Volver a la noticia del domingo
“Había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados”. San Juan, cap. 2.
Ante un cuadro de Picasso a muchos nos invade el desconcierto. Sólo vemos allí abundantes colores y repetidas formas. Pero si observamos con atención, descubriremos luces que se contraponen a sombras. Volúmenes que concuerdan con otros volúmenes.
Espacios que se desvanecen en otros más amplios. Sentimos entonces que el artista nos habla. Y escuchamos palabras silenciosas con las cuales la belleza despierta nuestro espíritu.
Algo semejante ocurre ante aquel relato de las bodas de Caná, que nos trae san Juan: Nos impresionan sus personajes, el desarrollo de la acción, los detalles que aporta el evangelista. De entrada nos sentimos perplejos, pero enseguida descubrimos la intención del cronista y las variadas lecciones de esta página. Advertimos cómo las palabras signo y gloria se destacan. Se contrapone el agua de las tinajas para las abluciones judías y el buen vino que los criados llevan al chef del banquete. Y grabamos en la memoria que aquel día Jesús inició su vida pública. Que ante aquel signo los discípulos afianzaron su fe en el Maestro.
En Palestina las bodas se celebraban casi siempre al aire libre, pues las estrechas casas no alcanzaban a albergar los convidados.
Generalmente se iniciaba la fiesta desde el miércoles, prolongándose hasta el sábado siguiente. Invitados, vecinos y curiosos se acercaban a los novios para implorar sobre ellos las bendiciones de Yahvé y compartir las bebidas y las viandas.
El menú de la ocasión incluía cordero hervido en leche, legumbres y frutas secas. Todo ello acompañado con vino, el cual se temperaba con agua y se mejoraba con especias.
Aquella boda transcurría normalmente. Pero un problema vino a opacar la fiesta. Los novios no previeron la cantidad de visitantes y de pronto se les agotó el vino.
“La madre de Jesús estaba allí”, anota san Juan, porque quizás alguno de los novios era su pariente. Y ella, al fin y al cabo madre y mujer, se propone remediar la situación. Lo hace con cariño y discreción: “No tienen vino”, le insinúa a su Hijo. El Señor parece hacer repulsa: “Mujer, no ha llegado mi hora”. Pero enseguida decide estrenar su tarea en aquella fiesta. Y ordena a los criados que lleven agua de las tinajas al director del banquete. De repente, aquellos seiscientos litros de agua se convierten en vino de óptima calidad. “Tú has guardado el mejor vino hasta ahora”, le dirá el maestresala al novio.
El Señor inaugura su misión en una fiesta de bodas y no en el templo de Jerusalén o en el monte Tabor. Así dibuja en borrador ese Reino de Dios, al cual dedicará tantas parábolas. Un reino que integra todo lo nuestro: Amor, fiesta, compañía, banquete... elevándolo a un nivel superior. Un Reino donde lo común y ordinario logra otra dimensión, por la presencia viva de Cristo y de Nuestra Señora.
Si no se hubiera producido el milagro, muchos señalarían a la pareja de Caná como “aquellos a quienes se les agotó el vino”.
¿Será que a los cristianos de hoy ya se nos agotó la fe en Dios y también la esperanza?
“Jesús les dijo: Llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les mandó: Sacad ahora y llevádselo al mayordomo. Ellos se lo llevaron”. San Juan, cap. 2.
A pesar tantos egoísmos personales y grupales, a pesar de las guerras, de la incomunicación que a todos nos aísla, hemos avanzado en vida comunitaria. Vaya cómo ejemplo: Antes se atribuyó el descubrimiento de América a un sólo hombre, aunque en torno a él colaboró un amplio colectivo.
Hoy, en cambio, explicamos decididamente la conquista del espacio cómo mérito de muchos astronautas y numerosos científicos que acompañaron su proeza.
Actualmente nada puede llevarse a cabo sin los consejeros económicos, los asesores, el grupo de investigación, los técnicos de seguimiento y los controladores. Ya no es posible ni vivir ni subsistir, si no es en comunidad.
Cuenta San Juan que en Caná de Galilea, con ocasión de una fiesta de bodas, Jesús dio comienzo a sus signos cambiando el agua en vino. Salió en ayuda de aquellos esposos desprevenidos que no contaban con tantos comensales.
El primer milagro del Señor se realiza en equipo. María llama la atención de su Hijo, El aporta su poder, los sirvientes, siguiendo la orden de Jesús, llenan las tinajas hasta el borde. Luego le presentan el agua al mayordomo de la fiesta. Este prueba el agua transformada y llama al novio para decirle: Has guardado para el final el mejor vino..
Todo un trabajo comunitario, en el cual cada uno aporta lo mejor de sí. Lo que sabe, lo que puede.
Al leer esta historia, descubrimos una valiosa lección: Con excesiva ligereza y autosuficiencia, le damos o le quitamos importancia a la gente, por el oficio que desempeña. No apreciamos a los humildes que realizan tareas ignoradas, las cuales sin embargo, ocupan los primeros renglones en la agenda de Dios.
Estos agentes ocultos están siempre detrás de cada acontecimiento, de cada actividad o programa, de cada triunfo. Así sucede en los gobiernos, en la Iglesia. Algunos nombres aparecen en la fachada. Detrás, cubiertos por el resplandor de unos pocos, muchos innominados.
Hasta cincuenta o más personas son necesarias para que llegue a nuestra mesa un pedazo de pan... El ajetreo diario no nos permite tenerlas en cuenta y celebrar con cada una de ellas la fiesta de la vida.
Cuando admiramos una edificación preguntamos: ¿Quién fue el arquitecto? Pero nunca:
¿Quién fue el maestro de obras, el delineante ? Quiénes los albañiles, los pintores, los electricistas, los fontaneros?
Y cuando se nos invita a cenar, agradecemos a la anfitriona. Casi nunca a la empleada que aportó su tiempo y sus habilidades.
En el Antiguo Testamento se habló de un Dios que salva. Hoy, después de la Encarnación, sentimos a un Dios que salva con nosotros.
“Jesús les dijo: Llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba”. San Juan, cap.2.
Alguien decía que, con cierta frecuencia, a Cristo se le trata en las bodas como a los fotógrafos. Al terminar la ceremonia: “Muchas gracias. Ya te llamaremos más tarde. Que tengas buena noche”.
Cristo inicia su vida pública, conviviendo con unos amigos en una boda de Caná, en Galilea. Allí “comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en El”.
Comenzó sus signos ante una necesidad muy simple: no tenían vino.
Si no solamente escuchamos las palabras del Evangelio, sino que también tratamos de convivir con el Señor, llegaremos a descubrir el sentido y las condiciones de sus signos.
¿Cuáles son esas condiciones? Cuando lo invitamos a nuestra vida, Cristo realiza sus signos. Cuando lo invitamos con su Madre y cuando nos comprometemos a poner agua allí donde lo que falta es vino. Cristo trabaja con hombres de fe.
Cristo es nuestro invitado: El Señor vino a “acampar entre nosotros”. Pero anhela estar presente en cada uno y en todo lo que una vida significa: Búsqueda, luchas, errores, caídas, fracasos, aciertos, dudas, éxitos, tragedias. Jesús inicia su vida pública en las bodas de unos amigos. Quiere estar presente en nuestro amor.
Quiere compartir con nosotros esta aventura
Invitado con María: Ella es la presencia femenina Dios en el mundo. Ella es la que sabe adivinar que “no nos queda vino”. Con su intuición y su ternura detecta todas nuestras carencias.
Y allí en Caná descubrimos unos hombres de fe. Dispuestos a llenar las tinajas y a llenarlas hasta arriba. El mundo cambiará si cada uno de nosotros sigue aportando agua, que es la materia prima para ese vino del Señor. El mundo cambiará si no escuchamos a los sensatos, a los realistas. A los supuestos sabios que nos dicen: “¿Para qué, si esto ya no tiene remedio?”. “¿Y tú sigues creyendo en la Iglesia? Pero si hoy nadie tiene fe...!”. Si continuamos llenando las tinajas, entonces Cristo hará sus signos y se realizará el misterio.
¿Pero qué es el misterio? Es el poder del Señor, que va más allá de nuestras posibilidades. Poder de Dios que convierte el agua en vino. Tantas veces cuando se escaseaba nuestro vino, hemos prescindido del misterio.
Le hemos quitado el misterio a lo religioso. Pretendemos explicarlo todo. Reducirlo a nuestra condición limitada y humana y darle una dimensión científica. Le hemos robado al sexo su misterio, porque hemos pretendido convertirlo en una ciencia y enseñarlo como una técnica. Lo hemos disociado del amor y de la vida.
Recémosle entonces a María para que, por su intercesión y con la gracia de Cristo, el agua de nuestros esfuerzos se convierta en el vino generoso de una vida plena y feliz.
“Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro de Isaías”. San Lucas, cap. 4.
“La vida de Brian”, una película de Terry Jones, presenta medio en serio, medio en broma la vida de Cristo. En la escena del Sermón de la Montaña, la gente que no logró acercarse al Señor lo interrumpe y grita:
¡Más fuerte! ¡No se oye! Pero cuando el Maestro lee, en la sinagoga de Nazaret y afirma: “El espíritu del Señor está sobre mí”, los presentes se miran desconcertados, sin pronunciar palabra.
Jesús ha regresado a su aldea, “donde se había criado”, según dice san Lucas. Como judío observante, acude el sábado a la sinagoga y allí le piden que haga la lectura. Desenrollando el libro de Isaías, proclama aquel pasaje del capítulo 61, donde se habla del futuro Mesías.
Durante muchos siglos, el pueblo escogido soñó con un líder, que tuviera la fuerza, el espíritu de Yahvé. Lo llamaron Mesías, que significa ungido. Porque la unción con aceite de olivas, que recibían los reyes y los profetas de entonces, significaba la presencia de Señor en sus personas. Algunos esperaban un rey, otros un guerrero que expulsara de su territorio a los invasores.
Aparece Jesús y muchos judíos no comprenden su calidad de Mesías. Lo entienden como el hijo del carpintero. Un maestro novato que cuenta apenas con treinta años. O quizás un charlatán.
Pero aquel día, en la sinagoga de su pueblo, el Maestro afirma solemnemente su condición de Mesías: “El espíritu del Señor está sobre mí”. Y señala cual será su tarea concreta: Dar a la buena noticia a los pobres. Anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista. Libertar a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.
“Hoy se cumple aquí esta profecía,” dice Jesús, al devolver el libro al secretario de la sinagoga.
En la declaración de Cristo se destaca aquello de la Buena Noticia, que empezaban a oír tantos desconsolados por la tardanza de Dios en socorrerlos. Anuncio que hoy llega hasta nosotros, aunque hayamos perdido la esperanza.
Palabra que llega hasta los pobres. Y pobre, en sentido bíblico, es todo aquel que abre su corazón al Señor
La forma de gritar la Buena Nueva se concreta en libertar a los cautivos y dar vista a los ciegos. Proclamar un tiempo de salvación, año de gracia del Señor.
Bien sabemos que hay esclavitudes del cuerpo y otras del alma. Hay cegueras ante la luz del día y muchas tinieblas interiores. Valdría la pena, ante el Señor Jesús, hacer la lista de nuestras cadenas y de nuestras sombras.
El ha venido a vencer todo esto, para que un día vivamos en libertad y en luz.
