A través de la historia miramos cómo la Iglesia, “santa y pecadora” según nos la presenta el documento conciliar Lumen Gentium, se contagia normalmente del polvo de la tierra.
No es raro entonces que en muchos momentos una Iglesia muy clericalizada, sobre todo en lo que toca a misiones, desconozca la vocación misionera de los laicos.
Sin embargo, a comienzos del siglo pasado ocurren ciertos acontecimientos que manifiestan la fuerza de Dios en el laicado. Los seglares constituyen el 99% de la Iglesia y con toda verdad, cuando rezamos los domingos: “Creo en la Iglesia católica”, estamos haciendo un acto de fe en ellos.
Una joven francesa que vive en Lyon, Paulina Jaricot, toma en 1822 una curiosa iniciativa: Responsabilizar a toda la Iglesia de la obra misionera. Algunos cristianos irán a los países de infieles. Pero todos los demás, con su oración y su ayuda económica, respaldarán el trabajo de los misioneros. Así se fundó la Obra de la Propaganda de la Fe. Para nosotros quizás esto no es nada novedoso. Pero lo fue y mucho para el siglo pasado.
En 1842, Paulina logra motivar con sus preocupaciones misioneras al obispo de Nancy, Monseñor Forbin Janson. Esta vez se trata de mentalizar a la niñez para que ayude a los niños paganos, sobre todo procurando que se les bautice. La teología de la época insistía en la necesidad absoluta del bautismo para llegar al cielo. Así nació la Obra de la Santa Infancia.
También en Francia, en 1889, tiene origen la Obra de San Pedro Apóstol. Dos hermanas, Juana y Estafanía Bigard, orientan su celo a promover y subsidiar la formación de sacerdotes nativos, en los países de misión.
Ya en este siglo, en 1916, el Padre Pablo Manna en Italia desea que los sacerdotes diocesanos se responsabilicen también de la tarea misionera. Entonces funda la Unión Misional del Clero, algo inusitado en ese entonces. Algo que hoy, según lo explican los documentos conciliares y el nuevo Código de Derecho Canónico, es la consecuencia normal del orden sacerdotal y de la pastoral de la Iglesia.
Las sedes de estas cuatro Obras Misionales Pontificias fueron luego trasladadas a Roma y funcionan bajo la dirección de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.
También el siglo XIX es notable en la historia de las Misiones por la presencia de la mujer en el campo misionero. Las congregaciones femeninas empiezan a asumir diversas actividades pastorales entre infieles y toman el servicio “ad gentes”, como algo peculiar de su carisma. Consignemos de paso, entre las abanderadas de esta tarea misional, a las Franciscanas Misioneras de María.
Llegamos a los tiempos del Concilio Vaticano II. Se da entonces un nuevo enfoque al quehacer misionero. Hasta entonces la misión se desarrollaba desde Europa, capital de la fe, hacia la periferia del mundo.
Sin devaluar la generosidad y el heroísmo de los misioneros de esa época, no los consideramos inmunes al llamado “espíritu de occidente”, espíritu de superioridad, de dominio, de conquista.
En el mejor de los casos, advertimos una alianza entre el ideal misionero de entonces y el predominio de determinada cultura. Otras veces, son claras las intenciones políticas y económicas vinculadas a la Misión.
Predominaba el objetivo de ganar prosélitos, para ampliar las fronteras de la “cristiandad”. La Iglesia era el punto de partida y el término de llegada de la acción misionera. Los intereses del Reino de Dios, el cual sobrepasa y supera la geografía de la Iglesia, no aparecían muy claramente.
En la actividad del misionero prevalecían el juridicismo, la tradición, el orden establecido, la autosuficiencia de quien se sabe depositario de la verdad.
En agosto de 1945, la segunda guerra mundial toca a su fin. Sobrevienen entonces diversos fenómenos que cambian radicalmente la situación del mundo y de la Iglesia.
- La cristiandad pierde su fuerza uniformante, ante el progreso del comunismo y del secularismo.
- Aparecen fuertes síntomas de contestación fuera y dentro de la comunidad cristiana.
- Se despiertan los llamados “pueblos de color” (Asia y Africa).
