “Ayuno dos veces por semana”, proclamaba aquel hombre que subió al templo a orar, según cuenta san Lucas.
Leemos en san Marcos que un día algunos le dijeron a Jesús: “¿Tus discípulos no ayunan?. Los seguidores de Juan y los fariseos lo hacen con frecuencia”.
El Maestro explica entonces que muchas prácticas externas no tienen importancia en su proyecto religioso. Presenta además una enseñanza, tomada del profeta Oseas, quien describió las relaciones del hombre con Dios en clave de amor conyugal. Por esto añade: “¿Es que pueden ayunar los amigos del novio mientras él está con ellos?”.
Hace el Maestro referencia a las fiestas de bodas, en las cuales los judíos a pesar de su pobreza, derrochaban en alimentos y bebidas. Pero se presenta a la vez, como el esposo de la humanidad, de cuya presencia gozaban entonces sus discípulos.
Comprendemos así que la esencia de nuestra fe cristiana no se ubica únicamente en prácticas, así sean ellas emotivas y piadosas. Consiste más que todo en una actitud del corazón, ante la presencia salvadora de Dios. Presencia amorosa que convierte la vida en una celebración. Nuestros diarios deberes serían entonces gestos con los cuales ratificamos y confesamos que Dios nos ama y nos salva. Signos que proyectan alegría y seguridad a todo lo nuestro.
Sin embargo, el ayuno cristiano tiene razón de ser, siempre y cuando se ubique bajo la luz del evangelio. Los cristianos ayunamos muchas veces involuntariamente, en razón de nuestras ocupaciones. Valdría dialogar con el Señor desde estas circunstancias.
Pero además podemos ayunar como una forma de sentirnos libres ante la urgencia de comer y de beber. También para sentir lo que sienten los pobres, que son la mayoría de la humanidad. Lo cual podría enseñarnos a compartir con generosidad. Finalmente podemos ayunar para expresarle a Dios que “se han llevado al Novio” y necesitamos urgentemente su presencia.
“Le preguntaron a Jesús: ¿Por qué tus discípulos no ayunan? Jesús les contestó: ¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras el novio está con ellos?”. San Marcos, 2.
La Biblia utiliza con frecuencia las figuras del novio y de la novia, para referirse a las relaciones de Dios con su pueblo. Y en el Evangelio de hoy Jesús se identifica con ese novio, que comparte con sus amigos la alegría de su boda.
Recordemos que los judíos observaban religiosamente sus ayunos, desde la salida del sol hasta la noche. Pero Jesús advierte: Tales prácticas no tienen ya una importancia definitiva. El ha venido para enseñar otras maneras de acercarnos a Dios.
Podemos entender el ayuno en un sentido estricto: Privarnos de algunos alimentos. Así lo usaban los primeros cristianos, muy cercanos a las leyes judías. De este modo mortificaban su cuerpo, dedicándose con más libertad a la oración.
Desde una visión actual de la fe, comprendemos que el alimento nos fortalece para el trabajo diario. Es un regalo de Dios que conviene usar con agradecimiento y moderación. Pero la caridad continúa siendo la reina de todas las virtudes. Por lo tanto el ayuno ha de promover nuestra capacidad de amor y de servicio.
Ayunar en un sentido amplio equivale a apartarnos del mal, del egoísmo. De todo aquello que deteriora nuestra vida cristiana. Es no estallar en el hogar, cuando las cosas se complican. No amargarnos sistemáticamente, tratar a los demás con amabilidad, aunque ese día estemos de mal genio. Hacer favores sin esperar que nos los pidan, contagiar alegría a los que sufren.
Privarnos del mal también exige purificar nuestro interior por el sacramento de la Penitencia.
Pero después de pensarlo despacio y hablar muchas veces a solas con Dios. Es decir, que el diálogo con el sacerdote sea la etapa final de un encuentro profundo y sincero con Dios nuestro Padre.
En tiempos pasados, muchos cristianos identificaron la fe cristiana con la mortificación. La vida de austeridad y retiro iniciada por los primeros monjes, pareció ser el modelo obligado para cuantos quisieran vivir el Evangelio. Muchos cristianos valoraron este estilo de vida, pero empezaron a sentirse incapaces de imitarlo. Entonces surgió otra forma de cristianismo, más reconciliada con la realidad y en comunión con todo lo del mundo que no excluya la enseñanza de Jesús.
Porque repetimos: Ayer y hoy la esencia de nuestra fe es el amor a Dios y al prójimo. El sacrificio nos educa la voluntad y nos dispone para la cercanía de Dios. Pero ante todo hemos de ejercitar la caridad, lo cual exige no pocas privaciones.
Al discípulo de Cristo, lo que le importa de verdad es “estar con el novio”. Hacia allá han de tender todas sus preocupaciones. Y nada tan preciso para encontrar a Dios como la casa de los hombres, apunta un escritor. Así alcanzaremos tener “los mismo sentimientos de Cristo” como enseña san Pablo”. Es decir, que todo lo nuestro esté iluminado por el Evangelio.