Uno piensa que hicieron bien quienes gritaban en el monte Tabor: ¡Más fuerte, no se oye! Demostraron su interés por la enseñanza de Jesús. Si hoy hiciéramos lo mismo, la Iglesia tendría oportunidad de anunciarnos con la mente y el corazón, la Buena noticia de Dios, el Evangelio.
En cambio, aquellos de la sinagoga de Nazaret apenas se miraron extrañados, sin pronunciar palabra. Igual que muchos de nosotros.
“Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan”. San Lucas, cap. 4.
Jesús regresa a Nazaret, la tierra de su infancia. Según la costumbre judía, asiste el sábado a la sinagoga, entre el grupo de sus paisanos. Allí le entregan el libro de Isaías. Puesto de pie, desenrollando el libro, lee aquel pasaje del capítulo 61: “El Espíritu del Señor está sobre mí: Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para dar la libertad a los oprimidos”.
Y luego explica a la asamblea: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”.
Sin embargo, al contemplar el mundo que nos rodea, advertimos que ni esta Buena Noticia ha llegado a los pobres, ni esta liberación prometida se ha realizado.
¿ Ha fallado entonces el poder de Jesús? ¿Como la de tantos profetas, fue vana su palabra?
Somos nosotros los portadores de esta noticia, los responsables de esta liberación, quienes hemos fallado. Del Señor es la doctrina, la fuerza interior que mueve la Iglesia, la iluminación del Espíritu, el entusiasmo de todos los días.
Porque olvidamos que Dios nos pide a sus amigos estar íntimamente comprometidos con sus planes: Llevar a los pobres este anuncio, poner por obra esta liberación. La transformación del mundo es labor nuestra.
Sin embargo, convencidos de esta vocación, nos sentimos impotentes ante el inmenso grupo de pobres y oprimidos
Pero recordemos que las obras de Dios se inician siempre con pequeños proyectos, con humildes iniciativas.
Es evidente que una familia cristiana no puede suprimir los cinturones de miseria que rodean muchas ciudades. Pero sí puede donar una vivienda u obsequiar los materiales para construirla.
Ninguna empresa puede absorber a todos los desempleados del país, pero sí puede generar más empleo. Ningún profesional alcanza a atender todos los casos de caridad. Pero un médico, un odontólogo, una enfermera, pueden regalar unas horas de su trabajo.
Ningún grupo financiero, social, deportivo o artístico alcanza a saciar el hambre de tantos desnutridos. Pero ayudar a los marginados puede estar entre sus objetivos.
Un universitario apenas sueña con servir a las clases pobres, pero un grupo de estudiantes puede remediar muchas tragedias.
Al conocer la amarga realidad de hoy algún joven sentirá dolor, ira o desesperanza. Pero enseguida comprenderá que el Señor lo llama a evangelizar a los pobres, cómo seglar o cómo sacerdote.
Actualmente urge llevar el mensaje del Señor. Urgen las liberaciones políticas, culturales, económicas. Pero todo ello seguirá siendo una utopía sin el compromiso personal con los necesitados.
“El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres”. San Juan, cap.4.
Un joven se acerca al sacerdote: Es una historia larga de pecados, derrotas y sufrimientos. El Padre lo interrumpe de improviso: ¿Por qué no me dices primero todas las cosas buenas que has realizado en estos años?
El muchacho lo mira a la cara asombrado y rompe a llorar. Por primera vez, alguien le mostraba que en su vida también la bondad había fructificado.
El Evangelio nos muestra a Jesús en la sinagoga de Nazareth. Volvía a sus gentes, a su paisaje natural de vides y rebaños. Estando en la sinagoga y luego de leer un trozo de Isaías, explica a los presentes que su misión está plenamente unida a aquella de los antiguos profetas: “El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha enviado a dar la Buena Noticia a los hombres”.
El mundo actual se ha llenado de noticias desoladoras. No sólo por las cosas que ocurren, sino porque cada uno de nosotros se volvió un portador de malas noticias. Lo cual nos ha llevado a desconfiar, por sistema, de los demás. A imaginarnos siempre lo peor. A saborear morbosamente los errores y las tragedias ajenas.
Cristo vino a traernos las Buenas Noticias de un Dios que ama a sus hijos.
A nosotros nos toca difundirlas en todos los ambientes y situaciones. Al esposo o a la esposa que ya no saben luchar más, al limitado físico, al anciano que empieza a sentirse inútil para todos, al obrero que no es calificado, al sacerdote que flaquea, al hijo que se equivoca procurando estrenar la libertad, hemos de llevar la buena noticia de Jesús, con frases de amor y de esperanza.
En determinados momentos, cada uno de nosotros comprueba que es pobre, que está cautivo, que sufre en la opresión, que lo aqueja una ceguera interior.
¿Quién no ha sufrido en soledad y ha deseado una palabra, una voz, un rostro que lo anime, que le diga que no todo anda mal, que no es tan pecador como se cree, que todavía hay remedio? ¿Qué hay Alguien que lucha a nuestro lado? ¿Alguien que ve lo pesado de nuestra cruz y lo doloroso de nuestro cansancio?
Jesús habló del “Año de gracia del Señor”. Un año se vive en cada minuto. En cada instante en que los hombres de buena voluntad anunciamos las buenas noticias de Jesucristo. Buenas noticias que madrugan a visitar a todos los pobres y oprimidos, por el ministerio de las manos amigas, de las palabras optimistas y de las caras amables de quienes tratamos de vivir el Bautismo apoyados en la fuerza del Señor.
“Dijo Jesús: Sin duda me diréis: Haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm”. San Lucas, cap. 4.
Las cosas importantes de la vida no sirven: La importancia del arte no es primariamente económica. La amistad nunca se mide en pesos o en intrigas. No vale la pena ser honrados en función de ventajas y ganancias.
Bajo esta misma óptica conviene analizar la fe. Ella nos conduce a un nivel superior de la existencia. Pero no podemos catalogarla como herramienta para alcanzar provechos inmediatos y visibles.
Jesús, de regreso a Nazaret, ha visto el interés de sus paisanos ante los milagros que él realiza. Desean que los haga también aquí en su pueblo. Pero el Señor explica que su misión va más allá de estos signos que favorecen a unos pocos, pero anuncian la salvación para todos.
Los habitantes de Nazaret se enfurecen ante el desaire del Maestro, e intentan despeñarlo por un barranco cercano a la aldea. Esperaban disponer de este profeta para su uso particular. Entendían el proyecto de Jesús en un sentido utilitarista. El mismo que tantos bautizados le hemos dado a la fe.
Muchos ensayamos la oración y los sacramentos, como medios de poner a Dios a nuestras órdenes. De momento rozamos lo sagrado, pero en busca de ventajas materiales. Entonces, ¿de qué sirve creer?
Todo pudiera comenzar ese día, en el cual comprobamos que no somos dueños del mundo y ni menos de la historia. Que existen leyes físicas que no logramos manejar. Que deseando ser honestos, pocas veces logramos alcanzarlo. Comprendimos entonces que apenas somos seres pequeñitos frente a un mundo infinito - visible e invisible- y frente a Quien lo puso a funcionar.
Pero aparece enseguida otro problema: ¿Qué clase de persona será ese ser poderoso
Los pueblos primitivos miraron que Dios se les mostraba en la altura humeante de una montaña. También en el sol, en el rayo, en la nube.
Otros grupos humanos descubrieron aquel Dios inmaterial que muchas religiones nos presentan.
Pero a los cristianos Dios se nos manifestó en el Hijo de María. Aquel Dios invisible se hizo visible en Jesucristo, para enseñarnos que quien creó los cielos, quien puso leyes a los hombres y a los astros, es ante todo un padre. Y nos invita a ser amigos suyos, más allá de las posibles ventajas que nos traiga su conocimiento.
Toda amistad, si es positiva y fuerte, transforma a quienes aman. Así es la fe. Nos dice León Bloy que cada hombre posee rincones en su corazón que no existen, mientras no llegue allí el dolor. Igual cosa afirmamos de la fe. Ella dilata nuestra geografía personal para hacernos plenamente humanos. Pero a la vez contagiados de Dios. Por eso hijos. El discurso tradicional de la Iglesia habla de “filiación adoptiva”.
Además la fe explica, aunque en lenguaje cifrado, aquellos dolorosos enigmas del mal, el futuro y la muerte.
Entre el hombre que cree y el increyente existe una distancia de años luz. Pero a todos nos ama Dios y desea mantener con nosotros una amistad creativa y estable. Sin embargo, quien no cree camina por la tierra de espaldas a tantas maravillas.
“Le dijeron a Jesús en la sinagoga: Haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm”. San Lucas, cap. 4.
Una señora piadosa se quejaba ante unos jóvenes: Me hice cargo de la educación de un sacerdote y ahora lo destinan al África. Lástima señora, le respondió uno de ellos, que su corazón no resista un viaje espacial.
¿Por qué?, preguntó la señora.
Porque entonces aprendería que, vista la tierra desde arriba, desaparecen todas las fronteras. Cuando Jesús regresa a Nazaret, sus paisanos le reprochan que no realice entre ellos sus milagros.
¿Querían satisfacer su curiosidad? ¿Remediar sus necesidades? ¿Hacerse notorios entre los pueblos vecinos? Jesús les responde que no se puede encerrar la redención en un pequeño rincón de la tierra. Y les recuerda ciertos hechos de la historia de Israel.
Elías fue enviado por Dios a socorrer a la viuda de Sarepta, en territorio extranjero. Y aunque entre los judíos había muchos leprosos, Eliseo cura solamente a Naamán, un extranjero que viene desde Siria.
Frente a nuestros personalismos, el Señor coloca su mensaje de fraternidad universal. Ante nuestros regionalismos, su doctrina de igualdad entre todos los hombres. Delante de nuestros nacionalismos, su exigencia de colaboración internacional.
Alguien opina que los cristianos somos con frecuencia aves de corto vuelo. Olvidamos que, desde el principio, tenemos una vocación universal,
Los apóstoles no se quedaron encerrados en el Cenáculo. Se repartieron por el mundo de entonces, para repartir el mensaje del Señor. Luego, otros cristianos llevaron la Buena Nueva a los pueblos distantes. Muchas comunidades cristianas no crecen difusivamente cómo la luz, cómo el viento, sino circularmente cómo ciertas plantas: Cualquier movimiento revierte sobre ellas mismas.
Vencemos este personalismo si motivamos a los hijos frente a las apremiantes realidades sociales. Superamos este regionalismo, cuando el sistema educativo mentaliza a nuestra juventud y le enseña que no estamos en el mundo para tener ni para dominar, sino para ser y compartir...
Rompemos este nacionalismo, cuando nos sentimos ciudadanos del mundo, comunicados con mucha gente que nos necesita: Campesinos, indígenas, emigrantes, marginados... Vivimos nuestra vocación universal cuando social, económica y culturalmente, superamos todas las fronteras.
Crecemos difusivamente cómo la luz, cuando borramos las fronteras de todo el planeta y nos sentimos ciudadanos del mundo.
“Al oír esto, todos en la sinagoga, se pusieron furiosos y lo empujaron fuera del pueblo”. San Lucas, cap.4.
En Navidad, un pequeño le escribía al Niño Dios: “Te agradezco mucho tu venida. Pero a veces sólo pienso en los regalos y no en Ti”. Los cristianos también somos con frecuencia infantiles. Como este niño de la carta. Y como los paisanos de Jesús, que admiraban al hijo de José y aprobaban su doctrina, pero pedían de prisa los milagros.