- Se derrumba el enorme imperio colonial de Europa. Surgen nuevas naciones independientes, con un rostro y una cultura propias.
- Muchos misioneros son perseguidos, expulsados o asesinados.
- Se manifiesta el cansancio de muchos evangelizadores, ante un mundo infiel que no se convierte.
De acuerdo con estos signos de los tiempos, la misión, entendida antes como envío desde Roma, se empieza a comprender tímidamente como la comunión entre las diversas Iglesias.
La encíclica Fidei Donum de Pío XII (21 de abril de 1957), marca un nuevo rumbo en la peregrinación misionera. Invita a revisar el equipaje para mirar qué lleva dentro el misionero y qué debería llevar a los pueblos.
La encíclica Fidei Donum hace puente entre el concepto anterior de misión y el enfoque dado luego por el Concilio Vaticano II. El documento actualiza la visión teológica según la Iglesia primitiva, y presenta una praxis novedosa en el campo pastoral.
Hasta entonces las misiones eran campo reservado a ciertos organismos: Los institutos misioneros. Pío XII habla a obispos y a sacerdotes diocesanos de ir también a trabajar en la viña. El compromiso en los campos de misión se entendía siempre como una colaboración vitalicia. Ahora se presenta la posibilidad de un servicio por un tiempo limitado, hasta que las comunidades jóvenes alcancen una relativa madurez.
No ensayaba el papa una estrategia oportunista. Sólo procuraba, bajo una teología más profunda, devolver la misión al corazón y a los brazos de la Iglesia particular.
Pocos años después tiene lugar el Concilio Vaticano II. La Iglesia se interroga sobre su naturaleza. Se define a sí misma como “pueblo de Dios”, “sacramento de salvación”, “comunión entre todos los creyentes”.
Su tarea, por lo tanto, no consistirá en “conquistar” el mundo para Cristo, sino en señalar a los hombres el camino de su realización por Jesucristo.
Misión no será llevar lo nuestro para ubicarlo en regiones distantes. Será ante todo, el descubrir las semillas que el Verbo ha esparcido en cada pueblo de la tierra y hacerlas fructificar para el hambre de todos.
Ya no será dar misericordiosamente desde nuestra abundancia, desde nuestra fe, nuestra civilización, nuestra cultura. Misión será en adelante “compartir desde nuestra pobreza”.
Comprendemos que no es cosa simple revivir en la Iglesia de hoy el espíritu de los Hechos de los Apóstoles. Porque el pensamiento misionero se ha hundido en un túnel durante muchos siglos. Apenas comienzan a despertar algunas iniciativas que hagan realidad el mensaje de la Fidei Donum.
Algunas diócesis de Europa hicieron eco prontamente al documento de Pío XII. Se organizaron grupos de sacerdotes, religiosas y laicos para prestar una ayuda fraternal a otras diócesis de Asia, Africa y América. La doctrina conciliar vendrá a ratificar todo esto. Pero nosotros, los latinoamericanos, continuaríamos sin proyectarnos “ad gentes”, ni más allá de nuestras fronteras.
¿Sería factible realizar un balance de los resultados misioneros del Concilio Vaticano II?
Conviene releer la Lumen Gentium y la Ad Gentes, con esta intención: Mirar qué nos dijo el Concilio y en qué le hemos hecho caso.
De inmediato, el Concilio Vaticano II produce un fuerte desconcierto. A muchos los inunda una confusión ideológica. Los Institutos Misioneros ven diezmarse sus miembros. Escasean dolorosamente las vocaciones. La doctrina conciliar, especialmente la relacionada con la libertad religiosa, y la salvación de quienes buscan sinceramente la verdad, aunque no profesen nuestra fe, la comunión entre la Iglesia y el mundo, la integración entre evangelización y promoción humana desconciertan a muchos. No faltan misioneros que creen haber gastado su vida persiguiendo una utopía.
Sin embargo, un poco después comienza a clarificarse el horizonte y se pacifican los ánimos.
Con un poco de simplismo, podríamos señalar el año 1975 como el tope de la crisis. De ahí en adelante encontramos signos alentadores:
Dentro de la acción misionera comenzaba a manifestarse cierto divorcio entre la liberación del hombre y la salvación en Jesucristo.
