TejasArriba.org por Calixto
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Un mensaje con sabor a Evangelio
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Decimotercer domingo

1. Cristianos de marca

“Alguien dijo a Jesús: Te seguiré, Señor. Pero déjame despedirme de mi familia. Jesús le contestó: El que echa la mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios”. San Lucas, cap. 9.

El labrador que guía los bueyes y al arado ha de mantener su vista hacia delante, mientras sus manos sostienen la mancera.

Jesús había observado a algún paisano mientras roturaba las colinas de Nazaret, preparando las eras para el trigo. Y aquel día quiso comparar este

empeño del labriego con la decisión de sus seguidores. “El que echa la mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios”.

Al revés de los maestros de su tiempo, el Señor se buscó sus propios discípulos. Llamó a los que quiso, anota san Marcos. Y los diversos evangelios narran con detalle la vocación de algunos de ellos.

Este llamado al grupo de los Doce fue además un ejemplo pedagógico, para que entendiéramos que el Señor nos llama también a nosotros a seguirle. El día de Pentecostés se democratizó esta invitación de Jesús, para que gentes de toda raza, lengua y nación, nos animáramos a vivir a su estilo.

También cuenta el evangelio que algunos voluntarios se ofrecieron al Maestro. Este quizás los hubiera aceptado, pero cada uno ponía condiciones. Este quería aplazar el seguimiento hasta que murieran sus padres. Otro se vendría con el Señor, luego de despedirse de los suyos, que tal vez vivían en un sitio distante.

Jesús declara que seguirlo a El es algo esencial y no puede estar sujeto a condiciones.

A nosotros el Señor hoy nos llama. ¿Nos resolvemos a seguirlo?

Entre los bautizados sólo un grupo va más allá del signo bautismal, para seguir de veras al Maestro. Ellos son quienes, conociendo el Evangelio, deciden traducirlo en su vida. A estos podríamos llamarlos con razón cristianos de marca.

¿Pero qué es para nosotros el Evangelio? Unos lo entienden como una obra literaria, la historia de un profeta judío, o una serie de consejos piadosos que nos llegan por tradición de familia.

Sin embargo, el Evangelio es la noticia oficial de un Dios que nos ama con amor de Padre. Este anuncio que algún día nos estremeció el corazón inicia en cada uno un cambio interior.

Comenzamos entonces a enamorarnos de Jesús. A profundizar en su palabra y a sentir que su presencia ilumina nuestras circunstancias.

En consecuencia, el discípulo de Cristo imitará sus criterios al juzgar las cosas, las personas, los acontecimientos. E irradiará en su entorno, a veces sin buscarlo. Porque es alguien transparente, equilibrado, amable.

De otra parte, dos inconfundibles señales identifican al cristiano de marca: Su compromiso con los necesitados y su capacidad de perdón. Sin estos signos, los bautizados seríamos burgueses espirituales, alejados de nuestra propia tierra.

En tales áreas se comprueba y capacita nuestro discipulado: Cuando nos empeñamos en hacer crecer al hermano. Cuando, sanados en nuestro interior, recreamos vínculos fraternos.

Al seguidor de Cristo se le reconoce por la capacidad del corazón. “Las almas se miden, escribió Gustavo Flaubert, por la dimensión de sus deseos, como se juzga una catedral por la altura de sus campanarios”.

2. Mirar siempre hacia adelante

“A uno que deseaba seguirle Jesús le respondió: “El que echa mano al arado mirando atrás, no vale para el reino de Dios”. San Lucas, cap. 9.

Es imposible arar mirando atrás, hacia el surco que abre la reja sobre la tierra oscura. Es preciso atisbar siempre adelante, hacia el yugo que doblega la paciencia de los bueyes, hacia el terreno virgen, hacia el horizonte.

Para poder arar es necesario mantener al frente la mirada y la esperanza, creer firmemente en la generosidad de la tierra y en la bondad de la semilla. Hay que vivir soñando con la alegría de la cosecha.

Un día Abraham, porque lo llama Dios, abandona la comarca familiar para empezar su peregrinaje hacia la región de Canaán. Moisés deja las márgenes del Nilo, atraviesa con su pueblo el Mar Rojo y se adentra en el desierto, en busca de la tierra bendita que Yavéh le promete. Elíseo es un labrador rico que ara su campo con diez yuntas. A una señal de Elías, renuncia a sus bueyes y a su era, para atender a la voz del Señor.

Juan el Bautista se ciñe una piel de camello y busca la soledad. Se siente llamado a preparar los caminos del Mesías, Unos pescadores de Galilea olvidan sobre la playa del Tiberíades sus barcas y sus redes, para seguir a Jesús.

Leví se marcha de su oficina de impuestos en busca de otra riqueza: la de las Bienaventuranzas. Saulo, derribado de su cabalgadura camino de Damasco, cambia su vida anterior y se dedica a anunciar el Evangelio a los gentiles.

Todos ellos miran hacia adelante, hacia el futuro, hacia la utopía que comienza esta tarde, pero que pasado mañana será una realidad.

En cambio, muchos cristianos nos pasamos la vida mirando hacia atrás, suspirando por lo que dejamos, añorando las cebollas de Egipto.

Cuando comenzamos a seguir a Cristo, a romper con esfuerzo y sudores la tierra de nuestro campo. Pero avanzamos lentamente. Nos duelen las renuncias, nos fatiga caminar tras el Señor, el mango del arado nos tortura las manos.

Nos cuesta entender que la vida cristiana no es renuncia, sino intercambio de valores. No es abandono de la propia identidad. Es crecimiento en otra dimensión.

No es abandonar nuestras ambiciones, es hacer de ellas escalera para alcanzar la plenitud. Mirar hacia atrás es cobardía, desconfianza, pequeñez. Mirar siempre adelante, confiados en el poder del Señor y en su ternura paternal es “valer para el Reino de Dios”.

En 1519, Hernán Cortés llega al puerto de Vera Cruz. Allí desembarca la tropa con sus caballos, enseres y demás pertrechos útiles. Pero enseguida el conquistador incendia las naves, para persuadir a los suyos de que es imposible volver atrás. Así comienza la conquista de Méjico.
Cortés era un valiente que no quería mirar hacia atrás.

3. ¿De qué espíritu somos?

“Algunos discípulos entraron en una aldea de Samaria. Pero allí no los recibieron. Entonces Santiago y Juan dijeron a Jesús: ¿Quieres que mandemos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?”. San Lucas, cap. 9.

Sobre las guerras afirma algún autor que todas se llaman justas. Y esto sucede por partida doble: Cada uno de las partes defiende la razón de su bando. Y a la vez, “cada facción afirma que ha tomado partido a favor del hombre, del blanco, del negro. En defensa de los pobres colonizados, o en ayuda de los pobres colonizadores, víctimas de la descolonización”.

Los seguidores de Mahoma han sido sinceros al incluir la guerra santa dentro de su credo. En cambio, nuestra Iglesia que anuncia la paz de Cristo, peca no pocas veces de intransigencia hacia sus propias comunidades. Y también hacia los demás hombres.

Cualquier día muchos bautizados y también grupos apostólicos, institutos religiosos, nos hemos sentido los mejores y los únicos y con derecho a atropellar a otros hermanos.

Se acercaba la Pascua y Jesús envía algunos discípulos a prepararle hospedaje en algún pueblo de Samaría. La subida hasta Jerusalén se realizaba en varias jornadas. Pero cuenta san Lucas que los samaritanos les negaron la al Maestro y su grupo. Tendrían entonces que dormir al descampado, o seguir caminando en la noche, en medio de peligros.

Así entendemos la reacción de Santiago y Juan. Llenos de cólera, se acercan al Señor: “¿Quieres que mandemos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?” Hacía ya muchos siglos que samaritanos y judíos se odiaban cordialmente, y en sus ritos rogaban al Señor exterminara a sus enemigos.

La respuesta de Jesús aquellos discípulos fue dura. Unos biblistas traducen que los reprendió. Otros añaden que les dijo: “No sabéis de qué espíritu sois”.

El Señor no aprobaba estas airadas reacciones, más propias de los tiempos de Elías, el profeta que hizo bajar fuego del cielo sobre el los holocaustos del Monte Carmelo. Y luego ordenó que todos los sacerdotes de Baal fueran degollados.

Pero muchos cristianos no hemos asimilado todavía la tolerancia que enseña el Evangelio: Conviene mantener los principios. Es necesario distinguir a todas horas entre el bien y el mal. Pero hemos de ser comprensivos y amables con los yerran, tratando de respetar las personas y sus circunstancias.

El mundo de hoy padece de una gran intransigencia. Los poderosos de todos los estamentos políticos, sociales y religiosos, confunden fácilmente la verdad con su propia verdad y en nombre de ésta, arman guerras de todos los colores.

Aquellos tres ideales de la revolución francesa: Libertad, igualdad y fraternidad vuelven a sonar al oído de cada generación. En nombre de estos postulados, nos dice la historia, se han encendido muchas guerras, pero también se han firmado numerosos armisticios.

Llega el hora en que vivamos en mensaje de Jesús que suaviza los roces y reúne en comunión a las partes contrarias. Una tare que requiere gran honradez y humildad perseverante.

Un artista ha pintado a Dios ante el mar Rojo, cuando sepulta al ejército egipcio que perseguía alcanzar a los hebreos fugitivos. El pueblo escogido ha quedado ya a salvo. Pero Yavéh rompe a llorar. Aquellos enemigos de Israel también son sus hijos.

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Decimocuarto domingo

1. Un paraguas para dos

“En aquel tiempo, Jesús designó otros setenta y dos y los mandó de dos en dos, a todos los pueblos y lugares donde pensaba ir él”. San Lucas, cap. 10.

“El amor es un paraguas para dos. Es un espacio donde no hay lugar para otra cosa que no sea dar...” Una hermosa canción de José Luis Perales que destaca la necesidad primordial del amante: Compartir.

Algo idéntico sucede con la fe. Apenas empezamos a conocer a Jesucristo, sentimos la necesidad de contar “lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que palparon nuestras manos del Verbo de la Vida”, como escribió san Juan.

Quienes seguían al Maestro experimentaban que su vida empezaba a transformarse. Y tal vez quisieron de inmediato buscar a sus amigos y parientes para compartir todo esto. Pero el Señor los detuvo algún tiempo, hasta el día en que escogió “otros setenta y dos, para enviarlos a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir él”. La frase del Evangelio nos advierte que este grupo era distinto de Los Doce que habían sido llamados de antemano.

San Lucas señala el objetivo de aquella correría: Anunciar que el Reino de Dios está cerca. En otras palabras: Contarles a todos que ya estaba presente el Mesías anunciado por los profetas. Que el Dios Altísimo se hallaba entre nosotros y un cambio interior comenzaba a gestarse en cada hombre, en cada comunidad.

De acuerdo con las costumbres de entonces, Jesús da a los enviados ciertas recomendaciones: Que no lleven demasiado equipaje. Al discípulo de Cristo le bastan pocas cosas para vivir dignamente. Habrían de saludar: “Paz a esta casa”. El Shalom, tradicional en Palestina después de tantas guerras e invasiones.

Les manda que curen enfermos. Lo cual, aparte de alguna sanación milagrosa, señala el cuidado normal de los dolientes, como tarea de misericordia. Y que no armen disputas con quienes rechacen su visita. Les bastará sacudir las sandalias y seguir adelante. Un gesto para significar que nada se llevaban de aquella gente hostil.

En todos los rincones de la tierra, en todos los estamentos sociales, descubrimos a diario la falta de Evangelio. De allí la corrupción, la injusticia, la violencia. Y afirmamos que la Iglesia es la responsable del anuncio de Cristo, pero descargamos esa tarea sobre los hombros de unos pocos.