Cuando Cristo explica que estos no son lo esencial en su programa, se ponen furiosos y lo empujan fuera del pueblo.
Quiere el Señor que aceptemos su mensaje, confiando siempre en El y tomando a cuestas nuestros deberes ordinarios. Pero no quiere que le tengamos como un almacén de milagros. Vamos de viaje y apenas estamos ensayando la vida en este teatro del mundo, como enseña San Pablo. Ser cristiano no es estar como Alicia en el País de las Maravillas.
Dios es fuente y origen del milagro, pero a la vez nos regala cada día dones maravillosos y nos anima a realizar nuestros propios milagros: El milagro de la vida. Procuremos rodearlo de mucho amor, de responsabilidad y de respeto
El milagro de la alegría. Vivir alegres, no obstante los dolores, las enfermedades, los problemas, es un don del Señor.
Nuestra alegría forja la infraestructura para las tres virtudes teologales.
Dios admira el milagro de nuestra monotonía. Esa que tiene el hermoso nombre de fidelidad, porque es hermana pequeña de la fe. Al Señor le subyuga nuestro esfuerzo por seguir amando, a pesar de las fallas ajenas, de las propias, del peso de la vida y los fracasos.
Dios se complace en el milagro de nuestro entendimiento, cuando nos abrimos en comunión a la luz, a la ciencia, al espacio infinito, a la incógnita del futuro y a la magia de las palabras.
Dios se pone feliz ante el milagro de la paz. Cuando resolvemos convertir los fusiles en instrumentos de labranza, borramos del corazón los recuerdos amargos y nos sentimos otra vez hermanos.
Somos nosotros los protagonistas de numerosos milagros. El Señor sabe que ese poder y mucho más, nos viene de su mano, pero se hace el desentendido. No nos damos cuenta de tantas maravillas y a ratos creemos que nuestra vida no vale nada. Seguimos siendo niños.
“Cuando Jesús acabó de hablar, dijo a Simón: Rema mar adentro y echad las redes para pescar”. San Lucas, cap. 5.
El río que parece mar, llamó Francisco de Orellana al Amazonas, cuando topó con sus inmensas aguas. También los hebreos llamaron mar al lago que forma el río Jordán, de camino hacia el sur.
Allí, bajo una superficie de 144 kilómetros cuadrados, se criaban hasta catorce especies de peces comestibles. Una cifra que mermaba ante la ley que consideraba impuros los carecían de aletas y de escamas.
Se pescaba entonces con anzuelos fabricados de hueso, de hierro o cobre. También con redes: Una pequeña y circular, que se arrojaba desde la playa y otra mayor, para la pesca lago adentro.
La vida pública de Cristo discurre mucho tiempo a la orilla del lago. Por las aldeas de su entorno. Y entre los doce escogidos por Jesús, el Evangelio señala tres parejas de pescadores: Pedro y Andrés, cuyo padre se llamaba Jonás, naturales de Betsaida, un nombre que significa pesquería. Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo y Salomé. Santiago el Menor y Judas Tadeo, también hermanos, a quienes el Nuevo Testamento reconoce como “parientes del Señor”. Todos ellos se ganaban la vida en el lago, dueños de alguna microempresa, o como obreros alquilados.
Jesús los llamó un día, invitándolos a ser pescadores de hombres y ellos, dejando las redes y las barcas, le siguieron. Les proponía un distinto objetivo, pero la misma técnica de esfuerzo y de constancia.
Cuenta san Lucas que un día el Maestro invita a Pedro a adentrarse en el lago, y arrojar las redes. El apóstol explica su fracaso anterior: “Hemos pasado bregando toda la noche y no hemos cogido nada”.
Pero añade enseguida desde el corazón: “Sin embargo, porque tú lo dices echaré las redes”.
El resultado fue asombroso: Cogieron tanta pesca que la red se rompía. Llamaron entonces a sus compañeros y llenaron de pescado las dos barcas, casi hasta hundirlas.
Un carpintero de Nazaret da lecciones de pesca a unos peritos del mar de Galilea. Pero conviene recordar que Jesús es el Hijo de Dios.
Quien asegure que nunca ha fracasado nos estará mintiendo. Porque esta vida temporal se entrevera de ciertas alegrías, algunos éxitos, muchas ilusiones frustradas y numerosos desengaños. Tantos esfuerzos vanos. Tantos proyectos inútiles. Tantas redes vacías. Tantos que arrastran su existencia, ignorando la razón de su viaje y su destino.
Simón Pedro experimentó en carne propia un antes, mientras luchaba solo y un después, en compañía del Señor. Una noche colmada de zozobra y un día luminoso, donde la pesca es abundante. La fe no es garantía de que todo nos saldrá bien, pero sí es certeza de no estar nunca solos. Confianza en Otro que lo puede todo y que nos ama.
La reacción de Pedro ante aquella pesca inesperada, fue arrojarse a los pies de Jesús, diciéndole: “Apártate de mí, que soy un pecador”. Se nos antoja corregirle la plana al apóstol. Ante el poder de Dios no hemos de decir: Apártate de mí, sino al contrario: Señor acércate más, precisamente porque somos pecadores. Así podremos iniciar nuevamente la aventura de las redes vacías, que el Señor sabe colmar en un momento.
“Al ver tanta pesca Simón Pedro exclamó: Apártate de mí, Señor, que soy un pecador. Jesús le dijo: No temas, desde ahora serás pescador de hombres”. San Lucas, cap. 5.
Cuando Juan Pablo II visitó por vez primera España, los pescadores de Galicia lo recibieron con una pancarta que decía: “Pedro, vuelve a los tuyos”. Tiene la Iglesia una herencia de mar. Viene de gente pescadora y marinera.
Por esta razón, el cristiano está acostumbrado a huracanes y a sobresaltos. Conoce el trabajo infructuoso y la alegría de las redes colmadas. Cultiva todos los días una ilusión renovada y son suyos los horizontes dilatados y profundos.
Además, sabe adivinar la presencia del Señor a través de las sombras. Cómo los apóstoles en el lago. Pero también a veces el cristiano es pusilánime. Cómo Pedro aquella vez en el mar de Tiberíades.
Los fallos personales modifican de diversa manera nuestra interior fisonomía. A algunos les producen un estoico y estéril conocimiento de sí mismos. A otros les ayudan para afianzarse en la humildad. A otros les proporcionan una fácil excusa para evitar todo esfuerzo. A otros los sumergen en un pesimismo sistemático.
Pero en ocasiones, verificar la propia pequeñez es la piedra de toque para iniciar grandes empresas. Así ocurrió con Simón Pedro. Cuando quiere apartarse de Jesús, declarándose pecador, recibe el llamamiento de Cristo que lo convierte en pescador de hombres
Esto sucede una tarde en el lago. Los apóstoles, al mandato de Jesús, echan las redes y recogen tanta pesca que las barcas amenazan hundirse.
Cuando nos reconocemos limitados, el Señor empieza a revelarnos algo escondido, un “más allá” que guarda para nosotros: Después del pecado, una sed inexplicable de inocencia. Después del fracaso, un deseo de luchar más y un reconocimiento de nuestros errores.
Después del conflicto, el apoyo que nos brinda el hermano. Después de la traición del amigo, la convicción de su retorno.
El tiempo, mensajero cómo Gabriel, nos entrega esos “más allá”, si vivimos serenamente la esperanza.
Simón se convierte en Pedro, piedra fundamental de la Iglesia. El pecador se vuelve pescador de hombres. El cobarde muere por Cristo en la capital del Imperio romano.
Germán Pardo García desvela hermosamente ese futuro cuando nos dice: “Más allá del silencio, la armonía. Más allá de las formas, la presencia. Más allá de la vida, la existencia. Más allá de los gozos, la alegría”.
“Al ver tanta pesca, dijo Pedro a Jesús: Apártate de mí porque soy un gran pecador. Jesús le contestó: No temas; desde ahora serás pescador de hombres”. San Lucas, cap.5.
Decía un campesino al cura del lugar: Esta finquita es mía, padre, y de Nuestro Señor Jesucristo. Pero si le viera el abandono cuando El solo la administraba.
Es maravilloso el trabajo del hombre, respaldado por el poder constante e invisible de Dios.
De esto nos habla el Evangelio. Nos describe dos momentos: El de los discípulos que trabajan solos toda la noche, sin poder coger nada. Y aquel en que el Señor los invita a echar las redes. Y la pesca es tan abundante que la barca se hundía. Pedro, entonces, se llena de miedo y suplica a Jesús: Apártate de mí, porque soy un pecador.
También nosotros como Pedro, le pedimos a Dios que se aleje, cuando alcanzamos éxito en alguna tarea. Pedro lo hizo por humildad. Nosotros lo hacemos por suficiencia. Le decimos: Ya no me queda tiempo para ti. Tengo unos planes donde tú no cabes. De hoy en adelante, me las arreglo solo y tu presencia me complica la vida.
¿Qué imagen tenemos de Dios? Sabemos quizás reconocerlo cuando los dolores nos golpean, en las dificultades, en las penas. Cuando las cosas no andan bien decimos que el Señor nos envía una prueba. Pero El tiene además unos planes, que acostumbra revelar en los éxitos. Cuando Pedro, aunque temeroso, se alegra con la barca llena de pesca, el Señor le anuncia que de ahí en adelante será un pescador de hombres.
Si nuestro hogar es feliz, Cristo nos invita a acompañar a otros para que vivan ellos también plenamente la vocación de la familia. Cuando los demás nos aceptan y nos valoran, es porque podemos compartir con ellos nuestra fe, lo que somos y lo que tenemos.
Si logramos culminar una carrera, el Señor nos envía a servir a los más necesitados. Cuando nuestras finanzas marchan bien, El nos insinúa compartir con los que no tienen, realizar iniciativas concretas en favor de los más desamparados.
No cerremos los ojos ni el alma, porque los planes del Señor nos salen al camino todos los días, disfrazados en los acontecimientos. En los triunfos y en las alegrías, llegan esos deseos de Dios, vestidos de gala.
Son invitaciones indeclinables a vivir nuestra vocación de hombres y de cristianos.
El mundo espera el entusiasmo, el gozo, la convicción amable, la fuerza de las manos y el corazón que se fatigaron muchas horas, pero que pueden, por la palabra de Jesús, colmar la barca de pescados, al final de la noche.
“Bajó Jesús del monte, se detuvo en un llano frente a muchos discípulos, y les decía: Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios”... San Lucas, cap.6.
Píndaro, un poeta del clasicismo griego, llamó “macarios” que significa bienaventurado, al hombre a quien los dioses le han participado su dicha. Más tarde, el término significó la despreocupación de los ricos frente a las angustias cotidianas.
Luego aparecen ciertas formas literarias, con las cuales se alaba a quienes triunfan en algún proyecto. Son los llamados macarismos, muy frecuentes en los Libros Sapienciales.
También Jesús nos habla de felicidad. Su enseñanza la resumen los evangelistas en el Sermón de la Montaña, pronunciado por el Maestro en la falda de un monte. San Mateo presenta ocho caminos para alcanzar la dicha. San Lucas trae sólo cuatro, pero añade otras tantas maldiciones: “Ay de vosotros”...Son cuestiones de estilo.
¿Quiénes escuchaban a Jesús aquel día? Gente igual a nosotros, que sufría un ansia irresistible de felicidad. Allí se agolpaban pastores y labriegos, pescadores del lago, arrieros, negociantes de asnos y camellos. Pudo haber entre ellos algún letrado, que no escondería su desprecio por ese “pueblo de la tierra”, preocupado tan sólo de trabajar para comer.