El texto insiste mucho y multiplica las fórmulas, para expresar la estrecha relación entre esas dos realidades.
También nos habla el Papa del respeto a las culturas, de la acogida que debe prestar el misionero a la religiosidad popular y de las comunidades cristianas, como metodología de evangelización.
Llegaríamos luego al documento de Puebla, de donde parte la iluminación y la audacia de la misión hoy y desde América Latina.
Teólogos extranjeros y latinoamericanos ya han madurado el pensamiento misionero, en la seriedad con que se añeja el vino, con la esperanza de una mujer que mezcla la levadura en la masa.
En la actualidad, las Iglesias del Tercer Mundo se alegran con una abundante cosecha de vocaciones al sacerdocio, al servicio misionero y a la vida consagrada.
En Corea del Sur, una población de 2.000.000 de católicos cuenta con numerosos seminaristas mayores. Los jesuitas de Ranchi albergan en su noviciado más de un centenar de jóvenes hindúes. Los seminarios del Zaire han tenido que ampliar sus edificios.
En América Latina volvemos a tener una pastoral vocacional sólida y eficaz.
Esta cosecha de vocaciones se debe no sólo a la bondad del Señor y al esfuerzo de los promotores vocacionales. Es el fruto de un replanteamiento del ser y de la misión de la Iglesia, después del Concilio Vaticano II.
Los jóvenes encuentran un lugar real y acogedor dentro de la comunidad cristiana. Se sienten, en frase de Juan Pablo II, la esperanza de la Iglesia y la esperanza del mundo. Descubren la esencia de la fe en Cristo: La búsqueda del Padre y el compromiso con todos los hermanos, especialmente los más necesitados. Lógicamente se sienten responsables de la evangelización del mundo.
Pero todo ello ocurre dentro de un nuevo marco doctrinal, donde se sitúa la Iglesia contemporánea. El cual se ilumina, ante todo, por el número 368 del documento de Puebla.
El CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano) nació en Río de Janeiro en 1955. Su tarea es promover las relaciones entre las Iglesias particulares de América Latina. Después de la Conferencia inicial de Río, han tenido lugar tres conferencias generales: Medellín en 1968, Puebla de los Angeles (México), 1979, y Santo Domingo, 1992.
EL CELAM funciona por departamentos, que coinciden con las diversas áreas de la pastoral. Entre ellos existe el departamento de Misiones (Demis), fundado por Monseñor Gerardo Valencia Cano, de los Misioneros de Yarumal, un hombre comprometido como el que más en la acción misionera desde América Latina.
Del documento de PUEBLA estudiemos ahora el número 368:
“Finalmente ha llegado para América Latina la hora de intensificar los servicios mutuos entre Iglesias particulares y de proyectarse más allá de sus propias fronteras, “ad gentes”. Es verdad que nosotros mismos necesitamos misioneros. Pero, debemos dar desde nuestra pobreza. Por otra parte, nuestras Iglesias pueden ofrecer algo original e importante: su sentido de la salvación y de la liberación, la riqueza de su religiosidad popular, la experiencia de las Comunidades Eclesiales de Base, la floración de sus ministerios, su esperanza y la alegría de su fe. Hemos realizado ya esfuerzos misioneros que pueden profundizarse y deben extenderse”.
Aquel párrafo admirable, cuya paternidad alguien no desea atribuir a los obispos sino al mismo Espíritu Santo, comienza con un adverbio: Finalmente. Un adverbio que bien pudiera significar el cansancio de cinco siglos de espera. O también lo tardío de nuestra proyección misionera desde nuestro continente. O el anuncio de una praxis positiva después de las reflexiones anteriores.
Pero es más importante lo que sigue: Ha llegado para América Latina la hora de proyectarse más allá de sus propias fronteras.
Hemos vivido nuestra fe con un sentido intensamente regional. A las Misiones iban los misioneros. Los demás, a lo nuestro, nuestra familia, a nuestra parroquia, a nuestro grupo apostólico.
