TejasArriba.org por Calixto
Vayan por todo el mundo
Un mensaje con sabor a Evangelio
Enseñamos a amar
Historia y prehistoria
Domund del año I
Evitemos los pleonasmos
Misioneros y mártires
De Roma a Canterbury
Por los pueblos eslavos
Misionero
La aventura de San Francisco
Se amplían las fronteras del mundo
Los ritos chinos
Nuestros antepasados en la fe
Una novedosa iniciativa
Los seminarios de misiones
Lo que va de misión a misión
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Enséñanos a amar

En un aeropuerto parisiense, un joven profesor de Costa de Marfil observaba, con estupor, las voluminosas cajas que había transportado un avión carguero. De pronto, apoyando la frente contra el ventanal, empezó a sollozar. Se acordaba de los niños y los ancianos de su patria. Aquel enorme cargamento consistía en alimentos para perros y gatos.

Frente a las injusticias del mundo actual existen tres caminos: El primero, quedarnos en silencio, luchar por la propia subsistencia y esperar que se haga justicia más allá de la muerte.

Otro camino sería lanzar a los hombres a la violencia, prender su corazón como una bomba incendiaria, armar al pueblo para que derribe el sistema.

Los cristianos aprendimos de Jesús un tercer camino: Sembrar el amor entre los que todo lo tienen y en aquellos que todo lo necesitan, invitándolos a encontrarse fraternalmente, en un lugar intermedio de la frontera, donde domina la caridad.

Nosotros enseñamos a amar, decía un misionero. No logramos cambiar de una vez las estructuras. Denunciamos que muchas de ellas son injustas, pero cambiarlas de raíz nos quitaría mucho tiempo. Mientras tanto, se nos puede morir un niño por falta de un vaso de leche. Nuestra vocación es anunciar a Jesucristo que vive y ama por nuestro ministerio.

Es fácil criticar al misionero que reparte el pan, que traslada en su viejo jeep a un enfermo, que recoge del barro a un moribundo. A la misionera que aplica inyecciones, improvisa en la selva un dispensario elemental, limpia las llagas a un leproso, que atiende a una mujer a punto de ser madre. Algunos afirman que nuestra labor asistencial retarda el cambio de estructuras.

¿Pero podemos dejar eso de lado? El programa de Cristo comprende un mejoramiento total de los hombres. Si no realizamos estos servicios, ellos no entenderían que Dios los ama. No creerían que nosotros los amamos. Colocamos las bases para un cambio total de las estructuras, por nuestro compromiso con los más débiles.

En Calcuta, un moribundo le decía a la madre Teresa: “Repíteme eso otra vez, porque me hace mucho bien. Siempre he oído decir que nadie nos quiere. Es maravilloso saber que Dios nos ama. ¡Dímelo otra vez!”.

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Historia y prehistoria

Pero este amor de Dios, que anunció la Madre Teresa a un intocable de la India, posee una larga historia: Veinte siglos de vida cristiana. Miles de hombres y mujeres, ancianos, adultos y niños, que han dado la vida por Cristo. Millones de seres humanos que en todas las lenguas de la tierra confiesan: Jesús es el Señor. Infinitos volúmenes que nos entregan el mensaje del Evangelio. Innumerables gestos de amor y de bondad, entre los hombres de todos los siglos. Las culturas y las artes contagiadas por la persona de Jesús de Nazaret. Las realizaciones admirables de la Iglesia en medio de los pueblos. Y también sus limitaciones, que la hacen humilde y necesitada de la fuerza y la luz del Señor. Miles de hombres y mujeres que, dejando su familia y su patria, se han aventurado por los mares, ríos, montañas y desiertos, en busca de grupos humanos con quienes compartir la fe.

Pero también ese amor tiene una prehistoria. Cuando nos remontamos en busca de las raíces de nuestra fe, descubrimos algo sorprendente. Más allá de una Iglesia visible, con sus realizaciones externas y sus estructuras. Más allá de su teología y de sus sacramentos, más allá del Sermón de la Montaña y de la persona de Jesús, nos encontramos cara a cara con el Padre de los cielos.