Sobre el particular es famosa aquella anécdota de santa Teresa: Yendo de viaje, le ofrecieron en la cena unas sabrosas perdices. La compañera, sintiendo escrúpulo, le preguntó: Madre, ¿no será mucho regalo?
La santa, mujer siempre equilibrada y humana, le respondió: “Hija, cuando perdiz, perdiz y cuando penitencia, pertinencia”.
“Un sábado, atravesaba el Señor un sembrado y sus discípulos iban arrancando espigas. Los fariseos dijeron: ¿Por qué hacen éstos en sábado lo que no está permitido?”. San Marcos, cap. 2.
El Levítico llamó “Panes de la Presencia” aquellos que se guardaban en el Arca del Alianza. “Tomarás flor de harina, dice el libro santo, y cocerás con ella doce tortas. Las colocarás en dos filas sobre la mesa, en la presencia de Yavéh. Será este pan un memorial, manjar abrasado para Yavéh y no podrán comerlo sino Aarón y sus hijos”.
Al comienzo, este privilegio sacerdotal era respetado estrictamente. Pero con el correr del tiempo, se admitieron algunas excepciones. Como leemos en el primer libro de Samuel: David y sus soldados llegan a Jerusalén en busca de alimento. El sacerdote Abiatar no tiene más que panes sagrados, y se los da a la tropa.
A este pasaje alude Jesús, cuando los fariseos reprenden sus discípulos porque hambrientos, arrancaban espigas de un sembrado. Uno de los muchos trabajos prohibidos en sábado.
Aquí declara el Señor un principio que vale para siempre: “El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado”. Es decir: Toda ley ha de ayudar a realizar al hombre. No a destruirlo. Porque el proyecto de Jesús es un camino de crecimiento y plenitud.
El Evangelio, es verdad, contradice aquellas fuerzas interiores que llamamos pecado. Pero si la fe me tortura. Si las prácticas religiosas me producen angustia, tendría que examinarme más a fondo. O no sé dar razón de mi esperanza, o no he situado en su exacta dimensión las normas y las prácticas cristianas.
Jesús presenta un proyecto de integración personal y de libertad. El único temor de Dios válido desde el Evangelio es el miedo a traicionar su amor misericordioso.
Cuenta una leyenda oriental que a un gran maestro, sus discípulos lo quisieron elegir jefe del pueblo. Pero él dijo: - Si soy vuestro jefe, tendré que estudiar los códigos del reino, hacer cumplir todas las leyes y castigar a los culpables, así hayan delinquido levemente.
- ¿Y no quieres prestar ese servicio?, le insistieron. No quiero, respondió el viejo, mesándose la barba. Mi gusto es más bien enseñar a todos a amar. Así vosotros cumpliréis con los códigos del reino y observaréis las leyes hasta en sus mínimos detalles. - - Quédate entonces con nosotros, le dijeron sus discípulos. Y aquel día la aldea, con todos sus habitantes, comenzó a progresar. -
La ley de Cristo se resume en el amor. ¿Entonces no valen las normas? Sirven en la medida en que nos motivan a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.
Para lograr este ideal conviene esforzarnos por distinguir entre servicio y poder. Entre carisma y capricho, entre lo esencial y lo secundario. Quizás desde ciertos esquemas tradicionales o culturales, hemos exagerado algunos elementos religiosos, al no confrontarlos con la enseñanza de Cristo. Y así como el Evangelio libera al hombre, las envolturas que lo cubren pueden esclavizarlo.
Fue la preocupación de san Pablo durante toda su vida. Tratar de liberar el evangelio de los moldes judíos. Porque Jesús nos ha traído algo nuevo. No sólo un método para maquillar el judaísmo.
“Un sábado, Jesús caminaba por tos sembrados con sus discípulo. Ellos, al pasar, se pusieron a desgranar espigas”. San Marcos, cap. 2.
El conflicto entre Jesús y los fariseos sigue adelante. Este grupo religioso había convertido la religión en una compleja trama de observancias, en especial respecto al descanso del sábado. Observancias rutinarias y la mayoría de las veces, sin espíritu.
Jesús, por el contrario, presenta un programa de acerca- miento a Dios en espíritu y en verdad. Para El muchas normas judías ya no tienen razón. Esclavizan de modo absurdo al hombre.
Esta libertad que proclama el Maestro amenaza la posición de los letrados de Israel y les resta prestigio ante el pueblo.
Un día de sábado, Jesús se encuentra en las cercanías del lago. Detrás, los campos de trigo maduro y el cielo diáfano y profundo.
Los discípulos arrancan espigas y desgranándolas entre las manos, entretienen el hambre mientras van de camino.