Cuando Jesús envía a estos setenta y dos, nos enseña que todos los bautizados somos enviados. Por lo tanto hemos de anunciar desde nuestra experiencia. ¿A quiénes? A cuantos nos rodean. ¿Con qué medios? Con el ejemplo, pero también con la palabra.

Descubrimos entonces variados mecanismos para llevar a Jesús al interior de la familia, del club y de la empresa. A la universidad, al grupo de amigos.
No seamos, como decía Fray Luis de Granada de los cristianos de su tiempo: “Tan enteros en la fe, tan quebrados en la vida”. Integrados en la teoría, fragmentados plenamente en la práctica.
El seguidor de Cristo, sin protagonismos ni regaños, anuncia, explica, ilumina, orienta, descubre la presencia del Señor en todas las circunstancias. Motiva a los demás para que se arriesguen a la aventura del Evangelio.
La fe, como el amor, es “un paraguas para dos, es un espacio donde hay lugar para otra cosa que no sea dar”.

2. Nuestros nombres inscritos en el cielo

“Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron a Jesús: Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre. El contestó: Estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo”. San Lucas, cap. 10.

Esta primera expedición, que los discípulos evalúan con Jesús a su regreso, arroja resultados positivos. San Lucas anota que los mensajeros retornan muy contentos: Anunciaron la Buena Nueva, predicaron la paz, sanaron enfermos... hasta los demonios se sometieron a su palabra.

Sin embargo, el Señor les advierte para moderar su entusiasmo, que la verdadera alegría radica, no tanto en los prodigios y milagros, sino en saber que sus nombres están inscritos en el cielo.

Todos hemos pecado de ilusión en nuestros ensayos de vida cristiana. Cuando nos convertimos al Señor, creímos ingenuamente estar confirmados en gracia. Hasta nos consideramos indispensables para Dios.

Imaginamos nuestros proyectos apostólicos cómo los únicos viables y eficaces. Aun más: No sospechamos que entre quienes buscamos a Dios, fueran posibles las divisiones y los enfrentamientos. Creíamos que bastaba dar un paso adelante y todo empezaría a ser camino llano.

Que el poder de Cristo le confería a todo lo nuestro un toque mágico, un poder invisible.

No estábamos vacunados con la indispensable dosis de realismo.

Por eso, cuando la vida nos golpeó en el rostro, llegó también el desconcierto. Unos perdimos la alegría, otros vacilamos en la fe. Otros nos refugiamos en una amargura sistemática. Abandonamos los propósitos iniciales e incluso llegamos a afirmar que era posible vivir el Evangelio.

Esto nos ha sucedido en el matrimonio, en la vida religiosa o sacerdotal, en el trabajo apostólico, en el diario acontecer de quienes pretendemos seguir a Jesús. Pero el Señor nos garantiza una base indestructible, nunca minada por nuestros desaciertos: Su amor, que ha escrito nuestros nombres en el libro de la vida.

Aunque no realicemos milagros, aunque nos venza la inconstancia y nos derriben nuestros fallos, aunque la desesperanza diluya la alegría, El sigue amándonos y nos espera con el premio al final.

El desastre sólo ocurrirá si olvidamos que somos Hijos de Dios, sus herederos. Si nos envanecemos en los éxitos personales. Si imaginamos que es posible fabricar la primavera a golpes de nuestra azada. Si no abonamos cada mañana nuestro surco con la adecuada porción de sudor y humildad y arrojamos en él semillas de perseverancia.

Recordemos que también en nuestra medianía se complace el Señor. Que con nuestras palabras vacilantes también se anuncia la Buena Nueva, se predica la paz, se sanan enfermos y... hasta se someten los demonios

3. Las costumbres de Dios

“Designó el Señor otros setenta y dos discípulos y los envió de dos en dos a todos los pueblos a donde pensaba ir él”. San Lucas, cap.10.

Hay un libro atribuido a san Dionisio Areopagita, que nos habla de los nombres de Dios. Nosotros pudiéramos escribir otro, muy extenso y hermoso, que contara sus costumbres.

Dios se ha manifestado en la historia de un modo constante: Siempre leal, amigo de hacer alianzas, discreto y paciente, buen pedagogo y capaz de llevar a cabo sus planes, a pesar de las fallas de los hombres.

El desea que imitemos sus costumbres. La Historia de la Salvación es un largo recuento de los métodos que ha usado el Señor, para que nos parezcamos a El.

El Maestro presenta una serie de consejos para quienes desean imitarlo. Nos dice que vayamos de dos en dos. Así enviaba a sus primeros discípulos y así nos envía a nosotros: Unidos por el amor de la familia, por el amor del noviazgo, por los lazos de la amistad.

Desea que no cifremos la eficacia de nuestro trabajo solamente en recursos humanos. Por eso envía a sus discípulos sin alforja ni sandalias. Tenemos con nosotros otra fuerza superior que cambia los corazones y transforma el mundo. Quiere que seamos mensajeros de la paz. Los medios violentos no son de su estilo

Si nos aceptan en algún lugar, demorémonos allí, explicando su doctrina, dando y recibiendo, que ambas cosas son necesarias al amor verdadero. Si no nos aceptan, sacudamos el polvo de los pies. Nuestro esfuerzo por anunciar el Reino de Dios no quedará sin recompensa.

A veces nos sucederán cosas extrañas. No serán fruto de nuestro poder convincente, ni de nuestras virtudes. Es el misterio del Señor que se sirve de nosotros para realizar “cosas grandes y maravillosas”. Démosle gracias con sencillez. En seguida volveremos a sentir el peso ordinario de la vida. Al fin y al cabo estamos hechos de barro.

El Señor quiere que así vivamos sus amigos, imitando cada día sus costumbres. Algunos, muy sabios y entendidos, podrán copiar a Dios más claramente. Nosotros apenas sí seremos imágenes borrosas. Pero unos y otros procuramos agradarle.

Tiene Dios otra costumbre. Vuelve a abrir cada tarde el Libro de la Vida y escribe lentamente, con letra hermosa y legible, las acciones grandes y pequeñas de sus hijos.

Y El mismo nos enseña que estar allí inscritos, vale más que realizar todas las maravillas del universo.

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Decimoquinto domingo

1. Los peligros del amor

“Pero el letrado, queriendo aparecer como justo, preguntó a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Jesús le dijo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó”... San Lucas, cap. 10.

El sitio se llamó Adommim, “lugar de los sanguinarios”. Era un rellano en la cuesta que baja desde Jerusalén a Jericó, donde las rocas se han teñido de un ocre rojizo.

Los científicos explican el fenómeno por la aleación del manganeso con el hierro.

Los beduinos y los poetas aseguran que allí se ha derramado mucha sangre. Y según la tradición, en aquel paraje contó Jesús la parábola del buen samaritano.

Un doctor le pregunta al Señor qué debe hacer para heredar la vida eterna. En otras palabras: Qué es lo esencial, entre aquella maraña de mandatos que los rabinos presentaban al pueblo.

El Maestro remite a su interlocutor al capítulo sexto del Deuteronomio, donde se contiene el Shemá, el credo judío que los piadosos recitan varias veces cada día: “Escucha, Israel, amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tu fuerzas”.

El letrado se sabe de memoria este párrafo y le añade una frase del Levítico, “Amarás al prójimo como a ti mismo”. Aunque entonces la palabra prójimo apenas cobijaba a los parientes, los vecinos, los de la misma raza y religión.

Jesús concluye simplemente: “Haz esto y tendrás la vida”.

Pero no valía haber buscado al Maestro para algo tan obvio. Por esto aquel hombre vuelve a preguntar: “¿Y quién es mi prójimo?.

Jesús no responde con teorías: Le cuenta a su interlocutor una historia: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de los bandidos que lo molieron a golpes, dejándolo medio muerto”... Por el mismo camino pasó un sacerdote. Pero al ver al herido, siguió de largo. Lo mismo hizo un levita.

Si embargo, un samaritano, aquel a quien el pueblo tenía por hereje y cismático. Aquel que no llevaba los versos del Shemá sobre su frente, ni en los flecos del manto, sintió compasión del moribundo y se acercó para ayudarlo. Le vendó las heridas. Lo condujo al mesón en su cabalgadura. Luego entregó denarios al posadero, diciéndole: “Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso”.

El letrado escuchaba en silencio. Se había pasado la vida teorizando sobre los 613 preceptos de la ley, separando los 248 positivos de los 365 prohibitivos. Ahora cada frase del Maestro le golpeaba el alma.

Al terminar, Jesús le responde, preguntando a la vez: “¿Quién se portó aquí como prójimo del hombre malherido?”. Saber quien es mi prójimo es teoría estéril. Comprender cuando soy prójimo de quien me necesita, es un camino de amor y de misericordia.

Esta parábola nos dice que el amor verdadero es peligroso. A aquel viajero que venía de Samaría el amor le desbarató sus planes, le robó tiempo y le vació la alforja. Siempre ha sido más cómodo ver el dolor ajeno, pero seguir de largo para teorizar sobre las causas del problema.

Pero a los discípulos de Cristo se nos pide sucumbir a los peligros del amor. Como dice san Juan: “No amemos de palabra ni de boca, sin con las obras y en verdad”.

2. De Jerusalén a Jericó

“Dijo Jesús: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó. Cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Un samaritano, al verlo, sintió lastima”. San Lucas, cap. 10.

Cerrada a cal y canto se alza Jericó delante del ejército judío. Josué ordena a sus soldados que guarden las espadas. Solamente siete sacerdotes llevando trompetas jubilares, rodearán la ciudad cada mañana muy temprano. Así lo hacen durante siete días.

El séptimo, al sonar las trompetas, el pueblo prorrumpió en gritos de alegría. Cayeron entonces por tierra las murallas que defendían la ciudad y las tropas se adueñaron de la plaza.

En la literatura cristiana, Jericó es símbolo del mundo. En su puerta encontró Jesús a unos ciegos que luego fueron sanados por su palabra. Y San Lucas nos cuenta la historia de aquel hombre que bajaba desde Jerusalén, ciudad de paz, hacia Jericó, por un camino colmado de peligros.

Este regreso al mundo, que todos realizamos después del encuentro personal con Dios, después de un fin de semana en la intimidad de la familia, luego de un acontecimiento que nos hizo mirar cara a cara al Señor, incluye también para nosotros múltiples riesgos.

Existen peligros materiales que amenazan nuestra vida y nuestros bienes. Más allá nos espera alguien que nos acosa, nos persigue, nos necesita. Las circunstancias ponen a prueba nuestra entrega y miden la calidad de nuestro compromiso.

Todo esto porque los caminos que conducen a Dios pasan irremediablemente por el hombre.

Este regreso al mundo entorpece nuestro esfuerzo cristiano. Entonces se nos va el tiempo en censuras y lamentaciones. O aplicamos la política del “Sálvese quien pueda”.

Rara vez miramos al mundo de manera objetiva. Rara vez asumimos los dolores ajenos y ayudamos al prójimo a salir adelante. Hoy también se despoja a nuestro hermano en el camino y muchos pasamos indiferentes a su lado.

Cómo el levita y el escriba, los cristianos somos los más ágiles para esquivar el cuerpo ante la miseria ajena.

En tanto, aquel samaritano, un extranjero que no pertenece al pueblo elegido, que no está matriculado con los observantes de la Ley, tiene una actitud comprometida: Siente lastima, se acerca al que está medio muerto, cura sus heridas con aceite y vino, lo monta en su propia cabalgadura, lo lleva a la posada, cuida de él, e incluso le financia su convalecencia.

Nosotros, con nuestras seguridades, nuestra ignorancia de los males ajenos, nuestro egoísmo comprobado, ¿hacia donde vamos? ¿Camino de Jerusalén?

3. También es mi prójimo

“Y preguntó un letrado: ¿Quién es mi prójimo? Jesús le respondió: Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó”... San Lucas, cap. 10.