Ahora los pastores de América Latina rompen el cascarón de nuestra pusilanimidad, de nuestro egoísmo y nos dicen: Ha llegado la hora. Esta expresión nos remite al Evangelio de Juan, donde encontramos expresiones semejantes.
Cuando Jesús llama a sus primeros discípulos, anota oportunamente que “eran como las cuatro de la tarde” (Jn. 1 ,39). En las Bodas de Caná, el Señor le advierte a María que “aún no ha llegado mi hora”. En el encuentro con la Samaritana, San Juan apunta que “era cerca de medio día” (4,6). Con frecuencia Jesús nos dice que “ha de llegar” su hora. Dentro de ese sentido bíblico, el de la fe, comprendemos el mensaje de Puebla: “Ha llegado para América Latina la hora de proyectarse más allá de sus fronteras”.
A esto se añaden, como despertadores de nuestro largo sueño:
Todo el que piensa le encuentra a cada cosa sus ventajas y sus desventajas.
Mal haríamos los latinoamericanos en dejarnos llevar de un ingenuo entusiasmo y desconocer las dificultades de esta proyección “ad gentes” que nos señala Puebla.
Verificamos las enormes necesidades del continente: La mayoría de nuestras diócesis carecen de clero suficiente. Nuestros laicos se quejan de su escasa preparación pastoral. Amplios sectores de nuestra población no han sido suficientemente evangelizados. Nuestros países crecen numéricamente en medio de confusas luchas políticas, agobiados por la pobreza, la ignorancia, la marginalidad y la violencia.
Nuestros agentes de pastoral no tienen experiencia para el trabajo en países de infieles.
Si contemplamos este panorama, desde un punto de vista meramente técnico, el ideal que nos presenta Puebla de proyectarnos “ad gentes” podría parecer una utopía.
Pero hay dos elementos que, mirados a la luz de la fe, convierten ese ideal en un proyecto no solamente factible, sino de todo punto urgente y necesario. Sería el instrumento para solucionar nuestra actual problemática.
En primer lugar el documento de Puebla integra en el número 368 tres palabras que tienen la fuerza radioactiva del uranio: desde nuestra pobreza. Recordamos entonces aquella viuda que sube al templo y arroja en la alcancía dos pequeñas monedas, que no resonaron por ser tan frágiles: Todo lo que tenía para vivir.
Entonces comprendemos la metodología del Señor y la eficacia de los gestos simples, de las actitudes humildes. Los ricos no saben dar porque han olvidado el verbo amar.
En segundo lugar, este proyecto no consiste solamente en dar, sino también en recibir. Compartir es lo uno y lo otro. Se trata de abrirnos al Espíritu y recibir el regalo de aires nuevos, como nos dijo Juan XXIII en vísperas del Concilio.
Al orientar nuestro entusiasmo cristiano hacia el ideal de Puebla, daremos nueva imagen de creyentes, capaz de convencer a muchos que se unirían a nuestra tarea.
Se renovará nuestra pastoral, lograremos la madurez de nuestras comunidades. Habremos encontrado un nuevo estilo de ser cristianos.
Quizás alguien entienda, en forma simplista, que el ideal de Puebla consiste solamente en prestar algunos sacerdotes a un territorio necesitado.
Esto es algo. Algunas instituciones lo han hecho. Pero no es lo esencial.
Lo esencial es transformar nuestra manera de ser cristianos.
- Antes, luchábamos a toda costa por salvar el alma. Ahora, el empeño de un bautizado es promover integralmente al hombre.
- Antes nos sentíamos ligados a una parroquia, a un lugar determinado del mundo. Ahora, nos sentimos ciudadanos del universo y hermanos de todos los hombres.
- Antes, la fe equivalía a un antibiótico contra el pecado. Ahora, la fe es la levadura que fermenta toda la masa.
- Antes, buscábamos implantar nuestra Iglesia en los países de infieles. Ahora, nuestro objetivo es promover el Reino de Dios, que trasciende las culturas, las razas y los credos.
- Antes, nos uníamos para defender la fe. Ahora nos hacemos comunidad para compartirla. Antes existían los cristianos, y más allá los misioneros. Ahora toda la Iglesia es misionera: Donde nace un cristiano, nace un enviado.