Este detalle significa para los fariseos un escándalo. Sin embargo, el pecado no consiste en tomar, las espigas del trigal ajeno. Esto se autorizaba en el capitulo 23 del Deuteronomio: “Si pasas por las mieses de tu prójimo, podrás arrancar las espigas con tu mano, pero no meterás la hoz en la mies de tu prójimo”.
La culpa de los discípulos, ante la estrecha mente de los fariseos, consiste en desgranar espigas, porque realizan algo equivalente a recoger la mies, uno de los trabajos prohibidos en sábado.
El Señor refuta a los fariseos recordando un pasaje de David, uno de los grandes de Israel. Huía el rey, perseguido por Saúl, cerca del santuario de Nob y recibió del sacerdote los panes ofrecidos a Dios, para calmar su hambre y la de sus servidores.
Jesús proclama, una vez más, que el hombre está sobre la ley. Desea que le amemos dentro de un marco esencialmente humano, que promueve nuestra realización personal.
Hoy nuestras actitudes, aun sin darnos cuenta, pueden caer en extremos que destruyen al hombre. La ley por la ley no es principio cristiano.
En el fondo de cada precepto es necesario hallar el alma del cristianismo: El amor a Dios y el amor al hermano. Tal vez nos esforzamos demasiado por cumplir con lo externo, sin convertir hacia Dios el corazón.
Quizás exageramos la disciplina del hogar y no educamos al hijo en el espíritu del Evangelio.
Quizás reformamos la fachada de nuestra religión, mientras nuestro interior permanece sin remodelar, lleno de vejeces y amenazado de ruina. La palabra del Señor nos imita a la autenticidad y a la verdad.
“Un día de sábado atravesaba Jesús un sembrado. Mientras andaban, los discípulos iban arrancando espigas. Los fariseos le dijeron: ¿Por qué hacen en sábado lo que no está permitido?”. San Marcos, cap. 2.
Algunos se preguntan: ¿El Maestro se interesó por lo que hoy llaman promoción humana, o únicamente por “la salvación de las almas”?. Porque el hombre es un ser unitario. No es posible trasformar alguna de sus dimensiones, sin modificar de inmediato las restantes. Pero Jesús no ideó ningún proyecto para mejorar la economía del país. No presentó estrategias hacia la cobertura escolar de Palestina.
No reveló el secreto que cambiaría las estructuras sociales de entonces. Sin embargo, con su palabra y sus actitudes, nos enseñó qué es la persona humana, presentándola como el valor fundamental en cada momento de la historia. Y señaló la esencia del Evangelio: El hombre como hijo de Dios, desde todas sus circunstancias.
Comprendemos entonces que las cosas que llamamos sagradas tienden a promovernos en un sentido pleno. La ley judía ordenaba cesar cualquier tarea el día de sábado. Un descanso en honor de Yavéh, ordenado por Moisés bajo graves penas. Pero en tiempos de Jesús, los doctores habían exagerado las normas de manera inconcebible. Prohibían encender fuego en casa, o caminar ese día más de mil pasos, aún para socorrer a un enfermo.
San Mateo y san Lucas cuentan que los apóstoles, yendo de camino, arrancaron espigas de un trigal. Y desgranándolas entre las manos, remediaban el hambre.
Lo ilícito allí no era tomar los granos ajenos. Según el Deuteronomio, los frutos cercanos al camino eran del caminante. La violación del sábado consistía en desgranar espigas, lo cual equivalía para los doctores a un trabajo servil.
San Marcos simplifica el hecho narrando sólo que los acompañantes de Jesús “iban arrancando espigas”.
El Maestro se sitúa más allá de tantas nimiedades y declara, como lo ha hecho en otras ocasiones: “El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado”. Y añade un ejemplo de la tradición judía, cuando David, con sus hombres entraron al templo y comieron los panes sagrados, lo cual sólo podían hacer los sacerdotes.
Descubrimos entonces que la conducta de cada grupo humano corresponde a la imagen de Dios que guardan en su interior. Y esa imagen se opaca o ilumina de acuerdo con el cristal con que se mire: Cultura, formación, iglesia en la cual caminamos.
Los letrados contemporáneos del Señor habían multiplicado los preceptos frente a un Dios, guardián del orden establecido que acentuaba el temor de sus devotos.
El Maestro nos descubre a un Dios Padre y cercano. El que aguarda con cariño al hijo pródigo. El que actúa en tantos otros relatos del Evangelio. Jesús señala como único mandamiento el del amor y nos invita a vivir en consecuencia.
“Ama y haz lo que quieras”, escribió san Agustín. Desde el amor cristiano podríamos examinar los 613 preceptos que exigía el judaísmo en tiempos de Jesús. Y casi todos quedarían reducidos a cenizas.
El discípulo de Cristo actúa entonces movido por una ley de amor. Y su comportamiento, en cada circunstancia, se mantiene referido a Dios, quien “tanto amó al mundo que le dio a su Hijo, para que todo el que crea en él tenga la vida eterna”. Una ley de amor que es a su vez, una ley en libertad.