Al común de los cristianos nos desconcierta el Sermón de la Montaña. Lo comparamos con las tarjetas de Navidad, en las cuales los amigos nos desean una felicidad ilusoria. Por esto las Bienaventuranzas han transcurrido sin pena ni gloria en nuestra vida.
Un escritor afirma que, aunque despojáramos esta palabra de Jesús de su contenido religioso, continuaría siendo un camino de iluminación y de equilibrio.
Comúnmente creemos que los problemas, las enfermedades, los dolores impiden la felicidad. Por ellos precisamente, dice Cristo, podemos ser felices. Porque “la felicidad no es un lugar a donde se llega, es una manera de caminar”. Su palabra se dirige a los más atormentados de entonces: Los pobres, los hambrientos, los que lloran y quienes padecen persecuciones.
Allí el Maestro habla no de una pobreza solamente económica, sino de un desapego que nos permite atar el corazón a Dios. Hambre aquí significa un deseo tenaz de llevar a la práctica los planes del Señor. Llorar no es solamente un hecho físico. Es mantener el alma en vilo, mientras el reino de Dios no brille sobre la tierra. Y las persecuciones, que a veces son visibles y muchas veces ignoradas, son tantas peripecias que maltratan nuestro quehacer cristiano.
En tiempos de Cristo la felicidad venía siempre de afuera. Un judío corriente la alcanzaba por sus muchos hijos, numerosos ganados, salud cumplida y prolongados años. El Señor explica que la dicha verdadera brota del propio corazón, inundado por el Evangelio.
Nos preguntamos si hoy, sobre la geografía del mundo, existe el monte de las bienaventuranzas. Existe. Y cuantos tratan de imitar a Jesús lo han escalado con éxito. Sin embargo, pocas veces revelan su secreto, pues los más altos sentimientos del alma se esconden con pudor. Y es conveniente que la felicidad cristiana vaya de incógnita para evitar profanaciones. Aunque podremos reconocerla bajo diversos nombres: Paz interior, serenidad, equilibrio, paciencia a toda prueba. Y también en la alegría imperturbable de quienes ya la disfrutan.
“Jesús les dijo: Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de los Cielos. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados”. San Lucas, cap. 6.
Se cuenta de un bajá que exigía cada año a los súbditos un tributo, equivalente a su peso: En trigo, aceite, en oro o en piedras preciosas. Cada uno debía de entregar el tributo en la especie o producto, más o menos valioso, según correspondía por su status económico y su posición social.
Todos se esforzaban en el trabajo, para mejor cumplir tal requisito, que les reportaba salud, tranquilidad y la alegría de contar con la amistad y el favor del bajá.
También nosotros, para alcanzar la dicha, seríamos capaces de entregar lo que somos y tenemos. Porque todos, de una u otra manera, buscamos ser felices: El viajero, el asceta, el artista, el estudioso, el mendigo, el suicida, el drogadicto.
Cristo, que cómo dice un Salmo, conoce de qué pasta es el hombre. Obviamente sabía nuestro instinto de felicidad. Pero la novedad de Las Bienaventuranzas consiste en mostrar que los caminos de la dicha no son los que comúnmente transitamos.
Creemos que la felicidad la dan el dinero, las cosas, los viajes, las diversiones, los vicios. O que el amor la trae, cómo por encanto, a nuestra vida.
Pero el amor humano es frágil y está contagiado de egoísmo.
¿Nos harán felices la ciencia, el progreso, el dominio sobre los demás? Muchos que han gozado estas ventajas confiesan que no lograron ser dichosos. El Sermón de la Montaña nos revela una jerarquía de valores, que comienza a construir la felicidad desde ahora y desde otros presupuestos.
Una felicidad relativa, pero cierta. Jesús nos enseña una manera de mirar la vida: Entonces las personas, las cosas y los acontecimientos, adquieren una nueva dimensión. Los bienes materiales nos permiten compartir. La lucha por la verdad y la justicia nos gratifica. Y el hambre de justicia, de bondad y de amor se convierte en plenitud.
Al mirar a nuestro alrededor, descubrimos con sorpresa que muchos realizan en su vida Las Bienaventuranzas: Padres de familia, estudiantes, obreros. Aquellos que se exponen a ser excluidos del grupo, del sindicato, de la junta directiva, por no aceptar lo incorrecto.
Todos ellos hacen comunidad caminando juntos, con la seguridad que aporta la palabra del Señor: ¡Felices vosotros!
“Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios”. San Lucas, cap. 6.
Los alquimistas medioevales soñaron con la piedra filosofal, a cuyo contacto se cambiarían en oro todos los metales. Entonces la humanidad sería feliz.
Nosotros descartamos este sueño, pero seguimos persiguiendo la felicidad. Aunque, un poco más realistas, ya no la ambicionamos tan completa. La relegamos a algunas áreas de nuestra existencia. Es una dicha más modesta , pero al fin y al cabo, más asequible: Diversiones, vestuario, mesa, amistades, viajes... Se la consigue por módicas cuotas mensuales, o capitalizando poco a poco.
Si en el índice de una Biblia buscamos la palabra felicidad, se nos remite a muchos lugares: Entre ellos el capítulo VI de San Lucas. Jesús proclama, sobre una colina, cuáles son sus métodos para que el hombre llegue a ser feliz.
Sin embargo, este texto leído a la ligera, más parece una página de un poeta oriental, llena de contraposiciones. Y nos desconcierta que, según el Evangelio, la dicha se alcance por la pobreza, el hambre, el llanto, y el odio padecido a causa del bien.
Sin embargo, si leemos despacio, descubrimos que son pobres aquellos que carecen o se despojan de unos bienes aparentes y fugaces. Pero alcanzan otros bienes enmarcados en el Reino de Dios. Les sabe bien el pan, disfrutan con las cosas sencillas, son libres en sus relaciones no condicionadas por el dinero, el poder o la fama.
Duermen tranquilos y cada amanecer les trae la sorpresa de sus pequeños logros.
Comprendemos que tienen hambre los que no están satisfechos ni de sus virtudes, ni de lo que saben, ni de sus posesiones. Aquellos que nunca se graduaron, que siempre están en camino, que trascienden. Y el Señor se encargará de saciarlos.
Lloran quienes sienten que el mundo no está terminado todavía. Los que no archivan el dolor de sus hermanos, los que no sepultan en las estadísticas el desempleo, la desnutrición, el analfabetismo, la contaminación. Su recompensa está escrita en el salmo: “La boca se les llena de risa” cuando el Señor, con ellos, pone remedio a tantos males.
Son odiados y marginados los que no se venden, los que no claudican, los que cumplen su palabra, los que son minoría.
Los que dicen la verdad, los que llaman a las cosas por su nombre, lo que hablan por los pobres. Los que denuncian y anuncian. El Señor les garantiza un premio de profetas.
Qué bueno que muchos de nosotros ensayáramos, corriéramos el riesgo. Existe la bienaventuranza. Nos lo asegura la palabra del Señor. Esta pobreza que Jesús nos enseña, esa hambre, el llanto la persecución, son de veras la piedra filosofal.
“Dijo Jesús: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian”. San Lucas, cap. 6.
Señálame, oh maestro, un ideal, pidió el joven discípulo. -Toma el futuro entre tus manos y constrúyelo con toda tu ilusión. Con todas tus fuerzas, respondió el viejo.
- Pero yo quisiera ir más lejos, replicó el muchacho.
Entonces el sufí juntó sus manos, miró al cielo y dijo con voz grave: - Sí es así, arriésgate a emprender lo imposible.
El ideal cristiano de amar aún al enemigo nos parece a muchos imposible. Sin embargo, el Señor lo propone como parte esencial del Evangelio.
La historia bíblica nos cuenta que mientras el pueblo hebreo conquistaba la Tierra Prometida, fue del todo normal el ajuste de cuentas entre familias o individuos. Nacía apenas una organización jurídica para defender al inocente. Comprendemos así tantos brotes de odio y de venganza que jalonan el Antiguo Testamento.
Los tiempos de opresión ablandaron la mente y el corazón de los judíos. Pero de sus plegarias no desapareció un continuo deseo de venganza: “Llueva Dios sobre ellos carbones encendidos. Sean precipitados en el abismo”.
Más tarde, los libros sapienciales, iluminados por la sabiduría griega sugirieron al pueblo la mansedumbre y el perdón. Leemos en los Proverbios: “No digas: Yo devolveré el mal; espera en el Señor y El te salvará”. “Si tu enemigo tiene hambre dale de comer. Si tiene sed, dale de beber”.
Cuando Dios se hace hombre nos presenta en su predicación un ideal de convivencia más humano. “Pero yo os digo..” es la frase con la cual explica un nuevo estilo de vida.
Leemos en san Mateo: “Se dijo a los antiguos: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre buenos y malos y llover sobre justos e injustos”
Y en san Lucas. “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os maldicen, rogad por los que os injurian”. “Si hacéis el bien sólo a quienes os hacen bien ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo”.
Este amor, que supera todos los condicionamientos del prójimo, se nos pide a los cristianos bajo dos preocupantes condiciones: Al buscarlo seremos en verdad hijos de Dios. Al cumplirlo, superaremos la conducta de los pecadores. Esta palabra, pecador, tenía entre los judíos una connotación muy fuerte. Se aplicaba a quienes habían renegado de la alianza con Yahvé y quienes practicaban los cultos paganos.
Convendría examinar si estamos haciendo siquiera lo posible, en cuanto amor cristiano. Porque a diario se nos presentan situaciones para este ejercicio. Y decimos ejercicio, pues Dios sabe que de un momento a otro no alcanzaremos lo ideal. Pero podemos arriesgarnos a dar un primer paso.
Continuarán sangrando las heridas. Nos sentiremos impotentes ante el dolor y ante nuestra pequeñez. La memoria nos seguirá martirizando. Pero así, lentamente, avanzaremos. Perdonar, ha dicho alguno es recordar las cosas de otro modo.
Con un corazón ajeno al odio y confiado en el Salvador.
“Dijo Jesús: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian”. San Lucas, cap. 6.
Tomás de Kempis se lamenta de que muchos acompañan a Cristo en el Tabor, pero muy pocos en el Calvario. Y este calvario no es sólo el dolor físico, o los sufrimientos morales. Es también el esfuerzo diario que nos exige el seguimiento del Señor.
Porque al amigo de Cristo poco a poco se le complica la vida. Aunque también se le va acrecentando la confianza. Los ideales del Evangelio son arduos, son difíciles:
“Amad a vuestros enemigos. Haced el bien a los que os odian. Bendecid a los que os maldicen. Orad por quienes os injurian. Al que te pegue en la mejilla, preséntale la otra. Al que te quite la capa, déjale también la túnica”.
Todo esto pudiera traducirse en un comportamiento ingenuo, muy cercano a la tontería. Pero no. Lo que quiere el Señor es que limpiemos el corazón de todo rencor. Que remitamos a El la complicada tarea de hacer justicia. El Padre celestial, que mira en lo oculto y conoce las intenciones de los hombres, es el único que juzga rectamente
Entonces, ¿de qué manera podremos defender nuestra vida, honra y bienes’? La defensa personal del cristiano es más fuerte y segura que todos los códigos del mundo. Porque ha entregado al Señor sus afanes y no confía en la velocidad de los carros ni en la agilidad de los caballos, cómo dice el libro de los Salmos.