Ese amor, que no se puede definir, nos lo describe el capítulo 6 de San Mateo. A Dios no le gusta que vivamos de apariencias. Desea que le hablemos desde la sinceridad del corazón. Nos invita a llamarlo Padre y Padre nuestro porque todos, buenos y malos, justos y pecadores, somos sus hijos. A El podemos confiar todas nuestras inquietudes y el afán que nos pesa cada día. El madruga a cuidar de los pájaros y a vestir a los lirios.

Por lo tanto, un buen hijo de este Padre se preocupa, ante todo, por promover el Reino de Dios. Todas la otras cosas se nos darán por añadidura.

El Señor tiene sólo un deseo: Que todos los hombres se salven. Para esto envió a su unigénito, Jesús. Este vino a la tierra a anunciarnos el amor de su Padre. Y todo lo que encierra el cristianismo se resume en un solo mensaje: Padre nuestro.

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Domund de año 1

El primer Domingo Universal de las Misiones fue en Pentecostés. No hubo bazares, ni colectas, pero sí se congregó allí un nutrido grupo internacional: Partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Pamfilia, Egipto...

Fueron estos los oyentes de aquel solemne manifiesto de Pedro, el jefe del grupo apostólico.

“Escuchad, dice el primer papa: Dios resucitó a Jesús librándolo de la muerte. De ello nosotros somos testigos. Por lo tanto, vuélvanse a Dios y bautícense en nombre de Jesucristo y El les dará su Espíritu. Esta promesa es para ustedes y para sus hijos y también para todos los que están lejos”.

San Lucas nos cuenta que aquel día, unas tres mil personas se agregaron al número de los creyentes.

Pedro le abre a la primitiva Iglesia el horizonte de un universo, al cual es necesario anunciar el Evangelio.

Aunque esto se llevó a cabo poco a poco. Al principio los apóstoles entendieron que debían comenzar su misión desde Jerusalén (Lc. 24, 47) y predicar primero a los judíos (3, 26; 13, 43). Esperaban señales que indicaran el inicio de los nuevos tiempos.

Pero, en seguida, varios signos les muestran la necesidad de encaminarse a todos los pueblos: Las persecuciones (8, 1s), la conversión del pagano Cornelio (10), la petición que hace el Espíritu Santo a la Iglesia de Antioquía (13, 2, 4) para que envíen a Pablo y a Bernabé a tierra de gentiles, el concilio de Jerusalén (15), la destrucción de la Ciudad Santa por Tito, en el año 70 de nuestra era.

La conversión de Pablo, un intelectual judío gran conocedor del medio pagano, amplía aún más el panorama.

Pablo es consciente de que todos los hombres están llamados por el Señor a la fe (Ef. 2,19-22; Col. 1, 21 s.). Por lo tanto: Anuncia a Cristo donde aún no ha sido anunciado. Escoge las ciudades principales, a las cuales acuden viajeros y comerciantes de todos los pueblos, para fundar en ellas las primeras comunidades. Trabaja en equipo con presbíteros, diáconos y laicos. (I Tim. 3, 8). Integra a las mujeres al trabajo pastoral (Rom. 16, 1, 3).

Su tarea es itinerante. Después de uno o dos años de estadía en algún lugar, entrega a líderes locales la responsabilidad de cada Iglesia (2 Tim. 4, 1 y s). Se denomina a sí mismo el Apóstol de los gentiles (I. Tim. 2; 7; Gal, 2, 7 - 8).

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Evitemos los pleonasmos

Este dinamismo de la Iglesia lo encontramos en todas las páginas del libro de los Hechos de los Apóstoles, nuestro primer manual de Misionología.

Sin embargo, de allí no podemos concluir que aquella era una Iglesia misionera. Sería esto una repetición. Era comunidad cristiana auténtica en su fe y en su acción pastoral. Más tarde, la teología se preocupará de afirmar que la Iglesia es por naturaleza misionera. No es este un adjetivo externo a su ser; es uno propio de su esencia. Como la velocidad está integrada en el movimiento, el peso de los cuerpos físicos en su densidad y el calor en la luz. Así, el impulso para anunciar el evangelio a todos los hombres es algo intrínseco y vital en cada comunidad que se considere verdaderamente cristiana.