- Antes rezábamos: ¡Señor, sálvame! Ahora, oramos: Padre nuestro que estás en el cielo.
“La fe se fortalece dándola” fue el lema del tercer congreso misionero latinoamericano, celebrado en Lima en 1990. La fe de un cristiano, de una comunidad, crecen mientras más se ejercitan. Sucede lo mismo que cuando aprendimos a caminar, a escribir, a nadar. Al comienzo, muchas dificultades. Luego facilidad y alegría en los logros.
Pero además de la fe, al cristiano en América Latina le es esencial la esperanza.
Esperanza tuvo aquella otra viuda, que entregó al profeta Eliseo el último sorbo de aceite y el poco de harina que le quedaba en su despensa. Y el Señor fue generoso con ella. Nunca faltó el aceite en su alcuza ni la harina en su vasija.
Cuando un obispo, un sacerdote, un religioso, un apóstol seglar, un joven, se abren a la esperanza y se confían al Señor, suceden cosas maravillosas.
Todo lo anterior lo confirma el Documento de Santo Domingo:
“En nuestras Iglesias no se ha insistido lo suficiente en que seamos mejores evangelizadores.
Nos encerramos en nuestros propios problemas locales, olvidando nuestro compromiso apostólico con el mundo no cristiano.
Descargamos nuestro compromiso misionero en algunos de nuestros hermanos y hermanas que los cumplen por nosotros.
Raíz de todo lo anterior es la carencia de un explícito programa de formación misionera, en la mayoría de los seminarios y casas de formación.
Invitamos, por lo tanto, a cada Iglesia particular del continente latinoamericano para que:
Nos preguntamos por qué las Iglesias de América Latina no han vivido su fe, integrada a una proyección misionera “ad gentes”. ¿Por qué hemos madurado en muchos aspectos eclesiales, teológicos y pastorales, y en cambio hemos permanecido tímidos e inmaduros en el área misionera?
Un elemento para moldear una respuesta pudiera ser nuestra situación de dependencia.
Fuimos evangelizados por misioneros extranjeros. A ellos nuestra admiración y cariño. Pero es injusto con el resto de la humanidad continuar en esta actitud de dependencia. La mayoría de nuestros lugares propiamente de misión (indígenas y morenos) están aún servidos por personal extranjero. En nuestro continente, hoy es mayor que hace treinta años el número de agentes pastorales foráneos, si hablamos en términos comparativos.
Otro elemento podría encontrarse en el subdesarrollo pastoral de nuestro laicado. En muchos lugares de América Latina se sigue considerando al presbítero como único e indispensable líder de toda acción pastoral.
Otro factor digno de señalarse: Nos hemos creído los más pobres entre los pobres. Sin embargo, nuestros hermanos de Africa y de Asia son doblemente pobres: Pobres y no creyentes.
Otro factor de una posible respuesta: El paralelismo que vivimos entre planes pastorales de la Iglesia local y Obras Pontificias Misionales.
Al responder a los interrogantes anteriores estaríamos formulando un tipo de pastoral renovada bajo estos signos:
- Pastoral autóctona desde América Latina. Que acepte los valiosos aportes desde Europa, pero que haga énfasis en lo propio y esencial de nuestros pueblos.
- Pastoral de promoción y de maduración apostólica del laicado. Con mucha frecuencia encontramos sacerdotes abrumados por tareas que podrían encargarse con mayor propiedad y eficacia a los laicos. Además la proyección “ad gentes” no es exclusivamente del clero, es vocación de toda la Iglesia.
- Pastoral de opción preferencial por los pobres y, entre estos, por los más pobres de la tierra.
- Pastoral que integre todos los planes de una diócesis en una vertiente auténticamente misionera.
Para llegar a este ideal será necesario orar, reflexionar, planificar y lanzarse a la acción, con alegría y esperanza y, sobre todo, con la audacia del Evangelio.
Dentro de esta pastoral renovada, encontramos una estrategia para llegar a acciones comprometidas y eficaces: Las Iglesias Hermanas.