El discípulo de Cristo no busca las heridas ni las afrentas. Sería esto absurdo. Cuando le persiguen, huye a otro lugar. Pero cultiva metódicamente una serena mansedumbre y trata a los demás cómo quisiera que ellos le trataran.
No juzgar quiere decir no marcar irremediablemente a la gente. No condenar significa abrirle, a quien ha fallado, caminos de esperanza. El ideal cristiano trasciende nuestros mecanismos psicológicos y nos conduce a esa “eximia humanidad” que enseña el Maestro, según la expresión de Pablo VI.
Jesús había dicho, en otra ocasión, que solamente los esforzados alcanzarán el Reino.
“Dijo Jesús: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian”. San Lucas, cap. 6.
El Sermón de la montaña se prolonga más allá del texto de las Bienaventuranzas. O quizás los evangelistas acercaron a esta enseñanza clave de Jesús, otros discursos, pronunciados en distintas ocasiones.
Entre ellos aquel del mandamiento del amor que, según san Juan, el Maestro ampliaría durante la cena de despedida.
El relato de san Lucas nos ayuda a distinguir cuatro niveles de amor, lo cual hace más comprensible el mensaje.
En el primero se trata del amor a los enemigos. La ley judía era muy clara sobre el tema, pero en otro sentido. “Habéis oído: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo, les recuerda el Señor a sus discípulos. “Pero yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos. Haced el bien a los que os odian”. Amad: Lo cual va más allá de renunciar a la venganza. Amad: Una actitud que supera la sola convivencia. Amar es algo más: Ofrecer al otro el corazón para hacerle bien, en la medida de nuestras posibilidades.
En el segundo nivel, el Señor nos invita a aplicar este amor a situaciones concretas: “Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica”.
Y Jesús asemeja a los judíos legalistas, que mucho hablaban pero no tenían amor, con los pecadores: “Porque si amáis sólo los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman”. San Mateo los compara con los mismos publicanos.
Luego el Señor nos motiva a no juzgar y a no condenar, actitudes que en el contexto hebreo se identifican. No hemos de rechazar a nadie definitivamente.
El cristiano ofrecerá siempre al prójimo una nueva oportunidad.
Y, finalmente, el Señor nos motiva a orientar nuestra conducta hacia una continua generosidad. No es extraño que los creyentes apliquemos a nuestras relaciones humanas, criterios de mercadeo: ¿Este hermano qué ganancias me reporta? ¿Cuánto puedo perder con este amigo.
Jesús explica que, si somos generosos, el Señor nos dará también “una medida generosa, colmada, remecida y abundante”. Hablaba aquí el Maestro del celemín, o de otros recipientes, con los cuales se medían entonces el trigo y la cebada. Y termina diciéndonos. “La medida que uséis la usarán con vosotros”.
Para el auditorio de Cristo, toda esta palabra era nueva. Cada judíos había aprendido de memoria los frecuentes versículos de venganza que traían los salmos. Ahora escuchaban una doctrina nunca oída.
Porque el Señor quería llevar a sus oyentes, a una dimensión donde fuera posible afirmar: “En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros”.
El cristiano se identifica entonces, no por una cultura, un idioma, un conjunto de gestos. Ni siquiera por un código. Es el amor quien lo distingue. Y un amor, al estilo de Jesús: “Como yo os he amado”.
Un caricaturista religioso se pregunta: “¿Y si nos expulsaran de la Iglesia a todos los que no amamos suficientemente?
“Dijo Jesús: ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?”. San Lucas, cap. 6.
El Sermón de la Montaña se contiene los capítulos 5º,6º, y 7º de san Mateo. Se nombra así por oposición al llamado Sermón de la Llanura, donde san Lucas junta las enseñanzas que Jesús presentó en las riberas del lago.
Según el primer evangelista, el Señor recorre las colinas que rodean el Genesaret y durante varios días adoctrina a la gente. Esta predicación se inicia con las Bienaventuranzas y termina señalando quiénes son los verdaderos discípulos de Cristo. No aquellos que repiten muchas veces: “Señor, Señor”. Sino quienes ajustan su vida a la palabra del Maestro.
Es posible leer en pocos minutos este Sermón de la Montaña, pero se requieren muchos años para ponerlo en práctica. En relato de San Mateo no encierra las frases y sentencias del Señor en orden cronológico, sino agrupadas por temas. Allí leemos aquella enseñanza sobre el amor fraterno, ampliada por Jesús en otros lugares.
Jesús invita a juzgar nuestros propios defectos con la estricta medida con que evaluamos los ajenos. Nos dice: “¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo, y no reparas en la viga que llevas en el tuyo”. Mota significaría aquí esa pavesa que levanta la brisa cuando se criba el trigo. Y viga la que se usaba para afirmar los techos, o situar el dintel de una puerta. Es el lenguaje plástico de Jesús que graba sus lecciones en el alma.
A través del Evangelio, descubrimos todo un manual de relaciones fraternas. Cuando Jesús nos habla del amor al prójimo no se queda en teorías. Quiere que lleguemos a lo práctico. Hemos de ser entonces cuidadosos en el trato ordinario con los hermanos. Y mucho más al calificar su conducta.
Con razón dijo alguno: “Cuando pesamos los defectos ajenos, casi siempre ponemos el puño en la balanza”.
Es muy diciente aquel párrafo de la carta a los colosenses. Así se portarán los cristianos: “Como escogidos de Dios, santos y amados, revestíos de entrañas de misericordia , de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección y que la paz de Cristo habite en vuestros corazones”.
Dice una leyenda árabe que dos amigos, de viaje por el desierto, discutieron acaloradamente y uno de ellos derribó a su compañero de un puñetazo.
El herido se incorporó en silencio y luego escribió sobre la arena: Hoy mi mejor amigo que ha golpeado el rostro. Malhumorados continuaron la ruta hasta un oasis, donde resolvieron bañarse.
El que había sido lastimado fue arrollado por la corriente, pero su amigo lo rescató de inmediato. Al recuperarse tomó un estilete y escribió en una piedra: Hoy, mi mejor amigo me salvó la vida. Intrigado, el compañero preguntó:¿ Por qué antes escribiste en la arena y ahora escribes sobre una piedra? Sonriendo, el otro amigo respondió: “Las ofensas hemos de escribirlas en la arena, donde el viento las deshace.
Pero el perdón deberemos grabarlo sobre el corazón, para que nada ni nadie pueda borrarlo”.
Dijo Jesús: ¿Cómo puedes decir a tu hermano: Deja que te saque la pelusa de tu ojo y no ves la viga del tuyo? San Lucas, cap. 6.
Alguien publicó hace poco un pequeño libro, titulado “Manual de Relaciones Humanas”: Treinta y seis páginas en blanco muy bien encuadernadas. Sólo que al final de cada una se lee en letra pequeña: “A nadie le gusta que le molesten”.
El Evangelio podría estudiarse cómo un manual de relaciones humanas. Un tratado, en el cual Jesús nos enseña cómo amar a los demás, cómo procurar su bien. De qué modo crecer comunitariamente.
En muchos pasajes, el Maestro nos entrega esta enseñanza positiva: Trata a los demás cómo tú deseas ser tratado, o sea, ama al otro cómo a tí mismo.
En el capitulo 6 de San Lucas leemos: “¿Por qué te fijas en la pelusa que tiene tu hermano en el ojo y no ves la viga que tienes en el tuyo?”
Sin embargo, frente a esta palabra del Señor, nos preguntamos: ¿ Cómo entonces corregir al hermano? Si tengo el ministerio de la autoridad, ¿cómo ejercerlo sin que la caridad fraterna se resienta?
El mismo texto de San Lucas nos responde: Cuando me vea obligado a corregir, tendré presente que se trata de un hermano. Esta palabra se repite allí cuatro veces en sólo ocho líneas.
Se trata de alguien, a quien es preciso llegar por el amor, más que por el análisis de su conducta. De ahí que la corrección, las palabras escogidas, el tono de la voz, el momento oportuno deben significar respeto y aprecio por el otro.
Deben nacer del cariño, de la confianza en que el otro nos va a escuchar y va a enmendarse.
No puede ser entonces la corrección un mero desahogo de nuestra impaciencia o el cumplimiento áspero y estéril de un deber. Recordemos: Se trata de un hermano.
De otro lado, quienes ocupan puestos de autoridad apliquen la palabra del Señor: Saca primero la viga de tu propio ojo y entonces verás con claridad y podrás sacar la pelusa del ojo del hermano.
Si deseamos que los demás se corrijan y crezcan, entonces vigilemos minuciosamente nuestro proceder. Madruguemos a cumplir los propios deberes.
Corrijamos nuestros defectos para que la conducta del hermano no sea consecuencia de nuestro mal obrar.
Mantengamos un subconsciente sano. Muchas veces la prevención inconsciente contra alguno, nos condiciona frente al prójimo y además, contamina lamentablemente nuestra imaginación. Nos hace suponer en el otro intenciones y actitudes que no son suyas. Tan sólo afloraban en nuestro interior.
En fin, para crear una comunidad según el Evangelio, conviene usar a diario una gran dosis de humildad. Porque todos somos pequeños, pecadores, imperfectos.
“Dijo Jesús: ¿Acaso un ciego puede guiar a otro ciego? No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano”. San Lucas, cap. 6.
Los libros sapienciales aparecieron en Palestina cuando la sabiduría griega juntó su reflexión con la herencia judía de muchos siglos. Y esta sabiduría se plasmó en proverbios, frases cortas y parábolas que lso padres enseñaban a sus hijos y también se repetían en las asambleas religiosas.
Todo esto lo comprobamos en La Sabiduría, El Eclesiástico, El Eclesiastés y otros libros del Antiguo Testamento. Dentro de esta metodología la cual Jesús enmarca la mayor parte de su enseñanza.
Un día le preguntó a la gente: “¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán juntos en el hoyo?”. El Señor se refería probablemente a los jefes religiosos de entonces. Se tenían a sí mismos por sabios y puros, y no aceptaban ayuda de nadie. Pero llevaban al pueblo hacia el abismo. Habían convertido la religión en un negocio, o en una telaraña de observancias inútiles. Esta palabra del Señor se dirige también a nosotros. Como padres del familia, líderes o dirigentes, quizás nos creemos ser buenos, pretendiendo tener siempre la razón, mientras conducimos a otros al fracaso.
De ahí la necesidad de iluminar cada día nuestra conducta con la persona de Jesús y su evangelio. En otra ocasión, el Maestro enseñaba: “¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?”. La mota que otros traducen por pelusa, era algo frecuente en los ambientes campesinos.
Luego de haber segado el trigo y durante el trabajo de la criba, el viento se alzaba con el polvo y los deshechos. Jesús contrapone ese pequeño estorbo que molesta los ojos, a la viga que sostiene un tejado.
Y añade que muchos soportamos nuestra viga, pero nos ofrecemos de modo hipócrita, a purificar los ojos del hermano.
Otro día el Maestro dijo a su auditorio: “No hay árbol bueno que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano”.
En san Mateo encontramos un texto semejante. Pero allí se comparan estos frutos malos con la enseñanza de los falsos profetas, que contamina el ambiente: “¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?”.
No es posible una transmutación de la especies vegetales, como tampoco que un hombre malo produzca frutos según el Evangelio. Y Jesús concluye: “De lo que abunda el corazón habla la boca”.