Sin embargo, hacia el siglo IV, ocurren varios acontecimientos que merman el celo misionero de la Iglesia.

En el año 313 Constantino es el emperador. Se termina la persecución y los cristianos entran al imperio romano, por la puerta ancha, organizándose según las estructuras civiles y políticas. La historia nos cuenta que algún obispo ingenuo de ese entonces, quien había sufrido la persecución, ante la magnanimidad de Constantino, se preguntaba si ya habría llegado el Reino de Dios.

Obviamente, la Iglesia crece en número y poder, pero desmerece en la calidad de sus miembros. Los pastores y las Iglesias locales ya no tienen ni el nervio ni el tiempo necesario para anunciar a Cristo más allá de sus fronteras.

Por esa época de decadencia cristiana aparecen los monjes, primero anacoretas, luego reunidos en monasterios. Ante el poco celo de los sacerdotes y la escasez de seglares comprometidos con la Iglesia, los papas encomiendan a los monjes el primer anuncio del Evangelio.

Se ha consumado una dolorosa ruptura que durará por muchos siglos. De allí en adelante miraremos, de un lado, a la Iglesia local, y de otro, los agentes misioneros. Casi diríamos que, ante aquélla, estos se presentan como una especie extraña, cuya tarea es con frecuencia desconocida.

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Misioneros y mártires

La Iglesia de los primeros siglos reúne en el álbum de sus testigos (mártir significa testigo) hombres y mujeres de toda clase y condición. Nobles y plebeyos, amos y esclavos, clérigos y laicos. Su sangre es más elocuente que todos los argumentos y discursos.

Estos cristianos, antes de entregar su vida por el Señor, llevaron el Evangelio a las más remotas regiones. En el año 177 encontramos en las Galias, (hoy Francia), más concretamente en Lyón, una floreciente Iglesia que ya cuenta con siete mártires, entre ellos el obispo Potino. Su inmediato sucesor, Policarpo, originario de Siria y de familia griega, padece el martirio en el año 200.

“Las Iglesias de Germania, (hoy Alemania), tienen la misma fe que las de España, las de Egipto y las de Palestina”. Así escribe este santo, haciendo un inventario del cristianismo en los albores del siglo III.

Eusebio de Cesarea nos describe el celo de los primeros cristianos: “Los prosélitos comienzan por cumplir el consejo del Salvador, distribuyendo los bienes a los pobres: Luego abandonan su patria para hacer la misión de los evangelistas, con la ambición de predicar la palabra de la fe a quienes no han oído nada de ella”.

La mayoría de aquellos apóstoles trashumantes han quedado en el anonimato. Eran soldados, funcionarios del imperio, comerciantes, marineros y naturalmente también clérigos. Las colonizaciones, las guerras, los negocios y el intercambio cultural favorecieron la difusión del Evangelio.

La Iglesia de Irlanda tiene la particularidad de haber florecido en un país no colonizado por Roma. Allí nació Patricio, un personaje interesante.

Hacia el año 405, unos piratas le capturaron al sudoeste de Gran Bretaña y le vendieron como esclavo en Francia. Era un pastor que había sido educado en la fe de Cristo. Después de seis años de servidumbre, logró fugarse . Pero soñaba con regresar a su patria, para anunciar el Evangelio a sus paisanos. Antes de marchar a realizar su sueño, ruega al obispo de Auxerre en las Galias, que le haga diácono. Entre tanto, fallece el monje Paladio, a quien el papa Celestino había enviado como obispo de Irlanda, y Patricio es designado para sucederle.

Patricio es consagrado por San Germán en el año 432, y así inicia un capítulo extraordinario de la historia de las misiones. Los irlandeses renuncian a sus cultos paganos y comienzan a abrazar la fe. Se funda la sede episcopal de Armagh, que anuda sus vínculos de comunión con Roma.

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De Roma a Canterbury

Otro episodio memorable de esta época, en la historia de la Iglesia, es el envío del monje Agustín desde Roma a Inglaterra.