En esto de caminos, de viajeros y desventuras, era experto el Señor. De niño tuvo que huir a Egipto. En su vida pública, iba de pueblo en pueblo para conversar con la gente y escuchar sus consejas.

Cuando un letrado le pregunta: ¿Quién es mi prójimo?, respondió con cierta historia de un samaritano, narrada por algún caminante. Una parábola que enseña a arriesgar lo nuestro a favor de los demás, sin cálculos ni reservas.

Nos henos preguntado algún día: ¿Quién es mi prójimo? ¿No será aquel pariente, la oveja negra de la familia? Probablemente nuestro cariño y comprensión no lograrán regenerarlo. Pero algún día comprenderá, a través de nuestras actitudes, la misericordia del Señor.

Mi prójimo es el sacerdote que tropieza. Sus fallas no excusarán las mías. Pero mi amistad cubrirá sus errores, con un manto de silencio. Mi presencia cariñosa tratará de ayudarle.

El amigo que me ha ofendido también es mi prójimo. Jesús me invita a sentir más su falta que mi herida. A no desoír sus posibles excusas.

Si alguien peca públicamente, el Evangelio nos dice que no lo excomulguemos definitivamente.

Es un viajero con otra clase de heridas. Y cada uno de nosotros es capaz de idénticos pecados.

Si vemos que otros no cumplen con su compromiso de Buen Samaritano, tampoco los condenemos. Animémoslos más bien con nuestro ejemplo.

Recordemos que la palabra prójimo viene de próximo. Estamos acostumbrados a buscar al prójimo allá lejos, mientras él se halla codo a codo con nosotros. Es próximo quien nos trae el periódico. El que barre la calle. La empleada del banco. El conductor del bus. El policía que nos informa.

La ascensorista. La vendedora de frutas de la esquina. Todos ellos son caminantes y han sido despojados de algo: De su tiempo, de su salud, de su juventud, de su dignidad, de su alegría, de su vida de familia. A todos los hemos encontrado a la vera del camino. ¿Hemos hecho algo por ellos? No. Casi siempre “damos un rodeo y pasamos de largo”.

No podemos alegar que somos pobres, que no tenemos aceite, ni vino, ni cabalgadura, ni dinero para pagar al dueño del mesón por la convalecencia del prójimo. El más desposeído de nosotros tiene en su alforja palabras amables, calor de abrazo, capacidad de mirar con misericordia, fe en Jesucristo, y una enorme reserva de entusiasmo.

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Decimosexto domingo

1. Una justa armonía

“En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María”... San Lucas, cap. 10.

A la entrada de un viejo monasterio, un grupo de turistas aguarda al director de la excursión. Entre tanto, uno de los presentes le pregunta al portero: Hermano, ¿qué es un monje?

El anciano fraile pregunta a su vez: ¿De día o de noche?. Y ante el desconcierto del turista, continúa: En las horas del día, por el estudio y el trabajo, un monje es un ser en expansión. Durante la noche, por la oración y el sueño, es un ser en contracción. Aquellas dos hermanas de Lázaro, que Jesús visita un día en Betania, podrían simbolizar estas dos dimensiones del monje.

Cuenta san Lucas, que al llegar el Maestro a su casa, María se quedó a sus pies, escuchándolo. Mientras tanto, Marta se afanaba preparando la comida de los huéspedes.

Viene la queja de Marta: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Llega en seguida la amonestación de Jesús: “Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas. Sólo una es necesaria”.

Cierto biblistas explican este pasaje de una forma sesgada: El Señor le habría dicho a Marta: No hay razón para preparar muchos platos. Uno solo es necesario.

Pero la lección de Cristo es más profunda: No conviene que el trabajo nos absorba hasta hacernos incapaces de orar.

Durante muchos siglos la fe cristiana, vivida a la sombra de los monasterios, había simplificado demasiado las cosas:

La tarea de María, la contemplación, era oficio de los monjes. La de Marta, el trabajo, era propia de los cristianos rasos. Aún no habíamos descubierto lo que hoy se llama espiritualidad laical, una justa armonía entre oración y acción.

Jesús con su ejemplo motivó a sus seguidores a tener ratos de encuentro con Dios, en medio de sus largas correrías y sus tareas ordinarias. Para ello les explicó muchas cosas, enseñándoles fórmulas precisas como la plegaria del Padrenuestro.

No se entiende pues la vida de un creyente sino en la imitación simultánea de Marta y de María: Proyección y contracción. O si hablamos de los movimientos del corazón, la diástole y la sístole, por las cuales la sangre recorre todos los rincones del cuerpo para repartir la salud.

Quien solamente trabaja, sin conectar a ratos su vida con el Señor, siente que le faltan las fuerzas y a veces no encuentra razones para luchar. Quien se dedica a la piedad, descuidando sus deberes ordinarios, alejado de la realidad.

En su “Introducción a la vida devota”, San Francisco de Sales explica la convivencia entre Marta y de María: “Haz como los niños pequeños que con una mano se agarran a su padre y con la otra cogen moras a lo largo del seto”. Y algún autor comenta: “No soltemos la mano izquierda para así recoger, con las dos manos, más cantidad de moras y más de prisa, porque esto equivaldría a rodar al precipicio. Pero tampoco andemos obsesionados por el peligro que nos amenaza. Simplemente recojamos las moras y continuemos siempre asidos a la mano paterna que nos sostiene”.

2. Dos actitudes

“María, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio”. San Lucas, cap. 10.

Un monje anciano plantó un olivo. “Señor, rogó; necesito lluvia para que sus raíces puedan desarrollarse. Te ruego mandes una suave llovizna”. Y el Señor envió su lluvia refrescante. “Señor, rogó de nuevo el monje, mi árbol necesita sol. Te lo ruego”. Y el sol brilló.

“Ahora, escarcha, Señor, para que se fortalezca”. Y el arbolito amaneció cubierto de escarcha. Pero por la tarde murió.

El monje relató su decepción a uno de sus hermanos. “Yo también planté un arbolito, dijo éste y está lozano y fuerte. Se lo encomendé al Todopoderoso: “Señor, mándale lo que precise, tormentas o buen tiempo, viento o escarcha. Tú lo has hecho y sabes lo que necesita”.

El primer monje pretendía ponerle cartilla a Dios. El segundo confía, hace vacío, hace silencio. Sabe escuchar al Señor. En el mundo actual la basura, los desperdicios, los virus y las bacterias nos contaminan.

Pero además estamos abrumados por el ruido, el estruendo de las máquinas, el bullicio del tráfico, la música estridente. Hemos matado el silencio. Ya no sabemos escuchar

Todos hablamos, reclamamos, protestamos, exigimos, imponemos nuestros criterios. Sólo en un paréntesis de silencio podremos auscultarnos, conocer nuestra verdadera dimensión, revisar nuestra conducta, sopesar el pro y el contra de nuestros conflictos, tomar resoluciones acertadas.

El Papa Pablo VI nos enseñó que el verdadero diálogo, más que hablar a la mente del otro, consiste en escuchar su corazón. Necesitamos que el esposo, la esposa, el hijo, el que trabaja con nosotros pueda hacernos sentir sus sentimientos.

Así podremos sacar a la superficie lo mejor de ellos mismos y a la vez compartir lo mejor de nosotros. Tampoco tenemos tiempo para escuchar a Dios. Trasladamos a nuestra relación con El todo el vértigo de la vida. En cambio, cómo nos cuenta San Lucas, María dejó de lado sus quehaceres para escuchar a Cristo. De esta manera nos enseña que el activismo fatiga y nos destruye.

Recobraríamos la paz y el equilibrio, si hiciéramos silencio para abrirnos al Señor. El no es un Dios ni mudo ni impedido: Habla de muchos modos, insinúa, sugiere, nos coloca señales en el camino, envía mensajeros. El nos hizo y sabe bien lo que necesitamos.

3. La lección de Betania

“Dijo Jesús: Marta, andas inquieta y nerviosa por tantas cosas. Sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte”. San Lucas, cap. 10.

Las religiones orientales le han enseñado a Occidente el valor de la contemplación. Pero el ambiente en que vivimos nos precipita a un activismo desbordado y destructor. Nos impide escucharnos y escuchar a Dios.

Sin embargo, para vivir como personas todos necesitamos frenar de vez en cuando la actividad, escuchar y contemplar.

El estudiante, fatigado de su esfuerzo, se pierde en una sala de cine. La madre de familia anhela reconstruir sus fuerzas frente al mundo ficticio de una telenovela. El comerciante, el profesional, se van al campo, en busca de la naturaleza que les habla otro lenguaje. Para otros el deporte, el juego o la embriaguez, son el refugio para evadir sus cansancios. Algunos se reconstruyen en un retiro espiritual o, en un encuentro de esposos, clarifican y refuerzan su relación como pareja.

Todos anhelamos soltarnos de la rueda, a la cual vamos atados y sentirnos nuevamente libres y dueños de nosotros mismos.

Trabajamos demasiado y hemos dejado de existir como esposos, como padres, como amigos. La mayoría de nuestras relaciones se basan en el hacer y pocas veces en el ser. Se han convertido en un intercambio de trabajo, de dinero, de favores. Nos hemos olvidado de celebrar la vida en común, compartiendo.

En las afueras de Betania, María a los pies del Señor, atenta a su palabra, nos enseña esa actitud de escucha, de contemplación, de misterio, que es la esencia de todo intercambio humano.

Sin esta forma de relación, la vida va perdiendo sentido y sin darnos cuenta, un buen día, nos encontramos a mil años luz de aquellos que nos rodean. Nos hemos vuelto extraños

Cuando detenemos nuestro ajetreo diario y hacemos silencio en derredor, le damos audiencia a Dios, y El nos habla. Ilumina y clarifica las cosas que nos rodean, nos da otra imagen de quienes viven con nosotros y nos proyecta hacia valores plenos y definitivos.

La liturgia hunde sus raíces en esta necesidad humana de colocarnos en otra dimensión. Suspender el trabajo, hacer consciente la presencia del Señor, tomar las cosas, volverlas signos, enseñarles a cantar alabanzas y acción de gracias y celebrar juntos, amigos y hermanos, la fe y la alegría de ser hijos de Dios.

Pero existe otra liturgia pequeña y personal, semejante a aquella de Betania. En ella se celebra la amistad, el gozo de tener los mismos ideales, de compartir los mismos anhelos, de luchar en la misma trinchera. Así los amigos, los hermanos, los esposos. Entonces las penas se dividen por dos y las alegrías por dos se multiplican.

Esos ratos de contemplación, de silencio, de comunión en el ser con los otros, nos curarán de muchas tensiones inútiles, nos ayudarán a corregir el rumbo equivocado y darán a nuestra vida un sentido verdaderamente humano.

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Decimoséptimo domingo

1. Una oración en espiral

“Jesús entonces les dijo: Cuando oréis decid: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana”... San Lucas, cap. 11.

Se hizo una encuesta a un grupo de cristianos: ¿Qué oración te sabes de memoria?. El resultado fue el siguiente: El Padrenuestro, 47%. El Avemaría, 16%. La Salve, 9%. Otras, 7%. Ninguna, 21%.

Considerable el número de quienes han memorizado las palabras del Padrenuestro, que son cincuenta y tres según san Mateo, en la Biblia de Jerusalén. Treinta y cuatro según san Lucas.

Pero la memoria muchas veces nos lleva a la inconsciencia. Es decir, muchos de nosotros le hemos perdido el aire y el sabor a esta plegaria que nos viene de Jesús. Se nos volvió rutina el pronunciarla, como el rumor de una cascada al cual acostumbramos el oído. Como ese hermoso bodegón que preside la mesa familiar y nunca merece nuestro asombro.