Este programa se define “la acción por medio de la cual dos Iglesias a nivel local, nacional o continental, se comprometen a una ayuda mutua, mediante la participación de sus recursos humanos e institucionales”.
Diversos países nos muestran los admirables resultados de esta acción. En Brasil, desde hace varias décadas, las diócesis del sur se han comprometido con las del norte. A estas horas se alegran por una experiencia pastoral de ambos grupos, por la revitalización de la fe y un aumento de las vocaciones sacerdotales y religiosas.
El programa de las Iglesias Hermanas se basa en:
1 . La universalidad de la misión. “Id por todo el mundo” no es un mandato para unos pocos. Es una urgencia para toda la Iglesia.
2. La Santa Sede, por medio del documento Postquam Apostoli, analiza el problema de la escasez de agentes pastorales, y como solución señala normas para una justa distribución de los mismos.
3. El mejor camino para que la Iglesia llegue a ser verdaderamente madura y surjan en su seno abundantes apóstoles, es por medio de un fuerte compromiso misionero.
Este programa de Iglesias Hermanas, desde América Latina, tiene unas determinadas características que conviene señalar:
- Excluye todo aspecto de colonización. No exportamos autosuficiencia latinoamericana. Vamos a compartir la fe en sencillez y fraternidad.
- Es una misión de pobre a pobre. Estará exenta de medios espectaculares y ostentosos.
- Es una misión al estilo de la Iglesia primitiva, en la cual “sin haber recorrido aún todas las ciudades de Israel”, vamos a anunciar a otros hermanos que Jesús resucitó de entre los muertos.
- La misión desde América Latina comunica la originalidad de nuestro cristianismo, vivido en angustia y en pobreza. Hace más real nuestro profetismo en orden de la liberación total del hombre.
- Se hace en equipos eclesiales (sacerdotes, religiosos y laicos) que presentan una imagen de verdadera comunidad cristiana.
La Iglesia colombiana está empeñada en proyectarse por este programa hacia diversas Iglesias de otros continentes. Pero todavía podríamos ser más generosos en estos servicios.
Al hacer un balance de las realizaciones misioneras de América Latina, llenaremos en verdad muchos renglones. No podemos afirmar que nuestra fe ha sido estéril:
- Muchos de nuestros Institutos religiosos se han proyectado más allá de las fronteras patrias, llegando hasta el Africa y el Asia.
- Por medio de las Obras Pontificias Misionales se ha mantenido en nuestro pueblo un intenso cariño por las misiones, concretizado en los aportes del Domund (Domingo universal de las Misiones).
- Numerosos pastores se han preocupado por ayudar a la tarea misionera.
- El Instituto de Misiones Extranjeras de Yarumal, fruto del celo misionero de Monseñor Miguel Angel Builes y sus otras dos congregaciones: Misioneras Teresitas e Hijas de Nuestra Señora de las Misericordias, demuestran lo que puede un país creyente.
- Las Misioneras de la Madre Laura, congregación nacida en Colombia, es ejemplar en su tarea en muchos países.
- El Instituto de Misiones Extranjeras de Guadalupe, fundado en 1949 por la Conferencia Episcopal Mexicana, demuestra el dinamismo misionero de ese país.
- El Departamento de Misiones del CELAM (DEMIS) apoya, orienta y promueve la reflexión y la cooperación misionera de las Iglesias del continente.
En fin, muchas cosas más.
Pero el Señor puede decirnos, como aquel joven del Evangelio: Una cosa te falta. Toma tu alforja y vete a compartir tu fe con otros hermanos.
Con gran sinceridad, comprobamos que existe una enorme desproporción entre la fe que hemos recibido y la fe que hemos compartido.
Para los latinoamericanos existe también, y en forma preocupante, otra millonaria deuda externa, ante el panorama de un mundo que solamente un 25% procura vivir del Evangelio. No podemos dormirnos sobre unos escasos laureles. Sería flagrante injusticia.
Además, toda opción misionera brota de dos fuentes primordiales: Un amor vivencial hacia el Padre de los cielos y un cariño comprometido con los hermanos.
Al llegar a este punto de nuestras reflexiones, cada uno podrá sacar sus propias conclusiones.