El papa San Gregorio Magno desea intensamente evangelizar aquel país del norte. Treinta o más monjes del monasterio de San Andrés, en el monte Celio, parten a esta labor con su prior Agustín. Es la primera expedición oficial de que tenemos noticia. El documento Ad Gentes del Concilio Vaticano II nos definirá luego las misiones como “las empresas concretas con las que los heraldos del Evangelio cumplen el deber de predicar por todo el mundo y de implantar la Iglesia entre los pueblos” (A. G. 6. 3).

Llegado a Inglaterra, Agustín logra la conversión del rey Etelberto. Funda varios monasterios. El prior de San Andrés se convierte más tarde en obispo de Canterbury.

San Gregorio Magno le escribe al monje Melitón, fundador de la sede de Londres: “Advertid a Agustín que no se deben destruir los templos paganos, solamente los ídolos. A aquellos se les puede pasar al culto del Dios verdadero”.

La Iglesia de Inglaterra atravesó numerosas dificultades. Feroces rivalidades enfrentaron a los príncipes paganos con sus vecinos convertidos. Pero esa Iglesia misionada se convierte pronto en Iglesia misionera.

En el 680 nace en Inglaterra Bonifacio. Educado en la Abadía de Nursling, vive allí como discípulo de Wilberto. A los 30 años recibe la ordenación sacerdotal. En el año 719 el papa le envía a evangelizar los pueblos de Germania. Funda en esta tierra monasterios, lucha con los predicadores paganos. Informado el papa de su celo y cualidades pastorales, le llama a Roma y, después de consagrarlo obispo, le encarga la consolidación de la Iglesia en los territorios germanos.

Ayudado de otros monjes venidos de Inglaterra, se dedica a la formación de un clero autóctono en la abadía por él creada. Su obra se perpetúa en aquellas regiones del norte, desde donde visita también el territorio de los actuales Países Bajos. Ya anciano de setenta y ocho años, emprende una nueva expedición, acompañado de sacerdotes, diáconos y monjes. Pero a las pocas jornadas, el grupo misionero es asaltado por una turba de paganos que los asesinan.

El imperio de Carlo Magno recogió los frutos de este valiente apóstol. Su obra, amenazada luego por enemigos y herejes, perdura sin embargo a través de los siglos en los pueblos sajones.

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Por los pueblos eslavos

Los hijos de un alto funcionario de Tesalónica, Cirilo y Metodio, llevan el evangelio a los pueblos eslavos. Hombres letrados, Cirilo había enseñado filosofía en la universidad imperial. Ambos acuden a un llamado del príncipe Ratislav, emperador de Moravia, para un proyecto pastoral.

En un principio, las Iglesias particulares envían misioneros a otros pueblos. Luego, los papas confían el anuncio del evangelio a los monjes y les señalan a donde ir. Más adelante, reyes y príncipes llaman misioneros a sus territorios, o los encargan de cristianizar otros pueblos. Estamos en el siglo XI.

La novedad de estos dos misioneros hermanos fue, ante todo, haber creado una liturgia adaptada a los pueblos que evangelizaron, usando la lengua nacional. Un admirable ejemplo de inculturación del Evangelio. Adriano II, el papa de entonces, aprobó y alabó aquel experimento pastoral, el cual, sin embargo, fue mal mirado por los obispos francos, quienes después de muerto Metodio, lograron proscribir la liturgia eslava.

Los cristianos de Hungría, Checoslovaquia, Rumania, Bulgaria, Polonia y países vecinos, miran en San Cirilo y en San Metodio a los padres de su fe.

Pasarán muchos siglos antes de que la encarnación en las culturas sea criterio de evangelización. Entonces, la fe cristiana comenzaba a sentirse atada a una lengua, a una cultura, a una idiosincrasia.

Pudiéramos considerar tres etapas globales en la obra misionera. Durante la primera, se lleva una Iglesia construida para implantarla en algún lugar del mundo. En la segunda etapa, nos preocupamos de adaptar nuestra Iglesia a las condiciones y situaciones de otros pueblos. En la tercera, que es la actual, con gran respeto a las culturas de los pueblos, acompañamos a éstos para que ellos mismos descubran el mensaje de Jesús. Para que hagan nacer la Iglesia de Cristo, sin perder su propia identidad étnica.