San Mateo incluye el Padrenuestro en el largo sermón de la montaña, que se extiende por varios capítulos su Evangelio. San Lucas lo presenta aparte, en un contexto distinto: “Una vez que Jesús estaba orando, uno de sus discípulos le dijo: Enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos. Jesús le respondió: Cuando oréis decid: Padre, santificado sea tu nombre...” y les entregó ésta que llamamos oración dominical, porque nos viene del mismo Señor.

Los biblistas han zarandeado el texto, dividiéndolo en peticiones, recorriéndolo de arriba abajo. De derecha a izquierda. Un ejercicio respetable. Pero a los cristianos comunes nos bastará repetir la primera palabra: Padre, el Abbá arameo, una expresión llena de ternura y de confianza. Y en ella engarzar diariamente nuestros ruegos

Alguien ha dibujado el Padrenuestro en forma de espiral: Todo lo que allí se pide o se desea, descansa sobre la primera invocación, que le sirve de base y de impulso ascendente. Sobre la certeza de que Dios es Padre brotaron todos los caminos para anunciar el Evangelio. Sobre la seguridad de su amor, todas las tragedias humanas cambian de signo y se iluminan de esperanza.

A renglón seguido, san Lucas añade una parábola para alentar nuestra constancia, frente a un Dios que trabaja despacio: Se trata de alguien a quien de improviso le llega una visita.

Recurre entonces a un amigo: Préstame tres panes que me saquen del apuro. Pero el otro responde: Mira que ya es de noche. La puerta de casa está cerrada. Mis hijos y yo estamos durmiendo. Sin embargo, ante la insistencia del necesitado, el amigo se levanta a ayudarlo.

Y el evangelista termina aquella página con un reto a nuestra condición de hijos de Dios: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá.

¿ Qué padre entre vosotros, cuando su hijo del pide un pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?”

San Lucas contrapone esta actitud de los padres de la tierra con la de Dios que nos regala su Espíritu. San Mateo concluye el párrafo con algo más comprensible: “Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿qué no hará vuestro Padre de los cielos?”.

2. Padre nuestro

“Uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar. El les dijo: Cuando oréis decid: Padre, santificado sea tu nombre”... San Lucas, cap. 11.

A la imagen bíblica de “El Cielo”, Kafka, el filósofo, le da una traducción más moderna: El Castillo. Pero su comentario nos desconcierta. Entre el castillo que se levanta en la cima del monte y nuestro valle de lágrimas no existe comunicación alguna. Se dice que han tendido un cable telefónico. Pero la experiencia confirma que en esa misteriosa centralilla nadie da curso a las llamadas.

La Biblia por el contrario nos consuela: Dios habla y nosotros podemos responderle. Así nos remontamos al Libro de los Salmos: Plegarias, himnos y canciones para comunicarnos con el Señor. Pero al fin y al cabo, palabras fabricadas por el hombre.

Sin embargo, desde tiempos remotos, los israelitas las lanzaban desde el valle en busca del Castillo, con el ansia de golpear sus puertas y alcanzar el corazón de Dios.

Pero existe otra súplica que ya no es manufactura humana, sino regalo de Dios.

Nos cuenta San Lucas que estando Jesús en oración, un discípulo le ruega: Señor, enséñanos a orar. Entonces El les entrega el Padrenuestro.

La versión de San Lucas es más resumida que la de San Mateo. Este escribe para los judíos, gente acostumbrada a la oración. En cambio, aquel se dirige a principiantes, que apenas se atreven a invocar al Señor.

Allí Cristo nos revela la fórmula para dar curso directo a nuestras llamadas al Cielo. Nos cuenta el secreto para conquistar la fortaleza. Nos entrega las llaves del Castillo.

Valdría la pena hacer un inventario de los innumerables Padrenuestros que hemos recitado en la vida. Cada uno de ellos con un sabor distinto.

Aquellos de la infancia, con palabras mutiladas, pero que respiraban una fe enorme y una simplicidad inocente. El Padrenuestro recitado en soledad y angustia, paladeando cada vocablo. Los Padrenuestros en familia, antes de las comidas, en los días de problemas y una noche, a la cabecera del abuelo moribundo.

Aquel que hemos desgranado con dolor, pero con esperanza después de alguna falta. Los que hemos enlazado para cumplir penitencia, después del Sacramento. Los Padrenuestros de acción de gracias o simplemente de alegría, cuando vimos abrirse el horizonte.

Volver atrás, escribe Heidegger, es la verdadera filosofía.

Remontémonos a la raíz de nuestra plegaria. Recorramos el camino desde la fórmula gastada, hasta la verdadera oración. Regresemos desde nuestra palabrería y nos encontraremos de improviso con esta maravilla: Padre Nuestro que estás en el Cielo.

Nos dice el Ramakrishna, uno de los libros sagrados de la India: “La abeja zumba ruidosamente alrededor de la flor en busca de miel. Y cuando ha entrado dentro, bebe silenciosamente”.

3. Cuatro palabras

“Dijo Jesús: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá”. San Lucas, cap.11.

Toda la enseñanza de Jesús podría resumirse en cuatro palabras: Dios es mi Padre. Ante ese Padre bueno y misericordioso se vuelven una sola todas las páginas del Evangelio. Ese Padre del cual nos habla largamente san Mateo en el capítulo sexto de su Evangelio. Y también san Lucas, en el capítulo undécimo.

Jesús nos enseñó a acercarnos al Padre, con palabras simples y en actitud de hijos. Para exponerle nuestras necesidades del cuerpo y del alma.

Más tarde el Padre Astete, en su famoso “Catecismo de la Doctrina Cristiana”, escribiría que, para orar, necesitamos tres actitudes fundamentales: Humildad, confianza y perseverancia. Lo cual san Lucas nos explica san Lucas en detalle. Allí el Señor se compara con alguien, a quien cierto amigo busca en la noche, para que le proporcione tres panes. Le ha llegado visita y no tiene nada qué darle. Las casas judías raramente guardaban alguna provisión para mañana.

El otro le responde de su alcoba, que ya es muy tarde. Sus niños se han dormido. Las puertas de su casa ya están con cerrojo. Sería mejor no importunar a esas horas. Pero Jesús señala que si este hombre no socorre a su amigo, por el hecho de serlo, al menos para que lo deje tranquilo, se levantará, dándole cuanto necesite.

El se puso en lugar de aquel hombre, a quien a un amigo ha buscado. Pongámonos nosotros en el lugar de quien necesita algo urgente, e insiste, aún siendo pesado con sus ruegos.

No es importuna entonces esa oración que pretende fatigar a Dios.

Y el discurso de Cristo continúa para alentarnos en nuestras súplicas: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque quien pide recibe, quien busca halla y al que llama se le abre”.

Y añade uno de los párrafos más hermosos y consoladores de todo el Evangelio: “¿Qué padre entre vosotros, cuando su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?”. El Maestro concluye que si esto hacen los padres de la tierra, cuánto más hará por nosotros el de los Cielos. Porque el Señor sabe lo que necesitamos, pero le interesa que nuestra petición llegue confiada hasta su corazón.

“Soñé que caminaba por la playa con el Señor, contaba una madre a sus hijas. Mi vida se veía reflejada contra el horizonte. En cada escena aparecían sobre la arena las huellas de dos personas. Pero me preocupaba ver que, en los momentos más duros y difíciles, en los días de angustia y derrota, tan sólo se veía un par de huellas. Entonces pregunté: Señor, me prometiste que caminarías siempre conmigo. ¿Por qué me abandonas cuando más te necesito? Hija mía, respondió, cuando únicamente ves un par de huellas, es porque te llevo entre mis brazos”.

Este el Dios que Jesús vino a revelarnos. Un Dios que a todas horas nos acompaña, aunque le veamos. Un Dios que, en los momentos más difíciles, nos toma entre sus brazos.

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Decimoctavo domingo

1. La alcancía para el cielo

“Dijo Jesús: Guardaos de toda clase de codicia, pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. Y les propuso una parábola”. San Lucas, cap. 12.

Don Pedro Picapiedra, Vilma su esposa, la niña Pebles y sus amigos, viven un momento inicial de la llamada civilización. En su vivienda disponen ya de algunos elementos como el lavaplatos, la cortadora de césped y el troncomóvil, que les hacen la vida más amable.

A través de los siglos, la humanidad continuó tecnificándose de forma sorprendente. Hemos vencido numerosas enfermedades, conquistamos la luna y nos comunicamos con todo el planeta, casi a la velocidad del pensamiento. Lástima que en otras áreas permanezcamos más allá de la caverna.

Por medio de los bienes materiales también se realiza el plan de Dios, señalado a la primer pareja humana, y explicado de manera más amplia por Cristo.

Un día alguien se acerca a Jesús para pedirle: “Dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia”. El Señor le responde que su oficio no es dirimir pleitos de dinero. Y le añade: “Guardaos de toda codicia. Aunque uno ande sobrado, la vida no depende de los bienes”. En otras palabras: La felicidad de hoy y de mañana no depende únicamente de cuanto poseamos.

El Maestro aprovecha la ocasión para contar una parábola: Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Decidió entonces ampliar sus graneros. Y se dijo: “Hombre, descansa, come y bebe. Date una buen vida”. Pero Dios le advierte: “Necio, esta noche vas a morir. ¿Para quién será lo que has acumulado?”

Jesús no sataniza los bienes de este mundo. Ellos son buenos. Nos ayudan a vivir como humanos. Son signo de los dones que gozaremos en el cielo.

Pero sí condena el egoísmo de quien acumula sólo para sí, negándose del todo a compartir.

Cuando la máquina se aplicó a la industria, durante el siglo XIX, se inició la revolución industrial que ha elevado el nivel de vida de muchos grupos humanos. Pero en la medida en que crecieron y se calificaron los bienes y servicios, no creció nuestra capacidad de compartir.

San Vicente de Paúl escribía que, en su tiempo, hubo tal escasez en algunas regiones de Europa, que era común “ver a los hombres comer tierra, masticar la hierba, arrancar las cortezas de los árboles para tener algo en el estómago”. Una pobreza, ocasionada por la falta de tecnología agrícola.

Hoy también la humanidad sufre miseria en muchos lugares del mundo. Pero la actual situación es más absurda y más injusta. Porque si repartiéramos los bienes de manera fraterna, todos podríamos alcanzar un nivel de vida suficiente.

“Para quien será lo que has acumulado?”. Con mucho sentido común respondía un campesino: “No hay mortaja con bolsillo ni ataúd con caja fuerte”. Al morir, dejaremos lo capitalizado para nosotros. Nos llevaremos lo que hemos entregado. Porque los pobres son la más invulnerable alcancía para el cielo.

Pero esta página del Evangelio, más que una amenaza, quiere ser una invitación a ampliar los graneros, a acumular muchos bienes para aquellos que no tienen. A no descansar. Es una invitación a descubrir alegrías más auténticas, en el bolsillo de los necesitados.

2. Compartir

“Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y se dijo: Tienes bienes acumulados para muchos años. Túmbate, come y bebe y date buena vida”. San Lucas, cap. 12.

Para el creyente de hoy, el sentido de los bienes materiales ha dado un viraje de 180 grados. La Iglesia primitiva, que no tenía sino un sólo corazón y una sola alma, vendía sus posesiones y repartía el dinero, según la necesidad de cada uno.

Después, los fieles profesaron una ascética de despojo, influidos por las filosofías griegas infiltradas en la comunidad cristiana. Vivir el Evangelio significó entonces no poseer nada, para así ganar la vida eterna.

En la Edad Media, se miró el trabajo cómo la herramienta para construir el Cielo. Los monjes abrieron caminos. tendieron puentes, desecaron pantanos, enseñaron a cultivar la tierra.

Los pueblos levantaron enormes catedrales y los artesanos embellecieron el mundo.