“Los familiares de Jesús decían que no estaba en sus cabales. Y los letrados de Jerusalén: Expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios”. San Marcos, cap. 3.
En las culturas de tradición oral las noticias se esparcen en círculos concéntricos. De la aldea al aprisco. Del aprisco a la fuente. De la fuente al molino. Del molino a la viña y al trigal.
Que un artesano de Nazaret hablaba de Dios en un estilo nuevo y curaba enfermos, se supo en seguida en Cafarnaúm, en Caná, en Betsaida y en Jerusalén. ¿Pero qué opinión les merecía este profeta?
Sus familiares, que no logran entenderlo, pretenden regresarlo a casa, creyendo que ha perdido la razón. Los letrados de la capital lo toman por un endemoniado que obra maravillas con el poder de Belcebú. Jesús se mantiene alejado de los suyos y responde a los letrados: ¿Cómo va a echar Satanás a Satanás?
El ha venido para librarnos del mal. Solamente quienes se resisten a escucharlo permanecen bajo el poder del Maligno. Esto es pecar contra el Espíritu Santo: Cerrar las puertas al Amor que nos salva.
Muchos judíos del Antiguo Testamento entendían al Demonio como alguien casi omnipotente: Un Dios del mal que amenazaba dominarlo todo. Muchos hombres de hoy imaginan que el Maligno es solamente un espantapájaros, puesto por la Iglesia para apartarnos de los vicios. Unos y otros desconocen quién es Jesús de Nazaret.
De otro lado, muchos creyentes confunden a Dios con el Maligno, cuando culpan al Señor de cosas que son efecto del pecado. ¿Cómo amar - dicen algunos- a un Dios que permite el sufrimiento de los justos? ¿Un ser todopoderoso que no evita las catástrofes? ¿Cómo creer en Alguien que calla, mientras nos destruimos por las guerras?
Pero otros cristianos descubren por todas partes al Demonio, mientras se agotan en una religión defensiva. Para ellos la tierra es literalmente un infierno. Tal vez creen demasiado en el Maligno, porque no creen suficientemente en Dios.
Pero se da otra más dañina confusión: Cuando cultivamos nuestro ego religioso, pero poseídos de un camuflado demonio. Valdrían unos ejemplos: Somos honrados solamente por conveniencia. No apoyamos con entusiasmo a quienes se comprometen con los pobres. Nos callamos ante los males de la sociedad o de la Iglesia.
Con nuestras actitudes asfixiamos la esperanza. Defendemos nuestro grupo como el único válido y perfecto. Descuidamos leer los signos de los tiempos. Apartamos a muchos del Evangelio por nuestro talante conservador a ultranza.
Jesús no hizo teología abstracta frente al mal que nos asedia. Vino a traernos un conocimiento de Dios que nos da seguridad. Esto es lo que llamamos Evangelio. Nos habló del amor que Dios nos tiene, contagiándonos su poder y su confianza.
Ser cristiano es entonces un proyecto que comienza por hacer presente a Jesús en toda circunstancia, sin hacer distinción entre lo sagrado y lo profano. En nuestro medio familiar y social. Algunos sabios continuarán discutiendo sobre la personalidad del Demonio y su poder en relación con el hombre.
A nosotros nos basta saber, como enseñó Paulo VI, que cada persona es capaz de lo mejor y de lo peor. Nosotros, en nombre de Jesús, optamos por lo primero.
“Entonces llegaron su madre y sus hermanos, se quedaron fuera y lo mandaron llamar. Pero él dijo: ¿Quién es mi madre y mis hermanos?”. San Marcos, cap. 3.
Algunos pasajes del Evangelio nos hablan de los hermanos y los parientes de Jesús. ¿Tuvo el Señor verdaderos hermanos, hijos de María y de José?
La Tradición y los mejores biblistas lo niegan. ¿Tendría José otros hijos antes de su desposorio con María?
Aunque algunos evangelios apócrifos lo afirman, no vale la pena creer sus fantasías, las que San Jerónimo, con su peculiar temperamento, califica de necedades. El problema se ilumina suficientemente cuando atendemos a la condición del idioma hebreo: Una sola palabra significa hijo, nieto, sobrino. No tiene la palabra específica de primo para designar a los primos hermanos. Así a estos se les llama simplemente hermanos.
Además, la relación de parentesco se extiende más allá de la familia: A la barriada se la llama hija de la ciudad. A las notas musicales, hijas del canto. La flecha es la hija del arco. La chispa, hija del fuego y el trigo, el hijo de la sementera.
Entendemos entonces las expresiones Hijo de Dios, Hijo del Hombre con que los Evangelios nombran a Jesús.
San Marcos nos cuenta que el Se ñor vuelve a casa, después de algún viaje apostólico. No regresa hasta Nazaret. Durante su vida pública el Señor escoge cómo centro de su actividad a Cafarnaúm.