Durante el concilio Vaticano II, el cardenal Joseph Malula expresó: “Para nosotros es indispensable africanizar la Iglesia”. Lo cual sonó muy mal ante otros padres conciliares.

Los Santos Cirilo y Metodio fueron afortunados, por lo menos durante un tiempo, en su esfuerzo por inculturar el mensaje cristiano. No lo fue tanto el P. Matteo Ricci, apóstol de la China, unos siglos más tarde.

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La aventura de San Francisco

Al comenzar el siglo XII, tiempo de problemas y de cruzadas, nace la orden de los frailes menores de Francisco de Asís.

Su objetivo, vivir comunitariamente un evangelio real, en pobreza y sencillez. Pero muy pronto, aquellos frailes desarrapados y andariegos descubren su vocación misionera. Aquella que nunca se puede separar de una auténtica vida cristiana.

Cuando el poder político y religioso de su tiempo predicaba la cruzada para exterminar a los musulmanes, Francisco envía a sus frailes a convertirlos al Evangelio.

El mismo se embarcó en Damieta en 1219 y logró entrevistarse con el sultán Melef - El Kamel, aunque no tuvo mucho éxito este encuentro. Francisco regresó a Italia, pero no se dio por vencido en su proyecto.

Más adelante, sus discípulos van al Oriente Medio, donde los mongoles han vencido a los musulmanes. Llegarán a tierras armenias y rusas. Se adelantarán hasta Siria e Irak.

Bien conocemos la invaluable tarea de los franciscanos en la evangelización de América. Otro tanto podemos decir de los discípulos de Domingo de Guzmán, quien funda en 1206 la Orden de los predicadores.

La historia nos presenta enseguida a los primeros evangelizadores del extremo Oriente. Marco Polo, el viajero veneciano, los precede unos años antes. A éste encarga el gran Khan de Pekín rogarle al Papa quiera enviar misioneros a su corte.

Las dos primeras expediciones, enviadas por Gregorio X, no llegan más allá de las tierras de Armenia. Ante una nueva petición del gran Khan, viaja un franciscano lleno de experiencia, Juan de Montecovino. Se hace a la mar en el golfo Pérsico y bordeando todo el sur de Asia, toca por fin las riberas de la China.

Juan de Montecovino, aceptado por la corte real, es impugnado sin embargo por algunos herejes que ya están allí por gracia de los mercaderes. Sin embargo, dentro de poco tiempo la Iglesia de China tendrá una sede episcopal en Zaitón.

Años después, con el cambio de monarquía, las cosas no continuaron tan prósperas. En la actualidad el inmenso imperio chino, cerrado por muchos años al cristianismo, empieza a abrirse al Evangelio en medio de muchas dificultades. Esta apertura es un signo de los tiempos para nosotros los cristianos del Tercer Mundo.

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Se amplían las fronteras del mundo

A finales del siglo XV, el descubrimiento de América y de las Indias Orientales demostró que los doctores escolásticos de la Edad Media —Alejandro de Halles, Alberto Magno, y Tomás de Aquino— habían sido bastante optimistas. Estos afirmaron que ya no había lugar del mundo donde no se hubiera predicado el Evangelio.

Las bulas del Papa Alejandro VI repartieron los pueblos descubiertos entre los estados descubridores. Aunque éstos al principio no estuvieron de acuerdo con la demarcación pontificia, luego la aprobaron y se dieron a la tarea de colonizar, lo cual incluía, según la visión de la época, llevar una lengua y una fe.

Aquí es necesario pasar por alto muchos detalles y nombrar solamente a los héroes de esta epopeya.

En primer lugar, san Francisco Javier, el apóstol de Oriente. Enviado por el rey de Portugal, por diversa ruta a la de Juan Montecorvino, llega hasta la India y al Japón y muere frente a las costas de China.