El Señor reclama la importancia de situar una religión verdadera en lo interior del hombre. Al contrario de los que habían hecho tantos hombres de su tiempo, vistiéndose de apariencias, pero manteniendo el corazón lejos de Dios.
Toda esta página de san Lucas es una invitación a realizar una síntesis personal, alrededor de los valores de Cristo. Es un llamado a evitar toda hipocresía, esa distancia cruel entre lo que pensamos y lo que hacemos.
Todo lo cual se logra cuando nos acercamos al Señor. Un místico inglés solía repetir: “Dios no ve lo que eres, ni lo que has sido, sino lo que hoy quisieras ser”.
“Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado suyo. Al oír hablar de Jesús, le envió unos ancianos judíos, para rogarle que fuera a curar a su criado”. San Lucas, cap. 7.
En las actuales ruinas de Cafarnaúm se mira un espacio, con algunos muros y columnas. Allí probablemente existió una sinagoga, reconstruida en el siglo II sobre aquella que, según san Lucas, un centurión romano había mandado levantar.
El Señor, luego de varios días en las montañas que rodean el lago, vuelve a Cafarnaúm, epicentro de su predicación y sus milagros.
Los historiadores advierten que en esta ciudad no acampaba ningún destacamento romano. Por lo tanto, aquel centurión y sus hombres debían pertenecer al ejército de Herodes Antipas, quien vivía generalmente en Séforis, a pocos kilómetros de Nazaret.
El evangelio habla aquí de un capitán. También de un centurión, quien estaba al frente de cien hombres, quizás demasiados para Cafarnaúm.
De este romano ignoramos el nombre. Sólo sabemos que no era judío, aunque amigo y bienhechor del pueblo. Además, pesar del oficio de las armas, se muestra amable y compasivo con su siervo y busca a Jesús para pedirle lo sane.
San Mateo sugiere que el funcionario en persona llega hasta el Señor. San Lucas nos describe un protocolo más complejo: Primero, un grupo de ancianos aborda al Maestro, quien emprende camino hacia la casa del enfermo.
En seguida aparece una segunda embajada, compuesta por amigos, que explican con más detalles, la súplica del centurión. El no es digno de que el Maestro vaya hasta su casa, pero presenta un medio acorde con su oficio: “Yo digo a uno de mis soldados: Ve. Y va. Y a mi criado: Haz esto. Y lo hace”. Entonces que el Señor diga una sola palabra y su criado quedará sano.
Al oír este mensaje, Jesús se admiró de la fe que demostraba el centurión, desde la otra orilla de su gentilidad y lo presenta como ejemplo a sus oyentes: “Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe”. Era una fe, como dice un escritor que “mereció ir misa”. La liturgia eucarística hace eco a la palabra del centurión cuando repite: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero di una sola palabra y mi alma será sana”.
San Lucas añade que aquellos enviados regresaron a casa y hallaron al enfermo curado.
El Señor contrapone con frecuencia la fe de algunos gentiles con la hostilidad que le demostraban los judíos. Así ocurrió con aquella cananea que le pedía a Maestro sanara a su niña. Luego de un reproche inicial, Jesús le dice a la mujer: “ Grande es tu fe; que te suceda como deseas”.
El texto paralelo de San Mateo agrega: “Os digo que vendrán muchos de Oriente y Occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas exteriores”.
Un mensaje para muchos cristianos de hoy que vivimos ciertas formas de fe, sin llegar a una verdadera amistad con Jesucristo. San Pablo podría decirnos hoy, como les reprochaba a los gálatas, que nos hemos pasado a “otro evangelio”.
En cambio, muchos que viven y creen desde la otra orilla, mantienen su corazón más cerca del Señor.
“Dijo el centurión: Señor, no te molestes. No soy yo quién para que entres bajo mi techo”. San Lucas, cap. 7.
Un capitán del ejército romano se había ganado el aprecio de los judíos, por haberles construido una sinagoga.Lo sorprendente no es la generosidad del extranjero. Más admirable aun es que aquel pueblo, tan lleno de prejuicios religiosos, aceptara el obsequio.
Este funcionario es un hombre capaz. Conoce la idiosincrasia judía.
Cuando uno de sus criados cae enfermo, no se atreve a acercarse a Jesús. El es un pagano, un forastero. ¿Compartiría el Maestro el orgullo y la estrechez de mente de sus compatriotas?
Por esto le envía cómo mensajeros, según San Lucas, a judíos importantes. Pero el capitán se queda inquieto. Es mucho pedirle al profeta que baje hasta su casa para curar a su siervo agonizante. Esto equivale a contaminarse con los impuros.
Entonces manda otros legados para decirle: Señor, no te molestes. No soy yo quién para que entres bajo mi techo. Dilo de palabra y mi criado estará sano. La mayoría de los enfermos se acercaban a Cristo, buscando que los tocase para sanarlos. Salía de El una virtud, anotan los evangelistas
Este soldado romano comprende que Jesús tiene todo el poder de Dios. Desde lejos, puede dar una orden a la vida que se escurre del siervo. “Yo mismo, comenta, el centurión para que se lo digan al Maestro, que tengo autoridad sobre mi tropa, ordeno a alguno que vaya y va. Digo a otro que venga y viene. Y si mando a mi siervo que haga algo, lo ejecuta enseguida.
Jesús, al oír estas cosas se admiró y volviéndose a la gente, les dijo: Ni siquiera en Israel he hallado fe tan grande. Fe aquí significa algo más que aceptar algunas verdades religiosas, las cuales el cinturón desconocía. Algo más que participar en unos ritos.
Fe aquí significa descubrir al Señor. Adivinar su presencia viva en Jesús. En ese Jesús que actúa en cada circunstancia: Su criado estaba enfermo, Los mensajeros del capitán dieron el mensaje al Señor, pero volvieron enseguida junto al lecho del enfermo. Allí comprobaron que el siervo estaba sano.
La fe del centurión, igual a aquella que traslada montañas, había alcanzado el milagro. Un pagano nos enseña a los creyentes que la fe no nos compromete primordialmente con algo. Nos ata, ante todo, a un Alguien. A Jesucristo que es la manifestación del Señor del cielo.
“Un centurión tenía enfermo a un criado a quien estimaba mucho. Y al oír hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, para rogarle que fuera a curar a su criado”. San Lucas, cap.7.
Aquellos “ancianos de los judíos” eran quizás rabinos o jefes del pueblo. En las culturas orientales los mayores gozan de autoridad y son consultados en muchas circunstancias. Los enviados representaron bien al centurión. Aún más, refuerzan su pedido ante el Maestro: “Merece que le sanes a su criado. Porque tiene afecto a nuestra gente y nos ha construido una sinagoga”.
No era extraño que algunos funcionarios romanos respaldaran, aún con dinero, las instituciones judías. Lo extraordinario era que la comunidad de Cafarnaúm aceptara el donativo, algo contrario a la conciencia nacional. Lo habrían hecho quizás por la actitud amable del centurión, quien no exigía ninguna contraprestación inconveniente.
Sin embargo, el centurión conoce bien los prejuicios de este pueblo y no se atreve a ir personalmente donde Jesús, del cual contaban maravillas. ¿Compartiría este profeta el orgullo de sus compatriotas?. ¿No le haría un desaire por su calidad de extranjero? Se vale entonces de algunos amigos, que rueguen al Maestro venga a sanar a su criado.
Pero enseguida el capitán se inquieta. ¿Aceptará Jesús pisar la casa de un pagano y mancharse con los impuros? Pero sobre sus dioses del imperio había uno superior. Y éste le habría dado al Maestro un poder inexplicable.
Por lo tanto no es necesario que Jesús venga a su casa. Tenía experiencia de que muchas cosas pueden hacerse mediante una palabra. Y explica: “Cuando a un soldado le digo: Ve. El va. Al otro: Ven. Y viene. Y a otro: Haz esto y lo hace”.
Bastará entonces que el Maestro dé una orden y su criado quedará sano.
Manda entonces una segunda misiva: “Señor, no te molestes para entrar en mi techo. Dilo de palabra y mi criado quedará sano”.
Cuando al Señor le cuentan este segundo discurso del centurión, como cuenta san Lucas, “se admiró” y dijo a la gente: “Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe”.
Los enviados bajaron a casa del romano y encontraron que el criado ya se había curado.
Siempre la fe necesita signos. Nuestro cristianismo brotó en un hogar donde Dios se manifestaba de muchas maneras. Luego recibimos otras señales, más personalizantes, quizás más intangibles diríamos. Pero de pronto, todas ellas se esfumaron y vimos a abocados a creer en la penumbra, sin el apoyo de ningún heraldo que continuara hablándonos de Dios.
Aún más sentimos que había que creer a pesar de todos los antisignos que nos ofuscaron los ojos. Entre ellos nuestra propia fragilidad y nuestros pecados.
La fe de aquel centurión era una fe valiente. Inasible, pero fuerte. Lo empujó a desnudarse de todo su pasado para asomarse a una ventana donde hablaba el Dios de los dioses. Una fe que nació ante el temor a la muerte. Pero que fue más allá hasta reconocer que Jesús de Nazaret poseía un poder sobrehumano.
Se nos antoja que este centurión pudo ser el mismo que en la tarde del Viernes Santo exclamó ante el cadáver de Jesús: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”.
“Cuando Jesús llegaba a Naín, con sus discípulos y mucha gente, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de madre que era viuda”. San Lucas, cap. 7.
A pocos kilómetros de Nazaret, en Galilea, estaba la aldea de Naín, que significa La Graciosa, donde Jesús resucitó a un joven. Sólo en esta ocasión el Evangelio nos coloca ante un cortejo fúnebre. San Lucas, el único que cuenta este pasaje, anota que era el hijo único de una madre viuda. Y a pesar de las leyes sociales de entonces, huérfanos y viudas eran la gente más desamparada.
Los judíos profesaban un enorme respeto a la muerte. Ningún cadáver, ni siquiera el de un enemigo, debía dejarse insepulto pues todo hombre es obra del Creador. Y Jeremías señala como una situación límite del pueblo que “los cadáveres de los fieles fueron presa de las aves rapaces y las fieras”.
El ceremonial ante la muerte era minucioso: Se le cerraban los ojos al difunto para lavarlo luego y ungirlo con aromas. Todo esto estaba permitido aun en sábado. No se trataba de un embalsamamiento, como lo hacían los egipcios, sino del homenaje a alguien de la comunidad.
Los cadáveres debían enterrase antes de las ocho horas. Y el cortejo fúnebre estaría precedido por mujeres que ejercían el oficio de llorar y lamentarse. Se acostumbraba llevar el cadáver sobre unas angarillas, de tal modo que pudiera verse y todos los amigos y parientes del difunto lo acompañaban al cementerio.
Dentro del cortejo que sale de Naín, Jesús identifica a la madre del joven. Se acerca a ella y le dice con cariño: “No llores”. San Lucas, tan preciso en los detalles, apunta que quienes llevaban al difunto, se detuvieron. Entonces Jesús ordenó: “Muchacho, a ti te lo digo: Levántate”.
El joven se incorporó de inmediato y empezó a hablar y el Maestro se lo entregó a su madre.