A mediados del siglo pasado, se inicio la revolución industrial. El hombre, ayudado por la máquina, comenzó a dominar el universo. Fue entonces más fácil fabricar el pan, tejer el lino, criar los ganados, viajar, comunicarse, descansar, derrotar las enfermedades.

En ese momento, algunos se adueñaron de los medios de producción y dividieron el mundo entre poderosos y necesitados. Entonces muchos se preguntaron si aún era posible vivir el Evangelio.

El cristiano, sin embargo, no se desconcierta ante ninguno de los progresos técnicos. Admira los avances del mundo, se entusiasma con los proyectos de un futuro más próspero. Goza con alegría de todos los adelantos de la ciencia.

Pero orienta su vida hacia una meta muy clara: Compartir. Vuelve a la práctica de la Iglesia primitiva. La ciencia, la tecnología, los avances de la medicina, la electrónica, la informática, son llamadas muy fuertes al compromiso cristiano. Es necesario edificar un mundo más hermoso y fraternal.

No podemos divorciar al Dios Redentor, que nos salvó del pecado y de la muerte, del Dios Creador, que plasmó el cosmos y nos enseñó a dominarlo.¿Por qué no hacer todos: Niños, jóvenes y adultos, un examen sobre este tema: Compartir? Con los de casa, con nuestros parientes, con los marginados, con las iniciativas pastorales de la Iglesia.

Ninguno quisiera verse retratado en aquel hombre rico que tuvo una gran cosecha. Pensó derribar sus graneros y construir otros más grandes.

Y luego tumbarse, comer, beber y darse buena vida. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?

Así sucede a quien amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.

3. Tener o no tener

“Un hombre rico tuvo una gran cosecha y se dijo: Tienes bienes acumulados para muchos años, come, bebe, date buena vida”. San Lucas, cap. 12.

Hemos convertido insensiblemente el dilema de Hamlet: “Ser o no ser”, en uno menos noble y más prosaico: “Tener o no tener”. Un día inventamos la rueda, los espejos ustorios, la pólvora, la televisión, los computadores, los cohetes espaciales... Pero, ¿nos ha servido todo esto para ser mejores? Algunas veces.

Cuando no nos hemos convertido en seres extraños, rodeados de cosas, con la mente colmada de ambición y el corazón enfermo de egoísmo.

El Evangelio nos cuenta el solemne fracaso de un hombre: Sus cosechas habían sido abundantes. Amplió entonces sus graneros. Y cuando esperaba alcanzar la felicidad, llegó la muerte con pasos silenciosos. Lo que había acumulado con tantos esfuerzos, ¿para quién sería?

Todos luchamos por el pan de cada día, la vivienda, el vestido, la salud, el estudio de los hijos, la seguridad del mañana. Pero no es cristiano acumular bienes materiales sin pensar en los demás. Dios nos entregó el universo para que lo domináramos y lo compartiéramos fraternalmente.

Cuando el Señor comunica a ciertos elementos materiales un poder especial e inventa así los Sacramentos, nos invita a conferirle a cada cosa una fuerza de salvación. Entonces el mundo físico se torna en alfabeto de un idioma variado, hermoso y rico que se llama caridad.

Así nuestros bienes enseñan en las escuelas de los barrios alejados, capacitan a los jóvenes de los tugurios, llevan medicinas a los remotos caseríos, levantan casas para las familias que viven bajo los puentes, juegan en los parques con los niños que no sabían reír y ayudan a los marginados a sentirse personas.

Muchos de nosotros no hemos experimentado nunca la alegría de servir a los demás. Es una dicha más honda y duradera que aquella que nos da la compra de un apartamento, de una casa de campo, el viaje a Europa, el automóvil último modelo.

Un día moriremos. Pero nuestros bienes pasarán la aduana de la muerte, si los hemos usado para el servicio de nuestros hermanos. Entonces esos dones de Dios y el fruto de nuestro trabajo se convertirán en un tesoro que no roe la polilla, ni amenazan la herrumbre o los ladrones. Jesús lo dijo con mucha claridad: Si hemos dado de comer a los hambrientos, de beber a los sedientos. Si hemos vestido a los necesitados y les hemos enseñado a vivir y a triunfar.

El fracaso del rico aquel que nos cuenta el Evangelio no será el de nuestra vida. Habremos resuelto a favor nuestro otro dilema: “Amar o no amar”. En él se juega la grandeza del hombre.

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Decimonoveno domingo

1. Me propuse vivir

“Dijo Jesús: Dichosos los criados a quienes el señor encuentre velando. Os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo”. San Lucas, cap. 12.

Cuenta Saint Exupéry en “Tierra de hombres”, de un piloto francés que cayó con su avioneta en los Andes, donde la temperatura desciende en la noche a treinta grados bajo cero. Sus compañeros trataron de encontrarlo, pero después de dos días abandonaron la búsqueda. Nadie podría sobrevivir en tan adversas condiciones.

Sin embargo, aquel piloto herido resistió y después de una larga caminata por terrenos inhóspitos, pudo llegar a un puesto de socorro. Allí contó el secreto de su fortaleza: “Un animal hubiera muerto, pero yo me propuse vivir”.

Jesús presenta a los discípulos una parábola para invitarlos a permanecer vigilantes. Los está motivando comprometerse con la vida. Es decir a vivir.

Les habla de un hombre que regresa tarde a casa, después de una fiesta o de un viaje, y encuentra que sus criados no han cenado y permanecen esperándolo. Lo aguardan, ceñida la túnica, y encendidas las lámparas que espantan el sueño.

El Maestro asegura que aquel amo se pondrá el delantal, hará sentar a sus criados y les servirá de uno en uno la cena. Un premio que rebasa cualquier expectativa de los siervos.

La parábola toma de las costumbres judías, pero añade elementos insólitos. Los siervos nunca comían primero que sus amos. Y menos aun eran servidos por ellos. De allí el estupor de Pedro en la última cena, cuando Jesús lavó los pies de los apóstoles. Este servicio, degradante para un israelita, se encomendaba a los criados gentiles.

Jesús quería enseñarnos a vivir, ceñida la cintura, comprometidos con la tarea que nos toca.

En la vida real los judíos se recogían con un cinto la túnica, para que no les impidiera andar y trabajar. Además encendidas las lámparas. Hechas de barro o de bronce y alimentadas con aceite de olivas, se distribuían por la casa, al llegar la noche.

Esta luz significa una continua adhesión a Dios, en las circunstancias positivas y también en las adversas.

El autor de la carta a los Hebreos nos presenta a Abraham, Isaac, Jacob, y Sara, grandes figuras del Antiguo Testamento, quienes sintieron que el Señor acompañaba su camino e iluminaba su historia. Ellos supieron mantenerse vigilantes y son ejemplo para nosotros. El texto añade: “La fe es la seguridad de lo que esperamos y la prueba de lo que no vemos”.

San Lucas contrapone luego aquellos criados fieles con otro malvado, que ante la tardanza del amo, “se puso a golpear a sus compañeros, a las criadas y a emborracharse”. Con éste no tendrá el señor aquella actitud maternal de servirle a la mesa.

Todo esto nos invita a entender esta vida temporal como un “mientras tanto”, que a muchos desafía y a otros muchos agota. Podemos alinearnos entre los esforzados que luchan a diario, o entre los vencidos, profesionales del pesimismo. ¿Sí serán nuestros problemas los más graves? ¿Sí será nuestra vida la más trágica?

Mientras vamos de paso por la tierra, lo importante no es sobrevivir apenas. Es necesario proponernos vivir.

2. Aunque es de noche

“Dijo Jesús: Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Estad cómo los que aguardan que su Señor venga de la boda, para abrirle apenas venga y llame”. San Lucas, cap. 12.

Viene Dios a nosotros. O mejor dicho retorna, pues ya una vez había acampado en la tierra. Del contexto evangélico deducimos que su regreso tendrá lugar de noche. Porque se nos invita a estar en vela y a mantener encendidas las lámparas.

Con razón Santa Teresa aludía frecuentemente a esa noche oscura, que es la vida, con sus fantasmas y sus contratiempos.

Porque es tarea del cristiano aguardar al Señor, a pesar de la noche que oprime. Esperarlo, en medio de nuestros monótonos deberes. Los del ama de casa: Barrer, sacudir, lavar, preparar los alimentos, atender los imprevistos de un hogar.

A pesar de nuestra tarea deslucida e ignorada: Ensamblar en la fábrica las mismas piezas, cada día. Manejar los mismos papeles. Supervisar durante años la misma maquinaria. A pesar de que nuestro trabajo, responsable y honesto, muy pocos lo valoran y casi siempre es mal remunerado.

A pesar de que la fe nos hace extraños en nuestro círculo social y parezcamos ir contra corriente, muchos esperamos al Señor y rezamos sinceramente aquella petición del Padre nuestro: Venga a nosotros tu reino.

También otros, sin darse mucha cuenta, aguardan la venida del Señor. Son quienes motivados por diversas ideologías, luchan por verdaderos valores. Se han fijado un ideal y se sacrifican por él generosamente.

Suspiran por un mañana mejor, por algo más pleno, por una utopía, a veces imposible de definir y menos aun de describir plenamente.

Todos merecen nuestro respeto y admiración. Ellos aguardan que nos acerquemos fraternalmente y les anunciemos el Evangelio de una manera espontánea y humilde. Para su consuelo escribe un autor: Cualquier forma de sed es, en el fondo, sed de Dios.

Pero unos y otros, los que aguardamos a Dios conscientemente y quienes lo esperan, aun sin saberlo, sospechamos que el Señor esta cerca.

En todos los rincones del mundo, existen muchos hombres y mujeres que realizan su tarea en la noche: Los pilotos, las enfermeras, los marinos, las encargadas de comunicaciones, los celadores, los médicos de guardia, los obreros de tiempo nocturno en las fábricas, los vigilantes... Así el cristiano, bajo esta penumbra de la fe, se capacita para velar y mantener su lámpara encendida, esperando al Señor.

3. La lámpara encendida

“Dijo Jesús: Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre”. San Lucas, cap.12.

La plaza de San Pedro en Roma se llena de silencio. Se alejan los coches, rechinando sus ruedas sobre las piedras gastadas del pavimento. El enorme obelisco se diluye en la sombra. Los surtidores desgranan con serenidad y mansedumbre el rumor del agua. Arriba, una ventana permanece iluminada. El Papa mantiene encendida la lámpara.

Cristo nos enseñó que los cristianos somos luz para el mundo. Mantengamos viva nuestra llama.

Un estudiante soporta burlas porque defiende sus convicciones cristianas. Una obrera se porta correctamente, no obstante el ambiente difícil de la fábrica. Una religiosa permanece fiel a sus compromisos, a pesar de las dificultades y los años. Una pareja continúa enseñando la fe a sus hijos con amabilidad y constancia, en medio de un hábitat pagano.

Un gerente medita largas horas sobre cómo mejorar el nivel de vida de sus obreros. Un publicista sabe juntar la promoción eficaz de un producto con mensajes constructivos y hermosos.

Una señora adinerada financia silenciosamente aquella obra social que iba a cerrarse.

Un profesional gasta sus ratos libres en ayudar a los pobres. Una familia renuncia a un viaje al exterior para que otra familia libere su casa hipotecada.

Estos son cristianos que deciden mantener su lámpara encendida para alumbrar el camino a mucha gente. Los miramos de lejos y su fe nos llena de esperanza. Nos motiva a mantener viva nuestra luz.

Va a venir el Señor. No sabemos si al principio de la noche, un poco más tarde o a la madrugada. Ojalá nos encuentre velando, construyendo un mundo mejor, llenos los ojos de luz, cansadas las manos de hacer misericordia.

Aguardémosle con ilusión, como se espera la visita de un amigo. Si nos encuentra velando, nos hará sentar a la mesa y su presencia iluminará todas las cosas.