Es digno de notar que en tales épocas, las Iglesias particulares tienen poco que ver en este programa de evangelización. El Papa se confía a los reyes y éstos tienen en los frailes súbditos obedientes que anuncian la fe en países lejanos.

Sin devaluar la obra misionera de estos tiempos, es bueno anotar dos cosas: Los reyes saben bien que la cristianización de los nuevos pueblos tiene como fruto una fidelidad política, creándose así una confusión entre la cruz y la espada, que hoy miramos inadmisible. Además, estos ilustres misioneros van a entregar su vida en el anuncio de Cristo. Pero aún no se entendía que era necesario convertir esas nuevas Iglesias en comunidades misioneras. Prueba palmaria de esto la encontramos en América Latina. Solamente hoy, después de cinco siglos de evangelización, hallamos en nuestro continente elementales síntomas de misionerismo más allá de nuestras fronteras.

El 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón, con sus tres carabelas, toca en la isla de Guananí. Se abre un inmenso continente para la evangelización. Con los primeros soldados y aventureros que buscan un nuevo camino hacia las Indias Orientales, llegan también los misioneros: Son franciscanos, dominicos, mercedarios y más tarde, agustinos y jesuitas. A ellos debemos la fe cristiana de América Latina.

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Los ritos chinos

Después de San Francisco Javier, los jesuitas continuaron con el encargo de la misión en el Extremo Oriente.

Se ganan el aprecio de los príncipes y del pueblo por su nivel cultural y por su calidad de vida, en contraste con la relajación de muchos conventos budistas. En el Japón, los misioneros se preocupan de la promoción del clero local. Para su tiempo era un atrevido sueño. Pero otros evangelizadores no están de acuerdo con tal proyecto, lo cual a veces lo retarda. Hoy encontramos como criterio primordial de la evangelización, en cualquier aparte del mundo, el cultivo de las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa en los pueblos evangelizados.

Pero un problema de mucha resonancia tiene lugar en China con otro jesuita, el Padre Matteo Ricci. Este había llegado a aquel país en 1583. Sin ocultar que era sacerdote católico, se presentó como sabio matemático llegado de Occidente para escuchar a sus colegas orientales. Habiendo aprendido perfectamente el idioma, encontró valiosas amistades y logró publicar varias obras sobre la religión cristiana. Convencido de la necesidad de respetar los valores de aquel pueblo, se dio al estudio de los ritos tradicionales de la China, afirmando que no eran “ciertamente idolátricos y quizás ni siquiera supersticiosos”. La tolerancia que, con plena conciencia, le había otorgado a la cultura de oriente, fue causa de su éxito entre las clases altas del imperio.

Por otra parte, buscó adaptar la monolítica liturgia romana a la mentalidad china y usó la lengua nacional para muchos actos culturales. La malevolencia de otros grupos misioneros y las críticas acerbas ante Roma, lograron que los esfuerzos del Padre Ricci fueran tenidos como imprudentes y, a la larga, proscritos por las correspondientes autoridades. La obra del Señor avanza lentamente, pasajera de la historia de los hombres.

Por aquella época tuvieron lugar varias expediciones de los jesuitas hacia Canadá, donde misionaron especialmente a los iroqueses.

Allí encontramos un grupo de mártires a quienes la Iglesia colocó en los santos: Isaac Jogues, Juan de Brebeuf y sus compañeros.

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Nuestros antepasados en la fe

Innumerable y anónima en la mayoría de los casos, es la lista de misioneros que, desde la madre España, llegaron a nuestro continente americano.

Fray Junípero Serra, quien evangelizó el norte de México y el sur de los Estados Unidos. Fray Bartolomé de las Casas, obispo de Chiapas y Veracruz y más tarde protector de los indígenas ante la corte de España.

Fray Juan de Zumárraga, obispo de ciudad de México, cuya tarea pastoral está ligada a las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe. Bajo su iniciativa los franciscanos fundaron, en las afueras de la capital, el colegio de Tlaltelolco donde se educaba a los indígenas con miras al sacerdocio. Estos, aunque llegaron a hablar con perfección el castellano y el latín, parece que no pudieron librarse de sus condicionamientos paganos. La experiencia fracasó unos años más tarde, sin haber logrado ningún sacerdote autóctono.