Probablemente allí, en casa de Pedro, tiene a su disposición un espacio donde compartir serenamente con sus discípulos. Pero es tanta la gente que lo sigue y acosa, demandando enseñanza y favores, que no le alcanza tiempo ni para tomar alimento.
A los parientes de Cristo les preocupa esta situación y quieren liberarlo, para llevárselo a un lugar más tranquilo. Aun llegan a decir que el Maestro está fuera de sí.
Algunos han interpretado esta frase cómo si los parientes de Jesús lo hubieran tenido por loco. No parece lo justo.
Probablemente esta expresión designa más bien a alguien que, por sus compromisos, ya no se pertenece.
Algo semejante afirma San Pablo de sí mismo, en la segunda carta a los Corintios: “Si hemos perdido la razón ha sido por el Señor Jesús”.
Cristo aprovecha aquella ocasión para enseñarnos que, quien acepta su mensaje, es más cercano a El que sus propios parientes. “¿Quien es - pregunta- mi madre y mis hermanos?
- Todo el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi madre”.
Los lazos nacidos de la fe se han vuelto más robustos que aquellos de la sangre.
Alegrémonos. En ese grupo escogido de los hermanos de Jesús, probablemente estamos también nosotros.
“En aquel tiempo la familia de Jesús vino a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales”. San Marcos, cap. 3.
Aquel pequeño pueblo de Nazaret se siente ahora turbado. El hijo de José el carpintero se ha vuelto loco de repente. Una noticia que familiares y vecinos comentan por las calles y las mujeres, junto al pozo.
Entonces un grupo de amigos se va en busca de Jesús para traerlo a casa. Quizás el entorno familiar y los cuidados de María puedan devolverle la salud.
La comitiva encontró al Señor mientras discutía con los maestros de la ley. Y se extrañaron aún más cuando le vieron sanar enfermos y arrojar demonios. De otra parte, los letrados de Jerusalén aseguraban que este galileo tenía dentro un mal espíritu.
Los judíos de entonces vivían obsesionados por la presencia del Maligno. Lo sentían por todas partes. Exageraban su poder y, de acuerdo con sus tradiciones, identificaban toda enfermedad son su acción destructora. Lo llamaban Belial, Belsebú, Sammael, nombre copiados de las religiones vecinas. Y también Diablo, una palabra griega que expresa cómo el mal no separa de Dios.
Jesús, sin ahondar en planteamientos, se interesa por salvar al hombre. No acepta ni rechaza las apreciaciones del pueblo sobre el mal y el dolor, pero limpia leprosos y sana paralíticos, ciegos y endemoniados.
Muchos cristianos exageran también la acción del mal entre nosotros. En parte, por una teología incompleta que no contempla a Dios como un Padre bueno y poderoso. Y en parte, por situaciones sicológicas.
Es más cómodo atribuir a otro nuestros yerros, que reconocer las propias culpas. Pero también es más eficiente iluminar la vida con Jesús, para que huyan todas las tinieblas.
Aquellos paisanos de Jesús se llevaron un chasco cuando lo hallaron dentro de una casa, rodeado de mucha gente. Le enviaron entonces un recado: Tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan. Pero el Maestro respondió: Estos son mi madre y mis hermanos. Los que cumplen la voluntad de mi Padre.
Tal cercanía a Jesús, por la acogida que damos a su palabra, nos convierte en familiares suyos. A la par que su madre y sus hermanos. Una enseñanza que luego daría san Pedro en una de sus cartas: “Somos partícipes de la naturaleza de Dios”. No porque el Señor rechazara a su propia familia. Quería enseñarnos que sus discípulos se unen a El con lazos irrompibles, como los de la sangre.
San Pablo al explicar su adhesión a Cristo, escribía a los de Corinto: “Todo es para nuestro bien. No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno. Aunque se desmorone nuestra morada terrestre s en que acampamos, sabemos que Dios nos dará una casa eterna en el cielo, no construida por hombres”.
Es el camino para vencer todos nuestros demonios. Aunque algunos desde lejos dirán: No están en sus cabales.
“Dijo Jesús: El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. La semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo”. San Marcos, cap. 4.
Quizás aprendimos a pensar, aunque asediados por las dudas. Y alguna vez, a pesar de nuestros egoísmos, pudimos amar. Pero quedamos aplazados en la asignatura de los sueños. Porque hoy nos amarran el corazón únicamente a lo concreto, a lo rentable. Se nos obliga a valorar únicamente lo presente y lo visible. Sin embargo, para ser personas cabales es necesario aprender a soñar.
Jesús imaginó una tierra nueva que él llamó Reino de Dios. No tendría que ser un mundo ni más rico, ni más técnico. Sería un estado ideal, donde todos los humanos viviéramos fraternalmente, como hijos del Padre de los Cielos.