Cicerón nos dice que la amistad es una sociedad de cosas humanas y divinas.

Si mantenemos la luz, el Señor asociará a nuestra vida todo lo que El es. Porque ha querido iluminar el mundo desde nuestro candil, tan frágil y humano ante las sombras y las tempestades.

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Vigésimo domingo

1. El dios pastelería

“Dijo Jesús: He venido a prender fuego en el mundo y ojalá estuviera ya ardiendo. No he venido a traer paz sino división”. San Lucas, cap. 12.

Durante el concilio Vaticano II, algunos obispos señalaron que entre las causas del ateísmo actual, están las caricaturas de Dios que no pocos cristianos presentan.

“Entre ellas, comentaba un periodista de entonces, el Dios Pastelería, refugio de las almas cobardes y sentimentaloides, de los corazones de crema y mantequilla. Un Dios que espera a todas horas ser enjabonado por efluvios místicos y oraciones de caramelo, mientras peina los bucles de su melena de oro”.

Nada tan distante de aquel Dios que Jesús nos enseñó a amar: Un Dios amable y paternal, pero que exige a sus seguidores esfuerzo y constancia. Un día el Señor les dice a sus discípulos: “He venido a prender fuego en el mundo. No he venido a traer paz sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: Tres contra dos y dos contra tres.”.

Una frase que en verdad nos desconcierta. Este Maestro que en tantas ocasiones ha predicado la paz y la armonía, ahora habla de fuego y de guerra. Promete dividir las familias y por consiguiente los grupos humanos.

En la cultura bíblica el fuego equivale casi siempre a castigo del cielo. Pero también significa la purificación que Dios realiza en sus hijos. Aquí representa entonces el amor nuevo que Jesús trae a la tierra. Amor suyo para la humanidad, amor de caridad entre todos los hombres.

Comprendemos la palabra de Jesús cuando distinguimos entre guerras y guerras. De igual manera entre paces y paces.

La expresión de Cristo: “He venido a traer guerra”..., quiere decir que seguirlo a El nos exige a cada paso violencias y rupturas. Algunas veces hasta derramar sangre, como anota la carta a los hebreos.

Quien decide vivir el evangelio ha de afrontar muchos conflictos. Primero en su propio corazón. Tanto la paz como la guerra brotan de los estratos más hondos de la persona. Como aquellos primitivos cataclismos que, desde las entrañas de la tierra, originaron las cordilleras y los océanos.

Pero también el seguimiento de Cristo nos enfrenta al propio entorno. Y en esa lucha hemos de fabricar la paz, ganando muchas batallas con paciencia y mansedumbre. San Pablo motiva a cristianos de Colosas para que se armen de bondad, humildad, benignidad y tolerancia. Este es el arsenal de la campaña por los valores del Reino.

De otra parte, apunta un escritor, a cada paso corremos el riesgo de fabricar paces adulteradas: “Aquella que obliga a todos a callarse y establece por decreto la calma. La de quienes viven una caridad pusilánime que esquiva los mínimos roces, dejando que las situaciones se pudran. La de otros, obsesionados por el establecimiento o los principios, que ya dividieron el mundo entre buenos y malos.”

Sin embargo, no identifiquemos la fe cristiana con el enfrentamiento y la renuncia. Sería canonizar la filosofía estoica de siglos pasados. La guerra que Jesús nos señala es la herramienta que construye nuestra alianza con Dios. Es la moneda para comprar un equilibrio personal, una armonía social, un servicio desinteresado a los pobres, es decir el reino de los Cielos.

2. Lo llamaron seductor

“Dijo Jesús: ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante una familia de cinco estará dividida: Tres contra dos y dos contra tres...”. San Lucas, cap. 22.

Al día siguiente de la muerte de Jesús, los sumos sacerdotes y fariseos se presentaron a Pilatos diciéndole: “Ponle guardia al sepulcro. Porque aquel seductor dijo una vez: Resucitaré al tercer día”.

Mucho va de seductor a seductor. Pero tenían razón aquellos sacerdotes y fariseos. Cuando Cristo se mezcla en nuestros planes, nos seduce definitivamente. Lo comprobamos al releer la historia de la Iglesia: Los discípulos de Juan lo abandonan, para irse detrás del Maestro.

Pablo, de camino hacia Damasco para encarcelar a los cristianos, se ve obligado a cambiar sus planes. Agustín de Hipona siente una fuerza irresistible que le hace abandonar su vida de pecado, para convertirse en el pastor, el obispo, y el santo.

Bernardo de Claraval se encamina a la cartuja y arrastra consigo a sus parientes. Alfonso de Ligorio deja su espada de caballero a los pies de una imagen de María, renuncia a un brillante porvenir para dedicar su vida a los más necesitados.

Juana, la baronesa de Chantal, abandona su casa y sus comodidades para fundar la orden de la Visitación. Y en la historia contemporánea cuántas vidas admirables, cuántos heroísmos, cuántas proezas de los modernos. Es la fuerza seductora de Cristo

Aquellos novios terminan definitivamente, con dolor y con lágrimas, porque comprenden que su cercanía no los hace crecer, los disminuye. Una joven por defender la vida que lleva en su seno, rompe con su familia que le aconseja abortar.

Un muchacho, al terminar su secundaria, se decide por la vida misionera, aunque sus amigos pretendan disuadirlo. Tantos empleados y empleadas que no progresan más porque mantienen firme su honradez.

En otros pasajes del Evangelio, el Señor promete la paz y nos invita a construirla. Por esta razón el texto de hoy nos desconcierta.

Olvidamos que la verdadera paz es el resultado de muchas batallas y de muchas renuncias. La obtendremos aquel día en que cedamos plenamente a la obstinada seducción de Dios.

Con toda razón el Cantar de los Cantares nos presenta al Señor como un amante: “Vedle ya que se para detrás de nuestra cerca, mira por las ventanas, atisba por las rejas”.

Y Jeremías, agobiado por su vocación de profeta, entre un pueblo que no le escucha y le persigue, se queja ante el Señor: “Me sedujiste, Yavéh y me dejé seducir. Eras más fuerte que yo y me venciste”.

3. Teología del fuego

“Dijo Jesús: He venido a prender fuego en el mundo y ojalá ya estuviera ardiendo”. San Lucas, cap. 12.

La lengua hebrea con su afición por las metáforas, servía admirablemente al doble propósito de Jesús: Explicarnos lo inexplicable e invitarnos a caminar hacia el misterio.

“He venido a prender fuego en el mundo, y ojalá ya estuviera ardiendo”, dijo el Señor: Entonces sus discípulos empezaron a elaborar toda una teología del fuego.

En la mañana de Pentecostés, cuando descendieron lenguas encendidas sobre los apóstoles, ellos comprendieron que Dios es como la luz, como el calor, como la llama que envuelve y que transforma.

Podemos buscar al Señor remontando la historia del fuego, esa historia que Gertrudis Von Le Fort nos narra en forma de poema. En el principio, cuando el hombre habitó en las cavernas y eran muy largos los inviernos, el fuego calentaba su vida, acompañaba su soledad, ahuyentaba las fieras. Así Dios llega hasta lo más escondido de nuestro ser, nos calienta, nos acompaña y espanta los enemigos visibles e invisibles.

Nace el fuego del roce de dos leños, brota del pedernal que golpeó la roca y cuando el hombre se olvida de él, irrumpe violentamente desde la cima de los volcanes.

Cristo abrasa la tierra desde los dos maderos de la cruz, sale glorioso golpeando la piedra del sepulcro para alumbrar el universo, y cuando lo olvidamos produce cataclismos en el interior del hombre o en la historia, para recordarnos que su amor nunca se extingue.

El fuego que sabe dormir bajo el rescoldo, en el fogón de los humildes, aprendió a volverse casi espíritu en la electricidad y a conquistar la más honda intimidad de los átomos.Así es el Señor: No desdeña las cosas humildes y ordinarias, pero sabe llegar hasta lo más profundo de cada ser. Para invadir los más remotos y escondidos territorios de la nuestra persona.

La liturgia cristiana invitó desde el principio al fuego, para que la Vigilia Pascual simbolizara al Maestro resucitado. Y las lámparas votivas se le aprestaron a señalar a los fieles que en la Eucaristía, el Amigo vive y ama continuamente.

Se encienden los cirios para acompañar al niño en su entrada a la Iglesia por el bautismo. Iluminan al moribundo en su hora final, y alumbran luego sus despojos, anunciando la luz perpetua que aguardamos.

Mas no podemos olvidar el fuego del sol, dibujante y pintor en los arreboles de la tarde y a la madrugada, sobre las gotas de rocío, las montañas nevadas, las hojas tiernas y las cabezas de los pájaros. Esa esfera de fuego que los niños gustan de pintar en los cuadernos, con sus crayolas elementales.

Así es Dios: A cada uno adorna con un tinte especial, un matiz singular, una tonalidad irrepetida, y goza infinitamente cuando nosotros, con trazos vacilantes e infantiles, tratamos de copiarlo en nuestra vida.

El Señor desea que su fuego arda en el mundo. ¿Qué hemos hecho sus amigos para encender su verdad, atizar su amor, e iluminar a todos con su mensaje?

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Vigésimo primer domingo

1. Al cielo en ascensor

“Uno le preguntó a Jesús: Señor ¿serán pocos los que se salven? El les dijo: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán”. San Lucas, cap. 13.

A la iglesia de la Natividad en Belén, se llega por una puerta baja de escasos metro y medio de altura. La historia cuenta que al principio se ajustó la entrada, para impedir el acceso de animales. Más tarde, las guerras contra los turcos exigieron un segundo achicamiento, que obligaba a los invasores a arriesgarse de uno en uno, en posición vulnerable.

Al visitar esta basílica muchos recordarán aquella palabra del Señor: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán”. Así respondió el Maestro a alguno que le preguntaba: “Señor: ¿Serán pocos los que se salven?”.

Porque quienes seguían a Jesús también se angustiaban sobre el futuro más allá de la muerte. Un cielo como plenitud de la persona, como comunidad perfecta, conocimiento pleno y amor sin fronteras, apenas se esbozaba en la mente de aquellos discípulos. Y mientras los judíos piadosos esperaban salvarse por el cumplimiento estricto de la ley, el Maestro señalaba una salvación por la limpieza interior y la honradez.

Jesús nos enseñó que la salvación no un hecho simple, como pasar la calle, saltar un bache, o atravesar una puerta. Es un proceso largo y dispendioso, con muchos obstáculos y frecuentes retrocesos. Lo sabemos por experiencia

Y para alcanzar esta meta el Señor nos pide abandonar muchas cosas: El afán desmedido por los bienes materiales, las preocupaciones inútiles y los vicios, por consiguiente. Además nos invita a hacernos pequeños. Ya en otra ocasión El había dicho: “Si no os hacéis semejantes a los niños no entraréis en el reino de los cielos”.

Santa Teresita del Niño Jesús, a quien Juan Pablo II declaró doctora de la Iglesia, presentó al mundo un novedoso método de vivir el Evangelio: El camino de infancia. El cual consiste en una actitud continuada de hijos ante el Padre bueno de los cielos.

Pero no conviene confundir la infancia espiritual con el infantilismo crónico que muchos cristianos padecemos: Nunca tomamos decisiones. Siempre dependemos de los demás. Somos irresponsables. Imitamos la conducta de Peter Pan, aquel niño que no quería crecer. Obsesionado por su seguridad, anhelaba siempre regresar a Kensington Garden, donde las hadas le protegerían día y noche.

Ser pequeños para franquear la puerta del cielo, es otra cosa. Es conocer a Dios, pero relativizar enseguida todo conocimiento. Es renunciar a tantos afectos que creíamos indispensables, simplificar la vida, avanzar con el alma a la intemperie, expuestos al Señor. Es coleccionar experiencia sin perder capacidad de asombro.