También fue célebre en México el obispo de Michoacán, Vasco de Quiroga, a quien los nativos llamaron “Tata Vasco”. Amaba entrañablemente a los indios y su ideal misionero fue revivir la Iglesia primitiva. Su “República de Indios” buscó hacer de estos hombres políticos y cristianos.

Santo Toribio de Mogrovejo, obispo de Lima, quien convoca en 1552 el primer concilio latinoamericano. En esta asamblea se ordena a los párrocos aprender la lengua de los nativos.

En Brasil, encontramos como misioneros al beato José Anchieta y al Padre Nóbregas. En el Cono Sur, a San Francisco Solano. En Colombia, a San Pedro Claver, apóstol de los negros, y a San Luis Beltrán. En Venezuela, al Padre José Gumilla.

La gesta evangelizadora de América Latina es una larga historia de esfuerzos de la Iglesia, muchas veces a tientas, por ser fiel al ideal de Cristo. No se excluyen de ningún modo sus desaciertos en sus compromisos con fuerzas ajenas al Evangelio.

Mientras tanto, se funden lentamente las tres razas que nos dieron origen: europeos, indios y negros. Y el Señor realiza su obra, a pesar de las limitaciones de los hombres. Cuando revisamos nuestra historia, caemos en cuenta del valiosísimo legado que heredamos y comprendemos que “finalmente ha llegado la hora de proyectarnos más allá de nuestras propias fronteras”.

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Una novedosa iniciativa

Los acontecimientos del siglo XV, el descubrimiento de América y el encuentro de las Indias Orientales, probaron una vez más que la mies es abundante y pocos los obreros.

Era lógica la preocupación de los hombres de la Iglesia por crear una entidad que promoviera y enviara misioneros a todos los rincones del mundo.

Algunos papas, como Gregorio XIII, pensaron que lo más oportuno sería organizar seminarios para formar misioneros, y así se llevó a efecto. Otros, como Clemente VII, creen más eficaz un organismo central que unifique y oriente las diversas iniciativas misioneras.

El 6 de enero 1622 nace la Congregación de Propaganda Fide. Seis años más tarde, Urbano VIII inicia en Roma un seminario especializado para las misiones, que luego se denominaría universidad Urbaniana.

A los tres siglos largos y medio de la fundación de la Propaganda Fide, evaluamos sus maravillosos servicios misioneros. Sin embargo, a la luz de la actual teología misionera, sospechamos que hubiera sido más necesario y eficaz despertar el dinamismo misionero de las Iglesias particulares.

Lo comprendemos. Aún no era el tiempo de Dios. Roma tomó a su cargo las iniciativas de evangelización y las Iglesias particulares continuaron al margen de la acción misionera. Las florecientes órdenes religiosas suministraban el personal y, sólo por excepción admirable, algún sacerdote diocesano cruzaba el océano para servir a las misiones. Cuando lo hacía, casi siempre llevaba en su alforja viajera la mitra de alguna importante sede.

Conviene también anotar que, entre los favores realizados por la Propaganda Fide, se cuenta el reivindicar para la Iglesia el derecho a la evangelización. Este se veía opacado por grupos de misioneros que tomaban iniciativas privadas, a veces en perjuicio de otros evangelizadores ya establecidos en la región. Por otra parte los patronatos concedidos a reyes y a reinos obstaculizaban, y no poco, la libertad de la Iglesia en su acción apostólica.

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Los seminarios de misiones

Sin embargo el Espíritu Santo, que sopla donde quiere, no dejó de impulsar la barca de Pedro.

Aunque en un comienzo pudo mezclarse a este proyecto alguna intención colonialista, ciertas Iglesias locales y ciertos obispos diocesanos empezaron a inquietarse por preparar agentes especializados para determinados países.

Es así como surgen los llamados Seminarios de Misiones. Pocos de ellos tienen estructura jurídica de orden religiosa y dependen directamente de la Congregación de Propaganda, rebautizada hoy Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Son además la proyección de una nación o de una región cristiana hacia el mundo infiel.