Y para explicar su sueño comparó este reino con muchas cosas cotidianas y simples que conocían sus discípulos. Un día les dijo: “El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. El duerme de noche y se levanta de mañana. La semilla va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha, ella sola. Primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega”.
El Señor miraba que el rostro curtido de aquellos campesinos se iluminaba de esperanza. Ellos, detrás de sus cansancios y sudores, soñaban cada día con una cosecha exuberante. Aguardaban que por la acción de las lluvias y los soles, cada grano les devolviera numerosas espigas.
En lenguaje cristiano, los sueños que confiamos a Dios se llaman esperanza. Una virtud sobre la cual el Maestro dictó cátedra abundante. Sin embargo, distingamos dos niveles.
Porque muchos alentamos unas macro - esperanzas, a las cuales también les exigimos velocidad y exactitud sobre nuestros calendarios. Pero el Reino de Dios va por otros caminos, el de unas esperanzas humildes, pero trabajadas a diario con paciencia.
Si miramos despacio nuestra vida cristiana, podríamos volvernos pesimistas. Todo es tan ordinario, tan frágil, tan lleno de altibajos. Lo mismo nos sucede ante la Iglesia: Un grupo de buena voluntad, pero abrumado de pequeñeces y egoísmos. Nuestra evangelización, al parecer, rinde muy pocos resultados.
Y muchos hermanos se desconciertan. Piensan que el Reino de Dios es un engaño. Que no valía la pena entregarse a una utopía tan lejana. Pero el Señor explica que la simiente germina y va creciendo, sin que el labrador sepa cómo. Que la tierra va produciendo la cosecha, ella sola.
Conviene entonces continuar soñando y sembrando, a la mañana y a la tarde: En nuestro propio corazón, en el hogar, en la sociedad y en la Iglesia. Confiando en Dios que ha prometido fecundar la era que hayamos pacientemente preparado.
También san Marcos cuenta de un grano de mostaza, que siendo tan pequeño, se hizo más alto que las demás hortalizas y echó ramas a donde vinieron los pájaros a fabricar sus nidos.
Dice un proverbio africano: “Nadie echa un grano de maíz en la tierra y se queda mirándolo para ver cuando revienta”. Soñemos. Pero dejando que el Señor monte guardia junto al milagro de la era.
“Dijo también: ¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? Con un grano de mostaza. Al sembrarlo es la semilla más pequeña, pero después se hace más alta que las demás hortalizas”. San Marcos, cap. 4.
Los hombres pensamos, distinguimos y medimos todas las cosas. Por eso inventamos el metro, el decibelio, el área, el nudo, el amperio, el kilómetro y la caloría. Así tasamos las cosas pero además intentamos medir las personas y los acontecimientos. Ellas y ellos nos parecen entonces grandes o pequeños, pesados o livianos, lentos o veloces, esenciales o accidentales, estimables o insignificantes.
Y aplicamos también estas medidas a las cosas de Dios. Pero el Señor tiene otras jerarquías y emplea otras escalas. Cuando decide hacerse hombre no encuentra estrecho el seno de María. No juzga escasa la sabiduría de unos pescadores galileos, para confiarles la tarea del Evangelio.
Le satisfacen el gesto de Magdalena y el breve arrepentimiento del Buen Ladrón. Pondera las pequeñas monedas que deposita la viuda en la alcancía del templo.
Para El es trascendental el agua que saca aquella mujer samaritana del pozo de Jacob. Valen muchísimo en sus planes la amistad sincera, la fidelidad sin alardes, la sencillez descomplicada.
Confía en personas débiles e imperfectas: Pedro, Mateo, Zaqueo, el Centurión.
Programa la salvación del mundo desde una colonia romana, innominada y oprimida. Tiene paciencia para esperar grandes resultados de causas pequeñas y despreciables.
Acostumbra a colocar arriba a los pobres y abajo a los poderosos. Nos enseña la parábola del grano de mostaza y nos invita a cultivar una forma particular de esperanza.
Sucedió en Caná: El agua se transformo en el mejor vino.
Ocurrió ante la multitud: Cuando un muchacho ofreció unos panes y unos pocos pescados, todos pudieron saciarse. Hubo pesca milagrosa en el lago, al amanecer, cuando los apóstoles habían echado en vano las redes, toda aquella noche.
Nuestros, gestos sencillos, nuestras simples palabras, nuestras débiles actitudes, si nacen de la bondad, si están contagiadas de alegría, si comunican mansedumbre, logran una repercusión de vida eterna.
“El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. El duerme de noche y se levanta de mañana. La semilla germina”... San Marcos, cap.4.
Leemos en el Evangelio que el Reino de Dios se empieza a construir desde pequeñas cosas. “Se parece a un hombre que echa una semilla en el campo”. También habla el profeta Ezequiel de una rama pequeña, que el Señor arrancó y plantó, para que se volviera un cedro noble.