La reacción de la gente fue inmediata. Todos sobrecogidos daban gloria a Dios diciendo: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo”. Expresión que hace eco al cántico de Zacarías, en el nacimiento de Juan Bautista: “Bendito sea el Señor Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo”
Abruma el corazón encontrar, en nuestros cementerios, tantas lápidas con cifras como estas: 1976 - 1993 , 1.978 • 1996 - 1.983• 2.005. Una prueba más de que vivimos bajo la cultura de la muerte. Pero además de esta muerte corporal que, para los creyentes, habría de ser un paso hacia la vida perdurable, descubrimos todas aquellas muertes que acechan a los jóvenes de hoy. Entre ellas la falta de fe, los vicios, la violencia, la desesperanza. .
Cuando Jesús levanta del féretro a aquel joven, nos está diciendo. “Yo soy la resurrección y la vida” En otras palabras: Junto a mí todos podrán tener vida en abundancia. Más tarde el mismo Maestro se alzará del sepulcro, para probarnos que su amor es más fuerte que la muerte.
Ese encuentro que Jesús desea realizar con nosotros tiene lugar en lo profundo del alma, cuando nos contemplamos con una sinceridad, que al comienzo será cruel, pero luego dará paso a la confianza.
El Maestro también nos dice a todos hoy: “Levántate”.
“Cuando Jesús llegó a Naín, llevaban a enterrar a un joven, hijo único de una viuda. Jesús se acercó hasta tocar el féretro. San Lucas, cap. 7.
Todos queremos olvidar nuestros fracasos, cancelar definitivamente nuestras equivocaciones, sepultar un ingrato pasado, para que no regrese a oscurecernos el presente.
Pero, a veces, proyectamos este mecanismo de defensa hacia las personas que nos rodean. Entonces las ignoramos, las alejamos, las declaramos inexistentes. Así, cuando la juventud falla, los adultos, los galardonados por la prudencia y la experiencia, declaramos solemnemente que toda la verdad está de parte nuestra. Y sepultamos a los jóvenes en sus limitaciones y en su pequeñez.
En Naín, una pequeña ciudad de Galilea, ha muerto un muchacho, hijo único de una viuda. Cuando lo llevan a enterrar, el Señor sale al paso del cortejo. Se acerca al féretro, le ordena al joven que se levante y éste al momento empieza a hablar. Y el Señor se lo entrega a su madre.
Pablo VI, en uno de sus discursos, le reconoce a la juventud sus cualidades: Apasionado amor a la verdad, abnegación cuando está convencida de una causa, deseo de renovación y de cambio.
Pero, a la vez, le advierte sobre sus defectos: Inconstancia, autosuficiencia, hedonismo.
La Iglesia necesita sus jóvenes y muchas veces llora su ausencia.
Sin ellos no podrá construir el futuro.
La comunidad cristiana no se vive solamente en un contexto de adultos, con sus fríos cálculos y sus rígidas estructuras. La Iglesia de hoy necesita comprender a los jóvenes, con su impaciencia, su ansia de riesgo, su deseo de vivir la historia cómo una aventura. Pero nosotros los adultos podemos conducir a los jóvenes al sepulcro o a la resurrección.
Jesús nos enseña a acercarnos a ellos, a comprender su inseguridad, su improvisación y a la vez a vibrar con sus sinceros ideales.
Nuestra juventud tiene a su favor la ilusión de un mundo nuevo. No trae en su corazón viejos rencores, ni miedos, ni prejuicios. Pero tiene en su contra el facilísimo, la violencia, la ambición, la droga, el erotismo.
A esta juventud Cristo le ofrece una fuerza de vida y de resurrección.
La alcanzará cuando haga el inventario de sus propias riquezas y le añada una dosis de esperanza. Cuando cancele de su memoria los datos negativos y conserve tan sólo las cicatrices que aporta la experiencia.
“Sacaban a enterrar a un joven, hijo único de su madre. Se acercó el Señor al ataúd y dijo: Muchacho a ti te lo digo, levántate. El joven se incorporó y empezó a hablar”. San Lucas, cap.7.
Nos cuenta la Biblia que en el rito de expiación de los judíos, se tomaba una víctima, se le imponían las manos para descargar sobre ellas todas las culpas del pueblo y en seguida se la abandonaba en el desierto.
En el mundo de hoy quizás hemos hecho algo parecido con los jóvenes: Los hemos convertido en nuestro cordero expiatorio.
Ante la rebeldía de los jóvenes, su comportamiento sexual, la “heavy music”, los adultos nos replegamos a nuestros cuarteles. Y desde allí lanzamos anatemas contra la juventud, sin preguntarnos previamente: ¿Por qué sucede esto? ¿Qué culpa nos cabe en esta problemática?
Olvidamos que Jesús obra de otra manera: Se acerca al féretro y llama al que había muerto: Muchacho, a ti te lo digo, levántate. Y muchos de nuestros jóvenes han escuchado la palabra del Señor, para levantarse a estrenar nueva vida. A difundir la noticia de un profeta que lo ha resucitado.
Antes, la juventud miraba la vida cristiana como una exigencia de ritos sin sentido y una represión sexual sistematizada. Hoy su presencia en los templos nos acerca a una liturgia renovada. Ellos han aprendido a integrar la fe con el amor y la alegría.
Antes, los jóvenes se consideraban a sí mismos como adultos disminuidos. No se les reconocía su identidad. Hoy saben que son una fuerza transformante. Tienen una misión: Darle empuje a este mundo y a la historia. Se sienten símbolo en una Iglesia que se rejuvenece.
Antes, muchos jóvenes no pensaban sino en sus problemas individuales, en su carrera, en su futuro personal. Hoy, por la fuerza del Señor y los medios de comunicación social, se sienten ciudadanos del mundo, solidarios con toda la humanidad y comprometidos con los marginados.
Antes caminaban a ciegas en busca de valores que no discernían. Hoy saben distinguir entre libertad e inconformismo, entre autenticidad y rebeldía, entre riesgo y compromiso.
Cristo confía en sus jóvenes y espera de ellos una ayuda eficaz para construir “la civilización del amor”.
Confiemos en ellos también nosotros. Creamos que la juventud ha comprendido la llamada que le hace la vida, como lo expresaba Juan Pablo II a los jóvenes de México: “Comprométanse humana y cristianamente en cosas que merecen esfuerzo, desprendimiento, generosidad. No es posible permanecer indiferentes ante los grandes problemas de América Latina. La Iglesia apoya en ustedes su esperanza”.
“Un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Y estando a la mesa, una mujer pecadora vino con un frasco de perfume y se puso a regarle los pies al Señor con lágrimas”. San Lucas, cap. 7.
Las primeras mujeres del Nuevo Testamento nos las presenta san Mateo en su genealogía del Señor y son dos pecadoras: Tamar y luego Rahab, la madre de Booz.
De Tamar, señala el Génesis que ejercía la prostitución sagrada. Rahab era la dueña de “un conocido albergue junto a los muros de la ciudad”, como dice Flavio Josefo, eufemismo para designar un burdel. Y cuando los judíos echan en cara a Jesús: “Nosotros no hemos nacido de prostitución”, quizás le estaban enrostrando esos turbios ancestros.
Pero cuenta san Lucas que un fariseo, quizás por curiosidad, o por darse importancia, ha invitado a comer al Señor. Y cuando todos los convidados están ya reclinados en círculo, en torno a la mesa, aparece “una de aquellas”.
La casa de Simón, a donde no podía llegar nada impuro, queda contaminada de inmediato por esa mujer, conocida por todos “como una pecadora”.
Los presentes se sorprenden aún más cuando la intrusa, “con un frasco de perfume y colocándose detrás, junto a los pies del Señor, llorando, se pone a regarle los pies con sus lágrimas. Los cubría de besos y se los ungía con el perfume”. Como si la escena no fuera lo suficientemente escandalosa, san Lucas añade que la mujer “le enjugaba a Jesús los pies con sus cabellos”
Toda mujer judía guardaba cubierta la cabeza. Sólo las prostitutas soltaban sus cabellos para seducir a los clientes.
Los invitados están atónitos. Dejarse rozar apenas por una de estas mujeres volvía a un hombre impuro, inhábil para relacionarse con Dios.
Y los rabinos prescribían que, ante una prostituta, había que mantenerse a la distancia de dos metros.
¿Y el Maestro? Ninguna reacción. Jesús no la rechaza. ¿Por qué no la reprende?
Para el fariseo es claro entonces que su huésped no es ningún profeta. De serlo “sabría quién esa mujer que lo está tocando y qué clase de mujer es: Una pecadora”. Con toda razón otros comentarán que Jesús es “un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadoras”.
La visión del fariseo se opone diametralmente a la del Jesús: El dueño de casa juzga a la mujer desde la religión legalista de entonces. Jesús la mira desde el amor del Padre celestial que lo ha enviado no a condenar, sino a “buscar lo que estaba perdido”.
A Simón que mira únicamente una pecadora, Jesús le corrige: “¿Ves esta mujer?” Una expresión que algunos biblistas han traducido por “señora”. Desde la mentalidad de fariseo esta mujer está incitando a los presentes. Para Jesús, esas actitudes manifiestan su fe: “Tu fe te ha salvado”.
Jesús no la invita a “No pecar más”, como lo hizo otra vez con la adúltera. La invita a caminar en paz. Es decir, hacia una meta de serenidad. A avanzar en la medida en que sus circunstancias le permitan. “Sus muchos pecados se le han perdonado porque tiene mucho amor”, advierte el Maestro. Que siga amando, lo que ella sabía hacer, aunque ahora de una forma distinta.
“Un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa”. San Lucas, cap. 7.
Ha venido el Maestro a comer a casa de Simón. El ambiente es de fiesta. Sentarnos juntos a la mesa es siempre una ocasión para consolidar la amistad. Comer en compañía es un lenguaje que reanuda alianzas, promueve confidencias, lleva a compartir los triunfos, a exorcizar los miedos y la soledad.
Una mujer de la ciudad llega con un frasco de perfume y según la costumbre judía, le unge los pies al Señor. El fariseo se inquieta en su interior: Si este fuera profeta, sabría que esta mujer es una pecadora. Jesús se dirige a su vecino de mesa, en voz baja: Simón, tengo algo qué decirte: Este responde: Dímelo, Señor.
Cristo entonces le cuenta la historia de un prestamista que tenía dos deudores. A ambos les perdonó la deuda. La una era mayor qué la otra. ¿Cuál de los dos le amará más? Si alguna vez invitamos a Jesús, si compartimos con El algo de nuestra vida, aprovechará la ocasión: “Tengo algo qué decirte”, repetirá en voz baja.
Pero cómo el Señor no expone teorías, nos presentará acontecimientos:
La situación del mundo, la cercanía de la muerte, la soledad en medio de la gente, el choque con la realidad de la vida, las angustias interiores, las limitaciones personales.
Las que cuenta Jesús son casi todas historias de amor. Allí encontraremos un mensaje positivo de Dios: El significado de cada acontecimiento bajo la luz de la esperanza.
De los dos deudores, aquel cuya deuda era mayor, agradecerá más y le tendrá mayor amor al hombre que se la perdonó. Esto no exige un compromiso más fuerte desde el día en que el Señor nos condono una deuda grande. Mientras más honda era la brecha entre Dios y nosotros, se cavaron más firmes los cimientos. Fueron más hondas las raíces de donde brotará la conversión.
Sentémonos a la mesa con el Señor. Necesitamos consolidar nuestra amistad con El, para reanudar alianzas, promover confidencias, compartir triunfos y fracasos, ahuyentar miedos y llenar con su compañía nuestra soledad.