Tradicionalmente el camino hacia el cielo se comparó con el trepar a una escalera, la subida a una torre, o la ascensión a una montaña. Santa Teresita del Niño Jesús, frente a tales imágenes, se sintió desanimada. Por esto se alegró inmensamente al conocer en ciertas casas de su pueblo natal, los ascensores que empezaban a usarse.

Y comparó con ellos su camino de infancia. En sus escritos nos explica: Cuando somos pequeños, Dios nos toma cariñosamente y nos levanta en sus brazos.

2. Quizás muy estrecha

“Dijo Jesús: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán”. San Lucas, cap. 13.

El pueblo judío, probado por el hambre y la sed, entiende la comparación que hace Cristo de la felicidad con un banquete de bodas. Sentarse a la mesa, compartir el alimento, participar en la fiesta, son ejemplos que utiliza la Biblia para explicar qué hallaremos más allá de la muerte.

Sin embargo, para llegar a ese banquete, es necesario franquear la puerta del cielo, que según San Lucas es estrecha.

Las puertas de las casas judías eran bajas, apoyadas sobre un quicio de madera y sostenidas por soportes de piedra. Estos soportes se rociaban con la sangre del cordero en la fiesta de Pascua.

André Gide, con marcado pesimismo, nos dice que la puerta del cielo es demasiado estrecha. Solamente podremos entrar de uno en uno. No podrán llegar juntos el esposo y esposa.

Imposible franquearla en familia, ni menos aun acompañados de nuestros amigos. Pero la palabra del Señor contiene un mensaje muy distinto: Sólo impiden la entrada las cosas y personas que nos apartan del Señor.

De otra parte, renunciar, despojarse, desprenderse, no son verbos extraños a la vida: Nos mudamos de casa y tenemos que renunciar a nuestros vecinos. Nos deshacemos de lo superfluo, cambiamos de ubicación y de paisaje.

Empezamos a frecuentar la escuela o la universidad y perdemos la libertad, sacrificamos nuestro tiempo libre, nos ligamos a un programa, a una tarea exigente.

Lo mismo nos sucede cuando firmamos un contrato de trabajo, o nos comprometemos con el grupo, con el club, con el partido.

Renunciamos si nos dedicamos al arte, a la ciencia, a los negocios. Renuncia el militar, el deportista, el viajero. Esto en busca de mejores realizaciones, de unos valores superiores. En persecución de una esperanza.

Y nos acostumbramos a estas renuncias: A madrugar, a tomar los alimentos de prisa, a estar sujetos a un horario, disponibles a lo que ordenen los demás, Llega un momento en que estas cosas ya no duelen. Las hemos incorporado a lo común y corriente de la vida.

Pero se nos hace difícil renunciar cuando se trata de buscar a Dios. Olvidamos que también la vida cristiana, las relaciones con Dios y con el prójimo, exigen renunciar para franquear la puerta estrecha. No cabremos por ella, hinchados por el egoísmo y cargados con tantas cosas inútiles.

Pero el despojo del cristiano es alegre y lleno de esperanza. Libres de toda dependencia, llenos de confianza en el Señor, no habrá ninguna puerta que nos impida llegar hasta el banquete.

3. La puerta estrecha

“Dijo Jesús: Esforzaos por entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán”. San Lucas, cap.13.

Señor gerente, doctora, ilustre diputado, capitán, monseñor, reverenda madre, maestro... Tengamos en cuenta que los títulos son, al fin y al cabo, unas sílabas más para el epitafio, como decía Clemente XIV.

Los amigos de Cristo no podemos vivir de solas apariencias. La matrícula en un grupo apostólico, la etiqueta de una obra social, el pertenecer a determinado sector de la Iglesia, el haber conocido alguna vez al Señor, o el llamarlo a gritos en la última hora, no bastan para entrar en su casa.

Para ser su amigo hay que vivir a profundidad el evangelio. Un día se nos examinará de los hechos, no tanto de los planes. Valdrán entonces las actitudes y poco las buenas intenciones. Contarán nuestro amor a Dios y al prójimo, y casi nada nuestras hermosas ideas y nuestras bonitas palabras.

“La Puerta Estrecha” es una novela de André Gide. Alissa, la protagonista, aleja dolorosamente a Jerome en aras de su incapacidad para conciliar el amor de Dios con el noviazgo. El autor concluye que no podemos franquear de dos en dos la puerta de los Cielos.

Pero Gide no tenía razón. Por la puerta del cielo podremos entrar de la mano con todos los que amamos.

Es estrecha la puerta, porque no caben por ella nuestros egoísmos, tantas cosas inútiles con que nos hemos rodeado, y el aparato de nuestra solemnidad y suficiencia.

Para entrar nos toca volvernos pequeños, reducirnos a la dimensión de lo que somos, pero con el gozo de ser plenamente nosotros mismos.

Imaginemos la alegría del sol cuando se vuelve pequeño, pero a la vez radiante y voraz, en el rayo de luz que recoge con avaricia una lente convexa. Imaginemos el triunfo del copo de algodón que se cambió en madeja y luego en cordel muy fino y resistente para la reciedumbre del velamen y la asechanza de la red.

La del cielo es una puerta estrecha. Porque esta vida de la tierra se encarga de despojarnos cada día. Primero quedan atrás los sueños, se diluyen enseguida las ilusiones, muchos gloriosos proyectos se desvanecen en la nada, se tronchan de improviso las mejores amistades.

Lo que llamamos ciencia se resume en un convencimiento de nuestra incapacidad de entender. Los deseos de comunión interpersonal se rebajan a un poco de sed y a un miedo inconfesable de soledad.

Entonces todo el universo nos cabe en el cuenco de la mano, entre el espacio reducido del propio corazón.

Y así podemos caminar mejor hacia Dios: Despojados de todo, menos de un ansia inmensa de conocerlo y de un deseo inocente de sentirnos sus hijos.

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Vigésimo segundo domingo

1. Amigo, sube a otro puesto

“Entró Jesús en casa de uno de un fariseo y, notando que los convidados escogían los primeros lugares, les dijo: Cuando te inviten a una boda no te sientes en el puesto principal”. San Lucas, cap. 14.

“Disculpe, señora, ese puesto es para el gerente”. “ ¡Qué pena, doctor! ¿Le molesta hacerse allá en la esquina?” “Por favor, joven, a usted le corresponde en la otra mesa”. Lo que hoy ocurre en las celebraciones, o en las comidas de lujo, también tenía lugar en tiempos de Jesús.

Un fariseo invitó al Maestro a comer en su casa. Era un día de sábado. Ya habría caído el sol y terminaba el descanso legal.

San Lucas anota que los fariseos, como era su costumbre, estaban al acecho. El Señor miraba que los comensales, al entrar, buscaban las primeras sillas.

Dijo entonces Jesús: Cuando te inviten a una boda, no te sientes en el puesto principal. Quizás han convidado a otro de más categoría y el dueño de casa te dirá: Cédele el puesto a éste. Y te sentirás avergonzado. Busca más bien el último sitio y de pronto te invitarán a subir.

Aquí el Señor habla de lugares físicos, pero su enseñanza toca también esos espacios y servicios - en la sociedad, en la Iglesia, en la familia- que clasificamos como secundarios o principales. Como deslucidos o brillantes.

El Evangelio nos enseña a elegir lo corriente, lo menos notorio, para que Dios, y la historia, nos inviten a ocupar un lugar superior.

Pero surge una objeción: ¿Cómo practicarán esta enseñanza aquellos y aquellas constituidos en autoridad? ¿Tampoco podrán ocupar los primeros puestos?

El libro del Eclesiástico nos responde: “Hijo mío, procede con humildad y te querrán más que a hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios”.

Todo va entonces en el estilo con que unos y otros realicen su tarea. Algunos lo hacen con orgullo y arrogancia. Otros con sencillez de corazón

Tal sencillez es el conjunto de actitudes que nos presentan, no como señores, sino como hermanos de todos. Un estilo que brota de recordar que unos y otros somos hijos de un mismo Padre Dios. Se fundamenta en el propio conocimiento. Al fin y al cabo los de arriba y los de abajo somos pequeños, frágiles, pecadores.

En el polo opuesto estaría la afectación, que se traduce en modales autoritarios y postizos. Así actúan quienes sufren un deseo inmoderado de aparecer, o “monomanía epifánica”, mientras buscan el humo del incienso para ocultar sus limitaciones y carencias.

Esopo, un esclavo griego del siglo VI a. C., escribió de una rana que quiso hacerse grande, como un robusto buey que pastaba allí cerca. Con este propósito empezó a hinchar su delgado pellejo. Y preguntó a sus hijos: ¿ Ahora sí miráis que he crecido?

- Inútilmente lo intentáis, dijeron ellos. Pero la orgullosa rana hizo nuevos y violentos esfuerzos, hasta que reventó. Y el fabulista concluye: “Quien nació para rana no pretenda ser buey”.

El autor del salmo 130, expresa con inmenso realismo: “Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros. No pretendo grandezas que superan mi capacidad. Sino que modero mis deseos como un niño en brazos de su madre”.

2. El idioma evangélico

“Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal. Vendrá de pronto el que te convidó y te dirá: Cede el puesto a éste”. San Lucas, cap. 14.

Hacia el año 70 de nuestra era, aparece en Roma el Evangelio de Marcos. Entre los años 80 y 90 encontramos en Palestina el de Mateo y probablemente en Antioquía, el de Lucas.

Sólo más tarde, a finales del siglo I, Juan escribe el suyo desde algún lugar de Asia Menor.

Mateo escribe de Jesús para una comunidad de judíos que se ha convertido al cristianismo. Lo hace en arameo. Los otros tres nos entregan su relato en griego, matizado por la cultura personal de cada uno y por la mentalidad de las comunidades a quienes se dirigen.

Sin embargo, los cuatro escritores usan un mismo idioma: El de la Buena Nueva, el Evangelio.

Todos ellos nos transmiten unos mismos valores, una manera idéntica de definir al hombre, de analizar el mundo, de examinar la historia. Es un lenguaje nuevo que se vuelve idioma universal, comprensible para todos los hombres de buena voluntad, que, en cualquier lugar de la tierra, buscan al Señor bajo el impulso del Espíritu. De entrada, esta lengua nos puede parecer desconcertante: Allí perder se traduce por ganar. Ser significa dar.

Importancia se traduce cómo servicio. Atesorar se cambia en compartir. Poder se expresa con la palabra mansedumbre. El Maestro trae un ejemplo claro de esta lengua en el Sermón de la Montaña: Felices los mansos porque ellos poseerán la tierra.

Cómo práctica de este idioma, encontramos aquel consejo para los invitados a una boda: No te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría y te digan: Cédele el puesto a éste. Nunca conviene buscar los primeros lugares.

Ni en la mesa del banquete, ni en el ambiente familiar, ni en el círculo de amigos. Aunque seamos conscientes de las capacidades, los valores y la experiencia que poseemos

Lo más evangélico es no aparecer en primer plano. Distinguirnos por una discreta sencillez, que siempre trae agradables sorpresas y que ayuda, más que a imponer criterios y directivas, a compartir lo que somos y tenemos. Los evangelistas recuerdan ciertas frases clave de Jesús. Quizás El las repetía con frecuencia. Quizás su mensaje les había impactado hondamente.

Las dejan caer en sus escritos, así de paso, a veces fuera del contexto.

Una de ellas, que recopila esta enseñanza del banquete, es la siguiente: “Todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”.

También San Lucas, al comienzo de su Evangelio, coloca en los labios de Nuestra Señora una frase semejante: “El Señor derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes”. Tal vez nosotros no estemos familiarizados todavía con el idioma evangélico.