Entre ellos, enumeramos el Seminario de Misiones Extranjeras de París fundado en 1664.

El Pontificio Instituto para las Misiones Extranjeras que surge en Milán en 1850.

Los Misioneros de Africa o Padres Blancos, obra del cardenal Lavigerie en 1868, para la evangelización de Africa.

Los misioneros de Maryknoll en Estados Unidos (1911 ). Su nacimiento se debe a un grupo de sacerdotes diocesanos, que se cuestiona sobre las necesidades del mundo pagano.

Los misioneros de Burgos, hoy Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME), fundados por los obispos españoles en 1899.

Canadá cuenta con dos institutos semejantes que empiezan su vida, los de Scarboro en 1918 y los de Quebec en 1921.

Portugal, Suiza, Inglaterra, México, Irlanda y aún algunos países del Asia han llevado a cabo iniciativas semejantes.

En Colombia, Monseñor Miguel Angel Builes, obispo de Santa Rosa de Osos, funda en Yarumal, el 3 de julio de 1927, el primer Seminario de Misiones de América Latina. Su decisión se fragua en el primer Congreso Misional que celebra la Iglesia colombiana en 1924, pocas semanas después de la consagración del joven obispo.

Los Misioneros de Yarumal se definen a sí mismos como “un aporte para la evangelización del mundo”. Llevan a cabo su tarea en Colombia, Ecuador, Bolivia, Brasil, Perú, Panamá, Estados Unidos, Angola, Camerún, Costa de Marfil, Malí, Kenya, Camboya y Filipinas.

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Lo que va de misión a “misión”

En 1581 nace en Francia San Vicente de Paúl. En 1694 nace en Italia San Pablo de la Cruz. Dos años después en Nápoles, San Alfonso de Ligorio. Encontramos luego en Francia, a San Luis María Grignion de Montfort. En el siglo pasado a san Antonio María Claret, un catalán. Y así muchos otros evangelizadores. Son notables estos misioneros, a quienes la Iglesia declaró luego santos.

Cada uno propició el nacimiento de familias religiosas. Algunas femeninas, pero también otras de clérigos regulares, como se decía en ese entonces. Son estos los vicentinos, los pasionistas, los redentoristas, los montfortianos, los claretianos.

Familias religiosas que, en su haber misionero, cuentan grandes realizaciones en muchas naciones del mundo.

Sin embargo, la primera intención de los fundadores se enfocó hacia una Iglesia atacada por el cisma protestante, en decadencia por diversos motivos, o necesitada de instrucción catequística en significativos sectores.

Nació así un trabajo oficial de reevangelización, y aparecieron como instrumento eficaz de la misma las ‘‘misiones populares”.

Esta admirable tarea vino, sin embargo, a mermar el énfasis sobre la evangelización de quienes no conocían a Jesucristo, objetivo primario de la Iglesia al cual la Propaganda Fide quería fortalecer.

El pueblo creyente empezó a confundir —y con razón— misión y “misión”, misionero y “misionero”. Muchos hombres y mujeres de Iglesia, impactados por la descristianización de los ya bautizados, se desinteresaron poco o mucho del anuncio del Evangelio a los pueblos no bautizados.

Esta situación viene a culminar en una clarificación lingüística, por la cual se denominan “misiones diocesanas” los proyectos para promover la fe entre los cristianos, y misiones extranjeras, “ad gentes” (hacia los gentiles), los programas de la Iglesia para proyectarse más allá de sus fronteras.

El número 33 de la encíclica Redemptoris Missio nos aclara hoy las cosas:

“Las diferencias en cuanto a la actividad de esta misión de la Iglesia, nacen, no de razones intrínsecas a la misión misma, sino de las diversas circunstancias en las que ésta se desarrolla: Mirando el mundo actual, desde el punto de vista de la Evangelización, se pueden distinguir tres situaciones:

Como un hito final de este estado de cosas, aparece en 1942 un libro que hace carrera: “Francia, país de Misión”, del abate H. Godin. El autor señala allí la crisis religiosa de aquella nación en otros siglos floreciente.

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