“Rogaba un fariseo a Jesús que fuera a comer con él. Y una pecadora vino con un frasco de perfume y se puso a ungir los pies de Jesús”. San Lucas, cap.7.
Un hombre llamado Simón invita a Jesús a su casa. Y, al anochecer, el Maestro se sienta a su mesa. No sabemos qué pretendía este fariseo al convidarlo. ¿Hacer alarde de generosidad y dinero? ¿Aumentar su prestigio, convidando a su casa al profeta milagroso? ¿¿Comprometerse con Cristo, a quien admiraba con lejano respeto?
El Señor cumple su tarea de visitar al hombre. En los palacios y en las chozas. A los enfermos y a los que dicen estar sanos. En las bodas y en los funerales. Les habla de otra cosa, de otra compañía, de otro modo de ser. Del Reino de los Cielos.
Pero Simón ignoraba que Cristo llegaría con su séquito de pecadoras y publicanos, de enfermos y de necesitados. Entre ellos, una mujer que no tenia sino un poco de lágrimas, mucho amor, y un frasco de perfume. Tampoco sabía aquel fariseo generoso que, cuando el Señor se deja invitar, nos invita a la vez a disponerle un lugar para los otros.
Esto pasaba en casa de Simón. ¿Y en la nuestra?
Es elegante invitar a Cristo cuando el bautismo o la primera comunión de los hijos, como a un visitante distinguido. Pero con El se nos mete en el alma mucha gente incómoda. Aquellos que nada nos pueden aportar. Gente incómoda y problematizada. Nos quitarán el tiempo, su angustia nos dejará traumatizados, su compañía deteriora tal vez nuestra imagen social.
Porque ellos no comprendes que nosotros somos distintos: En casa no ha habido jamás problemas. Ningún desliz, ningún mal ejemplo.
¿Qué ha cambiado en tu casa, luego de haber invitado al Señor? A veces no quedó ningún signo que nos señale como familia cristiana. Muchos hogares se han convertido poco a poco en hotel, gerencia, caja fuerte, bunker, museo, madriguera de soslayados egoísmos...
Para los de afuera tampoco tenemos una acogida amable que les hable de Dios. Mientras más espacio poseemos, menos hospitalidad, mientras más cosas coleccionamos, menos posibilidad de aceptar las personas. En cambio, las casas de los pobres, como no tienen cerrojo, permanecen abiertas para todos.
Nuestro corazón se asemeja a nuestros hogares. En él no cabe ningún huésped. Si alguien llega a buscar allí al Señor, encontrará en la puerta un letrero: No hay vacantes.
Al final del banquete, Cristo le explica a Simón cómo en sus planes hay una correspondencia casi matemática entre amor y perdón. Tanto amas, tanto se te perdona. Tanto has sido perdonado, tanto amarás de ahí en adelante. Como una noria que nos vierte agua de salvación, para que construyamos desde aquí y desde ahora la ciudad de los Cielos.
“Jesús les dijo: ¿Y vosotros quién decís que soy yo? Pedro tomó la palabra y dijo: El Mesías de Dios”. San Lucas, cap. 9.
Al norte de Palestina se encontraba Cesarea de Filipo, una villa fundada sobre otra más antigua, que los griegos dedicaron al dios Pan. Allí, en la gruta donde brotaba una de las fuentes del Jordán, se rindió culto a esta divinidad pastoril.
Al nombre primitivo, que recordaba al emperador romano, el tetrarca Filipo había añadido el suyo propio, para distinguirla de la otra Cesarea, situada en territorio de Samaría, junto al mar.
La ciudad poseía un majestuoso templo pagano, de mármol reluciente, asentado sobre la roca oscura que dominaba el contorno. Jesús va a esta región en busca de sosiego. Desea estar a solas con su grupo, lejos de la multitud importuna y de la vigilancia de los escribas. Es entonces cuando el Señor pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que soy yo?”.
Ellos responden vaguedades: Algunos lo tienen por Elías que ha vuelto a la tierra. Otros lo identifican con Jeremías. O también con el Bautista, a quien Herodes mandó asesinar en la cárcel.
Pero el Maestro quería una confesión más personal. Por esto vuelve a preguntar: “¿Y vosotros quién decís que soy yo?”
Pedro se lanza al ruedo en nombre de los Doce: “Tú eres el Mesías de Dios”. El apóstol responde desde su admiración por el Maestro, pero sin medir las consecuencias. Como sucedió en el Tabor, tampoco sabe allí qué está diciendo.
Esta declaración de Mesías encerraba otros sentidos, que luego la Iglesia explicaría con los términos de Hijo de Dios, Señor y Salvador.
San Marcos y san Lucas añaden que Jesús reafirmó entonces, ante sus amigos, su próxima muerte en la cruz. San Mateo aprovecha la ocasión para presentar a Pedro como el jefe de los Doce: “Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Como telón de fondo estaba aquella roca, que soportaba el templo de Augusto.
Los otros discípulos se sintieron interpretados por Pedro, pero guardaron silencio. Sin embargo esta confesión pública los comprometía a todos. Quizás de aquí arrancó su firme convicción sobre quién era este Maestro, hasta dar luego la vida por él. Sin descartar las propias vacilaciones y cobardías, herencia común de los mortales.
En muchas circunstancias hemos afirmado que Jesús es nuestro Salvador. El día de nuestro Bautismo, los padrinos lo dijeron por nosotros.
Más tarde, en la Confirmación expresamos personalmente la decisión de vivir el Evangelio. También al casarnos por la Iglesia y en otros momentos de la vida, nos hemos declarado seguidores de Cristo.
Sin embargo, en la vida real tal compromiso no se advierte. El viento se llevó las palabras y los hechos confirman que no sabemos nada del Señor. Para muchos tal confesión cristiana es un decir apenas.
Pero Jesús insiste. Cuando en el hogar afloran las tensiones, ante la muerte de un ser querido. Cuando el camino se oscurece. Si los negocios andan mal. Si el pecado nos derrota. O si algún amigo nos traiciona, vuelve el Señor a preguntarnos: ¿Y vosotros quién de decís que soy yo?.
Cada cual tendrá entonces la palabra.
“Un día Jesús les preguntó a sus discípulos: ¿ Quién dice la gente que soy yo ?. Ellos contestaron: Unos que Juan Bautista, otros que Elías... El les preguntó de nuevo: ¿Y vosotros, quién decís qué soy?”. San Lucas, cap. 9.
En cierta ocasión, Cristo se hizo visible en una de nuestras ciudades. Nadie adivinó su presencia. Sin embargo, algún transeúnte más avisado hubiera distinguido su mirada profunda y sus rasgos judíos.
Al doblar una esquina, un voceador de prensa le ofreció las noticias del día. Un enorme camión hizo rechinar sus frenos ante la luz roja del semáforo. Olía a contaminación. Una mujer pública pasó de largo, dejando tras de sí un olor a perfume.
Era una mañana de domingo. Las campanas de la iglesia vecina llamaban a los fieles. Por la avenida apareció de pronto un coche de la policía, con dos rostros ansiosos pegados a la fría rejilla. Pasaban a toda velocidad ciclistas y patinadores.
De repente, el alarido de una sirena. Una ambulancia cruzó hacia el hospital haciendo un esguince para no atropellar a un peatón. Un médico bajó de dos en dos las escaleras de su apartamento, con un maletín negro bajo el brazo.
Sobre el muro de la esquina se leía en deslucidos caracteres: Somos solidarios contra la opresión. Rechazamos la injusticia. Numero premiado: 9684. Gran realización: Rebaja de precios...
Cristo se detuvo a leer: Los obreros se quejaban de su situación. La lotería prometía un trozo de felicidad. Un almacén aseguraba rebajar su mercancía...
Cuatro trasnochadores adormilados abandonaban el bar.
Una niñera salía de paseo, llevando a dos pequeños de la mano:
“Papi..., es papi”, dijo la niña, al ver al Señor que leía los carteles.
¿Papi?..., replicó la niñera, tu papá no se ha levantado todavía.
Un demente vociferó en la esquina.
Un limpiabotas se llegó a Cristo para ofrecerle sus servicios. El Señor se limito a sonreír. El día avanzaba contemplando a cada uno en su afán particular por alcanzar la dicha.
Hacia las seis de la tarde, Jesús decidió entrar en un moderno templo, aún en construcción. La gente colmaba las naves.
Se inició el canto de entrada y resonó luego el “Señor, ten piedad”. Prosiguieron lecturas y plegarias.
Unos fieles oraban, otros miraban en derredor, otros aguardaban simplemente que finalizara la Misa. Algunos cuchicheaban indiferentes. Unos estaban ahí. Otros creían estarlo.
Cristo se preguntó entonces: ¿Quién dice esta gente que soy yo?
¿Que pensará de mí cada uno de estos? En otras palabras: A la hora de la verdad, ¿qué significo yo para sus vidas?
“Les preguntó Jesús: ¿Quién dice la gente que soy yo? Pedro tomó la palabra y dijo: El Mesías de Dios”. San Lucas, cap.9.
“¿Quién dice la gente que soy yo?”, pregunta un día Cristo a sus discípulos. Fueron varias las respuestas: Unos creían que era Elías, otros que Juan Bautista o algún profeta anterior, resucitado de entre los muertos.
Pero Cristo buscaba algo más. Por eso añade: ¿Y vosotros quién decís que soy yo? En este examen Simón Pedro obtiene las mejores notas. Su respuesta es clara y decidida: “Tú eres el enviado de Dios”. Entonces Jesús lo amonesta: Ten en cuenta que esto no lo aprendiste de una manera humana. Te lo ha explicado mi Padre interiormente.
Ya Pedro lo había oído: Cuando alguno ama a Dios, Dios también lo ama y comienza a vivir dentro de él. Y el Señor se trasluce en su vida, se asoma por sus ojos, se revela en sus palabras, en sus actitudes.
El discípulo le responde a Cristo, no sólo con palabras y fórmulas teológicas, o con teorías congeladas en la memoria. Le responde con la vida.
La madre Teresa de Calcuta renuncia a su cátedra en un colegio, para compartir con los más pobres, los que caen rendidos por el hambre, entre aquellos que ya ni siquiera pueden llorar.
Un padre de familia rechaza con entereza la ocasión de enriquecerse comerciando con droga: “Tengo un pequeño inconveniente, dice. Una esposa y cuatro hijos. Los quiero demasiado”.
Una joven acepta con valor y nobleza el ser madre soltera. Se prepara pacientemente a recibir a su hijo. Lucha, reza y sufre. No piensa ni por un momento en deshacerse de la criatura.
El jesuita Robert Drinan llevaba cinco períodos en el Congreso de los Estados Unidos. Ante la palabra de sus superiores, que no ven conveniente su presencia en la política, obedece con serena humildad.
Una meritoria maestra descubre, en la muerte de su nieta, un llamado de Dios a favorecer a otros niños. Y así nace en Medellín la “Fundación Carla Cristina”.
Podríamos llenar muchas páginas con historias de tantos que, con la vida, le han respondido a Jesús aquella pregunta: “¿Vosotros quién decís que soy yo? Tendríamos entonces unos Hechos de los Apóstoles en lenguaje moderno.
Responder al Señor es un desafío y a la vez un honor. En ello nos va la vida, y con mucha frecuencia también, la de aquellos que caminan con nosotros.
Recordemos la frase de monseñor Helder Cámara: “Mira cómo vives. Quizás sea éste el único Evangelio que tu hermano lea”.