Aceptamos unas verdades religiosas, tratamos de corregir nuestra conducta, realizamos unos ritos.

Pero no alcanzamos una comprensión plena de la palabra de Jesús. No hemos asimilado su gramática, se nos hace difícil el hondo significado de sus palabras. Nuestro vocabulario es todavía trivial, insuficiente, a veces cargado de prejuicios. Es necesario leer y releer el Evangelio para obtener mejor inteligencia de él y más soltura. Cambiarán entonces nuestras actitudes y, cómo quién asimila un nuevo idioma, hallaremos un mundo desconocido.

3. No sabemos soñar

“Dijo Jesús: Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal. Cuando des una comida, no invites a tus amigos y hermanos”. San Lucas, cap. 14.

Un anciano judío contaba este episodio de su infancia: “Tendría yo cinco años y hacía parte de una caravana de nómadas por el desierto del Sahara.

Hacía sido confiado a una anciana, que se ocupaba de mi educación y pasaba mi vida bajo la tienda, a donde todos acudían para comer, discutir y descansar.

Fue en primavera y la noche luminosa se asomaba a hurtadillas por los agujeros de la tienda. Yo sentía una necesidad irresistible de contemplar el cielo.

Ya, al aire libre, quedé como extasiado. Nunca había visto tantas estrellas juntas. Entonces a mi mente infantil afloró un raro presentimiento: ¿Será esta noche cuando llegue el Mesías?

De pronto, la voz áspera de la anciana y una mano ruda me toma del brazo.

- Deja de soñar con el Mesías. Mejor aprende a sumar para que un día lleves bien los negocios”.

En cada uno de nosotros conviven aquel niño y la anciana. Ella es la fría lógica, el cálculo, la contabilidad. El, los sueños, el futuro, la esperanza.

Sin el Evangelio nuestra vida transcurre siempre bajo de la tienda, entre los que beben, comen y discuten sobre negocios. Pero la palabra de Jesús nos invita a salir al aire libre, para contemplar el misterio.

Y al entrar en contacto con Jesús, con sus amigos, con su doctrina, podemos exclamar: ¡Nunca había visto tantas certezas juntas!. Es Dios quien llega a nuestras vidas.

El ambiente de hoy nos invita a subir en la escala social, a ganar puntos, a ampliar el radio de nuestra influencia. Para ello se necesita buscar los primeros puestos en los banquetes, aparecer en las páginas de los diarios, traficar con influencias.

Pero el Señor nos guía a otros caminos de realización y crecimiento: “Todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. “Cuando te inviten a una boda ve a sentarte en el último puesto. Entonces te dirán: Amigo, sube más arriba”.

Cuando nos urge un ansia de compañía, deseamos compartir lo que somos y tenemos. Y para lograrlo invitamos a los que tienen más que nosotros. Llamamos a los que nos aprecian. El resultado es obvio: Nos invitarán la próxima semana, e iremos subiendo en la escala social de la apariencia. Pero en el fondo continuamos solos.

El Evangelio enseña que hay una forma escondida de amistad, una compañía más honda y misteriosa. El Evangelio es para nosotros luz en el desierto. Nos ayuda a salir de los esquemas comunes, de nuestras intrigas, de una vida estéril y ordinaria. Nos invita a abrirnos a Dios y los hermanos. Entonces aprendemos a soñar un hermoso sueño que alienta en el cansancio y reconforta la vida. Entonces Jesucristo se hace visible ante nuestra esperanza.

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Vigésimo tercer domingo

1. Las jerarquías del amor

“Dijo Jesús: Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre, a su madre, a su mujer y a sus hijos...incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”. San Lucas, cap. 14.

Cuando Goethe cumplió sesenta años, sus alumnos le obsequiaron una medalla con una cruz grabada en el anverso. El disgusto del poeta fue notorio. Para él la cruz significaba el despojo de “lo humano y razonable”, sin lo cual un hombre normal no existe.

También a muchos nos molesta la exigencia del Maestro: “Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío”. Pero entendemos que tomar la cruz equivale a aceptar el programa de Jesús. Un programa que consiste en colocar a Dios sobre todas nuestras cosas.

Por esta razón Jesús añade: “Si alguno no pospone a su padre, a su madre, a su mujer y sus hijos, a sus hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser mi discípulo”.

Porque el discípulo de Cristo no ama menos. Ama según distinta jerarquía, situando siempre a Dios en el centro de su vida. Todos sus amores permanecen, pero han cedido el primer puesto a Señor.

¿Un ideal para gente extraordinaria?. No solamente. Aún los cristianos de a pie a podremos colocar a Dios en la mitad del corazón. Bastaría evaluar nuestros afectos y ordenarlos como Cristo enseñó.

Muchos predicadores, influenciados por los griegos, nos han explicado el Evangelio como la lucha entre dos elementos contrarios. El mal que lucha contra el bien. El pecado, lo contrario de la gracia.

Pero no podemos presentar del mismo modo los bienes temporales y los eternos. La acción y la contemplación

El trabajo y las obras de caridad. Aquellos predicadores, dice alguno, se enamoraron de la O, ignorando la sabiduría de la Y. Recordemos que el mensaje de Cristo se resume en un solo mandamiento: Amar a Dios y al prójimo como a sí mismo.

Jesús nos pide a sus discípulos ciertas cosas difíciles, pero nunca imposibles. Así el término sobrenatural significa algo más allá de lo corriente, pero ante todo, aquello que se aposenta sobre la piel de lo humano, fortaleciéndolo y sanándolo.

Descubrimos entonces sobre la faz del mundo tres amores: Aquel que han dibujado los poetas en las novelas y en las canciones. Sorprendente. Admirable. Pero casi nunca real.

Un segundo, ese amor nuestro de cada día. También hermoso, pero que muchas veces se tropieza, se cansa y se extravía. Un amor capaz de pecar. Y aquel tercero que aprendimos de Jesús: “Como yo os he amado”.

Ser cristianos es sostener e iluminar, cada día, nuestro amor con el de Cristo. Resultará entonces justo, integrado, equitativo. Unas medidas de exactitud que nos explican qué es la santidad.

Maravilloso el amor de familia, pero el Señor le dará vida, como la sabia al árbol. Extraordinario el amor de los novios, de los esposos, donde el Señor se hará presente, como el aire en el viento. Hermosas las amistades que nos apoyan, ayudándonos a crecer: Que allí Dios resplandezca, como la luz dentro del fuego. Necesario el amor a nosotros mismos: Pero en él se encontrará el Señor, como la sal en el agua del mar.

2. La marca del Señor

“Dijo Jesús: ¿Quien no lleva su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío”. San Lucas, cap. 14.

Al abrir el diccionario, encontramos numerosos significados de la palabra cruz. Una enciclopedia nos contará su historia, desde los tiempos de la reina Semíramis, cuando parece se inventó este suplicio, pasando luego a ser símbolo de escarnio, de necedad y locura, o bien de salvación.

Hasta el momento en que las cruces empezaron a figurar sobre la corona de los reyes. Nos explicará también sus diversas clasificaciones: Egipcia, griega, latina, patriarcal, cuadrada, rusa, gamada y otras muchas.

Cerremos diccionarios y enciclopedias. La única cruz importante, la que puede interesarnos, es la nuestra. La que a diario nos oprime los hombros y nos aprieta el corazón: Esa situación de familia, determinada enfermedad, la convicción de nuestras limitaciones, este vicio, esta tara, aquella frustración, ese miedo, aquella amenaza.

Sin embargo, al profundizar en nuestra condición de crucificados, advertimos algo maravilloso: Entre Cristo y nosotros existe un espacio común, unos metros de tierra sobre el mismo Calvario, donde podemos conversar de igual a igual.

El y nosotros poseemos la misma experiencia que nos permite una comunicación casi perfecta.

Porque es el Jesús Crucificado. Así lo predica Pablo en sus cartas. La Cruz se le convirtió en ese apellido que también llevamos nosotros. Por eso nos entendemos de maravilla.

Pero detrás de cada dolor nuestro, de cada pena, de cada tragedia, nos torturan mucho más los infinitos porqués que nadie puede respondernos aquí abajo:

¿Por qué el mal? ¿Por qué sufren los inocentes? ¿Por qué la ingratitud? ¿Por qué el egoísmo de los poderosos? ¿Por qué no logramos ser libres?

Recordemos que el Hijo de Dios también lanza desde la cruz otra pregunta: Dios mío, ¿por qué me has abandonado? El silencio de Dios es parte de la cruz. Por eso Cristo tampoco oyó ninguna respuesta inmediata. La respuesta, al tercer día, fue la Resurrección.

Para nosotros son respuestas el valor de los apóstoles, el testimonio de quienes, después de dos mil años, siguen dejándolo todo por el Señor, la amistad verdadera, la paciencia indescifrable de alguien que sufre, la fidelidad...

Jesús no ocultó a los suyos que un día llegaría hasta la cruz. El proyecto no le agradó a Pedro, quien trató de disuadirlo. Pero después de la resurrección, el Maestro no se avergüenza de su cruz.

Conserva en las manos y en los pies las cicatrices de los clavos. Y a los discípulos de Emaús les explica: ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?

¿Nos avergüenza a veces nuestra cruz? Sí. Nos es difícil confesar nuestras luchas, nuestros fallos, nuestros problemas.

Se cuenta que los soldados romanos llevaban siempre una inscripción tatuada en su brazo derecho. Llevemos allí patente y con alegría nuestra cruz. Es la marca del Señor.

3. Este era un rey...

“Dijo Jesús: ¿Qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar? ¿Quién de vosotros si quiere construir una torre, no calcula primero los gastos?”. San Lucas, cap.14.

“El David”de Miguel Ángel, “La Cena” de Leonardo Da Vinci, “La Sinfonía Pastoral” de Beethoven, la catedral de Colonia, son el fruto final y prodigioso de innumerables bocetos y de múltiples proyectos. Por esta razón han vencido el embate de los siglos.

En cambio hoy vivimos la civilización de lo efímero. Nuestra técnica se ha preocupado más de facilitar los resultados, que de hacerlos valederos y estables. Todo se ha vuelto desechable, hasta las convicciones, la fidelidad a la palabra dada, el amor y el matrimonio.

Este pasaje de San Lucas nos invita a prepararnos con prudencia, a vivir y a triunfar. De lo contrario, la torre se quedará en los cimientos y no podremos presentar la batalla.

¿Qué bases les damos a nuestros hijos para la vida? ¿Qué orientación vocacional reciben? Con frecuencia aprenden a armar un silogismo, pero no saben pensar. Saben multiplicar y dividir, pero son incapaces de compartir.

Conocen los nombres de todos los países, pero ignoran las angustias de otros hermanos. Memorizan fórmulas de oración pero no saben orar.

¿Les hemos dado una imagen adecuada de Dios? ¿Hemos despertado en ellos un espíritu generoso y creativo? ¿Les hemos ayudado a vivir con entusiasmo, esfuerzo e ilusión?

Parece que no. Hemos educado para el futuro con una visión del pasado. Hemos educado en una sociedad de consumo, a quienes van a vivir en un mundo austero. No descubrimos en nuestro mundo ni estructuras ni métodos para una educación en el amor.

Los resultados saltan a la vista. La torre airosa que soñamos un día se ha quedado trunca, y salimos derrotados en la batalla de la vida.

Este era un rey: El hombre. Se sentía dueño de todo el universo, porque el Creador se lo había dado en administración. Un día lo encontraron desvalido, fracasado en el amor, enfermo y cautivo en una jaula de hormigón, bajo un cielo contaminado y turbio.

El demonio que iba de camino comentó burlonamente: Este rey imprudente que no preparó su porvenir, quiso elevar la torre y se quedó en los cimientos. Quiso dar una batalla y fue derrotado de modo vergonzoso.

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