Los judíos entendían de dos maneras la transformación que el futuro salvador realizaría. Unos, por medio del poder y de la guerra. El Mesías habría de derrotar a los romanos, para reconstruir un reino invencible.
Otros, por el contrario, comprendían que el Reino de los Cielos llegaría, con pasos vacilantes, por pequeñas acciones, mediante limitados esfuerzos, Pero que al fin Dios lograría realizar su plan entre los hombres.
Jesús colocó su proyecto sobre el segundo esquema. Apostó por las cosas sencillas. De cada situación y de cada persona, rescató lo rescatable. Como aquel día, luego de la multiplicación de los panes, cuando pide a los apóstoles que recojan las sobras. Por esta razón Jesús señala el grano de mostaza. En él se admira el poder de lo alto: “Es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros vienen a anidar en ellas”.
El Antiguo Testamento habla repetidas veces de los pobres de Yavéh. Una expresión que señala a la gente sencilla, que ha puesto en Dios su confianza. De ese grupo se reconoce Nuestra Señora, sintiéndose a la vez depositaria de las maravillas del Señor.
Pero, de otro lado, esta comparación con la semilla, nos invita a cultivar nuestra propia era con esmero y cariño.
San Marcos explica: “El labrador duerme de noche y se levanta de mañana. Mientras tanto la semilla va creciendo sin que él sepa cómo.
La tierra va produciendo la cosecha: Primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Mas tarde vendrá el tiempo de la siega”.
No cabe entonces el desánimo para quienes cultivamos este Reino, cuyo crecimiento Dios respalda.
¿Pero si alguien, al mirar su sementera, no contempla sino cardos y espinas?. Pudiera ser efecto de miopía. Que se acerque un poco más: Debajo de las zarzas está brotando con vigor el trigo. Aunque es verdad que el enemigo arroja malas hierbas sobre el surco, mientras rueda la noche.
Si es necesario, hay que cavar más hondo. Abonar con la plegaria, con el diálogo y de pronto también con las lágrimas. Pero nunca abandonar el surco. El Señor dijo que hasta el desierto puede florecer.
Volvamos a esperar cada mañana el sol vivificante. Y cada tarde, la lluvia fresca y la eficacia de Dios que dirige las galaxias, pero a la vez cuida los pajarillos, viste los lirios y sigue despertando buenos deseos en el corazón del hombre.
Nosotros sembramos, otro nos ha ayudado a regar. Pero es sólo Dios quien dará el incremento.
“Mientras Jesús dormía en la popa sobre un almohadón, se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca, hasta llenarla de agua”. San Marcos, cap. 4.
En los pueblos antiguos, los fenicios se destacaron por sus técnicas de navegación. Atravesando el Mediterráneo, sus barcos llegaron hasta España, para fundar la legendaria Tharsis, donde Salomón se surtió de metales preciosos cuando la construcción del templo.
La pericia naval de los judíos fue mucho más modesta. Su naves apenas bordeaban la costa occidental del país Palestina por Jope y Ascalón. Y surcaban el Tiberíades. Un lago que apellidaron mar, el cual desconcertaba a pescadores y marineros por sus inesperadas borrascas. Una de ellas, según cuenta san Marcos, la padeció Jesús con sus discípulos.
El Maestro había predicado todo el día en la playa. Ya por la tarde, para descansar del tumulto, se embarcó con algunos apóstoles, deseando alcanzar la otra orilla. De pronto, el viento levantó fuertes olas que amenazaban hundirlos. Mientras tanto Jesús se había dormido serenamente en la popa.
Aterrados sus compañeros de viaje, lo llamaron a gritos. El Señor se puso en pie. Ordenó al viento y al mar y de inmediato retornó la calma. Pero en seguida el Maestro reprendió a sus discípulos: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?” No habían descubierto todavía quién era su compañero de viaje.
Ni el Bautismo, ni una vida correcta, ni las obras de misericordia equivalen a un seguro antinaufragio. Vivir es navegar y cuando menos lo esperamos las tormentas amenazan hundirnos. Variadas tempestades: La muerte súbita de un ser querido. La enfermedad. Un noviazgo destruido. Un hogar en crisis. El encuentro con nuestra miseria personal. Las fallas de alguien que parecía ejemplar...
¿Qué técnicas sicológicas podrían devolvernos la calma?
La oración no es una fuerza mágica que al instante remedia todos los males.
Pero sí es la manera de compartir con Dios los miedos y las angustias. Es un ancla con la cual sostenemos nuestra nave mientras amaina la tormenta. Le hablamos al Señor y sin embargo. El continúa en silencio. Pero van corriendo los días y una fuerza interior comienza a empujarnos hacia adelante. Son Dios y el tiempo dos amigos que nunca nos defraudan.
Job, aquel patriarca de Hus, “hombre cabal y recto, que temía a Dios y se apartaba del mal”, también soportó la borrasca. Y desde su tragedia gritó al Señor, exigiendo una explicación para su infortunio.