Sabemos que estas páginas por suerte —mejor dicho por providencia del Señor— llegarán a muchos, sobre todo a los jóvenes: obreros, campesinos, universitarios, bachilleres. Aquí encontrarán una forma nueva de creer y una manera renovada de amar.
Los invitamos a remontarse hasta el corazón de Dios, hasta el amor del Padre “que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (I Tim. 2,9), los invitamos a encontrar en la Iglesia un lugar de comunión y participación. Los invitamos a preguntarse con seriedad cuál es el mejor camino para realizar su vocación misionera.
Pero nuestros jóvenes no están solos, los acompañan sus pastores, los rodean sus maestros y sus familias.
A todos ellos también una palabra que despierte, con novedad y brío, la vocación misionera que hunde sus raíces en el ser cristiano.
Dentro de algunos años quizás podamos llenar algún hermoso libro de bonitas historias:
- “En cierta ciudad hubo un obispo que comprendió plenamente su vocación misionera”.
- “Y al final, después de vencer muchos obstáculos, aquel sacerdote diocesano llegó a un país remoto”.
- “Nadie creía en su empeño, pero ahora aquella religiosa se siente feliz en un país de Africa”.
- “Este era un matrimonio que decidió prestar sus servicios entre los paganos. Encontraron una nueva familia”.
Y luego añadiríamos una inmensa letanía de jóvenes que aparte de una realización profesional y de un compromiso de fe, encontraron en el servicio misionero como sacerdotes, religiosos o seglares, el ideal de su vida.
Entonces habríamos vuelto a la Iglesia de los Hechos de los Apóstoles. Algún Pablo de Tarso escribiría a una comunidad cristiana: “Saluden a mis hermanos que están en Africa, en Asia y Oceanía. Saluden a todos los seglares que trabajan por la fe de Nueva Zelanda. Envíen esta carta a Indonesia, para que la lean los otros hermanos que se han comprometido con el Evangelio. Que nadie desconfíe de la bondad del Señor a pesar de las pruebas.
El saludo es de mi puño y letra. Pablo.”
Para concluir nuestra reflexión buscaríamos, antes que a un escritor, a un acuarelista, para rogarle que nos dibuje al misionero.
Su imagen, deteriorada muchas veces, surge hoy con nueva claridad en la Iglesia contemporánea. Partimos de una base: Toda la Iglesia es misionera.
O de un equivalente: Donde nace un cristiano nace un enviado. Pero, como nos dice la Lumen Gentium, “Cristo Señor, de entre sus discípulos, llama a los que quiere, para que le acompañen y para enviarlos a predicar a las gentes” (A.G. 23).
Estos llamados de una forma especial son los sacerdotes, religiosos y seglares, que dedican su vida de tiempo completo a anunciar el Evangelio entre los pueblos. Los indicios de esta vocación específica los encontramos en la calidad de nuestra vida, en los quilates de nuestra fe, en la ambición de servir a los más necesitados. Vendrá un tiempo de indecisión y de búsqueda. Pero encontraremos quien nos acompañe hasta clarificar una opción.
En Africa, los viejos de la tribu les cuentan a los niños, alrededor del fuego, esta leyenda: Cierta vez, salieron muy temprano de paseo una gallina y un cerdito.
Animados y contentos, llegaron pronto a las afueras de la ciudad. Allí se miraba un restaurante, y en la portada, un cartel en colores que decía: Desayuno para hoy: Huevos y jamón.
- Entremos, dijo espontáneamente la gallina.
- Yo no entro, respondió el cerdito con un gesto de miedo. Porque lo que para ti es una colaboración, para mí es un compromiso.
Todo lo que anteriormente reflexionamos podría resumirse en este apólogo. Los cristianos de hoy ya no podemos ser gente de colaboración. Es necesario llegar al compromiso.
Cada uno de nosotros piense de qué modo, con qué medios, hacia quiénes, cuándo, dónde y para qué ha de orientar su compromiso cristiano.
El resultado de una respuesta afirmativa al Señor será una gozosa plenitud y la alegría, porque muchos hermanos se hacen amigos de Jesucristo.