Dios le responde al estilo de un padre recursivo, ante la rabieta del niño. No encara sus razonables porqués. Solamente lo invita a contemplar el universo, como si fuera un circo maravilloso. Y le devuelve otra serie de preguntas:
¿Quién podrá taladrar la nariz del hipopótamo? ¿Formaste tú el collar de las constelaciones? ¿Puedes, con un anzuelo domar al cocodrilo? ¿Diste al caballo su bravura y su belleza? ¿Cerraste tú con una puerta el paso al mar y le pusiste las nubes por pañales?. Job enmudece ante la inmensidad y el poder del Señor y sólo alcanza a balbucir: “Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos”. Ese saber de Dios le sobrepasa.
Desde aquella experiencia del lago, los discípulos comprendieron mejor a Jesús. ¿Será que muchos de nosotros sólo podremos descubrirlo después de las tormentas?
“Entonces se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra tu barca, hasta casi llenarla de agua. El estaba a la popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron diciéndole: ¿Maestro, no te importa que nos hundamos?”. San Marcos, cap. 4.
En la parte contable de toda vida humana es necesaria una partida para cubrir los imprevistos. Este matrimonio marcha perfectamente. Cualquier día, de donde menos se espera, surgen los conflictos. Un joven correcto se ve, de pronto, involucrado en un asunto que lo lleva a la cárcel.
Aquel sacerdote ejemplar empieza a fallar en sus compromisos. Un muchacho brillante claudica ante las dificultades de una carrera. Un profesional que no esperaba sino triunfos, sufre en carne propia la intriga, los contratiempos y los fracasos.
Al que nació con vocación de triunfador, la vida lo coloca contra la pared y le enseña la lección de la derrota. Así la historia de los discípulos de Jesús: Convivían con El, escuchaban sus mensajes, admiraban sus milagros, esperaban sus recompensas. Esa tarde se arriesgan por el lago. Se levanta de improviso una tormenta, cuyas olas rompen contra la barca y amenazan hundirla.
Con frecuencia Cristo parece despreocuparse de nuestros problemas. Estaba allí en la popa, dormido sobre un almohadón.
- ¿Maestro, no te importa que nos hundamos?, le reprochan sus discípulos. Al Señor sí le importa. Su preocupación en favor nuestro es constante y desvelada. Pero son extraños sus planes y sus métodos desconcertantes. Con razón algún poeta religioso le reclama: “Oh Dios, Tú eres un amigo difícil.”
A veces aguarda que le pidamos cosas evidentes. Espera que le repitamos nuestras necesidades, aunque las conoce de sobra. No tiene prisas. Para El no existen los calendarios, En muchas ocasiones da la impresión de continuar dormido allá en la popa, en la parte posterior de nuestra barca, mientras los vientos amenazan hundirnos.
Cuando los discípulos le llaman, se despierta y ordena al viento que se calme: “Silencio, cállate”. Enseguida, y no antes, una palabra de reproche a los miedosos: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”
No sabemos qué capacidad tenga nuestra fe. ¿Soportará confiadamente todas las tempestades? Probablemente no. Pero ojalá resista y persevere hasta llamar a Dios para despertarlo. Entonces, hoy o mañana, pronto o quizás más tarde, cesarán los vientos y reinará la calma.
“Al atardecer dijo Jesús a sus discípulos: Vamos a la otra orilla. Y dejando a la gente, se lo llevaron en la barca”. San Marcos, cap. 4.
Aquellos monjes del desierto, cuya historia escribieron ciertos cronistas fantasiosos, habrían sufrido terribles tentaciones. Sobre todo en materia sexual. De ahí sus exagerados ayunos y sus continuas penitencias.
Pero a los cristianos de hoy también otros halagos nos asedian. A cada rato podemos pecar contra la caridad, la justicia, la paciencia, la honradez, la verdad. Y también contra la esperanza.
En otras épocas gozamos de una gran tranquilidad. Y entonces se nos olvida que la fe no equivale a un seguro contra los vendavales. Por lo cual las caídas imprevistas nos desconciertan. Así les sucedió a los apóstoles. Día a día iban conociendo mejor al Maestro. Estaban contentos en su amistad.
Admirados de sus milagros. Pero una tarde Jesús les dijo: “Vamos a la otra orilla del lago”. Y mientras iban, se desencadenó un fuerte huracán y los olas rompían contra la barca, casi hasta hundirla. Mientras tanto, como anota san Marcos, Jesús dormía en la popa. El cansancio del día lo había sumido en un sueño profundo.
Los discípulos se miraron unos a otros aterrados: ¿Habría que despertar al Señor? El peligro debió ser extremo, cuando aquellos experimentados pescadores se vieron perdidos. Sencillamente estaban a punto de naufragar.
De inmediato los hijos del Zebedeo, o tal vez